‘Objetivo: Londres’ es la película que menos necesitamos en estos momentos

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Tras los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, el estreno de Daño colateral fue pospuesto debido a las similitudes temáticas de la película con los ataques terroristas. A lo largo de los últimos años, son muchas las series de televisión que se han visto obligadas a alterar su orden de emisión debido a coincidencias en sus argumentos con desafortunados acontecimientos de la actualidad. Podríamos debatir si estas decisiones están justificadas o indican una sobreprotección innecesaria por parte de las cadenas, pero lo que está claro es que en la mayoría de casos no son más que (escalofriantes) coincidencias. Que quede claro desde el principio que ese no es el caso de Objetivo: Londres. Aquí no hay coincidencia que valga, aquí hay una intención cristalina.

El estreno de la secuela de Objetivo: La Casa Blanca no ha sido cancelado por los recientes atentados terroristas en Europa, pero quizá en este caso sí habría estado justificado. Y no por miedo, o por evitar herir sensibilidades, sino por lo inoportuno y pernicioso que es su mensaje. Es más, después de ver la película cuesta entender por qué para empezar se dio dio luz verde al proyecto, y no solo porque sea una continuación que nadie pidió, sino porque se ha gestado en el peor momento posible. Ojo, sé perfectamente cómo separar la realidad de la ficción, no estoy pidiendo censura, sino un poco más de sentido común y responsabilidad. Vivimos un momento especialmente sensible como para convertir el terrorismo en destruction porn y acción patriótica descerebrada, y lo último que necesitamos es una película que, no solo propaga el miedo y frivoliza con el tema, sino que lanza los mensajes más nocivos que se puedan imaginar, dogmas y proclamas dolorosamente simplistas que podrían ser muy peligrosos según la persona que los esté escuchando.

A simple vista, Objetivo: Londres no es más que un actioner clásico con ínfulas de Jungla de cristal moderna, la historia de un héroe americano, un hombre de familia tan humano como indestructible, que salva el mundo (básicamente él solo) de la amenaza terrorista. Hasta aquí nada raro. La película transcurre en Londres y se las arregla para ser más americana (y americanista) que su predecesora, pero eso tampoco es lo que la convierte en un producto deplorable. Lo más lamentable es cómo su discurso incita al odio y a la xenofobia, cómo su historia se utiliza para emitir un peligroso mensaje pro-belicismo con el que se justifica la violencia y la muerte, “porque es mejor que no hacer nada”. Como si fuera tan sencillo.

En su tramo inicial, la película transcurre con la (monótona y conservadora) normalidad del género. Nos reencontramos con el John McClane de saldo que es (el cada vez más terrible) Gerard Butler y el presidente de los Estados Unidos, de nuevo interpretado por Aaron Eckhart. Todo es rutinario hasta que un atentado contra los líderes del mundo libre, reunidos para el funeral del Primer Ministro británico, hace que la cosa se salga de madre. A lo bestia. La acción y la violencia pasan a primer plano, y a medida que avanza el metraje se vuelve más sádica y brutal. Mientras la capital británica es destruida en sonrojantes secuencias con el peor CGI, a ras de suelo (y bajo tierra) se suceden los juegos del gato y el ratón y los combates cuerpo a cuerpo, en los que la película deja ver su cara más monstruosa. Pero, de nuevo, el problema no es la violencia en sí, sino el uso que se hace de ella para manipular y promover el odio. Las cuchilladas de Butler se clavan en la carne de sus enemigos con un ensañamiento descorazonador, con una rabia que, lejos de resultar catártica (porque los malos están recibiendo su merecido), nos muestra el lado más triste del ser humano. La satisfacción liberadora que hay en cada disparo que revienta los sesos del enemigo, cada machete que se clava en la piel, cada golpe seco para dar muerte, invitan al espectador a desear y sentir la venganza más carnicera.

Lo de menos es que Objetivo: Londres sea una cinta de acción inepta, repetitiva, repleta de secuencias irrisorias y demasiado inverosímiles hasta para el género. O que, a pesar de las miles de muertes y la destrucción masiva, lo más importante sea siempre mantener a salvo a un hombre blanco americano. Lo peor es que busca instigar la aversión más beligerante, y se jacta de ello. Dos ejemplos que ilustran esta idea: cuando el personaje de Butler se refiere al lugar de donde proceden los terroristas como “Fuckajistán, o de donde quiera que seas” (sin un rastro de humor), y sobre todo la secuencia final, en la que Morgan Freeman pronuncia un repugnante discurso pro-guerra y procede a autorizar un bombardeo a la aldea de los terroristas (asegurándose primero de que no hay ni un solo civil inocente, porque somos así de gilipollas), escena en la que vemos a los malos saltar por los aires a cámara lenta y con música épica de fondo. Pornográfico, innecesario, dañino.

Por si no ha quedado claro, no estoy pidiendo que una película como esta no se estrene porque se pueda tomar como una provocación y por miedo (pasar a diario por Callao y Sol a pesar de todo es suficiente declaración de intenciones), sino que directamente se piense dos veces antes de decidir que algo así debería existir. No me preocupa tanto el daño que pueda ocasionar para afuera, sino el que pueda causar para adentro, la mierda que puede llegar a remover en el interior de aquellas personas que lo último que necesitan es otro estímulo para seguir odiando.

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