Crítica: Altamira

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Texto escrito por David Lastra

Esta es la historia del descubridor de las Cuevas de Altamira. ¿El perro de Modesto Cubillas? No, aunque animal y dueño aparecen de forma anecdótica. Es la película sobre la primera persona que discernió las formas de los bisontes entre tanto manchurrón ocre. No, tampoco es un biopic sobre María Sanz de Sautuola, sino sobre las vivencias de su padre, Marcelino Sanz de Sautuola, paleontólogo aficionado y primera persona en escribir y documentar la existencia de las Cuevas de Altamira.

Sobre el papel, Altamira se acerca a la doble lucha de Marcelino tras ese descubrimiento, tanto con la Iglesia como con sus colegas investigadores. La primera es una representación de la confrontación entre razón y fe, pues Marcelino es tachado de hereje ya que esas pinturas rupestres se ven como una ofensa al origen del ser humano relatado en la Biblia. De igual manera, el descubridor inicia una lucha de egos con otros machos cabríos del mundo investigador, chocando tanto con las autoridades académicas locales como con los grandes popes internacionales. Dos conflictos interesantes, que se ven complementados por trasvase al entorno familiar: la diatriba de la mujer de Marcelino entre su condición de cristiana y la fidelidad que le debe a su marido. Pero como se puede comprobar, al principio de este párrafo he utilizado la expresión “sobre el papel”, ya que el interesante planteamiento de Altamira difiere demasiado del producto final y he aquí el culpable: el director de la cinta.

La anquilosada dirección de ese one-hit (no tan) wonder llamado Hugh Hudson (Carros de fuego) destroza todo el potencial interés que pueda tener una cinta de estas características. El amaneramiento de su estilo y su atrofiado sentido del ritmo destroza Altamira, convirtiéndolo en una suerte de dramatización de los hechos realizada directamente para institutos y demás centros docentes. Hudson tiene el poder de desaprovechar un notable trabajo de ambientación histórica y un poster_altamirareparto potencialmente solvente, mutándolos por arte de magia en salones de cartón piedra y maniquíes sin sangre. Sensación que se ve potenciada aún más por la desafortunadísima composición musical de Mark Knopfler para la cinta.

En esta oscuridad sin fondo, es menester destacar la labor de Allegra Allen, niña encargada de dar vida a María. Cuya naturalidad y desparpajo hacen que sean suyos los pocos momentos destacables de la cinta. A pesar de encontrarse a un nivel mejor que en La piel que habito, Antonio Banderas no logra despojarse del peso casposo que Hudson ha dotado al film y parece encontrarse ahogado, incómodo con el personaje. De igual manera, se hubiese agradecido una participación más pasional y no tan fría de Golshifteh Farahani (A propósito de Elly, Exodus: Dioses y reyes), que no logra captar los matices de su personaje, uno de los más interesantes a priori.

Altamira no logra estar a la altura del Patrimonio de la Humanidad que son dichas cuevas. Una oportunidad perdida destrozada por un director acabado. Esperemos que cuando llegue el turno de Atapuerca, el señor Hudson no esté cerca.

Valoración: ★★

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