‘The Ranch’ y ‘Flaked’: La universalización de Netflix

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Cuando Netflix empezó a desarrollar producción propia hace unos años se postuló como la nueva rival de HBO. Sus primeras ficciones revolucionaban el panorama catódico por la forma en la que se ofrecían (temporadas completas de una vez, algo que ya nos resulta completamente natural, y en Internet), pero no solo eso, sino que eran productos de calidad, como House of Cards, que bien podría haber aterrizado en la Home Box Office y Orange Is the New Black, que encajaría perfectamente en su prima pequeña, Showtime. También desde el principio hubo series peores, pero incluso Hemlock Grove parecía nacer como respuesta a otra serie de HBO, True Blood.

Con el tiempo, la plataforma ha ampliado considerablemente su oferta de ficción propia (casi todos los viernes tenemos algún estreno ya), y con cada serie que estrena va dejando más claras sus intenciones: Netflix no quiere ser la nueva HBO o la nueva Showtime. Netflix quiere ser todas las televisiones en una (y también todos los cines en uno). Pero antes de empezar a ofrecer series y películas que lo demostrasen, nos tenía que enganchar generando dramas aclamados y multipremiados. Una vez establecida, lo que ha hecho ha sido reproducir en sus series propias lo mismo que ya llevaba haciendo desde el principio con su fondo de catálogo: dirigirse a todos los tipos de público. Así, en el último año y medio hemos visto a Netlix convertirse en NBC (Unbreakable Kimmy Schmidt), casarse con Marvel (DaredevilJessica Jones), replicar a Comedy Central y la Fox animada (BoJack HorsemanF Is for Family), buscar su propio Louie (Master of None), y pronto la veremos resucitando a la WB (Gilmore Girls).

El siguiente paso era adoptar la identidad de CBS, concretamente la de las sitcoms enlatadas que aun siguen triunfando en esa cadena. Y 2016 ha sido el año en el que Netflix ha decidido apelar también al público que va buscando este tipo de ficciones de usar y tirar. Movida por la nostalgia y el ansia del reboot, nos trajo Madres forzosas, con la que nos trasladamos directamente a los 90, como si el tiempo no hubiera pasado (ya la puse a caer de un burro aquí). Y unos meses después aterriza en su plataforma otra comedia de situación noventera, The Ranch, que nos devuelve a dos viejos amigos, Ashton Kutcher y Danny Masterson (juntos durante siete años en That ’70s Show, que hace poco también se incorporó al catálogo de Netflix España). The Ranch es la prueba definitiva de que no podemos acercarnos a la oferta de Netflix como hacemos con HBO. Que sea una serie de Netflix no quiere decir que sea de visión obligada para el seriéfilo que ve todo lo que sale de la cadena de Los Soprano, sino que hay que fijarse más en el tipo de producto que es y el tipo de público al que va dirigido.

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Por lo tanto, Netflix está universalizando sus contenidos, pero esto viene a costa de sacrificar (voluntariamente) la calidad en muchos casos. La plataforma no solo quiere producir quality television, no quiere ser televisión de nicho, porque no nació para eso, sino que también quiere un trozo del pastel en el negocio de las series baratas para un público más general. Y The Ranch es una serie muy barata (al menos en apariencia), y muy genérica, un descarte de network adaptado para Netflix. Es decir, una comedia grabada en estudio que incorpora risas enlatadas (de las más falsas que vais a oír) y decorados de cartón piedra pobremente iluminados que limitan considerablemente la acción: los actores no se pueden mover mucho, porque se vería el set de al lado, y en muchas ocasiones la acción tiene que transcurrir fuera de campo, lo cual da una sensación de falseamiento más grande de lo normal.

The Ranch cuenta la historia de un ex jugador de fútbol americano fracasado (Kucher) que regresa al rancho de su padre 15 años después de “abandonarlo” para trabajar en él y ayudarlo a mantenerlo a flote en tiempos de crisis. Producida por Don Reo (Blossom, Dos hombres y medio), y sus dos actores protagonistas, The Ranch es una serie rancia y apagada, huele a naftalina, y resulta deprimente, pero no en el buen sentido. La particularidad que la separa del resto de sitcom enlatadas es que aquí no hay censura. Eso en un principio podría resultar atractivo, incluso revolucionario, pero una vez te acostumbras, no quiere decir nada: The Ranch es como Dos hombres y medio, con la diferencia de que escuchamos unos cuantos “fuck” en cada episodio y le podemos ver el culo a Ashton Kutcher. Y seamos sinceros, la comedia de CBS colaba cosas mucho más escandalosas, con censura y todo. Al final, esa novedad importa poco, y lo que queda es una comedia noventera de las de siempre, con una diferencia que sí afecta al conjunto: siguiendo la tendencia de Netflix a estirar la duración “institucional” de las series, sus episodios alcanzan la media hora, lo cual resulta excesivo para una ficción de esta naturaleza.

Otra de las características que la separan de CBS y la acercan a (lo que entendemos como) la “marca Netflix” es que tiene un poso dramático mayor de lo habitual. Los padres de los protagonistas, interpretados por Sam Elliott y Debra Winger, se encargan de ocupar este frente, con una relación que nos deja las escenas más serias (aunque nunca llegan a ser todo lo emotivas que pretenden). Por lo demás, The Ranch no es más que una nueva plataforma para que Ashton Kutcher siga en activo, un producto que más que una serie es una excusa para que él y (sobre todo) su amigo puedan seguir pagando las facturas. Es decir, un revival disfrazado (y fallido) de That ’70s Show, en el que Kutcher y Masterson interpretan a Kelso y Hyde otra vez, pero con la mitad de gracia (no creo que sepan hacer otra cosa) y Sam Elliott hace las veces de Red. Además, por si todo esto fuera poco, The Ranch es una de esas series que no sabes si simplemente está retratando personajes machistas, republicanos recalcitrantes, pro-armas, pro-caza, y homófobos, o en realidad está siendo todas esas cosas de verdad (voy a pensar que es lo primero, que no merece la pena ofenderse con una serie así). En definitiva, The Ranch no es para mí, y no tiene por qué ser para ti, aunque sea de Netflix. Claro que si lo es, adelante, disfrutadla, para eso la han hecho.

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Por otro lado, la “cadena” también ha estrenado recientemente Flaked, dramedia de media hora producida por Mitch Hurwitz y protagonizada por Will Arnett. Pero cuidado, que la serie no tiene absolutamente nada que ver con Arrested Development, a pesar de compartir actor y creador. Flaked se adscribiría más bien al tipo de serie generacional que lleva haciendo HBO, Showtime o FX desde hace unos años, sobre personas que se niegan a madurar y boicotean su felicidad y la de las personas que los quieren (un género en sí mismo). Su argumento, tono y estilo recuerdan inevitablemente a Californication, pero Will Arnett no es David Duchovny (aunque él seguro que piensa que sí, porque hay que ver cómo se quiere el muchacho), y la serie no tiene ni un ápice del carisma que tenía la de Showtime (que tampoco era la repera, así que haceos una idea).

Flaked no cuenta nada nuevo, y lo que es peor, nada realmente interesante. La serie narra la vida de Chip (Arnett), un hombre de 45 años que vive en Venice, California (la localización es tan importante o más que los personajes), alcohólico reformado que causó la muerte de un chico en un accidente diez años atrás, y con una imagen muy cuidada al que todos acuden para socializar y pedir consejo. Pero Chip no tiene su vida en orden y vive en una mentira, está estancado (como su amigo, solo se fija en las de veintitantos), su negocio se hunde (fabrica taburetes, pero lleva siglos sin vender uno), se ha enamorado del objeto de deseo de su mejor amigo, y la botella de whisky que guarda en la nevera empieza a tentarle. En realidad, hasta el cuarto episodio (de ocho), Flaked no va de nada, solo de un hombre que se pasea en bici por la ciudad (atención al opening, el más horrible que vais a ver en mucho tiempo), pero conforme avanza, las tramas van mejorando y los personajes se van definiendo, hasta que un giro de argumento hace que la cosa se ponga más interesante.

Aunque no lo suficiente. Flaked no deja de resultar anodina en ningún momento. Es una serie que tiene poco que ofrecer, que es mejor cuando busca la coralidad y retrata la vida en Venice que cuando profundiza en la existencia de su protagonista (cuanto menos tengamos que aguantar la presuntuosa interpretación de Arnett, mejor), pero que, aunque acaba tomando forma, sigue sin darnos razones de peso para existir. Más allá probablemente de que Netflix haya pensado que sea para un segmento de su público al que aun no había atendido, como los fans de Will Arnett (¿pero eso existe?) o los que quieren aun más series sobre hombres imperfectamente atractivos y treinta-cuarentañeros fracasados. Como Netflix sabe, tiene que haber de todo para todos.

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