Crítica: Julieta

Julieta 2016

Julieta es el regreso al drama de interiores (de piel para dentro, se entiende), a las historias de mujeres con las que Pedro Almodóvar se ganó el reconocimiento internacional y vivió su mayor época de esplendor comercial. Después de varios films que no obtuvieron consenso por parte de los espectadores y la crítica, y la vapuleada (en mi opinión injustamente) Los amantes pasajeros, el director manchego vuelve al melodrama femenino que tantas satisfacciones le (nos) deportó, con cintas sobresalientes como Todo sobre mi madreVolver (para muchos su última gran película antes de esta Julieta). Almodóvar no se había ido a ninguna parte. Ha flirteado con el giallo (La piel que habito), ha rendido tributo al Hitchcock de Vértigo (Los abrazos rotos), y ha recuperado sus raíces petardas para hacernos reír y bailar (como si nadie estuviera mirando). Pero en cierto modo se puede decir que Julieta, su vigésimo largometraje, es un comeback, que Almodóvar “vuelve”, sobre todo para aquellos que no han comulgado con sus más recientes incursiones cinematográficas.

En la semana de su estreno, Julieta ha recibido el apelativo de “drama seco” en numerosas críticas y opiniones en redes sociales. Sustantivo y adjetivo que se han yuxtapuesto para convertirse ya casi en una frase hecha, en la forma oficial de describir a la película. Y no es un calificativo desencaminado para nada. Julieta es una película más sobria, más cruda y difícil, un Almodóvar sin apenas concesiones. A caballo en el tiempo, entre los coloridos y cardados 80 hasta el presente, recorriendo España de norte a sur, Almodóvar nos cuenta la historia de una mujer rota, la Julieta del título, encarnada por dos actrices de una belleza espléndida y en estado de gracia interpretativo, Emma Suárez y Adriana Ugarte, secundadas por un magnífico reparto. El triste recorrido personal de Julieta, basado en tres historias de Alice Munro, sirve para que Almodóvar trace un intenso relato sobre los lazos familiares (nuestras obligaciones para con nuestros hijos y padres, lo que nos debemos o no), y también sobre los secretos que destruyen, sobre el peso del pasado, la culpabilidad, la ausencia que consume, y por encima de todo, la incomunicación, el “silencio” (como se titulaba originalmente la película) que condiciona y separa a los personajes.

Julieta es una película cálida y fría a la vez, cariñosa y antipática, tierna y despiadada, sencilla y tremendamente compleja. No es un trabajo fácil de digerir, se fragua lentamente, puede resultar desorientador, sobre todo durante su primera mitad, pero su frialdad e intensidad dramática acaban calando. Julieta es una experiencia emocionalmente inmersiva (o se entra o no), una de esas películas que (si hemos entrado), se queda con nosotros más allá de lo créditos finales (y eso que tiene un desenlace de lo más abrupto), prolongando su vida más allá del relato, obligándonos a permanecer junto a su protagonista más tiempo, intentando entender las motivaciones, las razones detrás de los actos, tratando de llenar los huecos entre el silencio para hallar las respuestas que su autor no nos ha querido dar, reflexionando sobre lo que acabamos de ver. Porque si Julieta destaca por algo es por su exuberancia argumental (además de la física y estética, que se da por sentado), porque aun cuando parece que no está pasando nada, está pasando todo, y cuando sales de ella, necesitas tiempo para ordenar los pensamientos que te ha provocado.

Pero por esta misma razón, la película puede provocar el efecto contrario al deseado (incluso sentimientos divididos, como es mi caso). Julieta no deja respirar. Se entiende que Almodóvar haya decidido sumergirnos de cabeza en el drama y dejarnos bajo el agua durante hora y media, pero llega un momento en el que hasta cuesta emocionarse. A pesar de un par de pinceladas de humor (cortesía de la siemprePóster Julieta divertida Rossy de Palma), al director se le olvida la importancia de la comedia en su cine, incluso en el más arraigado en la tragedia. Por eso, Julieta puede saturar con su continuo tono exagerado de dramón, con cada plano y cada diálogo que se emplea a fondo para que sientas el dolor de su protagonista a la fuerza. En su empeño por mantener este continuo estado de inquietud y ansiedad, Almodóvar descuida partes de la historia, que por momentos parece no ir a ninguna parte. Claro que, como decíamos, esta aproximación tiene su coherencia con lo que se cuenta, y al final, todo acaba encauzándose de manera satisfactoria.

Aunque no haga falta decirlo, Julieta es una obra 100% almodovariana, un trabajo en el que nos encontramos todas sus marcas de autor: la iconoclastia de sus coloristas imágenes, la maestría encuadrando y jugando con las imágenes (mucho se hablará de esa preciosa elipsis visual a la que alude el cartel), los interiores llenos de vida, prácticamente paisajes emocionales (esas paredes de papel pintado y esos sofás que nos devuelven a Mujeres al borde Todo sobre mi madre), la enorme carnalidad y sensualidad de los cuerpos, la música de Alberto Iglesias (aquí poco inspirado), la importancia de dejar constancia de sus referentes (uno pierde la cuenta de cuántos libros y películas tienen referencia visual), todo subrayado por el regreso a los 80 que efectúa de forma parcial. Pero, como le ocurrió al último Tarantino, Almodóvar es tan Almodóvar que no puede evitar encender el piloto automático y moverse por inercia en muchos tramos de la historia, que por momentos se le va de las manos con tantos elementos y saltos temporales. Por todo esto, aun siendo una de las mejores películas del autor en los últimos años, Julieta no llega a ser un Almodóvar mayúsculo.

Nota: ★★★½

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