Crítica: El bosque de los suicidios

El bosque de los suicidios

El debutante Jason Zada dirige El bosque de los suicidios (The Forest), supuestamente un “thriller sobrenatural” que se desarrolla en el bosque de Aokigahara, a los pies del Monte Fuji de Japón, un lugar real donde cuenta la leyenda que acuden para perderse las personas que desean acabar con su vida (y que ya había sido objeto de varios libros, artículos y documentales). Siguiendo la estela (hace mucho tiempo apagada) del J-Horror, y con El grito (The Grudge) como referente más cercano, El bosque de los suicidios nos cuenta la historia de una americana en Japón (interpretada por una actriz televisiva de moda intentando hacerse un hueco en el cine, como Sarah Michelle Gellar en 2004) enfrentándose a los fantasmas que pueblan el lugar y atormentan a sus visitantes.

Sara (Natalie Dormer) viaja desde Estados Unidos en busca de su hermana gemela, Jess (interpretada por la misma actriz haciendo doblete), que ha desaparecido en Aokigahara. Aunque todos la dan por muerta, la joven sabe que Jess está viva, gracias a la conexión especial que mantienen los hermanos gemelos. Por eso hace caso omiso a todas las advertencias sobre el peligro de salirse del sendero o deambular sola y de noche en el bosque. Un periodista americano, Aiden (Taylor Kinney), se encuentra con Sara y se ofrece a ayudarla a encontrar a su hermana a cambio de que le deje contar su historia en un artículo. Pero la desconcertante presencia de Aiden, cuyas motivaciones están borrosas, se convierte más en un obstáculo para Sara, que no puede confiar en nadie mientras cae presa del influjo de las almas perdidas de aquellos que han muerto en el bosque y atormentan a los visitantes para empujarlos al suicidio.

La película parte con la ventaja de haber sido rodada en los preciosos parajes adyacentes al Monte Fuji, lo que nos deja imágenes naturales de gran belleza, pero esa es verdaderamente su única baza, y tampoco se le saca el provecho que podría para crear la atmósfera indicada. Aunque sus responsables digan que se trata de una “película de suspense” y parezca haber mayor nullinterés en explorar el drama de su protagonista, El bosque de los suicidios cae en todos los tópicos habidos y por haber del cine de terror de centro comercial. En lugar de aprovechar el potencial del escenario en el que transcurre para crear verdadera angustia y zozobra, Zada opta por los trucos de siempre, los sobresaltos tramposos (planos sostenidos del bosque a oscuras con rostros fantasmales que aparecen de repente junto a un golpe estruendoso de música, vamos, como los vídeos de sustos que se comparten en Whatsapp) y los giros argumentales que es imposible que sorprendan al que ha visto más de dos películas de terror de este tipo. Por eso, El bosque de los suicidios acaba siendo una experiencia que, si bien sirve para dejar la mente en blanco y evadirse, decepciona por su escuálida historia y sus sustos aburridos y predecibles.

Quizá aprovechando el tirón de Juego de Tronos, la eterna secundaria Natalie Dormer pasa a primera plana y se convierte en la protagonista absoluta de la película, secundada por un planísimo Taylor Kinney, con el que apenas tiene química. Los dos son muy guapos y dan muy bien en pantalla, pero nada más. Dormer en concreto al menos lo intenta, se esfuerza (de hecho se esfuerza quizá demasiado) e intenta imprimir en su personaje la carga dramática de su historia, pero no da la talla y acaba resultando excesiva, ofreciendo una interpretación descontrolada y sobreactuada en los momentos clave del film.

El bosque de los suicidios es una cinta de terror fallida, una oportunidad perdida para explorar la interesante leyenda de Aokigahara que habría tenido razón de ser hace unos diez años, cuando el terror japonés estaba de moda, y el público no se había aprendido todavía los dos o tres trucos fáciles de este tipo de cine.

Valoración: ★★

Etiquetas: , , , , , ,

Deja un comentario

Get Adobe Flash player
Abrir la barra de herramientas