Mom: La comedia que quería ser drama

Fun Girl Stuff and Eternal Salvation

El viejo arte de la comedia de situación no se ha perdido del todo. Aunque hoy en día casi todas las cadenas norteamericanas prefieren las comedias single-cam, porque resultan más contemporáneas y sofisticadas, las sitcoms de la vieja escuela sobreviven. Para encontrar la mayoría hay que acudir a CBS, donde no solo aguantan, sino que triplican en audiencia a cualquier comedia ‘moderna’ de la competencia. Este tipo de series conservan las características tradicionales del género: risas enlatadas, escenarios casi teatrales, tramas episódicas… Pero ni ellas han escapado a la hibridación de comedia y drama que ha caracterizado a la televisión del siglo XXI. Sitcoms como Friends, Will & Grace o las actuales The Big Bang Theory How I Met Your Mother siempre han incorporado elementos dramáticos en sus habitualmente ligeros argumentos (una muerte, una separación, una pelea muy en serio), pero ninguna ha hecho lo que lleva haciendo Mom durante tres temporadas: comedia dramática pura en casi todos sus episodios.

Mom comenzó su andadura como complemento a 2 Broke Girls. Es decir, otra serie protagonizada por un dúo de mujeres graciosas que chocaban en todos los capítulos. Pero pronto comenzó a desmarcarse de su compañera de cadena. Mientras la serie de Kat Dennings y Beth Behrs se estancaba en un ciclo repetitivo del que aun no ha salido, Mom se atrevía a evolucionar. Protagonizada por Anna Faris y Allison JanneyMom empezó siendo una sitcom familiar que giraba en torno a una madre soltera alcohólica que debía lidiar con su trabajo de camarera, sus hijos (un niño y una adolescente embarazada) y el regreso de su madre, la culpable de todos los males en su vida, y también una adicta. Aunque al humor le faltaba bastante gancho (era más bien típico y predecible, muy poca cosa), la serie destacaba por abordar temas muy serios y comprometerse con ellos a largo plazo, lo que hacían de ella una propuesta semi-interesante. Afortunadamente, Mom no dejó de abordar de frente el drama de sus personajes, e inició un proceso de transformación que ha desembocado en una fantástica tercera temporada.

A medida que la serie avanzaba, se descubría que el mayor filón para contar historias estaba en las reuniones de Alcohólicos Anónimos a las que asisten Christy (Faris) y Bonnie (Janney). Por eso durante la segunda temporada se crearon tramas para separar a Bonnie de sus hijos y llevar la serie hacia otro terreno. Mom dejaba de ser una comedia familiar para convertirse progresivamente en una sitcom de amigas. La serie encontró una dinámica muy buena en el grupo de AA y decidió prescindir casi por completo de los niños (a los que hemos visto una o dos veces en la última veintena de capítulos). Y lo cierto es que fue la mejor decisión que pudo haber tomado. Las ‘chicas’ del grupo forman un equipo divertidísimo, y con ellas la serie ha ganado entidad y madurez, gracias a la experiencia de sus intérpretes y la forma tan entrañable en la que se explora su amistad. Pero como decía, lo que hace de Mom una serie especial no es solo esto, sino su manera de afrontar el drama de sus personajes, con un pulso firme y sorprendentemente natural para navegar la comedia más tontorrona y la tragedia más dura (parece mentira que sea del mismo creador que Dos hombres y medio y Big Bang, Chuck Lorre).

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Mom ha encontrado la fórmula para hacer comedia de temas muy serios sin ningún atisbo de moralina y, sobre todo, con respeto. Ese equilibrio es muy difícil de conseguir, especialmente en este tipo de series, que a menudo optan por lo burdo y se olvidan de los acontecimientos importantes de un episodio a otro. Mom no es así, se trata de una serie comprometida, a pesar de su apariencia liviana. En sus tres años de vida ha hecho frente con valentía al tema del embarazo adolescente (con una trama de adopción muy agria con la que se evitaba el final feliz en el que suelen acabar estas situaciones en la ficción televisiva), a la muerte en numerosas ocasiones (una de ellas la del gran amor de tu vida, ni más ni menos), al fracaso como madre, y al más importante de todos: la adicción. Entre risas, situaciones disparatadas y diálogos picantes, Mom nos recuerda en todos los episodios que nos está contando la historia de un grupo de mujeres que padecen una enfermedad, y nos invita a que nos riamos con ellas de todo, sin dejar de bombear en ningún momento el corazón, ni recurrir al humor ofensivo o, peor aun, el adoctrinamiento.

No cabe duda de que este equilibrio no sería posible sin la labor de sus actrices. Hay que elogiar a Mimi Kennedy (Marjorie) y las adiciones tardías pero ya imprescindibles de Beth Hall (Wendy) y Jamie Pressly (Jill), que tienen una química descacharrante (we miss you, Octavia Spencer) y también dan la talla dramáticamente en los momentos necesarios. Pero Mom no sería lo que es si no fuera por el gran juego que dan Anna Faris y la todoterreno Allison Janney. Ya desde el principio, la desgarbada, efervescente y distinguida presencia de Janney (que recordemos tiene 7 Emmys, dos por Mom) subía de categoría a la serie, convirtiendo a la actriz de The West Wing en la gran estrella de Mom. Pero es que Faris se ha puesto las pilas para no quedar en segundo plano ante la genial interpretación de su madre en la ficción, y actualmente está mejor que nunca, personificando junto a Janney lo que hace especial a esta serie: la capacidad para hacer reír y llorar en el transcurso de veinte escasos minutos (¿Cuántas veces nos hemos quedado hechos polvo tras el fundido a negro final de un capítulo, por muy divertido que fuera?). Y es eso a fin de cuentas, su capacidad para emocionar sin manipular y reírse de la tragedia con sensibilidad, lo que ha hecho que Mom pase de ser una sitcom enlatada del montón a una de las comedias en abierto más afinadas de la actualidad.

Concurso: 2 lotes de ‘Capitán América’ (El Soldado de Invierno y Civil War) de Panini Cómics

 Este concurso ya ha finalizado. Atentos a fuertecito no ve la tele para futuros concursos.

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Por fin llega Capitán América: Civil War, la esperadísima nueva película de Marvel, precedida de la expectación habitual y muy buenas críticas (aquí podéis leer la nuestra), que la sitúan como una de las mejores entregas del Universo Cinemático de Marvel. Para celebrar el estreno, y ya de paso agradecer a los lectores de fuertecito por habernos hecho superar los 6.000 seguidores en Facebook, organizamos un flamante nuevo concurso con la colaboración de Panini Cómics, que vuelve a cedernos material para vosotros.

¡Y vaya material! Atentos:

Regalamos dos fantásticos lotes compuestos de un ejemplar de Marvel Integral. Capitán América: El Soldado de Invierno + un ejemplar de Marvel Integral. Capitán América: Civil War, y valorados en 55€ cada uno. Dos obras absolutamente imprescindibles para los aficionados a los cómics y los fans de Marvel en particular, que suman casi 800 páginas en total.

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Para participar, solo tenéis que responder a la siguiente pregunta:

¿Team Cap o Team Iron Man?

Podéis responder en esta entrada y/o en esta foto de la página de Facebook de fuertecito.

Si dejáis vuestra respuesta en ambos sitios, vuestra participación será doble, y por tanto tendréis más oportunidades de ganar.

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Información sobre los tomos:

Marvel Integral. Capitán América: El Soldado de Invierno

¡El legendario clásico en que se inspira la película! Durante más de cincuenta años, la Unión Soviética tuvo un agentes encubierto… un indetectable asesino conocido como El Soldado de Invierno. Ahora, ha vuelto, trabajando a las órdenes del General Lukin, que ha conseguido hacerse con un Cubo Cósmico arrebatado a Cráneo Rojo. El Capitán América ha jurado acabar con Lukin, pero en el camino se verá enfrentado contra El Soldado de Invierno, cuya verdadera identidad esconde el mayor secreto del Universo Marvel en más de medio siglo…

Contiene Captain America v5, 1-14 USA
Autores: Ed Brubaker y Steve Epting
Libro en tapa dura. 352 páginas.

Marvel Integral. Capitán América: Civil War

El volumen que complementa a Marvel Integral. Civil War. Descubre el camino seguido por Steve Rogers desde el final de la aventura del Soldado de Invierno hasta el estallido del conflicto, y cómo éste afecta a sus más cercanos.

Contiene Captain America 65th Anniversary Special, v5, 15-24, Winter Soldier: Winter Kills, Captain America 601 y Iron Man / Captain America: Casualties Of War USA
Autores: Ed Brubaker, Steve Epting, Mike Perkins, Gene Colan y otros.
Libro en tapa dura. 408 páginas.

Bases:

– De entre todos los participantes elegiremos dos ganadores al azar que se llevarán totalmente gratis 1 lote compuesto de Marvel Integral. Capitán América: El Soldado de Invierno + Marvel Integral. Capitán América: Civil War cada uno. Los ganadores lo recibirán en su casa sin ningún gasto por su parte.

– El participante debe incluir su correo electrónico en el formulario de respuesta del blog (no aparecerá público) y se recomienda firmar con nombre y apellido (los pseudónimos son válidos) para facilitar la realización del sorteo y el contacto.

– Sólo contará una participación por dirección IP, las respuestas desde la misma IP con distinto nombre serán marcadas como spam. En Facebook solo se permite participar una vez por cuenta.

– El plazo para participar en el concurso finaliza el miércoles 11 de mayo de 2016 a las 23:59 (hora peninsular española). Los ganadores serán anunciados a partir del día siguiente en la página de Facebook de fuertecito no ve la tele.

– Concurso válido sólo para España (península e islas).

fuertecito no ve la tele se reserva el derecho de modificar o anular el concurso si fuera necesario.

¡Mucha suerte!

Crítica: Noche real

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Mayo de 1945. La II Guerra Mundial ha tocado a su fin, y tanto en las calles de Londres como en el Palacio de Buckingham se preparan para celebrarlo. En la residencia real, el Rey Jorge (Rupert Everett) ensaya su discurso con ayuda de la Reina (Emily Watson), mientras que las jóvenes princesas, Isabel (Sarah Gadon) y Margaret (Bel Powley), anhelan unirse al pueblo en la calle para vivir tan señalada ocasión de cerca, sin aburridas ceremonias protocolarias. Ante la insistencia de las princesas, los reyes les dan permiso para que salgan de incógnito y se sumen a las celebraciones, pero no sin llevar escolta (dos despistados guardias reales), con un itinerario pre-establecido y por supuesto, toque de queda. Sin embargo, las hermanas tienen otros planes, y están decididas a vivir una noche inolvidable, pase lo que pase.

Julian Jarrold, realizador de BBC y uno de los directores más destacados del cine de época británico (suyas son La joven Jane Austen Retorno a Brideshead), firma esta Noche real (A Royal Night Out), una cinta histórica que cuenta en clave de comedia los hechos reales de la noche del 8 de mayo de 1945, el “Victory Europe Day”, en Londres. Las aventuras de la princesa Isabel, enfermera del ejército y futura reina Isabel II, y su pizpireta hermana pequeña, proporcionan el material idóneo para realizar una divertida screwball comedy, una cinta de enredos que transcurre a lo largo de una sola noche (ese subgénero que nos ha dejado maravillas como Jo, qué noche!, Nick y Nora o Aventuras en la gran ciudad) y hace del humor pícaro y amable y el slapstick su mejor baza.

noche realLa sencillez y absoluta falta de pretensiones de Noche real hacen de ella un pasatiempo ligero y agradable. Jarrold no pretende que su película pase a la historia del cine, sino simplemente ofrecer hora y media de asequible distracción. Y es que lo que al film le falta de enjundia, lo compensa con creces gracias a grandes dosis de elegancia, encanto e ingenuidad, personificadas en sus dos protagonistas: la exquisita Sarah Gadon y la robaescenas Bel Powley. La actriz todoterreno de The Diary of a Young Girl ofrece una interpretación efervescente con la que se lleva la película de calle (el futuro es suyo). Sin embargo, Isabel y Margaret no tardan en separarse, la primera para vivir un enamoramiento fugaz con un militar (Jack Reynor), y la segunda para hacer suyo el dicho “la noche es joven”. A partir de ahí, la trama de Noche real se basa en la misión de reencontrarse, lo que llevará a las hermanas a vivir aventuras por separado en las partes más sórdidas de la ciudad. Pero Noche real no está interesada en el drama, sino que se mantiene luminosa y liviana en todo momento.

Noche real es un cuento clásico sobre la condición humana y el deseo de normalidad de la realeza (El príncipe y el mendigoAladdin), pero no busca lo trascendental, sino que se conforma con ser un romance sin complicaciones y una comedia de enredos inofensiva. Su brevedad y ritmo alegre hacen que, a pesar de ser poca cosa, agrade mucho.

Nota: ★★★

Crítica: Capitán América – Civil War

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Queda poco para que el Universo Cinemático de Marvel cumpla sus primeros diez años de vida. En este tiempo, Marvel Studios se ha afianzado como uno de los valores más seguros de la taquilla y ha perfeccionado una fórmula hasta ahora infalible. Además de crear una narrativa serializada que ha resultado en la fidelización de millones de espectadores, Marvel ha dotado de identidad propia a las sagas individuales de sus superhéroes. Así, las películas de Iron Man son acción pura, las de Thor fantasía épica, Ant-Man se presentó en una película de robos, y Capitán América se consolidó como un thriller político de espías con su excelente segunda entrega. Rodeada de la fanfarria que suele acompañar a todo estreno de Marvel, llega la tercera parte de las aventuras de Steve Rogers (Chris Evans), Capitán América: Civil War, la cinta que inaugura la Fase 3 del UCM. Y esta vez Rogers viene acompañado de la mayoría de superhéroes que hemos ido conociendo a lo largo de estos años, formando el reparto más multitudinario de Marvel hasta la fecha. Los hermanos Anthony y Joe Russo se vuelven a poner tras las cámaras para continuar el fantástico trabajo que realizaron en El soldado de invierno y además hacer una mejor película de Los Vengadores que La era de Ultrón (que me perdone Whedon, que él ya se autoflagela lo suficiente).

Pero Civil War no solo ejerce como Vengadores 2.5, sino que también continúa la senda marcada por la anterior película del Capi, incidiendo en lo que hizo de ella una de las entregas más sobresalientes del UCM: intriga política, espionaje y un tipo de acción más física, más pegada a la tierra (figuradamente). Con la premisa de los Acuerdos de Sokovia, equivalente al Acta de Registro de Superhumanos del cómic en el que se basa la película, y la idea de abordar las verdaderas consecuencias de todo lo visto hasta ahora, Civil War se construye meticulosamente como la crónica del enfrentamiento entre dos facciones de superhéroes divididos por esta iniciativa, que propone que los individuos con poderes desvelen sus identidades secretas a las autoridades y trabajen para el Gobierno. La fricción que esto provoca entre las filas de los Vengadores da lugar a que salgan a la luz las tensiones, las inseguridades y también las afinidades personales entre los superhéroes. Para indagar en este interesante concepto y sus numerosas ramificaciones, los Russo trazan una historia abarrotada de elementos, con multitud de personajes, tramas entrelazadas y giros argumentales, a lo que se suma la presentación de nuevos superhéroes. Y a pesar del berenjenal, de alguna manera hacen que todo encaje, que todo funcione con la precisión y fluidez de una máquina bien engrasada, llevando a su vez el UCM hacia un terreno más serio y adulto.

Civil War puede resultar excesivamente larga (porque con 147 minutos técnicamente lo es) y es quizá la película de Marvel que más precisa de un conocimiento previo de la macro-historia que se ha desarrollado durante estos años (todo lo que hemos visto anteriormente converge en este capítulo), pero a la vez constituye una pieza individual íntegra y bien estructurada teniendo en cuenta las circunstancias, un Marvel de mayor madurez narrativa y coherencia temática y emocional. Sin abandonar el humor característico de la Casa de las Ideas, pero afinándolo y dosificándolo mejor que en UltrónCivil War halla el equilibrio adecuado entre drama, intriga, acción y desarrollo de personajes, para desgajar el conflicto moral que marca un antes y un después en este universo de ficción. Porque Civil War supone claramente un punto de inflexión (el que pedían tanto la historia como la audiencia), pero en lugar de esclavizarse al gran esquema de Marvel, pone la serialidad a su servicio, para narrar su propia historia a la vez que allana el terreno para una nueva etapa, una de mayor incertidumbre, caracterizada por la destrucción de lo ya establecido (a partir del clásico dilema comiquero “Superhéroes: ¿Salvación o amenaza?”) para dar paso a lo nuevo. Y lo nuevo en este caso viene personificado en dos flamantes superhumanos: Black Panther y Spider-Man.

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Pantera Negra supone una adición importante al equipo, presentando a Chadwick Boseman como un superhéroe diplomático y solemne, arraigado en la tradición y el folclore de su pueblo, y una fisicalidad felina muy vistosa, mientras que el Trepamuros se cuela para ejercer como alivio cómico (al igual que Scott Lang), protagonizando junto a Tony Stark (Robert Downey Jr.) un divertidísimo entreacto que hace que la historia, de una densidad considerable, respire justo cuando hace falta. A pesar de las dudas, la introducción de Tom Holland como Spider-Man no podría ser más exitosa. Aunque lo vemos poco tiempo en pantalla, podemos afirmar que el joven actor británico es un Peter Parker perfecto, y la juventud e inexperiencia del personaje, lejos de ser una traba, es un auténtico soplo de aire fresco. El juego que da con los adultos (atención al muy oportuno chiste a costa de Star Wars) respalda la decisión de Marvel de reencarnarlo en un adolescente (esta vez de verdad) y aumenta exponencialmente la expectación por ver Spider-Man: Homecoming, lo cual, teniendo en cuenta lo hastiado que había quedado el personaje después de su anterior reboot, tiene mucho mérito.

Aunque algunas intervenciones saben a poco, en general Civil War otorga el tiempo adecuado a cada personaje teniendo en cuenta su relevancia en la trama (esta sigue siendo una película de Capitán América, a pesar de Iron Man, y esta vez los villanos son secundarios porque tienen que serlo), lo próxima que está su siguiente entrega en solitario (Ant-Man por ejemplo sale poco, pero sus escenas son muy grandes, y los personajes nuevos solo suponen un aperitivo), o su afinidad con el estilo y la propuesta de los Russo (Visión y Bruja Escarlata vuelven a sobresalir, pero desde un segundo plano, seguramente para mantener la Marvel mágica separada de la más terrenal y realista de las películas del Capi, misma razón por la que faltan Hulk y Thor). Al igual que El soldado de inviernoCivil War destaca por sus impresionantes coreografías de acción, combates cuerpo a cuerpo de una fuerza brutal (donde la Viuda Negra y la Agente 13 tienen su oportunidad para brillar más), con los que se recurre lo menos posible a lo supernatural (incluso se prescinde bastante de los trajes de superhéroe), sobre todo hasta que llega el primer clímax, la batalla en el aeropuerto. La pieza estrella que involucra a todos los superhéroes, previa al emocionante showdown final entre Tony y Steve, es un enfrentamiento espectacular que da lo que se espera de Marvel y además lo hace sin apenas recurrir al destruction porn ni caer en la saturación visual (aunque el CGI canta demasiado en ocasiones y eso es inaceptable), apoyándose en las habilidades de sus personajes y cómo estas chocan para dejarnos una pelea clara, imaginativa y contundente.

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Pero más allá del espectáculo propio de un blockbuster ejemplar (que a estas alturas se puede dar por sentado), lo más importante de estas películas, y concretamente de la saga del Capitán América, siguen siendo los vínculos entre los personajes, ya bien definidos y asentados -gracias en gran medida a unos actores en perfecta sintonía con ellos, de los que hay que destacar aquí las sólidas interpretaciones de Evans y Downey Jr. Con pulso firme, los Russo evitan que Civil War se pierda en sus abundantes escenas de acción y su enrevesado argumento gracias a esos momentos entre personajes, con los que se nos deja claro que para narrar el conflicto y darle el peso que le corresponde es prioritario explorar los orígenes de cada uno, cómo encajan como grupo, lo que los une y los separa (Steve y Bucky están en el centro, pero no se reduce a ellos), quiénes son y cómo son percibidos por el resto del mundo, y en consecuencia definir sus motivaciones, es decir, lo que les llevará a elegir un bando u otro. En este sentido, Civil War no deja nada al azar, se cuida de que todo cuanto ocurre tenga una razón de ser y se compromete a no buscar la salida más fácil, lo que da como resultado un relato marveliano de madurez que inaugura triunfalmente y con firmeza esta nueva fase. El único pero en este sentido es que la cinta promete un UCM diferente, pero todavía no lo muestra (Marvel sigue teniendo miedo a la muerte, por ejemplo). Tiempo al tiempo, de momento los Russo han sabido capear el temporal para manejar de forma satisfactoria los muchísimos elementos que debían ensamblar, dando como resultado otra muy consistente entrega del Capitán América que invita al revisionado para abarcar todo lo que cuenta y que, sorprendentemente, deja con ganas de más. Una película diseñada no solo para contentar a los fans de Marvel, sino para legitimar el cine de superhéroes como algo más que un pasatiempo palomitero.

Nota: Capitán estrellas copia

“Soy lo que soy gracias a vosotros”: Un análisis de ‘The Girlfriend Experience’

TGE

The Girlfriend Experience es desde luego toda una experiencia televisiva. Pero cuidado, no es una experiencia para todo el mundo. La serie, que se emite semanalmente en Starz (la atrevida cadena de OutlanderSpartacus) y se ha ofrecido completa en su servicio de VOD, nos sumerge en el mundo de las escorts de lujo, pero no esperéis un producto similar a Secret Diary of a Call GirlTGE es una serie difícil, poco amable, y no porque sea dura desde el punto de vista dramático, sino por su carácter frío y analítico, por su forma absolutamente libre de artificios y prejuicios de aproximarse al tema y a la protagonista. A priori, esto puede sonar atractivo (y lo es), pero obliga a que nos adentremos en la historia dispuestos a dejar a un lado nuestras preconcepciones sobre el (desconocido y difícil de documentar) mundo que retrata, y también sobre cómo deben o no deben ser los personajes televisivos, concretamente los femeninos. Algo que no todo el mundo está dispuesto a hacer.

Creada por la actriz y cortometrajista Amy Seimetz (esta es su primera serie como showrunner) y el director Lodge Kerrigan (responsable de la muy interesante Keane y realizador de Homeland, The Killing The Americans), The Girlfriend Experience está inspirada en la película del mismo título de Steven Soderbergh. El estilo del director de Contagio está presente en la serie, cuya estética, ritmo y atmósfera tensa e inquietante sin duda atraparán a los que disfrutan de un producto como The Knick (también de Soderbergh), drama aséptico, sin apenas concesiones o rastros de humor, que cala casi sin que uno se dé cuenta de cómo lo está haciendo. La primera temporada de TGE nos cuenta a través de 13 episodios la historia de Christine Reade (Riley Keough), una ambiciosa estudiante de derecho que descubre a través de una amiga el negocio de las escorts de lujo y decide formar parte de él, compaginándolo con sus prácticas en un importante bufete de Nueva York. A medida que se va a adentrando más y más en la prostitución, las barreras que levanta para mantener separadas sus dos facetas profesionales y su vida personal van derrumbándose.

The Girlfriend Experience está desprovista de excesos o afectación dramática, como reflejo de la protagonista, una mujer asocial, fría y decidida que puede ser percibida por los demás, tanto dentro como fuera del relato, como una persona egoísta y calculadora (seguramente porque lo es). Este es el mayor atractivo de la serie, el excelente estudio de personajes que realiza con Christine, una chica que, como la Hannah de GIRLS o la Selina Meyer de VEEP, se aleja del prototipo de protagonista femenina de series, y con la que se continúa llevando la televisión hacia un nuevo terreno en el que las mujeres de la ficción no están ahí para agradar a la audiencia, para convertirse obligatoriamente en modelos aspiracionales o servir un ideal. Como decía, Christine no es juzgada por la cámara, por la narración, deja que el espectador saque sus conclusiones, pero no da pie a que la sentenciemos, sino más bien a que la conozcamos y aceptemos, a ella y sus decisiones, porque son suyas y de nadie más. En el magnífico episodio “Home” (1×12), su hermana le pregunta “¿Cómo eres capaz de hacer algo tan estúpido?”, a lo que Christine responde en un poco frecuente y revelador estallido de ira: “¡Porque me gusta!”

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Eso es lo que hace The Girlfriend Experience, desmitificar el mundo de la prostitución de lujo tal y como nos lo lleva presentando años el cine y la televisión, negándose a presentarlo como algo potencialmente romántico (la puta que se enamora y deja su trabajo por él), un cuento moral trágico (aunque puede ser pronto para sacar conclusiones de este tipo, claro) o un complemento a la historia de un hombre poderoso. Para dibujar esta visión, TGE hace gala de una dirección muy inteligente y un excelente uso de la cámara. El encuadre y la puesta en escena sirven en todo momento para reflejar el estado de ánimo de los personajes, para desvelar la naturaleza temática de las escenas y explicar el tipo de relación que tienen los personajes que nos muestra. Llaman la atención los numerosos planos generales en interiores, que a menudo no nos dejan ver los rostros de los personajes mientras dialogan: hoteles, restaurantes, el bufete donde Christine trabaja, espacios enormes y diáfanos pero curiosamente sombríos, que transmiten sensación de frialdad en un mundo impersonal y distancia emocional. Asimismo, las (abundantes) escenas de sexo están grabadas de manera muy significativa, recurriendo a los mecanismos del cine erótico, pero empleándolos para mostrarnos una realidad semi-construida (esa “girlfriend experience” que no solo viven los clientes, sino ella también). En estas secuencias, Christine forma parte de un juego de ficción, por eso están rodadas de forma que la mayor parte del tiempo veamos que está actuando (en muchos momentos disfrutando de ese papel, en otros, como en el extraño y brillante final de temporada, no tanto, pero siempre haciendo ‘role play’, con el control de la situación). Todo esto hace del The Girlfriend Experience uno de los trabajos de dirección más estimulantes y refinados que hay actualmente en televisión.

“¿Nunca has tenido novio?”
“No. Supongo que no tengo las mismas reacciones a las cosas o sentimientos sobre cómo las cosas deberían ser”.

Un párrafo aparte merece la soberbia interpretación de Riley Keough. Lo suyo es un trabajo de una afinación absoluta. Desapasionada, distante, fascinante, y profundamente elegante y sensual. Keough compone a un personaje muy complejo, y lo hace con una contención magistral, haciendo de la mirada su mayor aliada. El contraste entre Christine y Chelsea (su nombre de escort) nos deja ver los dos rostros del personaje, uno directo e impermeable (“Supongo que simplemente no disfruto pasando tiempo con gente, lo encuentro una pérdida de tiempo y me hace sentir ansiedad”), y otro seductor y narcisista, ambos esenciales al personaje y constituyentes de su personalidad. Pero que tenga el control emocional sobre su doble vida (no tanto sobre las consecuencias que de ella se desprenden) no quiere decir que Christine sea un robot. A lo largo de la temporada se nos muestra al personaje dudando de sí misma (“¿Soy una sociópata?”) y en situaciones vulnerables, como la escena en la que, tras un encuentro con la mujer de uno de sus clientes, se lleva una copa a la boca y su mano temblorosa está a punto de derramarla, o el impresionante ataque de ansiedad (¿completamente? fingido) con el que corona el mejor episodio de la temporada, “Blindsided” (1×09). Son detalles perfectamente dosificados a lo largo de los capítulos para hacer de Christine un personaje más humano, con más capas, y Keough los interpreta de forma impecable.

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The Girlfriend Experience es una serie interesante entre otras cosas por cómo retrata el sexo (y las políticas sexuales en la privacidad y en el entorno laboral), en una era de la televisión en la que las cadenas de cable tienen libertad para mostrar cualquier cosa. Keough se desnuda en todos los capítulos, y esto es imprescindible para construir al personaje. TGE nos presenta a una mujer joven que goza y domina su sexualidad, que desea vivirla al máximo sin que esto se interponga en las demás facetas de su vida o afecte a la manera en la que la ven los demás (“Es imposible que una mujer sea percibida como un ser sexual y tenga éxito profesional”, se queja). Las escenas de sexo de TGE invitan al voyeurismo (la propia Christine participa de él junto a nosotros y se masturba observándose a sí misma en una grabación) y son excitantes, pero no buscan exclusivamente la mirada masculina, nunca son gratuitas o un recurso barato, sino que forman parte esencial del relato. Un relato oscuro que, de forma desafiante, provocadora, y extremadamente inteligente, se propone romper moldes y dinamitar las expectativas sobre lo que una mujer debe o no debe ser en la ficción.

Crítica: Cegados por el sol (A Bigger Splash)

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Tilda Swinton se vuelve a poner a las órdenes de Luca Guadagnino, seis años después de protagonizar su aclamada película Yo soy el amor. En Cegados por el sol (A Bigger Splash), basada en La piscina (1969) de Jacques Deray, la británica da vida a Marianne Lane, una estrella de rock que disfruta de unas vacaciones con su novio cineasta (Mattias Schoenaerts) en la preciosa isla italiana de Pantelaria, en la región de Sicilia. Allí, su idílico descanso se ve interrumpido por la llegada del antiguo gran amor de Marianne, Harry (Ralph Fiennes) y su hija, Penelope (Dakota Johnson), cuya existencia apenas acaba de conocer. La llegada de Harry, un torbellino de locura y visceralidad, desencadena sentimientos de celos, rencor e inseguridad que llevan a los personajes a sumirse en una espiral de comportamiento destructivo.

Con Cegados por el sol, Guadagnino ha compuesto un trabajo de gran exuberancia, una película efectivamente bañada por el sol mediterráneo, placentero y sofocante a la vez, y aliviada por el agua refrescante de las piscinas y los paradisíacos rincones ocultos de Pantelaria, como sugiere su título original (superior, gracias al doble sentido que oculta). El director saca todo el partido de la hermosa localización, de manera que la isla y la casa donde los protagonistas pasan las vacaciones se funden con el convulso discurrir emocional y dramático de la historia. El calor, la sal del mar secándose en la piel, la brisa suave, todo se puede sentir a través de la pantalla, gracias a una ambientación sin igual, una aproximación muy física y atmosférica a los escenarios, que abandona a los personajes a los deseos naturales de la isla para reflejar su cambiante estado anímico.

Pero Pantelaria no es el único paisaje que Guadagnino está interesado en retratar en su película. El italiano es igual de meticuloso y apasionado a la hora de filmar los cuerpos de los protagonistas, un cuarteto de intérpretes absolutamente entregados al proyecto, sin ningún tipo de pudor para desnudarse integralmente y dejar que el director repase y venere sus anatomías con la cámara para dejarnos planos de un erotismo aturdidor. Pero obviamente, además de literal, la desnudez de sus protagonistas es también figurada. De hecho, desnudos quizá enseñen menos que cuando están vestidos. Cegados por el sol es una historia de celos, deseo, manipulación, una intriga inquietante pero también divertida, sobre el sexo, la sexualidad, la belleza, y el amor que se niega a desvanecerse y destruye. Un relato de contrastes, en el que la cultura del rock y el romanticismo de la celebridad de hace varias décadas (los Rolling Stone o la inevitable identificación de Marianne con Bowie) chocan con la calma y la tradición del Mediterráneo, y el descreimiento de las nuevas generaciones (personificadas en una excelente Dakota Johnson). Todo para mostrarnos cómo estos ociosos peces de ciudad, artistas sofisticados, cultos y privilegiados, se descomponen en el calor de un mundo extraño al suyo.

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Los cuatro protagonistas de Cegados por el sol están soberbios. Swinton, cuyo personaje se está recuperando de una dolencia de garganta, se pasa la primera mitad de la película sin hablar, desprendiendo presencia, carisma y una gran elocuencia dramática sin pronunciar apenas una palabra. Schoenaerts personifica con aplomo la peligrosa calma tensa de un hombre receloso y atormentado, constantemente amenazado por el pasado, mientras Johnson clava a la Lolita del siglo XXI, distante, enigmática, caprichosa y desbordantemente sexual. Pero quien se lleva el gato al agua es Fiennes, con la que es sencillamente una de las mejores interpretaciones de su carrera, un trabajo valiente, excesivo e histriónico en su justa medida, a través del que compone un personaje tan divertido como fascinante. Con un gran sentido de la exploración psicológica de personajes, Guadagnino elabora entre ellos un juego de sexo y pasiones desatadas que hace de Cegados por el sol una película embriagadora e irresistible.

Con un toque surrealista y burlón, y un ojo puesto en la obra de Patricia Highsmith (la cinta bebe mucho de El talento de Mr. Ripley), Guadagnino nos envuelve en una sensual orgía de los sentidos que no solo seduce con sus imágenes, sino también con su exquisito sentido del humorCegados por el sol es una película lasciva, delirante, una experiencia de la que uno sale con ganas de desnudarse, de desnudar, y de apaciguar el calor con un baño refrescante, a poder ser en compañía.

Nota: ★★★★

Crítica: Toro

Toro Mario Casas

Con la ambiciosa Eva, el barcelonés Kike Maíllo se postuló en 2011 como uno de los directores noveles más prometedores del panorama español, y concretamente del cine de género. Olvidemos su segunda película (él seguro que lo intenta todos los días, yo ni sabía de su existencia), Tú y yo, protagonizada por David Bisbal, y centrémonos en su nuevo trabajo, Toro, que llega a los cines rodeado de expectación. Con un reparto de excepción, formado por uno de los actores más prominentes del actual star system español, Mario Casas, la fantástica Ingrid García-Jonsson y pesos pesados como Luis Tosar y el renacido José SacristánToro es un thriller de acción que transcurre durante 48 horas al límite y nos lleva en un recorrido repleto de peligro y violencia por la Andalucía más corrupta y salvaje.

Toro (Casas) lleva en la cárcel cinco años, después dar un golpe en un restaurante con sus hermanos, un último trabajo para el capo de la mafia marbellí Romano (Sacristán). Tras conseguir el tercer grado, el joven se gana la vida honradamente conduciendo un taxi y rehace su vida con una profesora (García-Jonsson). Sin embargo, el reencuentro de Toro con su hermano, López, le llevará de nuevo por el camino de la sangre, arriesgando la vida de los suyos y su libertad en un viaje junto a López y su hija para huir de los matones que los persiguen. La odisea de Toro abrirá viejas heridas del pasado y obligará a los hermanos a reconciliarse con él para sobrevivir a la amenaza de Romano, que tiene ojos allá donde van, para culminar en un encarnizado enfrentamiento cuando parece que todo está perdido.

Los referentes de Maíllo a la hora de construir la historia y definir el estilo de Toro saltan a la vista. Por un lado, el catalán se fija en el thriller de acción coreano, representado principalmente por Park Chan-wook, de cuyas películas más populares, Oldboy o las dos Sympathy, se pueden oír claros ecos en la película. Y es que, aunque no es el tema principal, Toro orbita el subgénero del cine de venganza, dejando entrever también cierta inspiración en Tarantino (donde todo converge). Por otro lado, el film tiene trazas de actioner contemporáneo, de ese tipo de cine de acción heredero de las películas protagonizadas por Bruce Willis y otros héroes “testosterónicos” de los 90, y que en los últimos años ha atravesado un proceso de sofisticación que ha dado lugar a películas como la que nos ocupa. En Toro tenemos todo lo que hace falta para edificar un buen thriller de acción de manual: un héroe imperfecto y humano, una mujer en peligro por su culpa, un villano megalómano y exagerado, una niña a la que hay que proteger, una trama con dinero robado… Pero todo pasado por el filtro del sigo XXI, que por lo visto hoy en día tiene que ser obligatoriamente un filtro de neón.

Toro-646624330-largeNo es que Nicolas Winding-Refn haya inventado nada, pero su Drive puso de moda una estética muy concreta que estamos viendo reproducida en muchas cintas de acción. Un neo-noir caracterizado por el colorismo fluorescente, el minimalismo narrativo, los personajes crípticos y la hiperviolencia estilizada. Al ver Toro queda patente que Maíllo ha visto Drive muchas veces, y que quería hacer algo parecido, pero en versión patria (el teaser póster es toda una declaración de intenciones). Por eso, para hallar su estilo propio arraigado en lo autóctono, el director adereza la película con elementos cañís, como la obsesión por las marchas de Semana Santa de Romano, la banda sonora de Joe Crepúsculo, la (preciosa) voz flamenca de Soleá Morente o el imaginario católico, tan característico sobre todo de la Andalucía profunda y mítica que pretende retratar. Sin embargo, el resultado no es más que un pastiche sin sentido, un corta-pega que acaba resultando en la ausencia de estilo, precisamente por su empeño en reproducir el de los demás.

En el apartado interpretativo, Toro sale más airosa. Casas ya ha probado con creces que puede ser un buen leading man, y que cuando quiere demostrarlo, tiene talento. Claro que suele hacerlo más en comedia, y aquí se le requiere mantenerse sobrio, monótono, callado (“Yo es que hablo poco”, se autodescribe en el film), como el Driver de Ryan Gosling. Aun así, a pesar de su inexpresividad chulesca y esos morritos perennes, Casas no compone un mal personaje precisamente. Pero quien más destaca, como de costumbre, es Tosar, que sale mejor parado que Sacristán, cada vez más acartonado, y últimamente actuando igual de plano en todo. Es cierto que tanto ellos como el director tienen buenas intenciones, y se nota. Toro está hecha con cariño y convicción, creyendo en lo que se está haciendo, y sacando provecho de los medios para hacer algo muy vistoso (aunque peque de fantasma y gestione muy mal algunos recursos estilísticos, como la cámara lenta). Pero una buena factura no es suficiente. Hace falta una historia con menos agujeros, más definida y menos superficial, una que no se deje sepultar por los clichés que maneja y los referentes a los que emula.

Nota: ★★½

Crítica: El niño y la bestia

el nño y la bestia

De un tiempo a esta parte, Mamoru Hosoda se ha ganado el apelativo del “Nuevo Hayao Miyazaki“, y su obra (antes para Madhouse y ahora en el Estudio Shizu, que él dirige) empieza a ser considerada como la mejor alternativa al emblemático Estudio Ghibli. Hosoda se estrenó en el largometraje de animación en 2000, con Digimon: La película (que en realidad era más bien una recopilación de cortometrajes), y dirigió una entrega cinematográfica de One Piece, pero el japonés tenía aspiraciones más ambiciosas para el cine. En 2006 se postuló como uno de los directores de animación más interesantes, con la revelación La chica que saltaba a través del tiempo. Le siguieron Summer WarsWolf Children (quizá su mejor película hasta la fecha, y la más similar a Ghibli), que se ganaron el favor del público (las tres ganaron en Sitges) y consagraron a Hosoda como un de los talentos más imaginativos de la animación japonesa.

Su último trabajo, El niño y la bestia (Bakemono no ko), fue uno de los mayores éxitos del año pasado en Japón y la película más taquillera de Hosoda, además de ser la primera película de animación en participar en la Sección Oficial a Competición de San Sebastián (de donde se fue de vacío). El film continúa en la senda creativa que Hosodu se ha labrado en la última década, planteando una aventura épica rebosante de color que presenta un universo y una mitología abundante. En cierto modo, la película podría ser descrita como una versión moderna y ‘retorcida’ de El Libro de la Selva. En ella, Kyuta, un niño solitario que deambula por las calles de Shibuya, encuentra un portal hacia un reino imaginario. Allí es criado por Kumatetsu, una criatura sobrenatural que habita en este mundo paralelo de animales antropomorfos. Kyuta y Kumatetsu desarrollan una amistad más allá de su vínculo maestro-discípulo, de la que ambos se beneficiarán para su crecimiento personal. Mientras, se fragua una épica batalla por el poder en el Reino de las Bestias, donde los humanos no están permitidos, ya que según las bestias todos esconden una oscuridad en su interior que podría ponerlo en peligro.

nullEl niño y la bestia es una aventura coming-of-age, un relato de maduración, la de un niño y la de un adulto que buscan la armonía y la disciplina necesaria para (sobre)vivir. Y también una historia sobre los lazos familiares que se generan más allá de los vínculos biológicos, los de la familia creada que Kyuta encuentra en el Reino de las Bestias. Pero ante todo, la película de Hosoda es una fantasía de acción y artes marciales que disfrutarán especialmente los más pequeños y los fans de la animación japonesa. En este sentido, El niño y la bestia puede pecar de ser demasiado genérica, de amasar muchos clichés del género (incluida la mascota adorable y otros elementos metidos con calzador), y complicarse demasiado para contar algo muy poco complejo. Hosoda se esfuerza en otorgar profundidad emocional a la historia, pero esta no deja de ser la típica aventura formulaica de artes marciales, sin más, un anime tópico que no aporta demasiado al género.

El niño y la bestia posee una enorme fuerza visual y secuencias espectaculares que harán las delicias de los fans de la animación, pero esta vistosa exhibición de la que hace gala acaba jugando en detrimento de la historia, que carece del sentido que hace falta para explorar satisfactoriamente los temas que plantea. Hosoda sigue siendo uno de los talentos más destacados del panorama nipón actual, pero puede hacerlo mucho mejor.

Nota: ★★★

11.22.63: El tiempo perdido

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11/22/63 es una de las novelas más leídas y veneradas del prolífico Stephen King. Según cuenta el autor, este libro llevaba gestándose desde 1971, justo antes del lanzamiento de su primera novela, Carrie. Por esta razón, se podría decir que 11/22/63 es un proyecto de toda la vida, uno de los más importantes para la carrera del famoso escritor estadounidense. King aparcó la preparación de la novela durante muchos años, porque esta requería un trabajo de documentación exhaustivo que el autor no estaba preparado para llevar a cabo al inicio de su carrera, pero nunca abandonó del todo el proyecto, que, al igual que ocurrió con Under the Dome, retomó más tarde, cuando las circunstancias fueron más propicias.

El libro, que se publicó finalmente en 2011 con gran éxito de ventas (como no podía ser menos) y un recibimiento entusiasta por parte de los lectores, cuenta la historia de un hombre que viaja en el tiempo a través de un portal oculto en un típico diner para prevenir en asesinato de John F. Kennedy, el 22 de noviembre de 1963. Sin dejar de lado el género fantástico, King se distanciaba del tipo de novelas que le habían otorgado la fama, para adentrarse en el drama histórico. Vestida de historia sobre viajes en el tiempo y relato romántico11/22/63 es en cierto modo la crónica de un periodo de tiempo muy importante en la historia de Estados Unidos, una época de cambio, entre finales de los 50 y mediados de los 60, donde el idealismo de los años felices daba paso a una etapa de tumulto social e incertidumbre. Con más de 900 páginas, 11/22/63 es una lectura absorbente que, como casi todo lo que escribe King, clamaba por una adaptación audiovisual.

La plataforma de vídeo online Hulu es la encargada de trasladar las páginas a la pantalla (a España nos la trae la cadena Fox), con una miniserie de ocho episodios producida por el propio King, en colaboración con el imparable J.J. Abrams11.22.63 (cambiamos las barras por puntos para la versión televisiva y ponemos el día primero para el título oficial en España, 22.11.63), tiene la difícil tarea de adaptar una obra monumental, repleta de información y giros, que transcurre a lo largo de cinco años y se cuece a fuego lento. Durante un tiempo se pensó en convertirla en película, pero esto habría sido una empresa imposible. El formato miniserie era el idóneo para este libro en concreto, y el nivel de la ficción dramática de los canales alternativos auguraba una adaptación a la altura que esquivase la maldición de King, cuya obra pocas veces se ha llevado a la pantalla de manera satisfactoria.

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Bridget Carpenter (Friday Night LightsParenthood) se encarga de desarrollar el proyecto, para lo que, como es lógico, ha tenido que efectuar cuantiosos cambios con respecto a la novela. En esencia, 11.22.63 se mantiene muy fiel al libro, pero la naturaleza del medio televisivo obliga a esquematizar y el formato serial a reordenar los puntos de inflexión del relato. Por eso, la historia comienza en 1960 en lugar de 1958, por eso se reducen los viajes de su protagonista, Jake Epping (James Franco), se cortan muchos pasajes o se cambia el papel de algunos personajes, para ajustarse a la narración episódica televisiva. Lo que viene siendo cualquier adaptación de un libro de esta envergadura. Carpenter da comienzo a la miniserie de forma acertada, estableciendo el tono con certeza, y extrayendo la esencia de la novela para contar lo más importante. Pero a medida que avanza, 11.22.63 va perdiendo fuelle, y no consigue brillar tanto como prometía, yendo de más a menos para convertirse en una decepción. Y no ya solo como adaptación, porque tenemos que ser capaces de separar ambos medios, sino como serie. 11.22.63 no está a la altura, simplemente no logra la trascendencia y el impacto que su historia podía haber propiciado, no está bien planificada desde el punto de vista narrativo, y se queda en el terreno de lo convencional. Podría haber sido extraordinaria, pero se conforma con ser correcta.

Carpenter no dosifica bien la información, no parece saber siempre cuándo pausar o acelerar, provocando que la serie adolezca de un ritmo muy irregular, y la historia pierda interés paulatinamente, cuando debería ser al contrario. Pero el problema principal de 11.22.63 es otro, aunque está derivado de lo mismo: su práctica falta de desarrollo de personajes. A nivel interpretativo, la serie cumple (olvidémonos de la lamentable pero afortunadamente breve participación de T.R. Knight): Sarah Gadon está encantadora, George MacKay es muy buen sidekick (acertadamente, el papel de Bill Turcotte gana peso con respecto al libro), y el protagonista, James Franco, está mejor de lo que se esperaba. Claro que, por desgracia, su personaje apenas muestra síntomas de evolución durante los años que permanece en el pasado (y esto es culpa suya y del guion), lo que hace que sea difícil involucrarse emocionalmente con su historia (simplemente no se nos muestra bien el vínculo que Jake desarrolla con el mundo de los 60, clave para entender su viaje personal). Tampoco ayuda que se pase de puntillas por los temas sociales, aunque entendemos que no hay tiempo para entretenerse con ellos, o que no explore de forma interesante a los personajes de Lee Harvey Oswald (Daniel Webber) y su mujer, Marina Oswald (Lucy Fry). Al final, la serie se queda en la superficie en todos los aspectos, no logra expresar la relevancia de la época que retrata y sus personajes no transmiten demasiado. Por eso, aunque su final (afortunadamente fiel al del libro) sea ciertamente bonito, habría sido más conmovedor si los protagonistas y la historia hubieran tenido más aristas.

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A nivel técnico, 11.22.63 está a la altura de lo que se espera de un drama televisivo actual. La ambientación de los años 60 es fantástica, la factura es notable, y en general es un producto muy cuidado. Sin embargo, desaprovecha una oportunidad de oro al no hallar el núcleo emocional de la historia y no hacer que sus personajes apenas crezcan a lo largo de sus ocho capítulos. Mientras, pierde el tiempo estirando tramas que no aportan demasiado para acabar apresurando los acontecimientos en los dos últimos episodios (que al menos remontan con respecto a los anteriores para dejar con mejor sabor de boca). Si bien ha escapado de la maldición de King, 11.22.63 supone una desilusión, sobre todo por lo bien que arranca. Como le dice Sadie a Jake en una escena clave de la serie: “La película nunca es mejor que el libro”. Es un tópico muy facilón (aunque también un guiño muy simpático teniendo en cuenta el historial audiovisual de King), pero esta miniserie corrobora que es cierto.

Crítica: Dope

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Rick Famuyiwa, responsable de películas orientadas especialmente al público negro, da el salto al cine independiente con Dope, una historia que busca un público más variado para hablarle precisamente sobre lo que significa ser negro, concretamente en un barrio de California. La película sigue las aventuras y desventuras de Malcolm (Shameik Moore), un peculiar adolescente obsesionado con el hip-hop de los 90 que toca en una banda de punk-rock y sueña con ir a Harvard.

Malcolm es un adolescente superdotado e inadaptado, paria social y víctima de bullying (como Donald Glover, es un “Oreo“, negro por fuera, blanco por dentro) que encuentra refugio en sus dos mejores amigos, Diggy (Kiersey Clemons) y Jib (Tony Revolori), y desea ligarse a su vecina, Nakia (Zoë Kravitz). Para intentarlo, los tres amigos acuden a una fiesta organizada por un camello del barrio, que acaba arrestado tras una redada, no sin antes esconder una remesa de Molly en la mochila de Malcolm.68x98 Cartel Cine Dope.inddEsto le llevará a vivir una peligrosa odisea en las calles de Los Ángeles cargada de humor, sexo y violencia, de la que obtendrá valiosas lecciones sobre la vida, los negocios y él mismo.

Dope fue todo un éxito de crítica en el Festival de Sundance de 2015, donde también se alzó como una de las favoritas del público. Es fácil imaginar por qué. La película de Famuyiwa sigue la fórmula del cine adolescente americano y narra ese rito de paso que tantas veces hemos visto en la pantalla desde una perspectiva fresca y única (el film ha sido descrito como una mezcla de Pulp FictionGo). La primera mitad de Dope es todo un alarde de energía, color, música y buen humor (los diálogos entre Malcolm, Diggy y Job son geniales), sin embargo, a medida que la trama de la droga se va desarrollando, la película va sumiéndose poco a poco en lo convencional, para acabar descarrilando en su tramo final, donde abusa de topicazos del cine de mafiosos y narcotraficantes, y echa mano de la moralina más barata.

El mensaje protesta con el que termina Dope acaba delatando a una película más confusa en sus intenciones de lo que parece. Por suerte, lo que se mantiene consistente de principio a fin es la revelación Shameik Moore. Él es la película y él la saca a flote con su magnífica interpretación.

Nota: ★★★

Crítica: El Libro de la Selva

THE JUNGLE BOOK

El libro de la selva (1967) es uno de los Clásicos Disney más queridos por varias generaciones. Pero también uno de los más difíciles de adaptar para el público actual. Sin embargo, en la Casa de Mickey Mouse, que está viviendo una gran época de esplendor, han debido pensar que no hay reto lo suficientemente grande para ellos. Porque todo queda en familia, el estudio cuenta con Jon Favreau (director de las dos primeras Iron Man) para orquestar un proyecto de gran envergadura, una película ambiciosa y muy complicada de realizar que podría haber salido muy mal, y sorprendentemente funciona a todos los niveles.

La película animada original, más que una historia propiamente dicha, es una serie de viñetas que nos muestran los encuentros de Mowgli con los diversos animales que pueblan la selva donde se ha criado junto a los lobos. El remake de El Libro de la Selva conserva esa misma estructura fragmentada, heredada sin lugar a dudas del material original, la colección de relatos escritos por Rudyard Kipling, pero posee un hilo argumental más definido que mantiene más o menos cohesionada una historia con tendencia a irse por las ramas (nunca mejor dicho). El guion de Justin Marks se apoya más en la obra de Kipling que el clásico de los 60, pero también se encarga de rendir continuo homenaje a la película animada, rehaciendo las escenas clave de la misma (de las que Disney no habría permitido prescindir) y rescatando sus canciones más populares. Como ocurría con CenicientaEl Libro de la Selva es la misma película, pero a la vez es distinta.

THE JUNGLE BOOK

Y hablamos de “remake en acción real”, pero en realidad El Libro de la Selva podría contar como película de animación casi al 100%, en la que prácticamente lo único “real” en ella es el niño protagonista, el torbellino de energía Neel Sethi (un Mowgli muy propio, más niño de verdad que niño actor). Los escenarios naturales de la película están realizados casi íntegramente por ordenador, con un hiperrealismo tan conseguido que será difícil creer que lo que tenemos ante nuestros ojos no existe (asombrosamente, no se le ven las costuras). Y si los escenarios fotorrealistas quitan el hipo, la animación de los personajes que acompañan a Mowgli en su aventura es de otro mundo, tanto que se olvida pronto que son animales realistas parlantes. Sin miedo a exagerar, El Libro de la Selva supone un nuevo hito tecnológico en el cine, un testimonio de su gran avance en los últimos años. Las texturas y los movimientos de Bagheera, Baloo o la manada de lobos de Mowgli (qué adorables los cachorros), unido a la increíblemente orgánica integración de las creaciones CGI con el protagonista (cuando Mowgli toca a un animal, lo está haciendo de verdad), hacen que El Libro de la Selva suponga una experiencia visual sin igual.

El elemento tecnológico y el énfasis en la acción podrían haber jugado en detrimento de todo lo demás, pero El Libro de la Selva no deja que el espectáculo engulla su corazón, que late bien fuerte en todo momento. La película rebosa emoción, y, aunque ya hemos dejado claro que narrativamente es muy dispersa, se las arregla para que su frágil estructura y sus vaivenes tonales (del humor más simpático al puro terror en dos sencillos pasos) funcionen en todo momento. Solo hay un par de salidas de tono en el film, algún que otro chiste anacrónico y el número musical del Rey Louie, sin duda impresionante a nivel técnico y visual, pero completamente fuera de lugar. Por lo demás, un Favreau bastante solvente consigue que nada resulte excesivamente disparatado, que nada rechine, lo cual es un logro enorme teniendo en cuenta lo ambicioso y rocambolesco que es el proyecto si nos paramos a pensarlo, y lo difícil que era convertir el material original en una superproducción disneyana del siglo XXI.

THE JUNGLE BOOK

Y por supuesto, hay que elogiar el excelente trabajo de doblaje de la película, que justifica por sí solo la creación de una categoría a Mejor Interpretación de Doblaje en los Oscar. El reparto de voces en inglés es inmejorable, y más allá de las maravillas informáticas del film, son sus formidables interpretaciones las que hacen que los animales cobren vida de verdad: Ben Kingsley, Lupita Nyong’o, Giancarlo Esposito, Christopher Walken, Scarlett Johansson (con una participación muy breve, aunque al menos tiene una preciosa canción en los créditos), y sobre todo Idris Elba, cuya voz hace que el ya de por sí imponente tigre Shere-Khan resulte más terrorífico aun, y un pletórico Bill Murray, que vuelca toda su personalidad en el papel para convertirse en el Baloo perfecto. Sería un crimen perdérsela en versión original.

El Libro de la Selva es un espectáculo cinemático muy calibrado, una película tremendamente física (y sonora) que invita a sumergirse en sus preciosas imágenes, pero no se olvida de la importancia de compensar la pirotecnia con la emoción (ya sabéis, fórmula Disney). El déficit de atención de su argumento hace que a ratos se tambalee, pero nunca llega a ser un problema grave gracias a un guion que pone la excelencia técnica a su servicio, para favorecer el drama y la comedia siempre que es necesario. En definitiva, otro triunfo de una Disney imparable.

Nota: ★★★★

Crítica: Julieta

Julieta 2016

Julieta es el regreso al drama de interiores (de piel para dentro, se entiende), a las historias de mujeres con las que Pedro Almodóvar se ganó el reconocimiento internacional y vivió su mayor época de esplendor comercial. Después de varios films que no obtuvieron consenso por parte de los espectadores y la crítica, y la vapuleada (en mi opinión injustamente) Los amantes pasajeros, el director manchego vuelve al melodrama femenino que tantas satisfacciones le (nos) deportó, con cintas sobresalientes como Todo sobre mi madreVolver (para muchos su última gran película antes de esta Julieta). Almodóvar no se había ido a ninguna parte. Ha flirteado con el giallo (La piel que habito), ha rendido tributo al Hitchcock de Vértigo (Los abrazos rotos), y ha recuperado sus raíces petardas para hacernos reír y bailar (como si nadie estuviera mirando). Pero en cierto modo se puede decir que Julieta, su vigésimo largometraje, es un comeback, que Almodóvar “vuelve”, sobre todo para aquellos que no han comulgado con sus más recientes incursiones cinematográficas.

En la semana de su estreno, Julieta ha recibido el apelativo de “drama seco” en numerosas críticas y opiniones en redes sociales. Sustantivo y adjetivo que se han yuxtapuesto para convertirse ya casi en una frase hecha, en la forma oficial de describir a la película. Y no es un calificativo desencaminado para nada. Julieta es una película más sobria, más cruda y difícil, un Almodóvar sin apenas concesiones. A caballo en el tiempo, entre los coloridos y cardados 80 hasta el presente, recorriendo España de norte a sur, Almodóvar nos cuenta la historia de una mujer rota, la Julieta del título, encarnada por dos actrices de una belleza espléndida y en estado de gracia interpretativo, Emma Suárez y Adriana Ugarte, secundadas por un magnífico reparto. El triste recorrido personal de Julieta, basado en tres historias de Alice Munro, sirve para que Almodóvar trace un intenso relato sobre los lazos familiares (nuestras obligaciones para con nuestros hijos y padres, lo que nos debemos o no), y también sobre los secretos que destruyen, sobre el peso del pasado, la culpabilidad, la ausencia que consume, y por encima de todo, la incomunicación, el “silencio” (como se titulaba originalmente la película) que condiciona y separa a los personajes.

Julieta es una película cálida y fría a la vez, cariñosa y antipática, tierna y despiadada, sencilla y tremendamente compleja. No es un trabajo fácil de digerir, se fragua lentamente, puede resultar desorientador, sobre todo durante su primera mitad, pero su frialdad e intensidad dramática acaban calando. Julieta es una experiencia emocionalmente inmersiva (o se entra o no), una de esas películas que (si hemos entrado), se queda con nosotros más allá de lo créditos finales (y eso que tiene un desenlace de lo más abrupto), prolongando su vida más allá del relato, obligándonos a permanecer junto a su protagonista más tiempo, intentando entender las motivaciones, las razones detrás de los actos, tratando de llenar los huecos entre el silencio para hallar las respuestas que su autor no nos ha querido dar, reflexionando sobre lo que acabamos de ver. Porque si Julieta destaca por algo es por su exuberancia argumental (además de la física y estética, que se da por sentado), porque aun cuando parece que no está pasando nada, está pasando todo, y cuando sales de ella, necesitas tiempo para ordenar los pensamientos que te ha provocado.

Pero por esta misma razón, la película puede provocar el efecto contrario al deseado (incluso sentimientos divididos, como es mi caso). Julieta no deja respirar. Se entiende que Almodóvar haya decidido sumergirnos de cabeza en el drama y dejarnos bajo el agua durante hora y media, pero llega un momento en el que hasta cuesta emocionarse. A pesar de un par de pinceladas de humor (cortesía de la siemprePóster Julieta divertida Rossy de Palma), al director se le olvida la importancia de la comedia en su cine, incluso en el más arraigado en la tragedia. Por eso, Julieta puede saturar con su continuo tono exagerado de dramón, con cada plano y cada diálogo que se emplea a fondo para que sientas el dolor de su protagonista a la fuerza. En su empeño por mantener este continuo estado de inquietud y ansiedad, Almodóvar descuida partes de la historia, que por momentos parece no ir a ninguna parte. Claro que, como decíamos, esta aproximación tiene su coherencia con lo que se cuenta, y al final, todo acaba encauzándose de manera satisfactoria.

Aunque no haga falta decirlo, Julieta es una obra 100% almodovariana, un trabajo en el que nos encontramos todas sus marcas de autor: la iconoclastia de sus coloristas imágenes, la maestría encuadrando y jugando con las imágenes (mucho se hablará de esa preciosa elipsis visual a la que alude el cartel), los interiores llenos de vida, prácticamente paisajes emocionales (esas paredes de papel pintado y esos sofás que nos devuelven a Mujeres al borde Todo sobre mi madre), la enorme carnalidad y sensualidad de los cuerpos, la música de Alberto Iglesias (aquí poco inspirado), la importancia de dejar constancia de sus referentes (uno pierde la cuenta de cuántos libros y películas tienen referencia visual), todo subrayado por el regreso a los 80 que efectúa de forma parcial. Pero, como le ocurrió al último Tarantino, Almodóvar es tan Almodóvar que no puede evitar encender el piloto automático y moverse por inercia en muchos tramos de la historia, que por momentos se le va de las manos con tantos elementos y saltos temporales. Por todo esto, aun siendo una de las mejores películas del autor en los últimos años, Julieta no llega a ser un Almodóvar mayúsculo.

Nota: ★★★½

Crítica: Las Crónicas de Blancanieves – El Cazador y la Reina de Hielo

Huntsman

Antes de empezar me gustaría aclarar que yo soy una de las (¿dos?) personas a las que les gustó Blancanieves y la leyenda del cazador. Vista por segunda vez me sigue pareciendo una más que digna película de aventuras que sigue la senda de los clásicos del género de décadas pasadas y se llevó más palos de los que merecía, seguramente por la presencia de Kristen Stewart en el papel de Blancanieves. Pues eso, a mí me gustó, KStew incluida. Así que si esperáis mala baba y destroyerismo en esta crítica de Las Crónicas de Blancanieves: El Cazador y la Reina de Hielo podéis dejar de leer, porque no lo vais a encontrar aquí.

Segundo apunte: ¡Ese título! Desde el principio Universal había planeado estas películas como una trilogía, con una primera parte centrada en Blancanieves, la segunda en el Cazador y la tercera en la Madrastra. ¿Hacía falta alargar el título de esta forma tan incómoda para dejar claro que estamos ante una franquicia? La estrategia es evidente e incluso comprensible desde el punto de vista comercial, pero el cambio se ha producido demasiado cerca del estreno, por no decir que el título ahora es mucho más difícil de memorizar (incluso de leer, a ver si os da tiempo a hacerlo cuando aparece el rótulo en pantalla). Esto no afecta a la película, claro, pero indica cierta desorientación comercial a la hora de establecer esta franquicia.

Y ahora, hablemos de la película. El Cazador y la Reina de Hielo se vende como una precuela de La leyenda del cazador, pero en realidad no lo es. De hecho, se podría decir que es una secuela al 80%, con un prólogo extendido que echa mano de la continuidad retroactiva (es decir, retcon, ese recurso que se utiliza para alterar hechos previamente establecidos en una historia) de forma que prepara el terreno para lo que luego será la historia principal, que transcurre después de los acontecimientos de la primera parte. Por tanto, Blancanieves está en el poder (solo la vemos de espaldas en un plano), la Bruja sigue muerta, y el Cazador no tiene mucho que hacer, ni siquiera estar con Blancanieves (porque ya sabéis que Stewart se salió del proyecto, para alegría de muchos). Aquí es donde entra la nueva información que da forma a este universo expandido: Ravenna (Charlize Theron) tiene una hermana, Freya (Emily Blunt), convertida en la malvada Reina de Hielo y autoexiliada a su castillo congelado en las tierras del Norte (durante un tramo de la película muy similar a Frozen) después de sufrir una tragedia personal. Y Eric (Chris Hemsworth) amó antes a otra mujer, Sara (a ver quién no va a amar a Jessica Chastain), que creció junto a él, entrenándose desde niños en el ejército de Freya, educados en el arte del combate y el rechazo al amor.

Huntsman

Como se había anunciado previamente, esta segunda parte se centra sobre todo en el Cazador, al que seguimos en una peligrosa aventura junto a dos de los Siete Enanitos para recuperar el Espejo Mágico (o ensaladera gigante, o gong, como prefiráis) de la tierra de los goblins, antes de que caiga en manos de la Reina de Hielo. Al igual que en la primera entrega, la odisea de Eric en esta segunda parte recuerda inevitablemente a las fantasías de los 80 (Willow, La princesa prometida, incluso hay un Pantano del Hedor Eterno como el de Dentro del Laberinto), con una capa de barniz al estilo de El Señor de los Anillos y bien de CGI (los goblins/orcos no están nada mal) que le otorga un tono más épico. Por eso quizá la película puede llegar a resultar demasiado formulaica y predecible, y por tanto monótona. Aunque no le falta humor (este trabajo principalmente recae en el siempre encantador Chris Hemsworth y sus compinches), El Cazador y la Reina de Hielo tiene tramos aburridos (sobre todo al principio), y el espectador puede adelantarse fácilmente a todos los pasos de la historia, por lo que es recomendable seguirla como si de verdad se tratase de una fantasía hecha hace 25 años, solo que con empacho digital por todos lados.

Claro que si muchos van a ver esta película es por el trío de ases femeninos que se ha agenciado (no sabemos cómo). Muchos dirán que estas tres actrices, que han demostrado con creces su talento, están malgastándolo en una película como esta. Pero lo cierto es que no es así. Ellas son en gran medida las que hacen que El Cazador y la Reina de Hielo gane empaque. Concretamente para dos de las actrices más solicitadas del momento, Jessica Chastain y Emily Blunt, sería fácil simplemente estar ahí, pero las dos demuestran que no hay proyecto lo suficientemente menor como para que ellas no demuestren que son dos grandes intérpretes. Chastain está convincente, guerrera, sensual (dónde va a parar la química), y Blunt es todo presencia, navegando perfectamente entre la vulnerabilidad de su personaje y el tremendo poder que posee. Pero para presencia, la de Charlize Theron, que repite como Ravenna. La surafricana ha vuelto a dar rienda suelta al histrionismo y la intensidad de su personaje, de nuevo tan imponente y hermosa como exagerada. Ella sobre todo es quien más se entrega al camp que recorre el film, haciendo que el enfrentamiento entre divas y contra el Cazador durante el clímax sea de lo más destacado de la película. Técnicamente, el Cazador será el protagonista, pero en Universal saben lo que queremos y nos lo dan: Ravenna poniéndose hecha un basilisco y desatando su poder de la forma más visual posible.

The Huntsman

Por último, uno de los mayores alicientes para ver esta película es sin duda su diseño de producción y, sobre todo, el suntuoso vestuario de Colleen Atwood. Aunque sea solo por el exceso rococó de la puesta en escena y por los impresionantes vestidos de Theron y Blunt (que además de cegar con su brillo tintinean que da gusto) o el cuero que aprieta las anatomías de Hemsworth y Chastain, el precio de la entrada ya está más que amortizado. Pero si lo que se va buscando además es una aventura a la vieja usanza, El Cazador y la Reina de Hielo cumple su propósito. Es un cuento de hadasfantasía épica de manual que, de acuerdo, podía haberse esforzado más en divertir o modernizar el género, pero prefiere quedarse en los 80, compensando su convencionalidad narrativa con una pomposidad hipnotizadora.

Nota: ★★★

Crítica: El cuento de los cuentos

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El cuento de los cuentos (Il racconto dei raconti) llega a España después de cosechar excelentes críticas a su paso por el Festival de Cannes. Dirigida por Matteo Garrone (Gomorra), esta exuberante película fantástica está inspirada en los famosos relatos cortos del siglo XVII escritos por Giambattista Basile y contiene tres cuentos de hadas que comparten el mismo universo medieval de reyes, brujas y criaturas monstruosas.

cuento de cuentosEl primer relato, titulado “La reina“, nos narra la historia de la Reina de Longtrellis (Salma Hayek), cuyos deseos de maternidad llevan a su marido a enfrentarse a un monstruo marino que, a su muerte, otorgará la fertilidad a su mujer. En el segundo, “La pulga“, el monarca de Highhills (Toby Jones) vive obsesionado con una pulga gigante que utilizará para engañar a los pretendientes de su hija con la intención de no desposarla y perderla, un plan que saldrá terriblemente mal. Y finalmente, “Las dos ancianas” nos cuenta cómo el Rey de Strongcliff (Vincent Cassel) se enamora de una mujer solo por su voz, sin saber que es su apariencia se corresponde en realidad con la de una anciana decrépita.

En lugar de organizar el metraje por capítulos, Garrone entrelaza las tres historias de El cuento de los cuentos, lo que hace que el ritmo de la película se resienta considerablemente. No todos los fragmentos funcionan por igual, y llega un momento en que las historias pierden el rumbo, poniendo a prueba la paciencia y culminando en un desenlace (o desenlaces) que parece no querer llegar nunca, y que, cuando lo hace, nos deja con la sensación de que todo queda inacabado.

Por el lado bueno, Garrone realiza un espléndido trabajo en el apartado estético, homenajeando con acierto el cine italiano de los 70 (la película evoca constantemente a Fellini y Pasolini), caracterizado por la carnalidad desbordante y la opulencia decadente (solo los efectos digitales rompen la ilusión setentera). El director ha orquestado un espectáculo barroco que mezcla con tino lo fabuloso y lo grotesco, recuperando así un arte perdido: los cuentos de hadas para adultos, con bien de carga erótica, sordidez y humor negro.

Valoración: ★★★

‘The Ranch’ y ‘Flaked’: La universalización de Netflix

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Cuando Netflix empezó a desarrollar producción propia hace unos años se postuló como la nueva rival de HBO. Sus primeras ficciones revolucionaban el panorama catódico por la forma en la que se ofrecían (temporadas completas de una vez, algo que ya nos resulta completamente natural, y en Internet), pero no solo eso, sino que eran productos de calidad, como House of Cards, que bien podría haber aterrizado en la Home Box Office y Orange Is the New Black, que encajaría perfectamente en su prima pequeña, Showtime. También desde el principio hubo series peores, pero incluso Hemlock Grove parecía nacer como respuesta a otra serie de HBO, True Blood.

Con el tiempo, la plataforma ha ampliado considerablemente su oferta de ficción propia (casi todos los viernes tenemos algún estreno ya), y con cada serie que estrena va dejando más claras sus intenciones: Netflix no quiere ser la nueva HBO o la nueva Showtime. Netflix quiere ser todas las televisiones en una (y también todos los cines en uno). Pero antes de empezar a ofrecer series y películas que lo demostrasen, nos tenía que enganchar generando dramas aclamados y multipremiados. Una vez establecida, lo que ha hecho ha sido reproducir en sus series propias lo mismo que ya llevaba haciendo desde el principio con su fondo de catálogo: dirigirse a todos los tipos de público. Así, en el último año y medio hemos visto a Netlix convertirse en NBC (Unbreakable Kimmy Schmidt), casarse con Marvel (DaredevilJessica Jones), replicar a Comedy Central y la Fox animada (BoJack HorsemanF Is for Family), buscar su propio Louie (Master of None), y pronto la veremos resucitando a la WB (Gilmore Girls).

El siguiente paso era adoptar la identidad de CBS, concretamente la de las sitcoms enlatadas que aun siguen triunfando en esa cadena. Y 2016 ha sido el año en el que Netflix ha decidido apelar también al público que va buscando este tipo de ficciones de usar y tirar. Movida por la nostalgia y el ansia del reboot, nos trajo Madres forzosas, con la que nos trasladamos directamente a los 90, como si el tiempo no hubiera pasado (ya la puse a caer de un burro aquí). Y unos meses después aterriza en su plataforma otra comedia de situación noventera, The Ranch, que nos devuelve a dos viejos amigos, Ashton Kutcher y Danny Masterson (juntos durante siete años en That ’70s Show, que hace poco también se incorporó al catálogo de Netflix España). The Ranch es la prueba definitiva de que no podemos acercarnos a la oferta de Netflix como hacemos con HBO. Que sea una serie de Netflix no quiere decir que sea de visión obligada para el seriéfilo que ve todo lo que sale de la cadena de Los Soprano, sino que hay que fijarse más en el tipo de producto que es y el tipo de público al que va dirigido.

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Por lo tanto, Netflix está universalizando sus contenidos, pero esto viene a costa de sacrificar (voluntariamente) la calidad en muchos casos. La plataforma no solo quiere producir quality television, no quiere ser televisión de nicho, porque no nació para eso, sino que también quiere un trozo del pastel en el negocio de las series baratas para un público más general. Y The Ranch es una serie muy barata (al menos en apariencia), y muy genérica, un descarte de network adaptado para Netflix. Es decir, una comedia grabada en estudio que incorpora risas enlatadas (de las más falsas que vais a oír) y decorados de cartón piedra pobremente iluminados que limitan considerablemente la acción: los actores no se pueden mover mucho, porque se vería el set de al lado, y en muchas ocasiones la acción tiene que transcurrir fuera de campo, lo cual da una sensación de falseamiento más grande de lo normal.

The Ranch cuenta la historia de un ex jugador de fútbol americano fracasado (Kucher) que regresa al rancho de su padre 15 años después de “abandonarlo” para trabajar en él y ayudarlo a mantenerlo a flote en tiempos de crisis. Producida por Don Reo (Blossom, Dos hombres y medio), y sus dos actores protagonistas, The Ranch es una serie rancia y apagada, huele a naftalina, y resulta deprimente, pero no en el buen sentido. La particularidad que la separa del resto de sitcom enlatadas es que aquí no hay censura. Eso en un principio podría resultar atractivo, incluso revolucionario, pero una vez te acostumbras, no quiere decir nada: The Ranch es como Dos hombres y medio, con la diferencia de que escuchamos unos cuantos “fuck” en cada episodio y le podemos ver el culo a Ashton Kutcher. Y seamos sinceros, la comedia de CBS colaba cosas mucho más escandalosas, con censura y todo. Al final, esa novedad importa poco, y lo que queda es una comedia noventera de las de siempre, con una diferencia que sí afecta al conjunto: siguiendo la tendencia de Netflix a estirar la duración “institucional” de las series, sus episodios alcanzan la media hora, lo cual resulta excesivo para una ficción de esta naturaleza.

Otra de las características que la separan de CBS y la acercan a (lo que entendemos como) la “marca Netflix” es que tiene un poso dramático mayor de lo habitual. Los padres de los protagonistas, interpretados por Sam Elliott y Debra Winger, se encargan de ocupar este frente, con una relación que nos deja las escenas más serias (aunque nunca llegan a ser todo lo emotivas que pretenden). Por lo demás, The Ranch no es más que una nueva plataforma para que Ashton Kutcher siga en activo, un producto que más que una serie es una excusa para que él y (sobre todo) su amigo puedan seguir pagando las facturas. Es decir, un revival disfrazado (y fallido) de That ’70s Show, en el que Kutcher y Masterson interpretan a Kelso y Hyde otra vez, pero con la mitad de gracia (no creo que sepan hacer otra cosa) y Sam Elliott hace las veces de Red. Además, por si todo esto fuera poco, The Ranch es una de esas series que no sabes si simplemente está retratando personajes machistas, republicanos recalcitrantes, pro-armas, pro-caza, y homófobos, o en realidad está siendo todas esas cosas de verdad (voy a pensar que es lo primero, que no merece la pena ofenderse con una serie así). En definitiva, The Ranch no es para mí, y no tiene por qué ser para ti, aunque sea de Netflix. Claro que si lo es, adelante, disfrutadla, para eso la han hecho.

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Por otro lado, la “cadena” también ha estrenado recientemente Flaked, dramedia de media hora producida por Mitch Hurwitz y protagonizada por Will Arnett. Pero cuidado, que la serie no tiene absolutamente nada que ver con Arrested Development, a pesar de compartir actor y creador. Flaked se adscribiría más bien al tipo de serie generacional que lleva haciendo HBO, Showtime o FX desde hace unos años, sobre personas que se niegan a madurar y boicotean su felicidad y la de las personas que los quieren (un género en sí mismo). Su argumento, tono y estilo recuerdan inevitablemente a Californication, pero Will Arnett no es David Duchovny (aunque él seguro que piensa que sí, porque hay que ver cómo se quiere el muchacho), y la serie no tiene ni un ápice del carisma que tenía la de Showtime (que tampoco era la repera, así que haceos una idea).

Flaked no cuenta nada nuevo, y lo que es peor, nada realmente interesante. La serie narra la vida de Chip (Arnett), un hombre de 45 años que vive en Venice, California (la localización es tan importante o más que los personajes), alcohólico reformado que causó la muerte de un chico en un accidente diez años atrás, y con una imagen muy cuidada al que todos acuden para socializar y pedir consejo. Pero Chip no tiene su vida en orden y vive en una mentira, está estancado (como su amigo, solo se fija en las de veintitantos), su negocio se hunde (fabrica taburetes, pero lleva siglos sin vender uno), se ha enamorado del objeto de deseo de su mejor amigo, y la botella de whisky que guarda en la nevera empieza a tentarle. En realidad, hasta el cuarto episodio (de ocho), Flaked no va de nada, solo de un hombre que se pasea en bici por la ciudad (atención al opening, el más horrible que vais a ver en mucho tiempo), pero conforme avanza, las tramas van mejorando y los personajes se van definiendo, hasta que un giro de argumento hace que la cosa se ponga más interesante.

Aunque no lo suficiente. Flaked no deja de resultar anodina en ningún momento. Es una serie que tiene poco que ofrecer, que es mejor cuando busca la coralidad y retrata la vida en Venice que cuando profundiza en la existencia de su protagonista (cuanto menos tengamos que aguantar la presuntuosa interpretación de Arnett, mejor), pero que, aunque acaba tomando forma, sigue sin darnos razones de peso para existir. Más allá probablemente de que Netflix haya pensado que sea para un segmento de su público al que aun no había atendido, como los fans de Will Arnett (¿pero eso existe?) o los que quieren aun más series sobre hombres imperfectamente atractivos y treinta-cuarentañeros fracasados. Como Netflix sabe, tiene que haber de todo para todos.

‘Objetivo: Londres’ es la película que menos necesitamos en estos momentos

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Tras los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, el estreno de Daño colateral fue pospuesto debido a las similitudes temáticas de la película con los ataques terroristas. A lo largo de los últimos años, son muchas las series de televisión que se han visto obligadas a alterar su orden de emisión debido a coincidencias en sus argumentos con desafortunados acontecimientos de la actualidad. Podríamos debatir si estas decisiones están justificadas o indican una sobreprotección innecesaria por parte de las cadenas, pero lo que está claro es que en la mayoría de casos no son más que (escalofriantes) coincidencias. Que quede claro desde el principio que ese no es el caso de Objetivo: Londres. Aquí no hay coincidencia que valga, aquí hay una intención cristalina.

El estreno de la secuela de Objetivo: La Casa Blanca no ha sido cancelado por los recientes atentados terroristas en Europa, pero quizá en este caso sí habría estado justificado. Y no por miedo, o por evitar herir sensibilidades, sino por lo inoportuno y pernicioso que es su mensaje. Es más, después de ver la película cuesta entender por qué para empezar se dio dio luz verde al proyecto, y no solo porque sea una continuación que nadie pidió, sino porque se ha gestado en el peor momento posible. Ojo, sé perfectamente cómo separar la realidad de la ficción, no estoy pidiendo censura, sino un poco más de sentido común y responsabilidad. Vivimos un momento especialmente sensible como para convertir el terrorismo en destruction porn y acción patriótica descerebrada, y lo último que necesitamos es una película que, no solo propaga el miedo y frivoliza con el tema, sino que lanza los mensajes más nocivos que se puedan imaginar, dogmas y proclamas dolorosamente simplistas que podrían ser muy peligrosos según la persona que los esté escuchando.

A simple vista, Objetivo: Londres no es más que un actioner clásico con ínfulas de Jungla de cristal moderna, la historia de un héroe americano, un hombre de familia tan humano como indestructible, que salva el mundo (básicamente él solo) de la amenaza terrorista. Hasta aquí nada raro. La película transcurre en Londres y se las arregla para ser más americana (y americanista) que su predecesora, pero eso tampoco es lo que la convierte en un producto deplorable. Lo más lamentable es cómo su discurso incita al odio y a la xenofobia, cómo su historia se utiliza para emitir un peligroso mensaje pro-belicismo con el que se justifica la violencia y la muerte, “porque es mejor que no hacer nada”. Como si fuera tan sencillo.

En su tramo inicial, la película transcurre con la (monótona y conservadora) normalidad del género. Nos reencontramos con el John McClane de saldo que es (el cada vez más terrible) Gerard Butler y el presidente de los Estados Unidos, de nuevo interpretado por Aaron Eckhart. Todo es rutinario hasta que un atentado contra los líderes del mundo libre, reunidos para el funeral del Primer Ministro británico, hace que la cosa se salga de madre. A lo bestia. La acción y la violencia pasan a primer plano, y a medida que avanza el metraje se vuelve más sádica y brutal. Mientras la capital británica es destruida en sonrojantes secuencias con el peor CGI, a ras de suelo (y bajo tierra) se suceden los juegos del gato y el ratón y los combates cuerpo a cuerpo, en los que la película deja ver su cara más monstruosa. Pero, de nuevo, el problema no es la violencia en sí, sino el uso que se hace de ella para manipular y promover el odio. Las cuchilladas de Butler se clavan en la carne de sus enemigos con un ensañamiento descorazonador, con una rabia que, lejos de resultar catártica (porque los malos están recibiendo su merecido), nos muestra el lado más triste del ser humano. La satisfacción liberadora que hay en cada disparo que revienta los sesos del enemigo, cada machete que se clava en la piel, cada golpe seco para dar muerte, invitan al espectador a desear y sentir la venganza más carnicera.

Lo de menos es que Objetivo: Londres sea una cinta de acción inepta, repetitiva, repleta de secuencias irrisorias y demasiado inverosímiles hasta para el género. O que, a pesar de las miles de muertes y la destrucción masiva, lo más importante sea siempre mantener a salvo a un hombre blanco americano. Lo peor es que busca instigar la aversión más beligerante, y se jacta de ello. Dos ejemplos que ilustran esta idea: cuando el personaje de Butler se refiere al lugar de donde proceden los terroristas como “Fuckajistán, o de donde quiera que seas” (sin un rastro de humor), y sobre todo la secuencia final, en la que Morgan Freeman pronuncia un repugnante discurso pro-guerra y procede a autorizar un bombardeo a la aldea de los terroristas (asegurándose primero de que no hay ni un solo civil inocente, porque somos así de gilipollas), escena en la que vemos a los malos saltar por los aires a cámara lenta y con música épica de fondo. Pornográfico, innecesario, dañino.

Por si no ha quedado claro, no estoy pidiendo que una película como esta no se estrene porque se pueda tomar como una provocación y por miedo (pasar a diario por Callao y Sol a pesar de todo es suficiente declaración de intenciones), sino que directamente se piense dos veces antes de decidir que algo así debería existir. No me preocupa tanto el daño que pueda ocasionar para afuera, sino el que pueda causar para adentro, la mierda que puede llegar a remover en el interior de aquellas personas que lo último que necesitan es otro estímulo para seguir odiando.

Crítica: La invitación

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Para hablar de La invitación se hace necesario volver a recurrir a un tópico que venimos utilizando periódicamente en este blog: Cuanto menos se sepa de la película, mejor. En estos tiempos de sobreinformación y campañas de márketing de 24 horas que develan todo lo que hay que saber de una película antes de su estreno, hay que aprovechar las oportunidades que nos brindan algunos, como la reciente Calle Cloverfield 10, a la que es recomendable acudir sin haber visto ni un trailer, o una de las revelaciones de hace dos temporadas, Coherence.

De hecho, La invitación guarda bastante parecido con esta última (aunque no se adentra en la ciencia ficción como ella). Su directora, Karyn Kusama, conocida por su opera prima Girlfight, y por ser la responsable de dos cintas universalmente vilipendiadas como son Æon Flux y Jennifer’s Body (yo salvo de la quema la segunda, por cierto), cambia completamente de tercio y para su cuarta película opta por un thriller minimalista de interioresLa invitación, que se alzó con el gran premio del pasado Festival de Sitges, no es una película fantástica, pero se puede enmarcar sin problemas dentro del “cine de género”, ya sea por su naturaleza de misterio en el que sentimos que cualquier cosa podría pasar o por su explosivo tramo final, del que por supuesto no desvelaremos nada.

Como en Coherence, el film de Kusama nos extiende una invitación para pasar una (en principio) agradable velada junto a un grupo de amigos que no se ven desde hace muchos años. Lo que empieza como una diner party se va transformando poco a poco en un juego de intriga en el que los secretos y los rencores del pasado van aflorando. Desde el momento en el que entramos junto a Will (Logan Marshall-Green, el Tom Hardy de Hacendado) en la casa de diseño de Los Ángeles donde transcurre la acción y “reconectamos” con sus extraños dueños, interpretados por Michiel Huisman y Tammy Blanchard, sabemos que algo turbio está ocurriendo o está a punto de ocurrir, sensación que se magnifica con la enervante presencia de John Carroll Lynch, un nuevo amigo de la pareja que se incorpora a la cena. El clima de confusión va en aumento con conversaciones cada vez más excéntricas, incluso macabras, y revelaciones que hacen que Will, y los espectadores, nos preguntemos si de verdad está pasando algo o estará solo en nuestra cabeza.

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La invitación es un trabajo de suspense muy afinado, un estupendo thriller de diálogos que atrapa y desconcierta con una tensión continua y un ritmo perfecto. Con muy buen ojo para la planificación y el encuadre (jugando a ser David Lynch por momentos), y una coreografía de personajes que avanzan la historia con una inclinación casi teatral, Kusama saca el máximo partido del “escenario” en el que transcurre la acción, construyendo una gran atmósfera de luz tenue y rincones ensombrecidos que expresan amenaza y desasosiego. Sin embargo, todo esto queda algo mermado durante su desenlace, un clímax que, a pesar de estar bien ejecutado desde el punto de vista técnico, no está a la altura del conjunto y pone de manifiesto los problemas de la película: lo predecible que resulta en el fondo y la falta de coherencia para dar sentido a lo que está ocurriendo.

Aun así, merece la pena aceptar esta invitación y entrar a formar parte del inquietante rompecabezas que nos propone la película. Con sus fallos, La invitación no deja de ser un potente ejercicio de suspense, un thriller psicológico que además de enganchar, supone una interesante reflexión sobre las diferentes formas de afrontar una pérdida y la delgada línea que hay entre la aceptación y el fanatismo.

Valoración: ★★★½

‘El asesinato de un gato’: Noir animalista

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Hacía tiempo que llevaba siguiéndole la pista a un pequeño proyecto cinematográfico titulado Murder of a Cat, por su conexión con el Whedonverso. Concretamente descubrí su existencia en la página de su protagonista, Fran Kranz, uno de los miembros del reparto de Dollhouse La cabaña en el bosque. Su premisa me llamó la atención y la participación de Kranz me pareció suficiente excusa para estar pendiente de su trayectoria comercial. Por eso me alegró mucho saber que Divisa Home Video iba a editarla en España en Blu-ray y DVD. Qué mejor oportunidad que esta para verla por fin y añadirla a mi videoteca.

Dirigida por la desconocida Gillian Greene (que cuenta con un corto y un episodio de la Battlestar Galactica original en su breve curriculum), El asesinato de un gato (gracias por no inventar un título absurdo para vender otra cosa) cuenta la historia de Clinton Moisey (Kranz), un adultescente estancado que cumple todos los requisitos del arquetipo del treintañero fracasado, concretamente de su variación yanqui: todavía vive con su madre (se aloja en el sótano), se dedica a diseñar figuritas de acción artesanales, se pasa el día en bata y zapatillas, y ocupa su tiempo en vender sus pertenencias e intentar lanzar su línea de figuras en un puesto en el jardín, respondiendo a las provocaciones de su vecino, un niño que se pasa a diario por ahí. Por suerte, Clinton cuenta con el apoyo de su mejor amigo, su gato Mouser.

Su mundo se derrumba cuando una mañana Clinton se despierta y descubre a Mouser ensartado por una flecha enfrente de su casa. Ya que la policía local no está muy por la labor de investigar el homicidio animal (de hecho, el sheriff -J.K. Simmons- está más interesado en ligar con su madre), Clinton se embarca en una misión en solitario para averiguar quién mató a su amigo. Esto le lleva a conocer a Greta (Nikki Reed), que resulta ser también dueña del gato, ya que el animal ha estado haciendo doblete en casa de ambos. Juntos investigan lo ocurrido, destapando un complot mucho más complejo de lo que parecía, que involucra la tienda y a su dueño, la celebridad local Al Ford (Greg Kinnear), y descubriendo que puede que todo sea un plan del destino para unirlos.

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Además de la presencia de Kranz y Reed (que participó en In Your Eyes, escrita y producida por Joss Whedon), y tres fantásticos veteranos, el ganador del Oscar J.K. Simmons, el desaprovechado Greg Kinnear, y la madre de Will Truman (y Gwyneth Paltrow), Blythe DannerEl asesinato de un gato cuenta con otro nombre conocido en su producción, el de Sam Raimi. Lo cierto es que su estilo no está demasiado presente en la cinta, y de hecho se podría haber beneficiado de un mayor peso de la comedia y algo más de riesgo para salirse de lo convencional, como el argumento invita a hacer, pero no nos falta uno de sus sellos de autor: un cameo de su hermanísimo, Ted Raimi, que provocará más de una sonrisa cómplice.

El asesinato de un gato es una cinta indie de bajo presupuesto, modesta y simpática, que propone una resultona fusión de noir, aventura y comedia romántica para contar la historia de tres personajes estancados en sus vidas, con un guion lleno de giros y misterios que se atreve a hacer reverencia a Arthur Miller (no en vano, el personaje de Al compara su vida con Muerte de un viajante). El asesinato de Mouser está tratado con humor, pero también con respeto. Nunca hay bromas a costa de que se trate de un animal o del dolor de su dueño (aunque Kranz esté igual de estridente que siempre), lo que añade puntos a la película, que además cuela una velada crítica a la distribución de armas en Estados Unidos, aunque en este caso no se trate de pistolas, sino de ballestas.

Asesinato de un gatoCaracterísticas de la edición

El asesinato de un gato (Murder of a CatDivisa Home Video)
EE.UU., 2014, 96 min.

SONIDO: Dolby Digital Plus 5.1
IDIOMAS: Español, Inglés
SUBTITULOS: Español
RATIO: 1,78:1
CALIFICACIÓN EDAD: 7

Extras: Tráiler

Crítica: Orgullo + Prejuicio + Zombies

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Es una verdad universalmente conocida que el género zombie sigue teniendo cuerda. Nos empeñamos en señalar su declive (como tantos otros hacen con los superhéroes), pero lo cierto es que sigue habiendo una gran demanda por parte del público, tanto en cine como en televisión. Solo que, precisamente por esto, cada vez se hace más difícil innovar. Cualquier idea, por descabellada que sea, es bienvenida (menos The Rezort, esa evitadla a toda costa). Por eso ya iba siendo hora de que Orgullo y Prejuicio y Zombies llegase a la gran pantalla. La novela, escrita por Seth Grahame-Smith y publicada con mucho éxito en 2009, es un “mash-up” del clásico de Jane Austen y las historias modernas de zombies, y ofrecía el material perfecto para una adaptación cinematográfica, que quizá ha tardado demasiado en llegar, teniendo en cuenta lo rápido que pasamos de una moda a otra.

El responsable de llevar la novela al cine es Burr Steers (director de La gran caída de Igby y dos cintas románticas de Zac Efron), que también se encarga del guion. Orgullo + Prejuicio + Zombies (que es como se escribe oficialmente el título en nuestro país) mezcla parodia, acción, drama y romance en una película mucho menos cómica de lo que podría parecer a priori. El humor forma parte esencial de la cinta, y además está mucho más afinado de lo que cabría esperar, pero no es lo que la define. A pesar de su premisa, Orgullo no es una comedia disparatada o pasada de rosca, sino una adaptación de Austen con la particularidad de ser salpicada de cuando en cuando por el ataque de un monstruo o un duelo de metales. Esto podría haber dado como resultado un caos absoluto, pero sorprendentemente, Steers maneja muy bien la fluctuación de tonos de la película, y consigue que ni se tome demasiado en serio, ni se pase de absurda.

Claro que esto viene a costa de un sacrificio: los zombies. El film debería haberse titulado más bien Orgullo + Prejuicio (+ algún zombie). Aunque el prólogo narrado y la (excelente) primera secuencia van al grano mostrándonos una Inglaterra del XIX plagada de no-muertos, la película los deja en segundo plano la mayor parte del tiempo, para convertirse, como decíamos, en una nueva iteración del relato de Austen, una con numerosos elementos disonantes, pero al fin y al cabo fiel a la novela. Por eso, a pesar de ser una película lo suficientemente digna (tiene mérito adaptar a Austen de manera correcta en estas circunstancias), corre el riesgo de no contentar a sus dos posibles públicos objetivos: el espectador que va buscando una comedia de acción con zombies quizá se aburra y a los aficionados a la literatura clásica les puede parecer una adaptación demasiado menor, aunque tengan gusto por la hibridación genérica y buen sentido del humor.

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Orgullo + Prejuicio + Zombies tiene un primer tramo estupendo, en el que destaca el afilado sentido del humor, su exquisita violencia (sí, el oxímoron es correcto) y la caracterización de personajes. Resulta especialmente refrescante la manera en la que Steers nos presenta a las hermosas y letales hermanas Bennet (con la eternamente victoriana y adorable Lily James a la cabeza), complementando sus caracteres originales con una actitud guerrera y feminista (y todo un armamento anti-zombies bajo las enaguas), resultado de una educación tan enfocada a la etiqueta social como a las artes marciales. Esto nos deja buenas secuencias de acción y grandes momentos girl powerademás de escenas muy simpáticas junto a otros personajes, como los padres de las Bennet (Charles Dance y Sally Phillips) o el divertidísimo Parson Collins, interpretado por un fantástico y muy versátil Matt Smith. El eslabón más débil de la película quizá sean sus “galanes”, un soporífero Douglas Booth, un escaso Jack Huston, y especialmente Sam Riley (y su irritante voz rasgada) como Mr. Darcy, que sale perdiendo por agravio comparativo con las versiones de Colin Firth y Matthew MacFayden.

La película contiene alicientes de sobra para engancharnos. Funciona como drama de época, es más inteligente de lo que parece, y fusiona con acierto la violencia y el romance, pero va perdiendo el interés progresivamente, hasta desembocar en una media hora final decepcionante y aburrida. En definitiva, a pesar de sus aciertos, no saca todo el provecho que debería de la idea y el material con el que cuenta (como tampoco de Lena Headey, que venía a volverse loca y pasárselo teta pero no le dieron tiempo para demostrarlo), provocando una sensación de chasco y desencanto. Orgullo + Prejuicio + Zombies no es ni de lejos el  descalabro que muchos aseguran, pero tampoco es la gran película que podía haber sido. Un fail agradable que se olvida justo después de la (también decepcionante) escena post-créditos.

Valoración: ★★★

Crítica: Altamira

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Texto escrito por David Lastra

Esta es la historia del descubridor de las Cuevas de Altamira. ¿El perro de Modesto Cubillas? No, aunque animal y dueño aparecen de forma anecdótica. Es la película sobre la primera persona que discernió las formas de los bisontes entre tanto manchurrón ocre. No, tampoco es un biopic sobre María Sanz de Sautuola, sino sobre las vivencias de su padre, Marcelino Sanz de Sautuola, paleontólogo aficionado y primera persona en escribir y documentar la existencia de las Cuevas de Altamira.

Sobre el papel, Altamira se acerca a la doble lucha de Marcelino tras ese descubrimiento, tanto con la Iglesia como con sus colegas investigadores. La primera es una representación de la confrontación entre razón y fe, pues Marcelino es tachado de hereje ya que esas pinturas rupestres se ven como una ofensa al origen del ser humano relatado en la Biblia. De igual manera, el descubridor inicia una lucha de egos con otros machos cabríos del mundo investigador, chocando tanto con las autoridades académicas locales como con los grandes popes internacionales. Dos conflictos interesantes, que se ven complementados por trasvase al entorno familiar: la diatriba de la mujer de Marcelino entre su condición de cristiana y la fidelidad que le debe a su marido. Pero como se puede comprobar, al principio de este párrafo he utilizado la expresión “sobre el papel”, ya que el interesante planteamiento de Altamira difiere demasiado del producto final y he aquí el culpable: el director de la cinta.

La anquilosada dirección de ese one-hit (no tan) wonder llamado Hugh Hudson (Carros de fuego) destroza todo el potencial interés que pueda tener una cinta de estas características. El amaneramiento de su estilo y su atrofiado sentido del ritmo destroza Altamira, convirtiéndolo en una suerte de dramatización de los hechos realizada directamente para institutos y demás centros docentes. Hudson tiene el poder de desaprovechar un notable trabajo de ambientación histórica y un poster_altamirareparto potencialmente solvente, mutándolos por arte de magia en salones de cartón piedra y maniquíes sin sangre. Sensación que se ve potenciada aún más por la desafortunadísima composición musical de Mark Knopfler para la cinta.

En esta oscuridad sin fondo, es menester destacar la labor de Allegra Allen, niña encargada de dar vida a María. Cuya naturalidad y desparpajo hacen que sean suyos los pocos momentos destacables de la cinta. A pesar de encontrarse a un nivel mejor que en La piel que habito, Antonio Banderas no logra despojarse del peso casposo que Hudson ha dotado al film y parece encontrarse ahogado, incómodo con el personaje. De igual manera, se hubiese agradecido una participación más pasional y no tan fría de Golshifteh Farahani (A propósito de Elly, Exodus: Dioses y reyes), que no logra captar los matices de su personaje, uno de los más interesantes a priori.

Altamira no logra estar a la altura del Patrimonio de la Humanidad que son dichas cuevas. Una oportunidad perdida destrozada por un director acabado. Esperemos que cuando llegue el turno de Atapuerca, el señor Hudson no esté cerca.

Valoración: ★★