Girls: “Pánico en Central Park”

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Llevaba mucho tiempo sin escribir sobre Girls por aquí. No entendáis este abandono de mis menesteres recaperos como una pérdida de interés por mi parte hacia la serie de Lena Dunham. Todo lo contrario. Precisamente si he de dar una razón por la que no he vuelto a escribir nada sobre ella en más de un año es porque, a día de hoy, es mi serie favorita de las que hay actualmente en antena. La conexión que siento con esta ficción de HBO está a otro nivel, por eso me cuesta más escribir sobre ella. Y por eso he preferido limitarme a verla y absorber todo lo que Dunham me eche, dejándolo dentro, donde me apetece que se quede cada vez que termino un episodio. Pero resulta que este año, Girls nos ha dado uno de los mejores episodios de sus cinco años de emisión, y una de las piezas más excepcionales escritas por Dunham, “The Panic in Central Park” (5.06), por lo que esta vez me veo obligado abandonar mi retiro. Tenemos que hablar de este capítulo. Tenemos que hablar de Marnie.

Evocando al ya mítico “One Man Trash” de la segunda temporada (el episodio en el que Hannah pasaba un fin de semana romántico junto a Patrick Wilson alejada de la realidad), “The Panic in Central Park” es otro capítulo (aparentemente) separado del resto, una película de media hora. Así es como Dunham y los demás guionistas de Girls se aproximan casi siempre a la escritura de guiones, como unidades independientes que se preocupan más de contener una narrativa propia que de servir a un todo. Sin embargo, esta quinta temporada está siendo ligeramente distinta a las anteriores, y quizá por eso, esté siendo la mejor en mucho tiempo. La clave está en que la trayectoria de los personajes está más definida, sus tramas son más lineales y por tanto, la serie está adoptando una dirección más concreta, seguramente de cara al final el año que viene. Eso hace que episodios como el que nos atañe sobresalgan aun más. “The Panic in Central Park” sigue respondiendo al afán de Dunham de realizar mini-películas dentro de su serie, pero a la vez que explota su naturaleza autónoma, supone un punto de inflexión coherente y definitivo en el recorrido personal de Marnie, en la que el episodio se centra exclusivamente, así como de la serie en general.

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Marnie ha sido quizá el personaje más maltratado por la Dunham guionista a lo largo de toda la serie, pero que Girls no es una serie complaciente ya lo deberíamos saber todos (cuánto agradezco esto), y todo tiene un porqué, todo converge en este episodio, una auténtica oda al personaje. Apenas unos meses después de casarse con Desi (probablemente el personaje masculino más insoportable de toda la serie), Marnie está atrapada en su matrimonio, confinada entre cuatro paredes que, si ya la oprimían, ahora limitan más su espacio gracias a las reformas de Desi en el apartamento (la metáfora está clara, ella quiere espacio, él intenta dárselo, pero lo que está haciendo es encerrarla aun más). Después de una pelea con los consiguientes lloriqueos teatreros y pataletas infantiles de Desi, Marnie se marcha a dar un paseo para despejarse. En su camino se encuentra con un fantasma del pasado: Charlie. Su primer instinto es huir rápidamente de ahí. No puede ser que justo en ese momento, vestida de andar por casa, con un moño mal recogido y en uno de sus peores momentos personales, se vaya a encontrar con la persona que la abandonó sin dar explicaciones, la insultó y le rompió el corazón. Pero Charlie la convence de que se vaya con él. Marnie decide dejarse llevar -al fin y al cabo no tiene nada que perder- y la tarde se convierte en una noche romántica en Nueva York, en la que ella se libera no solo de las cadenas de su marido, sino de las suyas propias. A simple vista, Marnie es la girl más juiciosa, la que está constantemente preocupada por lo que los demás pensarán de ella, por la imagen que proyecta, por el comportamiento de los otros y cómo este se refleja en ella (en realidad, Marnie solo quiere conectar e importar a los demás, y no sabe cómo hacerlo). Pero esta noche con Charlie se ha propuesto descansar de Marnie. Por eso se enfunda en un vestido rojo supuestamente elegante pero en realidad poco favorecedor que le ha elegido su ex, por eso le sigue el rollo y le saca 600 dólares a un señor que la confunde con una prostituta, por eso se sube a una barca ajena en un estanque de Central Park y pasea por las calles de Nueva York empapada y descalza, y por eso le dice a Charlie: “No voy a intentar cambiarte”.

Sin embargo, aun cuando no está siendo ella intencionadamente, Marnie está tan centrada en sí misma, en su visión del mundo (“Yo pensaba que ya no se atracaba a la gente en la calle”), que no ha sido capaz de ver las señales, de darse cuenta de lo que tiene delante de las narices. La noche termina en el cochambroso apartamento de Charlie. La Marnie de siempre lo habría criticado, pero esta se da una ducha en el baño comunitario del edificio, destaca lo caliente que sale el agua y le da un beso cariñoso a Charlie, que aun dormita. Pero entonces Marnie encuentra una jeringuilla en el pantalón de Charlie y las piezas empiezan a encajar (el título del episodio hace referencia a la película de 1971 The Panic in Needle Park, sobre una pareja de heroinómanos interpretados por Al Pacino y Kitty Winn). Su aspecto desmejorado, su nueva actitud despreocupada y temeraria, sus nuevas amistades, la visita al club exclusivo donde desaparece para hacer negocios en el baño, las mentiras sobre su padre y su trabajo. Que ella haya dejado de ser Marnie por una noche y haya parado de sobreanalizarlo todo ha impedido que se dé cuenta de que algo no iba bien. No basta con salir de su autoengaño, Marnie también se da cuenta de que debe dejar de vivir en el engaño de los demás y decide de huir de allí. Y así es como llega a la conclusión de que su matrimonio ha acabado. Cuando llega a su apartamento, Desi la está esperando en las escaleras. Él intenta negociar (suciamente) para que Marnie no lo abandone, pero ella ha tomado una decisión, probablemente la más difícil y a la vez la más fácil de su vida. Marnie se ha liberado de una responsabilidad que no debería ser tan dificultosa, y lo más importante, se ha liberado de sí misma.

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“The Panic in Central Park” termina como empieza, con un primer plano de Marnie pensativa, pero la del principio no es la misma que la del final. Después de dejar a Desi, Marnie acude a Hannah y se acuesta en la cama junto a ella y Fran (que la acogen con cariño y naturalidad), un gesto que evoca a la primera temporada, a momentos como el abrazo final de uno de los episodios definitorios de Girls, “All Adventurous Women Do” (1.03), y nos recuerda la importancia de seguir explorando los vínculos de estos personajes para darles una conclusión. Las tramas de la quinta temporada de Girls están más centradas que nunca, y, aunque todavía queda una temporada y media, van sin duda encaminadas hacia su final, donde las protagonistas probablemente tendrán que aprender a ser amigas de verdad o dejarán de serlo para siempre (si es que alguna vez lo fueron). “The Panic in Central Park” es un episodio descomunal, conmovedor, desarmante, media hora de televisión a flor de piel. Nos regala una de las mejores interpretaciones de Allison Williams en la serie, secundada por un magnífico Christopher Abbott (al que no esperábamos ver nunca más en Girls, lo que hace que el capítulo sea aun más sorprendente y especial), y deja constancia del refinamiento de Dunham a la hora de escribir historiasGirls nunca ha dejado de ser extraordinaria, pero con “The Panic in Central Park” alcanza un nuevo nivel de trascendencia y sofisticación narrativa (la serie nunca ha sido tan radiantemente triste). Gracias a este episodio, a partir de ahora no podremos ver a Marnie de la misma forma, y a la vez seremos más capaces de ver el mundo a través de sus ojosGirls está cambiando, está evolucionando como lo haría una persona, y no podría hacerme más feliz ser testigo de esta preciosa transformación.

Crítica: Batman v Superman – El amanecer de la justicia

Batman v Superman

Hace tres años, Warner Bros. lanzaba oficialmente su nuevo Universo Cinematográfico DC con el estreno de El hombre de acero (Man of Steel). Sin embargo, la película de Zack Snyder no recibió el beneplácito unánime de la audiencia (ni de la crítica, aunque eso sobre decirlo), por lo que quedó más bien como un prólogo a la macro-historia que iba a empezar a contar, ahora de verdad, con Batman v Superman: El amanecer de la justicia (Batman v Superman: Dawn of Justice). Con excepción de la trilogía del Caballero Oscuro dirigida por Christopher Nolan -que no pertenece a esta nueva etapa de DC pero ha marcado su personalidad- Warner no ha sido capaz de afianzarse en su estilo, como sí ha hecho la competencia, Marvel StudiosEl hombre de acero ponía de manifiesto los problemas de su aproximación (la de Snyder y David S. Goyer) al cine de superhéroes, y hacía necesario que estos fueran erradicados de cara a la inminente expansión de su universo de ficción. Por eso, Batman v Superman es un amanecer en más de un sentido. Es un nuevo comienzo, una oportunidad para enmendar errores y situarse en el camino correcto. ¿Ha aprendido Snyder de la experiencia? ¿Arregla Batman v Superman lo que supuestamente rompió o no supo construir El hombre de acero? Sí… Pero no.

Más allá de la polémica por la caracterización de Kal-El, para muchos una traición al personaje de los cómics, dos de las quejas principales con respecto a la primera película sobre el hombre de Krypton (y a la ouvre comiquera de Snyder en general) se referían a su tono excesivamente serio y grandilocuente (oscuridad no equivale a profundidad), y a su tendencia a la acción desmedida, lo que jugaba en detrimento de la historia. Afortunadamente, Snyder ha escuchado las quejas y ha intentado ponerles remedio. O al menos eso parece. En primer lugar, Batman v Superman sigue siendo muy solemne (al fin y al cabo, es DC), pero se permite bastantes momentos de humor que hacen que la historia respire y el espectador obtenga el alivio cómico tan necesario en este tipo de películas (se rumoreaba que el estudio iba a prohibir los chistes en sus producciones, y nos alegramos de que sea incierto o haya cambiado de parecer). Y en segundo lugar, la película sirve al principio para compensar los fallos del apoteósico clímax de El hombre de acero, hasta el punto de redimirla e invitar a los que se sintieron contrariados por ella a mirarla con otros ojos.

En gran medida, Batman v Superman lidia con las consecuencias de lo ocurrido en la anterior película, para la que funciona como secuela directa, especialmente durante la primera hora y media. Después de un prólogo en el que volvemos a ver morir a los padres de Bruce Wayne (sí, otra vez, aunque afortunadamente se quite esto de en medio enseguida), el film entronca con el clímax de El hombre de acero, mostrándonoslo desde la perspectiva del Hombre Murciélago. A partir de ahí, Snyder nos ofrece reflexiones sobre la responsabilidad del héroe que sirven para completar de forma retroactiva lo visto en El hombre de acero y dan forma a uno de los temas principales de Batman v Superman, que también es uno de los lugares comunes más socorridos del género y en especial de la creación de Jerry SiegelJoe Shuster: la idea del superhéroe como amenaza para la humanidad. Un “falso Dios” que debe aprender a usar su poder en un mundo que por un lado lo venera ciegamente mientras que por otro aquellos en el poder pretenden politizarlo.

Henry Cavill Batman v Superman

Batman v Superman es uno de los blockbusters más ambiciosos jamás realizados, y no solo en lo que se refiere al factor espectacular, sino también en lo que respecta al discurso filosófico/teológico/existencial que ofrece y a su potente propuesta cosmética (en el caso de Snyder ambas cosas fuertemente ligadas). No obstante, la película peca de querer abarcar demasiados temas y Snyder, como de costumbre, acaba tratándolos de forma simplista y aturullada, anteponiendo la metáfora, la iconografía y la solemnidad lapidaria al desarrollo de personajes, a los que no se molesta en dar motivaciones claras. Claro que esto no impide que BvS esté repleta de escenas y diálogos que pondrán los vellos de punta a los fans de los personajes del cómic, a los que se recompensa (o engatusa) con multitud de easter eggs y guiños, como viene siendo ya obligado en este tipo de cine expansivo y transmedia. Y es que lo que más salta a la vista viendo Batman v Superman es cómo está hecha para servir al futuro (ya presente) Universo DC, cómo está constantemente dando “forma” al universo compartido que inaugura, haciendo referencia a lo que veremos en próximas películas, especialmente al crossover en el que todo convergerá siguiendo el patrón de Los Vengadores (y antes que ella, de todos los cómics de superhéroes), La Liga de la Juticia. Así, Batman v Superman introduce, a menudo con calzador y una acuciante falta de ideas (mejor no hablar de esos sueños…), la información y los cameos necesarios para poner los cimientos de las próximas películas, para seguir las líneas del plan maestro y asegurarse la fidelización del público que ya no consume (consumimos) superproducciones, sino superseries cinematográficas.

Pero todo esto debería estar ya asumido. Es la nueva forma de hacer cine comercial, y si funciona, será por algo. Y en este sentido, Batman v Superman funciona, es el espectáculo formulaico que cabía esperar, una superproducción épica, explosiva, y por lo general, satisfactoria (incluso a ratos emocionante) a pesar de su falta de estructura y dirección. Al menos hasta que llega su tercer acto (o cuarto, en realidad es fácil perder la cuenta con dos horas y media de metraje). Hasta entonces, la película ha logrado que el exceso de frentes abiertos y la necesidad de presentar a tantos personajes de peso no juegue demasiado en su contra (aunque haya tramos descentrados y aburridos por esta razón), y se preocupa por mantener una coherencia dentro del disparate intrínseco al género. Sin embargo, después del primer clímax, la impresionante (y breve) batalla de Batman contra Superman en Gotham (una secuencia de gran intensidad y contundencia que podría, y quizá debería haber sido el desenlace), Snyder nos tiene preparado un alargadísimo tramo final que echará tierra sobre todo lo que ha levantado hasta ese momento, y en cierto modo revocará la redención conseguida con respecto a El hombre de acero. Estos cuarenta últimos minutos caen otra vez en el error de la destrucción excesiva (aunque esta vez eviten las bajas civiles) y los deus ex machina, con lo que la película se vuelve repetitiva, confusa y agotadoraBatman v Superman también acaba insensibilizando con su descerebrada violencia cartoon (sin sangre) y sus caóticas imágenes digitales (qué feo el acabado del CGI) en las que es muy difícil, a veces casi imposible, distinguir lo que está pasando. Para cuando la destrucción ha terminado, la exaltación ha dado paso al entumecimiento, y Snyder aprovecha para colar una serie de falsos finales muy torpemente hilados en los que vuelca toda la información necesaria (la que no ha habido manera de encajar antes) para adelantar los siguientes capítulos de la historia. Así, Batman v Superman va de más a menos, trabajando correctamente los elementos individuales para luego no otorgar unidad al conjunto y ahogarse en las incongruencias, prometiendo una cosa para darnos otra vez lo mismo. Va a ser que Snyder no ha aprendido tanto como creíamos.

Lex Luthor

La inconsistencia de la película también se ve reflejada en el reparto. Dice mucho que el intérprete más destacado de Batman v Superman sea Henry Cavill (que no es mal actor, pero tampoco suele destacar por su enorme talento interpretativo), de nuevo perfecto como Clark Kent/Superman. En cuanto a las nuevas incorporaciones, Ben Affleck da el perfil para el Batman de Frank Miller (los fans de su iteración del Hombre Murciélago babearán con su caracterización) y propone una versión madura del personaje que aporta novedad a su hiper-familiar mito, pero la inexpresividad absoluta del actor hace que el personaje (que ya sabemos que no es la alegría de la huerta) roce el tedio (atención a la nula química que tiene con Diana Prince). A Gal Gadot es muy pronto para juzgarla como Wonder Woman, ya que su participación es más bien un aperitivo de lo que podremos ver en su película en solitario, pero de momento da buenas vibraciones. Pero sobre Jesse Eisenberg como el megalómano Lex Luthor sí podemos pronunciar ya un veredicto: fallido. Su personaje sufre por la tendencia del actor a la caricatura y el abuso de los tics, en una interpretación desmesurada y sobreactuada que roza el ridículo en varias escenas. Por otro lado, Jeremy Irons no es un mal Alfred Pennyworth, ejerciendo (junto a otro secundario, Laurence Fishburne) como responsable de la mayor parte de chistes de la película, pero no está a la altura de Michael Caine (que disimulaba mucho mejor lo poco que le importaba estar ahí). Y por último, hay que destacar a una muy digna Diane Lane, y a Holly Hunter en un papel breve pero muy contundente, que nos deja una de las secuencias más impactantes y memorables de la película, la que transcurre en el Capitolio de Washington.

Aun con todo, la película contiene suficientes aciertos como para no tirar la toalla con el Universo DC (yo destaco además de los ya mencionados la banda sonora de Hans ZimmerJunkie XL). La mayor parte del tiempo, Snyder controla sus pulsiones extremistas y machistas (aunque algo se le escapa), y en momentos de lucidez pone su fuerte sentido de la estética al servicio de la historia (algo que no suele ocurrir). Como resultado, tanto los acontecimientos y sorpresas de su copioso argumento, como el jugoso simbolismo de la historia darán a los espectadores bastantes momentos para disfrutar y debatir durante mucho tiempo (aunque las conclusiones que ofrece Snyder no estén a la altura). Batman v Superman responde a su naturaleza de cine evento y sin duda satisfará (incluso enloquecerá) a muchos fans del cómic y el cine de superhéroes, aunque a la vez dará más argumentos para que sus detractores o escépticos sigan hablando de ‘superhero fatigue‘ (aunque no esté tan claro que exista tal cosa) y menospreciando el género. Si algo nos enseña esta película es que, al igual que le ocurre a Superman, no se puede contentar a todo el mundo.

Valoración: ★★★

Crítica: Calle Cloverfield 10

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Escribir una crítica sobre esta película sin contar nada de su argumento es difícil, pero también es lo más adecuado. Calle Cloverfield 10 (10 Cloverfield Lane) se disfruta más cuando menos se sabe sobre ella, entrando a la sala de cine (o dando al play en casa) a ciegas, sin saber exactamente qué nos espera en la oscuridad. Claro que, aunque no conozcamos detalles de la trama, será fácil imaginarnos qué tipo de propuesta es Calle Cloverfield 10 conociendo los datos externos a la historia. Veamos.

Se trata de una secuela “en espíritu” de la película de 2008 Monstruoso (Cloverfield), una suerte de continuación no lineal de su universo, que nos propone una historia completamente nueva bajo el paraguas de la denominación, ya convertida en marca, “Cloverfield”. Es decir, Calle Cloverfield 10 sería como un nuevo capítulo de una antología fantástica y de ciencia ficción, con actores nuevos y sin continuidad narrativa. Es decir, un nuevo episodio de “The Cloverfield Limits”.

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La palabra “Cloverfield” es prácticamente sinónimo de J.J. Abrams y Bad Robot (su productora), un concepto que aúna los mismos principios y leit motivs que han caracterizado la (ya extensa) producción del creador de Perdidosy que se resume una vez más en la idea de la caja de Abrams: la caja representa una historia de la que no conocemos sus contenidos, y lo emocionante es ir descubriendo lo que hay en ella. Es decir, que el viaje es más importante que el destino. Esta es la noción sobre la que se sustentan la mayoría de historias producidas por Abrams, y eso es también lo que nos encontramos en Calle Cloverfield 10, donde el desconocido Dan Trachtenberg toma el relevo de Matt Reeves, y Damien Chazelle (Whiplash) se encarga de completar el guion de Matthew Stuecken y Josh Campbell, mientras que Abrams, Reeves y Drew Goddard (guionista de Monstruoso) siguen en la producción ocupándose de que “la visión” prevalezca.

Sin embargo, en el caso de Calle Cloverfield 10, la fórmula de la caja ha sido perfeccionada. Este tipo de narración, donde las preguntas y las sorpresas incentivan la historia pero a menudo también la lastran, ocurre que en muchas ocasiones la expectación se traduce en decepción o anticlímax cuando llega la conclusión y esta no está a la altura (o queda inacabada, como un puzle al que le faltan piezas, guiño más que autoconsciente de la película al estilo de Abrams). Afortunadamente, esto no ocurre en Calle Cloverfield 10, donde la historia es algo más que una acumulación de ideas, enigmas y “shocks”. Puede que su desenlace no convenza a muchos, pero es uno de los más coherentes de la producción “misteriosa” de Bad Robot, un final con el que deja los cabos justos por atar, que ofrece clausura emocional satisfactoria para su protagonista (Mary Elizabeth Winstead) e incluso tiene mimbres para convertir la película en saga; algo que seguramente no pasará, porque seguirán explorando el concepto “antología”, pero que, si así fuera, podría dar muchísimo de sí.

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Aunque esto no ocurra, Calle Cloverfield 10 quedará como una obra bastante redonda, una excelente cinta de suspense que demuestra el poder de las ideas sobre la pirotecnia. Con un magnífico trabajo de cámara que saca el máximo partido al reducido espacio con el que cuenta, un orgánico acompañamiento musical a cargo del exhaustivo Bear McCreary y un guion que se retuerce con giros que nos mantienen alerta en todo momento, Calle Cloverfield 10 maneja la tensión con maestría. La película deja al espectador continuamente en el borde del asiento, obligándole a desear saber más, haciendo que se involucre en la historia (y el juego abramsiano que plantea) y adopte el (desinformado y desorientado) punto de vista de Michelle (Winstead) para intentar dilucidar qué es verdad y qué es mentira. Pero lo mejor es que, además de ese juego (salpicado de un humor negro que recuerda a la reciente La visita de Shyamalan), el film ofrece varias lecturas más allá del simple “cuento post-apocalíptico”, componiendo un (otro) relato sobre el miedo a “los otros” (con la paranoia post-11S aun resonando) y el terrorismo doméstico de la masculinidad patriarcal, temas perfectamente representados en dos de los mejores personajes que nos ha dado el género últimamente. Una mujer que toma posesión de sí misma para dejar de huir de sus problemas (perfecta Winstead), y un lunático memorable al que da vida un extraordinario John Goodman.

Calle Cloverfied 10 es un thriller claustrofóbico y desconcertante que divierte enormemente sin por ello sacrificar la seriedad de sus temas y el desarrollo de sus personajes (“Yo veo Cloverfield por los personajes”). El éxito de la película plantea una nueva forma de hacer blockbusters fantásticos, otro tipo de “cine evento” que es posible con un presupuesto reducido, gracias a una campaña publicitaria inteligente y por encima de todo, ideas “fuera de la caja”.

Valoración: ★★★★

Crítica: Mustang

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Texto escrito por David Lastra

Las tierras, las tierras, las tierras de Turquía…

Tras el último día de colegio, cinco hermanas de diferentes edades deciden no regresar directamente a casa y celebrar la llegada de las vacaciones en la playa con alguno de sus compañeros de clase. Allí aflora el pavo adolescente, traducido en gritos y risas nerviosas, mientras juegan a los caballitos y se pelean a la orilla del Mar Negro. Sus melenas al viento recuerdan a las crines de una manada de caballos salvajes, como una masa de bestias imponentes y poderosas. Una fuerza de la naturaleza de arrebatadora belleza y de una vitalidad pasmosa. La mejor tarde de la historia. El hostión (literal) viene al llegar a casa. Las mujeres son reprendidas por su actitud escandalosa. Su crimen: frotar de manera obscena sus vulvas sobre los cuellos de hombres. Su castigo: abandonar de una vez por todas la infancia y abrazar el mundo adulto.

Esa condena provocará que esas cinco mujeres pasen a vivir (casi) veinticuatro horas al día encerradas en su casa. Un hogar que se convierte por arte y magia en un centro de readaptación social en el que convertir a esas bestias en mujeres de bien. El nuevo programa reeducativo recoge sesiones de cómo cocinar y complacer a un hombre sin perder la sonrisa o cómo vestirse con vestidos color caca y ocultar tus curvas en tres cómodos pasos… Aunque en el día a día tienen cabida pequeñas acciones rebeldes (pequeñas fugas, bailes en sujetador…), estos son rápidamente correspondidos con actos de macromachismo, ya sean de la mano de la abuela, figura tan protectora como subyugadora, o del tío (máxima figura del patriarcado en el hogar).

Para su debut en el largo, Deniz Gamze Ergüven ha construido una contundente tragedia lorquiana ambientada en una pequeña población del norte de Turquía. Los ecos opresivos de los grandes dramas de García Lorca resuenan en cada una de las paredes de la casa de Mustang. Lale, Nur, Selma, Ece y Sonay son Angustias, Magdalena, Amelia, Martirio y Adela. Las mujeres turcas de la obra de Ergüven se encuentran en la primera etapa de clausura de Bernarda Alba: aclimatación al ahogo y la opresión. De ahí que todas se muestren medianamente combativas, ya que todavía queda algún que otro recuerdo en sus mentes de la libertad que poseían unas semanas atrás. Pero los planes del macho cabrío que porta el bastón en este film son diferentes a los de su correspondiente lorquiana (realmente no difieren tanto, la mayor diferencia es la velocidad de llevarlos a cabo): casar a sus cinco sobrinas con cinco machotes concertados.

Mustang es una cinta de terror para el espectador occidental. Este abecé del matrimonio concertado en Turquía le sirve a modo de purga y concienciación ante el peligro de los fundamentalismos religiosos, especialmente sobre sus actos vejatorios sobre las mujeres. Por esa razón, las conversaciones, diatribas, posts y tweets después del revelador visionado están aseguradas. Ese individuo de perfil sociocultural medio-alto, autoconsiderado como progresista y atento a las catástrofes sociales no ha comprendido el verdadero sentido de la película. Mustang no es una película que pone en tela de juicio la situación de la mujer en Turquía, sino un alegato feminista que denuncia la realidad de la mujer en el mundo. No hace falta cruzar el Mediterráneo para encontrarnos con apaños matrimoniales, presión por la conservación de la virginidad, rechazo al desarrollo profesional, abusos sexuales y otros malos tratos. Los crímenes que sufren las mujeres de Mustang no son cuestiones exclusivas producidas por una costumbre o localización geográfica determinada sino que son fácilmente extrapolables a sociedades del llamado Primer Mundo.

Mustang

Aunque oficialmente estemos bajo el amparo de un estado laico, en España se puede hablar de la imposición en la sociedad de un no tan misericorde credo cristiano calado desde tiempos inmemorables que unido a un sistema económico capitalista (que aunque sea un modelo puramente ateo y materialista comparte más de un modus operandi castrante con el cristianismo) estruja a la figura femenina, obligándole a la aceptación del tridente mujer-madre-esposa, siendo acusada, juzgada y condenada públicamente al intentar salirse de ellos. Al igual que en Mustang se muestran dos Turquías (la conservadora de los pueblos y la progresista de Estambul), también podemos hablar de dos realidades en España, ¿verdad? Las mujeres de Mustang buscan la gran ciudad. Aunque se refieran de manera expresa a Estambul, ellas persiguen algo más abstracto: un locus amoenus. Un lugar idílico donde poder crecer, realizarse y ser libres de frotar o no sus vulvas sobre lo que quieran.

Mustang es la gran obra fílmica feminista de la década. Un acto de denuncia osado, crudo, tremendamente bello y muy necesario para mostrar y empujar a los agresores hasta enterrarlos en el mar…

Valoración: ★★★★½

Kaguya y Marnie: Las dos últimas joyas del Estudio Ghibli

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Folklore, magia y adolescencia

Estamos acostumbrados a que las películas del Estudio Ghibli lleguen a España con mucho retraso. De hecho, cualquier película que provenga de Japón va a tardar mucho más tiempo del habitual en estrenarse en nuestro país, si es que lo llega a hacer. Con el caso de Kaguyahime no monogatari (2013) y Omoide no Mânî (2014), los (muchísimos) fans del mítico estudio de animación ya habíamos tirado la toalla y no esperábamos ver estas películas en el cine (como mucho las tendríamos en vídeo, pero eso tampoco parecía llegar nunca).

Claro que se trata respectivamente de la última película del maestro Isao Takahata (La tumba de las luciérnagas, Mis vecinos los Yamada) y el último film del estudio antes de su cese temporal en la producción de largometrajes, tras la retirada (¿definitiva?) de Hayao Miyazaki. Por eso, Ghibli se merecía una despedida oficial a la altura en nuestro país, una oportunidad para que los fans pudieran decir “hasta pronto” al estudio como Hayao manda. Por suerte, esto lo sabía Vertigo Films, que nos trae por fin a España las dos últimas joyas de Ghibli, El cuento de la princesa KaguyaEl recuerdo de Marnie, dos exponentes de lo mejor del estudio que dejan constancia de su maestría y versatilidad. Nunca es tarde si la dicha es buena.

Kaguya

El cuento de la princesa Kaguya

Mientras Hayao Miyazaki se llevaba la gloria y su cine atribuía a Ghibli las señas de identidad estilísticas y temáticas por las que sería reconocida en todo el mundo, su segundo de abordo, Isao Takahata, exploraba terrenos cinematográficos más alternativos y experimentales. Ninguna película de Takahata es similar a la anterior: La tumba de las luciérnagas (conmovedor drama bélico que asombra por su dureza), Recuerdos del ayer (film adulto sobre el paso del tiempo), Pompoko (alocada aventura protagonizada por tanuquis), Mis vecinos los Yamada (comedia costumbrista familiar por capítulos, en la tradición de Yasujiro Ozu). Siguiendo la senda de inconformismo y exploración que marcan estos trabajos, Takahata firma la que es probablemente su obra más bella y exuberanteEl cuento de la princesa de Kaguya.

Kaguya está basada en el popular relato japonés El cuento del cortador de bambú. En ella, una pareja de campesinos encuentra a una niña diminuta dentro de una planta de bambú y deciden adoptarla para darle una vida digna de una princesa, pero la chica anhela otro tipo de existencia menos encorsetada. Realizada en animación tradicional al estilo de las acuarelas japonesas (con impresionantes secuencias de acción abocetadas en las que se puede ver el trazo del lápiz cobrando vida), Kaguya es una absoluta preciosidad, una auténtica obra de arte de una belleza extraordinaria, aderezada con deliciosos e inesperados toques de humor. El folklore y la historia japonesa van de la mano de la magia en una película que incide en uno de los temas que han definido la trayectoria de Ghibli: el lugar de la mujer en la sociedad, y su lucha por salirse de los conformistas moldes que otros han dispuesto para ella. Kaguya es un personaje hermoso en todas sus facetas y su historia una gozada recomendable para todo amante de la animación tradicional y el cine nipón.

Valoración: ★★★★

Marnie

El recuerdo de Marnie

Además de las historias épicas de Miyazaki y los grandes dramas de autor de Takahata, Ghibli se ha especializado en historias íntimas que han sido calificadas de “menores”, sobre todo al ser comparadas con sus títulos más populares. Nicky, la aprendiz de bruja, Susurros del corazón o Arrietty y el mundo de los diminutos entrarían en esta categoría. Pero si nos detenemos a analizar los temas que tratan, así como su manera en la que lo hacen (sin moralina, condescendencia o adoctrinamiento), nos daremos cuenta de que no tienen nada de “menor”. El recuerdo de Marnie, segundo film de Hiromasa Yonebayashi (director de Arrietty) se suma a la lista con otro inspirador relato protagonizado por una adolescente que está descubriendo el mundo y a los demás. Y como las cintas mencionadas, Marnie también es otra película del estudio Ghibli que no solo no subestima al niño o al adolescente (dentro y fuera del relato), sino que lo trata con cariño y deferencia.

Basada en la novela Cuando Marnie estuvo allí de Joan G. Robinson, El recuerdo de Marnie es un tierno y encantador cuento de amistad y amor (pre)adolescente que aúna lo mejor del estudio: su sensibilidad para componer personajes femeninos, el preciosismo más arrebatador y esa fusión de magia y naturalismo que tan buenos resultados le ha dado siempre. Aunque Marnie corre el riesgo de ahogarse en el almíbar de su historia, Yonebayashi logra que en ningún momento su cursilería sea un obstáculo, sino más bien lo contrario. Su naturaleza amable, romántica y bienintencionada, así como la sinceridad e ingenuidad con la que se cuenta la historia de Anna y Marnie, es lo que hace de ella una película tan destacable. Marnie es preciosa en todos los sentidos, un emotivo y melancólico retrato sobre esa edad de incertidumbre y descubrimiento que tan bien ha sabido “dibujar” el estudio, y un broche de oro a los 30 años de Ghibli.

Valoración: ★★★★

Crítica: La Serie Divergente – Leal

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Casi todo lo que se puede decir de Leal (Allegiant), la tercera entrega de la “Serie Divergente“, ya lo dijimos el año pasado, cuando se estrenó el capítulo anterior, Insurgente. Leal es la primera mitad del final de la saga basada en la trilogía de novelas de Veronica Roth, un desenlace que, al igual que ocurrió con CrepúsculoHarry PotterLos Juegos del Hambre, ha sido dividido en dos partes (aunque nadie lo pidió y el tibio recibimiento de la anterior película seguro que hizo cuestionarse a más de uno la decisión). Supuestamente, este pre-clímax hace que la historia avance, pero en realidad las cosas no cambian demasiado, por no decir nada. Leal sustituye un regimen totalitario (el de Janine – Kate Winslet) por otro exactamente igual (el de David – Jeff Daniels), y por encima de todo, sigue sin tener muy claro qué nos está contando. Por eso, al final, entre la confusión y el tedio, volvemos a tener la sensación de estar viendo la misma película por enésima vez.

Explicar el argumento de Leal no solo sería trabajoso, sino que no serviría para nada. Dejémoslo en que esta tercera parte lleva a Tris (Shailene Woodley) y su grupo de rebeldes más allá del muro que aísla Chicago del resto del mundo, donde las cosas no son mucho mejores que en la ciudad (a la que amenaza una guerra entre facciones), es decir, una trama completamente idéntica a la de otra saga distópica adolescente, El corredor del laberinto. Claro que no podemos acusar a ninguna de estas películas de copiar a la otra, porque en realidad todas están haciendo lo mismo: amasar referentes y tópicos del cine y la literatura de ciencia ficción para levantar universos post-apocalípticos cortados exactamente por el mismo patrón, sagas pensadas como si fueran series de televisión (no en vano, esta no es la “Saga”, sino la “Serie Divergente”). Cuando termina Leal, uno tiene la sensación de haber visto el capítulo inmediatamente anterior a un final de temporada, con la diferencia de que para ver el último no hay que esperar una semana, sino un año. En el caso de otras sagas puede servir para aumentar la expectación, en el de Divergente sirve para que perdamos cada vez más interés.

Robert Schwentke (que tiene en su distinguido currículo cosas como Plan de vuelo: desaparecidaR.I.P.D.) repite como director, después de incorporarse el año pasado para elevar las cotas de acción de la saga, perdón, serie. Leal sigue el camino marcado por Insurgente, redefiniéndose como película de acción con ínfulas de gran relato sci-fi. Y ese es el principal problema de la película (y la serie), que sus aspiraciones están muy por encima de sus posibilidades. Como InsurgenteLeal se toma tan, tan en serio a sí misma (menos en un par de momentos en los que intenta, en vano, hacer algún chiste), que no nos queda más remedio que compadecernos de ella. Y es que la película no funciona a ningún nivel, ni siquiera como entretenimiento vacío para evadirse. Porque seamos sinceros, hay pocas sagas adolescentes más aburridas que esta.

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Aunque somos conscientes de que no debemos ser demasiado exigentes con estas películas (al fin y al cabo, sabemos de sobra que no somos su público objetivo), Leal lo vuelve a poner difícil hasta para el más indulgente (sugerencia de título para la última parte o el pack de la serie completa). Se trata de una película sin vida, con una puesta en escena muy pobre (hay algún croma por ahí que resulta bastante sonrojante) y una historia completamente desestructurada y mal contada que se las arregla para ser absurda y aleatoria, a la vez que rutinaria y predecible. La coherencia brilla por su ausencia, como en las anteriores entregas, pero aquí es peor aun, gracias a un argumento que amontona ideas y conceptos cogidos con pinzas (pretendidamente unidos en una celebración de la diferencia, con moraleja sobre los peligros de la manipulación genética) y se (nos) confunde con toda clase de situaciones azarosas (decisiones cuestionables, agujeros por todas partes, y personajes inverosímilmente ingenuos que se mueven en contra del sentido común). Todo para acabar en un “desenlace” de lo más chapucero y simplón, más propio de una serie fantástica de los 90 que de una superproducción de Hollywood.

Por si eso fuera poco, los actores se pasean estáticos por la película (sobre todo la impasible Woodley, que no podría tener menos ganas de estar ahí), se mueven y se relacionan gélidamente, con el mismo ímpetu con el que uno se levanta del sofá un domingo para coger el mando a distancia que está en la otra punta del salón. Claro que esa falta de entusiasmo y entrega no es solo culpa suya (el reparto está lleno de gente con talento, jóvenes y veteranos), sino sobre todo del material tan estéril y falto de emoción con el que trabajan. Esta serie no da más de sí, porque de entrada no tenía mucho que dar (como los libros en los que se basa, según dicen), y su difuso planteamiento ha alcanzado un punto muerto en esta película. Mala señal cuando sabemos que todavía queda otra.

Valoración: ★½

Crítica: Kung Fu Panda 3

Kung Fu Panda 3

En los últimos años, Dreamworks Animation nos ha dado unas cuantas alegrías a los aficionados al cine de animación, como las dos entregas de Cómo entrenar a tu dragón o la joya de culto El origen de los guardianes. Pero también ha seguido cultivando esa vertiente suya menos “exigente”, con películas de usar y tirar que no han hecho mucho por su imagen de marca. La franquicia Kung Fu Panda se encontraría en un punto intermedio, con sus dos primeras películas más bien cerca del primer grupo, y la tercera, que ahora se estrena, retrocediendo un par de pasos hacia el segundo. Kung Fu Panda 3, primer largometraje que sale de Oriental Dreamworks, supone el regreso al exuberante y colorido universo oriental que nos conquistó y sorprendió en la primera película, pero baja considerablemente el listón a nivel narrativo y cómico, con una historia más convencional y reiterativa que se hace difícil justificar más allá de su razón de ser comercial.

Volvemos a la aldea de Po para saber qué es del simpático y atolondrado oso panda y sus Cinco Furiosos, los guerreros kung fu Tigresa, Grulla, Mono, Mantis y Víbora. La vida de Po transcurre con normalidad (básicamente artes marciales, trastadas y dumplings todo el día) hasta que reaparece inesperadamente su padre, Li Shan, después de mucho tiempo perdido. Po viaja con él y un polizón, el Sr. Ping (el pato que crió al protagonista como su hijo y está celoso de Li Shan), a la aldea secreta de los Pandas, donde conocerá a toda una comunidad de espíritus afines, dados a la vida osa y el buen comer. Sin embargo, la amenaza del villano Kai, que regresa del Más Allá para robar el chi a todos los maestros kung fu y conquistar el mundo, llevará a Po a entrenar a la aldea para convertirlos en una manada de Kung Fu Pandas que se enfrente al ejército de ánimas de jade del malvado, a la vez que él busca su fuerza interior para cumplir la leyenda del Guerrero del Dragón.

Kung Fu Panda 3_PosterKung Fu Panda 3 continúa la historia del rechoncho personaje blanquinegro, pero en cierto modo hace borrón y cuenta nueva. En esta película, Po debe volver a demostrar que es digno de ser llamado maestro en artes marciales y encontrar al héroe que lleva dentro, un conflicto más propio de una primera entrega que de una tercera. Por eso, Kung Fu Panda 3 supone un retroceso, o un impasse en la historia. Tampoco ayuda que los personajes secundarios (los Cinco Furiosos concretamente) sigan siendo personajes tan planos, o que el humor haya perdido frescura (aunque algunos chistes funcionen, la mayoría son muy típicos y el humor se puede hacer demasiado insistente y pesado). Afortunadamente, la película tiene atractivos de sobra para compensar la poca originalidad y repetición en la que cae: el conflicto paterno-filial entre Po, el Sr. Ping y Li Shan nos deja los momentos más emotivos de la cinta, los nuevos personajes (la aldea de pandas principalmente) son muy simpáticos, y por su puesto la espectacularidad de sus imágenes es su mayor baza.

Como sus predecesoras, Kung Fu Panda 3 es una obra de gran exuberancia visual, un energético estallido de luz y color con el que la antigua China cobra vida a través de preciosos fondos, impresionante animación y texturas digitales, y hermosas secuencias realizadas en animación tradicional para simular las acuarelas chinas. En definitiva, aunque no llegue al nivel de las anteriores entregas de la franquicia, tampoco sería justo situarla junto a las películas “de relleno” de la casa Dreamworks, aunque solo sea por la excelencia técnica que alcanza. Kung Fu Panda 3 está hecha para volver locos a los más pequeños de la casa, pero los adultos, y concretamente los fans del cine de animación encontrarán más de un motivo para disfrutarla.

Valoración: ★★★

Crónica de la Muestra Syfy 2016

Leticia Dolera Syfy

El 13 es un número especial, históricamente asociado a la mala suerte, y con el tiempo justo lo contrario, un símbolo de buena suerte para los que gustan de llevar la contra. Para los fans del cine fantástico, el 13 ha significado algo muy especial este fin de semana: una de las mejores ediciones de la Muestra Syfy. Nuestro mini-festival favorito se ha mudado de residencia, pero sigue viviendo en el mismo barrio. De los Cines Callao al Cine de la Prensa de Gran Vía, sin perder en la mudanza ni un ápice del entusiasmo que lo caracteriza.

Como todos los años, nos damos cita con la Muestra Syfy, organizada por el canal de televisión Syfy España, para ver cine de género (fantástico, ciencia ficción, terror, animación) durante cuatro días (este año del jueves 3 al domingo 6 de marzo). Una veintena de películas que han conformado una programación en la que, como de costumbre, han tenido cabida las ideas más disparatadas y las propuestas más curiosas. Muertos vivientes, fantasmas, zombies, demonios, extraterrestres y caníbales (por partida doble, que este año ha sido el de los antropófagos), todos se han reunido un año más para la gran fiesta del cine fantástico en Madrid.

Y como decía, aunque hayamos cambiado de emplazamiento, el espíritu de la Muestra sigue intacto. Por un lado gracias a la organización, que ha llevado a cabo el cambio de la forma más fluida (esperábamos que al cambiar de una sala grande a tres más pequeñas hubiera un caos mayor, y para nada), por otro a los seguidores (bautizados “mandanguers” -o mandangers- durante la última sesión del domingo), incansables, “motivados” y con ganas de darlo todo en las proyecciones, y por último, pero no por ello menos importante, gracias a la gran Leticia Dolera, que un año más se corona como la reina geek (Mandanga Queen) de nuestro país. Parece mentira, pero Dolera se supera cada año. El nivel de complicidad que ha alcanzado con los asistentes a la Muestra es increíble (para entender los chistes internos o la importancia de las palabras “mandanga” y “Canino” hay que haber estado allí), y se ha notado especialmente en esta edición, en la que, entre otras muchas cosas, ha recordado a sus compañeros de Al salir de clase con velas en la mano (in memoriam?), ha demostrado su amor por Buffy, ha llamado por teléfono a Raúl Arévalo, al que dejamos un mensaje de voz porque no lo cogió (y al que esperamos ver en la próxima edición, no nos falles, Raúl), ha cantado los precios de la cantina, ha reivindicado a Chicho Ibáñez Serrador (Goya honorífico ya), ha criticado (de bromi) a los actores españoles por no vocalizar, y por supuesto, ha repartido Huesitos entre el público. Todo del mejor rollo posible. Gracias, Leticia. Sin ti la Muestra no sería lo que es.

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Dicho esto, pasemos a hablar de las películas que hemos podido ver este año. Muchas de las que, por cierto, tienen distribución en España, así que anotad las recomendaciones. La Muestra dio el pistoletazo de salida el jueves 3 con el preestreno de La invitación, de Karyn Kusama, uno de los grandes éxitos de la pasada edición del Festival de Sitges, donde se alzó con el premio a la mejor película del certamen. Con un reparto de caras conocidas, sobre todo para el seriéfilo (Logan Marshall-Green, Michiel Huisman o John Carroll Lynch), La invitación es una cinta malrollera que recuerda a Coherence en sus ambientes y a La cena de los idiotas por su mala baba. Kusama sabe dosificar la información como si de un menú degustación se tratase y nos embriaga de tal manera que seguimos pidiendo más a pesar de que sintamos ya los ardores de las horas posteriores. Menos mal que tiene el detalle de ofrecernos un chupito digestivo para pasar el (mal) trago.

El viernes 4 nos deparaba más de una sorpresa. El primer día propiamente dicho de la Muestra arrancaba con la noruega Villmark Asylum, secuela de uno de los mayores éxitos cinematográficos del país nórdico que nos proponía de nuevo (“nos” es un decir, porque de los cientos que estábamos en la sala solo cuatro fans aplicados habían visto la primera) una historia de terror ambientada junto a un lago remoto, concretamente en un hospital abandonado donde se trataba a los enfermos de tuberculosis muchos años Imagen 2atrás. Como podéis imaginar por la descripción, Villmark Asylum es la típica película de “manicomio encantado”, y recurre a los tópicos y la imaginería habitual del género (fantasmas de pacientes y enfermeras deambulando entre pasillos, experimentos inmorales), donde por desgracia se queda completamente estancada sin saber qué contar. Un rollazo.

Las dos siguientes películas de la tarde sirvieron para arreglar el mal sabor de boca de Villmark 2 (su título original) y despertarnos de la siesta. En primer lugar, la británica Nina Forever nos planteaba una premisa sencilla a la par que interesante, con una historia romántica sobre un chico que perdió a su novia en un accidente y, cuando intenta iniciar una nueva relación (concretamente cuando practica el sexo con su nueva pareja), la novia se le aparece tal y como quedó tras el accidente para atormentarle a él y a la chica. Una metáfora sobre las relaciones y la pérdida que, a pesar de resultar demasiado evidente, da para muy buenos momentos, aunque al final se pierda por no saber cómo ni cuándo concluir la historia. Nos quedamos con la primera hora de la película, rebosante de sentido del humor, emotividad y erotismo, y con las interpretaciones de su trío protagonista, en especial las femeninas, Fiona O’Shaughnessy y Abigail Hardingham. En segundo lugar, llegó la esperadísima (y apaleadísima) nueva película de Eli Roth, The Green Inferno, y resultó ser uno de los mayores éxitos entre el público de la Muestra. Roth ha orquestado una película repugnante, nauseabunda, con los peores actores del mundo y autoconscientemente mala que se reveló como la oferta perfecta para la Muestra, como demostraron las continuas carcajadas y aplausos de la sala. Una cinta idónea para este tipo de ocasiones, en las que a veces es mejor no pesar demasiado lo que se está viendo y dejarse llevar. Eso sí, vais sobre aviso si decidís verla: al igual que su día Holocausto caníbal (de la que evidentemente bebe, y come, mucho) sus imágenes gore pueden provocar más de un mareo.

Las sesiones nocturnas del viernes nos dejaron otra sorpesa. Desafortunadamente no fue la española Vulcania, que fue recibida con indiferencia y aburrimiento generalizado (quizá si los responsables del film no hubieran estado en la sala presentándolo el público se habría ensañado más). El debut de José Skaf en la dirección de largometrajes es una oportunidad perdida, una película que recuerda demasiado a El bosque (aunque Skaf asegurase que todo parecido es coincidencia) y que, a pesar de su excelente factura y buen reparto, nos deja completamente a medias (aquí podéis leer una crítica completa de la película, que ya está en cines). A continuación , la primera sesión golfa de la Muestra 2016 nos presentaba la primera parte de la japonesa Parasyte, de Takashi Yamazaki, film que fue recibido cálidamente por el público del Cine de la Prensa. Parasyte, Part I  es la hilarante visión japonesa de la Nueva Carne de Cronenberg (se trata de la adaptación live action del manga del mismo nombre), con momentos cómicos muy conseguidos y una épica tan ridícula como convincente. Por una noche, Migi destronó a Huevón como rey de la madrugada Syfy.

BONE TOMAHAWK

El sábado por la mañana tenía lugar la primera sesión Syfy Kids, con la proyección de una de las nominadas al Oscar a Mejor Película de Animación este año, The Boy and the World, distribuida en España por Rita & Luca Films. La tarde comenzaba con la surcoreana The Piper, adaptación libre de El flautista de Hamelín que tiene lugar en una pequeña aldea azotada por una plaga de ratas, donde un hombre y su hijo hacen una parada para ayudar a los habitantes. La película de Kim Kwang-tae comienza como una comedia amable con toques de realismo mágico y en su tramo final se transforma en una historia oscura, trágica y macabra. Una película peculiar de la que se pueden destacar bastantes virtudes, entre las cuales por desgracia no se encuentra la consistencia. A continuación se proyectaba la caboyano-americana Listening, que juega con la idea de la manipulación de la mente y la creación de la telepatía, y que fue con diferencia una de las peores películas de la muestra. Llamarla amateur sería quedarse muy cortos. Una primera parte que copia descaradamente a Primer da lugar a una segunda mitad que adquiere tono épico-conspiranoico y se hunde en el mayor de los ridículos. Y lo peor de todo, el asqueroso machismo que recorre toda la cinta. Lamentable. Pero es que esa misma noche pudimos ver otro desastre de proporciones épicas, Generación Z (título español para The Rezort), una Parque jurásico con zombies en lugar de dinosaurios que, por muy atractiva que suene la idea, no podría haber dado lugar a una película más terrible. Y lo peor no es el planteamiento completamente absurdo (eso no es un problema en la Muestra), sino que ¡se toma en serio! y contiene un mensaje político que no podría estar hilado de forma más patética. Menos mal que justo antes habíamos disfrutado del plato fuerte del día, Bone Tomahawkwestern atípico cargado de humor, violencia extrema (condensada en su magnífica recta final, donde podemos ver una de las muertes más despiadadamente brutales y gráficas de la historia del cine) y grandes interpretaciones, en especial la de Richard Jenkins, que conquistó a la sala al completo. Una gozada.

Foto de Mara

El sábado muchos hicimos un paréntesis para asistir a la proyección del musical de Buffy, cazavampiros, “Once More, With Feeling” (6×07), una ocasión de lujo para poder ver en pantalla de cine uno de los capítulos más emblemáticos de esta serie de culto. El ambiente seriéfilo era inmejorable y nuestra anfitriona, Leticia, nos preparó una presentación genial. En primer lugar nos hizo un recorrido por la serie, resumiendo las temporadas y hablando sobre la experiencia que supone ser espectador de Buffy, en especial si se vio por primera vez durante la adolescencia (o post-adolescencia). A continuación recomendó el libro sobre Joss Whedon De la Estaca al Martillo, que como muchos sabéis, coordiné el año pasado junto a mi colega, amiga y admirada Cazadora Irene Raya. Aunque ya lo hice en persona, desde aquí quiero agradecer de todo corazón una vez más a Leticia por hablar del libro en la proyección (en dos proyecciones distintas, de hecho), fue un detalle precioso que convirtió lo que ya estaba siendo una gran Muestra en mi mejor Muestra. Por último, Dolera orquestó un gran momento fan junto a los fans de Buffy, haciéndonos ensayar un fragmento de la canción “Walk Through the Fire“. ¿El resultado? Juzgad vosotros mismos:

Y llegó el último día. El domingo suele ser una jornada de mayor relax en la Muestra, y este año ha cumplido esa norma. El día arrancaba con la polaca Demon, adaptación moderna de la leyenda del dybbuk judío que transcurre durante una boda tradicional en el campo. Una película divertida, surrealista e inteligente que acercaba el cine de autor europeo a la Muestra, demostrando que cualquier tipo de propuesta fantástica tiene cabida en ella. Demon resultó ser una de las películas más interesantes de este año, un relato impregnado de vodka e historia (la de unas ruinas que no se pueden o no se quieren reconstruir), de un humor absurdo y filosófico exquisito y una memorable interpretación protagonista, la de Itay Tiran. Su director, Marcin Wrona, se suicidó en 2015, dejándonos una excelente obra póstuma. Una pena no saber hasta dónde podía haber llegado su talento.

La tarde del domingo continuó con Jeruzalem, un found footage ambientado en la capital israelí y protagonizado por dos turistas americanas cuyas vacaciones se ven interrumpidas por el día del Juicio Final. The Paz Brothers abordan el hastiado género del metraje encontrado intentando revitalizarlo con un nuevo gadget: las Google Glass. De esta manera salen airosos del engorro que suelen tener todos los directores para justificar el hecho de que sus protagonistas no dejen de grabar. Pero más allá de eso, no hay nada verdaderamente destacable de Jeruzalem, además de su bello y original emplazamiento. Una película que sigue los dictados del género (y demuestra algo más que admiración por [REC], como advirtió después Dolera, o Cloverfield) y al menos entretiene y cumple su función a pesar de caer en el despropósito continuamente. Y después de Jeruzalem, dimos un giro de 180º grados en el tono para disfrutar de la (muy) británica Absolutamente todo, dirigida por Terry Jones (miembro de Monty Python, guionista de Dentro del Laberinto, que también se pudo ver en una sesión especial en homenaje a David Bowie), una comedia directamente salida de los 90 que recuerda demasiado a Como Dios, pero que resultó ser un soplo de aire fresco gracias a sus divertidos diálogos y al buen hacer de su protagonista, un carismático Simon Pegg demostrando que puede ser un gran leading manAbsolutamente todo también destaca por ser la última película de Robin Williams (en ella dobla al perro Dennis y nos deja algunos de los mejores momentos de la cinta) y por contar con las voces de lo Monty Python dando vida a los extraterrestres que otorgan los poderes al personaje de Pegg.

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La Muestra 2016 tocaba a su fin con la esperadísima High-Risepelícula dirigida por Ben Wheatley y escrita por él junto a Amy JumP a partir de la novela de J. G. BallardHigh-Rise venía precedida de mucha expectación, aunque acabó siendo una gran decepción (y no es que no nos lo hubieran advertido desde Sitges y otros festivales). High-Rise es una cinta post-apocalíptica retro-futurista que podría describirse (muy superficialmente) como una fusión de BrazilSnowpiercer. La película tiene un planteamiento muy interesante y suficientes elementos atractivos por separado (la estética, la música, la percha de Tom Hiddleston, el sorprendente talento de Luke Evans), pero en conjunto resulta fallida, sobre todo por un empeño, casi exhibicionista y provocador, en el estilo por encima de la sustancia, y la locura y el absurdo porque sí, lo que juega en detrimento de la historia. High-Rise se pierde en la no-narratividad hacia la mitad de su metraje y no se recupera, rematando su “relato” con una conclusión sobre-explicativa que subraya demasiado el mensaje y parece que ya va con recochineo. Probablemente estemos ante una obra incomprendida que será reivindicada como película de culto. Quizá solo sea una pretenciosa paja mental que acabaremos olvidando. El tiempo lo dirá.

Y hasta aquí otra Muestra Syfy llena de buen rollo, amistad y celebración de la cultura fan y el cine (y la tele) de género. Me despido con una de las frases más bonitas de Leticia Dolera, pronunciada (con toda sinceridad y convencimiento) durante una de sus encantadoras presentaciones:

“Axioma: Te gusta el cine fantástico y de terror, eres buena persona. Te gusta Buffy, eres buena persona”.

¡Hasta el año que viene, Mandangers!

Texto de Pedro J. García y David Lastra

Crítica: El amor es más fuerte que las bombas

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El amor es más fuerte que las bombas (cuestionable título en español para Louder Than Bombs) es el tercer largometraje del realizador noruego Joachim Trier, después de las aclamadas RepriseOslo, 31 de agosto. Esta supone su primera película rodada íntegramente en inglés con un reparto de intérpretes internacionales encabezado por tres estrellas: Gabriel Byrne, Isabelle Huppert y Jesse Eisenberg. Grabada y ambientada en Nueva YorkEl amor… nos habla de una familia dividida tres años después de la muerte en un accidente de carretera de la madre, Isabelle Reed (Huppert), una afamada fotógrafa corresponsal. Saltando entre el presente y el pasado con sensibilidad onírica, Trier nos muestra cómo este trágico evento ha transformado las vidas de tres personajes masculinos: su marido y sus dos hijos.

El amor… es un retrato inteligente y elegante sobre la familia y la ausencia, un trabajo austero, pero profundamente sensible, que nos habla entre otras cosas de los problemas de comunicación en una familia, la paternidad y la adolescencia, hallando una fuerza poética en las historias cotidianas de los protagonistas. El padre, Gene (Byrne) y los hijos, el treintañero Jonah (Eisenberg) y el adolescente Conrad (Devin Druid), se encuentran en momentos decisivos de sus vidas, puntos de inflexión y transformación en los que el pasado y los secretos les impiden avanzar. Gene trata de reconectar con sus hijos, pero es incapaz de comunicarse con ellos (“¿Tan difícil es hablar conmigo?”), especialmente con el menor, un joven introvertido y aislado que se ajusta al perfil de freak y se encuentra sumido en la fase más problemática de la adolescencia. Por otro lado, nullJonah visita a su padre meses después de haber sido padre por primera vez para asistir a una exposición retrospectiva dedicada a la obra de Isabelle, pero lo hace sin su nueva familia, con la excusa de no poder viajar con el bebé, y un motivo oculto: escapar de una relación quebradiza y una paternidad para la que aun no está preparado.

Anclados en la muerte de la madre, los tres personajes se encuentran atrapados en un espacio donde el pasado y el presente forcejean, un lugar solitario en el que los tres deambulan con un peso en común, pero evitando cruzarse. En un relato eminentemente masculino (que no patriarcal o supremacista), las figuras femeninas (excelentes secundarias Amy Ryan, Rachel Brosnahan y Ruby Jerins) aparecen y desaparecen para ayudar a los protagonistas a mirar hacia el futuro, mientras que el fantasma de la madre (etérea y perfecta Huppert), a quien cada uno de ellos recuerda de una forma distinta, sigue observándolos, abrazándolos, acogiéndolos en su seno protector, y por tanto, impidiendo que estos pasen página y continúen con sus vidas. A pesar de que la película a menudo juega a mezclar los sueños y la realidad, difuminando las líneas narrativas de la historia, Trier compone un relato sin excesivos artificios donde lo que prevalece es una reflexión muy personal sobre la familia y la pérdida. Es decir, aunque corre el riesgo de que su lirismo y fragmentación acaben sepultando la historia, el director logra que esta llegue a buen puerto y acabe transmitiendo lo que se propone, gracias en parte al uso de una narración en off preciosa, que aporta cohesión y eleva la trascendencia de la película.

El amor es más fuerte que las bombas es un film de apariencia fría y actitud distante que, al igual que sus protagonistas, busca poner sus sentimientos en contacto con la realidad. Para ello, Trier realiza una película amable a la par que agresiva, cálida y gélida a la vez, con la que nos recuerda la dificultad de afrontar el pasado y abrir una línea de diálogo con nuestra familia, pero también lo necesario que es intentarlo.

Valoración: ★★★★

Crítica: Rock the Kasbah

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Rock the Kasbah es una de esas películas cuya existencia no puede ser razonada más allá de lo absurdo que puede llegar a ser Hollywood a la hora de decidir lo que llega a las pantallas de cine o lo que se queda en el limbo. Nos podemos imaginar la reunión para determinar si Rock the Kasbah recibía el visto bueno o era archivada, y es difícil entender por qué su premisa no disparó ninguna alarma: Un representante de rock en horas bajas, Richie Lanz (Bill Murray) decide apuntar a su única cliente, Ronnie (Zooey Deschanel), al tour de la USO (United Service Organizations) en Afganistánpara que actúe para las tropas estadounidenses. Pero Ronnie se echa para atrás en el último momento, y Lanz se queda tirado en Kabul, donde, tras vivir mil y una serie de “alocadas aventuras”, descubrirá a una joven pastuna con una voz extraordinaria, a la que decidirá presentar al concurso de talentos Afghan Star (la versión afgana de American Idol), a pesar de que va en contra de todas las normas de su tribu.

Efectivamente, además de estúpida, la idea es muy peliaguda, sobre todo si va a ser abordada desde la comedia (y no va a hacerla ni Sacha Baron Cohen ni Evan Goldberg), que es el caso. ¿Por qué salió adelante a pesar de que todo indicaba que no funcionaría? La clave es un nombre que ya hemos mencionado: Bill Murray. El mítico actor de Cazafantasmas y Lost in Translation es un gancho importante. No es un revienta-taquillas ni mucho menos, pero tiene una legión de fans que se acercan a ver cualquier cosa en la que salga, porque aceptémoslo, es el jodido Bill Murray. Su personalidad y carisma siempre llenan la pantalla, aunque sus interpretaciones no se distingan mucho unas de las otras, y a los que les gusta Murray, les gusta mucho. Pero claro, por mucha presencia que tenga, él solo no puede aguantar sobre sus hombros el peso de un proyecto, sobre todo cuando la película en cuestión es tan ofensiva y bochornosa como Rock the Kasbah, que nos sorprende que no haya sido subtitulada en España como Desmadre en Kabul.

nullCon guion de un viejo amigo de Murray, Mitch Glazer (que ha trabajado junto a él en Saturday Night LiveLos fantasmas atacan al jefe, y recientemente ha escrito A Very Murray Christmas), y dirigida por el veterano (y despistado) Barry Levinson (Rain Man, Toys, Sleeper), Rock the Kasbah es una “comedia” sin sentido del ritmo, que además adolece de una confusión de tonos espantosa. Sus escarceos con la comedia gamberra son lamentables, en particular las escenas pasadas de rosca con Danny McBride, Scott Caan y un Bruce Willis que cuando parece que no va a tocar más fondo, lo toca. Momentos con los que la película frivoliza peligrosamente con la guerra y la situación afgana sin verdadera voluntad crítica o satírica, y por supuesto sin gracia. Llama la atención en especial la secuencia en la que este grupo viaja en descapotable por las calles nocturnas de Kabul para encontrar un local de fiesta secreto, y como si de una película de James Franco y Seth Rogen se tratase, la noche se transforma en una aventura disparatada (¡Qué divertidas son las bombas y los tiroteos en Kabul!) en la que Lanz conoce a “la chica” de la película, una prostituta interpretada por Kate Hudson, con la que Murray forma probablemente la peor pareja que vamos a ver este año en el cine.

Como Slumdog Millionaire, pero sustituyendo la pornografía sentimental por el “buenrollismo” de una película feel-good, y el tema de la pobreza en la India con el de la situación de la mujer en Afganistán, Rock the Kasbah no tiene ni idea de qué quiere contar ni cuál es su propósito, más allá de subrayar la superioridad yanqui (¿un americano que va a Afganistán a cambiar la mentalidad de su pueblo? ¿En serio? ¿No se podía buscar una idea más engreída y fantasiosa?). Murray deambula sin rumbo, lost in Kabul, intentando seguir un guion que explota su personalidad hasta gastarla y está escrito con déficit de atención narrativo: la forma en la que Deschanel desaparece para no volverse a saber nada de ella, cómo pasa de puntillas por el tema de la opresión de la tribu pastuna y convierte su estancia en la aldea en una oportunidad para que Murray realice una “simpática” actuación musical (…), y cómo al final todo adquiere un tono dramático, incluso existencialista, que no se corresponde en absoluto con el resto del film y no nos ofrece verdaderas conclusiones sobre nada, ni la historia ni el protagonista. A pesar de intentarlo con la (falsa) catarsis con la que termina, Rock the Kasbah no es capaz de justificar su existencia. Una idea terrible que da como resultado una película aun peor.

Valoración: ★★

Crítica: Vulcania

Vulcania 1

Vulcania es el primer largometraje de José Skaf, experimentado director de cortometrajes, videoclips o spots de televisión, que ha elegido el género fantástico para su ópera prima. La película se podría adscribir a ese sub-género del cine de misterio sobre pequeñas y endogámicas comunidades que esconden mil y un secretos. Vulcania transcurre en un pequeño pueblo de montaña, un lugar aislado del resto del mundo cuyos habitantes viven divididos en dos bandos y dedican su vida a la fundición, industria que mantiene a flote el pueblo y dispone sus estratos sociales. Los líderes forman un gobierno de élite que se encarga de mantener a toda costa el statu quo del lugar y prevenir que los vecinos desarrollen la curiosidad por el exterior. Jonás (Miquel Fernández), un joven con extraños poderes que le permiten manipular el metal, decide investigar lo que ocultan los líderes y se propone salir del pueblo en busca de “la ciudad“, con la ayuda de Marta (Aura Garrido), una muchacha del bando contrario que también guarda un secreto.

Si el argumento os suena a El bosque, es porque Vulcania bebe mucho del cine de M. Night Shyamalan, y en concreto de su (incomprendida) película de 2004. La premisa del film no es precisamente original, pero cuenta con potencial de sobra para llevar a cabo un relato interesante. Desafortunadamente, Vulcania es una oportunidad perdida, una promesa que nunca llega a hacerse realidad. La primera mitad de la película transcurre como si fuera un trailer, con retales de información y tópicos del género (cumple con todos los preceptos del relato distópico) que se van acumulando vulcaniasin apenas cohesión o solidez narrativa, que ponen la miel en los labios para luego no ofrecer el tarro. El problema es que Skaf no sabe muy bien cómo estructurar la historia, ni cómo dosificar o desvelar la información. Quizá con la idea en mente de que es mejor sugerir que mostrar o sobre-explicar, el director cae en el error opuesto: quedarse corto. Vulcania parece que va a mejorar en cada escena, pero nunca llega a hacerlo, y termina de la forma más anticlimática, dejándonos a medias, con las ganas de ver lo que podía haber dado de sí la historia y su universo de ficción.

Lo mejor de Vulcania es su excelente factura técnica y su sólido reparto (formado por Miquel Fernández, Aura Garrido, Ginés García Millán, Jose Sacristán, Ana Wagener, Silvia Abril, Jaime Olías, Rubén Ochandiano y Jordi Gràcia). Sin embargo, en ambos departamentos ocurre lo mismo, las piezas por separado brillan (a excepción de Sacristán, que ni siquiera se molesta en actuar), pero juntas no forman el todo que deberían, resultando así en inevitable decepción. La película nunca alcanza su verdadero potencial por culpa de un guion sin pies ni cabeza y un sentido atrofiado del suspense, y se pierde en deus ex machina absurdos (atención al punzón durante el desenlace) y una mitología derivada y sin gancho. Por todo esto, Vulcania acaba siendo una obra monótona y acartonada que no cumple las expectativas, lo cual es una auténtica pena teniendo en cuenta el juego que podría haber dado.

Valoración: ★★½