Crítica: La habitación (Room)

Room 1

Texto escrito por David Lastra

(Esta entrada contiene spoilers de la película)

No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente…

… pero sí que lograrás con ello mi deterioro físico y terminarás por romperme. Mi universo quedará reducido a unos pocos metros cuadrados entre estas paredes. Haré mis necesidades a medio metro donde mal coma. Uno no puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no ha comido bien. Contaré cada paseo del Sol por la claraboya y terminaré hablando sola por matar el tiempo antes de que termine matándome a mí. Cada noche llegará el tiempo de la violación, que no es sino otra vejación más de las que sufro cada minuto de esta libertad arrebatada. La primera falta es terrorífica. La segunda más. Uno no puede traer hijos a un mundo como este; uno no se puede plantear perpetuar el sufrimiento, ni aumentar la raza de estos lujurioso animales que no poseen emociones duraderas, sino solo caprichos y banalidades que ahora te llevan hacia un lado y mañana hacia otro. Pero finalmente, me lo quedo. El niño es mío. El niño es yo, no es Él. Solo el cielo sabe por qué lo amo tanto. Los años pasan y seguimos encerrados. El niño que soy yo y yo. Él sigue visitándome cada noche. El infierno somos nosotros. Él y yo, no el niño que soy yo. El niño que soy yo solo conoce estas cuatro paredes. Su mejor amigo es un ratón y la televisión una caja mágica. Para el niño que soy yo, el universo somos los dos y Él, nuestro abusador, un mago creador. El universo es una mierda. La mierda es esta habitación…

La habitación es la peor de las pesadillas. Es la muerte en vida de una mujer secuestrada y su hijo nacido en cautividad. Una premisa peligrosa que en manos equivocadas podría haberse convertido en un melodrama lacrimógeno. La habitación hace llorar, pero no recurre a ningún recurso de la pornografía sentimental propio de la parrilla televisiva de los fines de semana a la hora de la siesta. Ante la opresión del espacio cerrado, Emma Donoghue (autora tanto de la novela en que se basa el film como de esta adaptación) opta por la vía de la esperanza, revestida de ingenuidad. La historia se estructura y se experimenta a través de los ojos de Jack, el niño que soy yo. Esa confrontación entre la realidad (la habitación, el secuestro, los abusos, Ma) y el mundo creado (los regalos de domingo, la gimnasia, la serpiente de cáscaras de huevo), ahoga al espectador provocando una sensación de congoja máxima, lágrimas y algún que otro sofoco por falta de oxígeno. Son esas escenas, en las que Jack no sabe realmente lo que está ocurriendo y juega a morir bajo las indicaciones de su madre, las que desquician al espectador provocando el tan difícil sentimiento de angustia.

Si La habitación hubiese sido una película de secuestros más, estaríamos hablando del mejor film de ese subgénero en las últimas décadas, destronando a la muy entretenida Prisioneros de Denis Villeneuve, en base a su contención dramática y su alto nivel tanto interpretativo como imaginativo… pero la película de Abrahamson/Donoghue va más allá y realiza un acto tremendamente valiente: mostrarnos el día después de la liberación. La segunda parte de La habitación es la vida después del infierno. La mierda sigue estando allí, ya que la libertad de la mente ha sido corrompida durante tantos años de cautiverio. Ma está acongojada ante la obligación de ser feliz. Jack podrá no saber que los perros son reales, pero Ma ya no sabe cómo ser feliz. El despertar es lo que nos mata.

Room 2

El año pasado, Abrahamson nos regaló en Frank la mejor interpretación hasta la fecha de Michael Fassbender, casi sin mostrarnos el bello rostro del actor. Este año nos trae la actuación más grandiosa de Brie Larson (Infiltrados en clase, Community) encerrándola en una mera caseta de jardín. El realizador demuestra que es un perfecto director de actores. En esta ocasión, consigue de Larson un descomunal trabajo contenido, repleto de matices casi imperceptibles para el espectador menos avezado y una serie de explosiones violentas de excepción. En La habitación, la Envy Adams de celuloide da un paso más allá de lo demostrado hace un par de ejercicios en Las vidas de Grace, confirmándose como una de las actrices más solventes del momento (se confirma para el gran público, que aquí hace bastante tiempo que se la adora).

Pero el torbellino más devastador de La habitación no es otro que Jacob Tremblay. El calificativo de niño prodigio se le queda corto. De igual manera sería injusto nominarle como portento, ya que el que fuera Blue Winslow en Los Pitufos 2 es más bien una fuerza de la naturaleza. Si el equipo de producción y promoción no hubiesen sido tan conservadores a la hora de los FYC (For Your Consideration, la elección de en qué categoría va a concursar cada intérprete, si protagonista o secundario) y hubiesen sido más valientes (y persistentes en la campaña), ahora estaríamos hablando de un flamante candidato al Oscar a mejor actor protagonista y posible ganador, ya que suya es la mejor interpretación masculina del año (seguro que Leo ha tenido algo que ver en la ausencia de Tremblay en la terna final).

Lejos de ser la bonita interpretación infantil que suele deslumbrarnos cada temporada, la labor de Tremblay es el sumun de la inocencia y la complejidad de registros, recordando a la labor de Max Records en Donde viven los monstruos. No es un niño haciendo de niño, sino un actor haciendo de el niño que soy yo. Cada una de sus frases absurdas y tremendamente inocentes, desmontan al espectador casi tanto como a su Ma. Sus repetitivos saludos a las cosas animadas, su infinita serpiente de cáscaras de huevo (lo más bonito del mundo), su amor a la televisión y su madre sobre todas las cosas (como cualquier niño normal). El niño que soy yo es la inocencia dentro de la mierda. Es la única razón por la que yo (Ma) voy a sobrevivir.

El instante en que Jack logra desenrollarse de la alfombra, conoce por primera vez el cielo sin una claraboya de por medio y su mirada refleja el infinito es uno de los grandes momentos cinematográficos del año. Toda una explosión de oxígeno y libertad que sirve como culminación tras la que es seguramente la secuencia más agotadora y enervante de la historia: su muerte fingida.

Amar nos separa de los demás. Amar a otro nos separa de la mierda. Eso es lo que nos hace sobrevivir de nuestros habitaciones creadas.

 Valoración: ★★★★½

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