Crítica: El renacido (The Revenant)

Leonardo DiCaprio El renacido

Lo habréis leído ya muchas veces. Probablemente demasiadas. El rodaje de El renacido (The Revenant) fue un calvario y Leonardo DiCaprio las pasó canutas haciendo la película. En serio, muy, muy canutas. La culpa se puede atribuir a su director, Alejandro González Iñárritu (Birdman), que filmó la película nada más y nada menos que en nueve meses (el triple de lo habitual), de forma cronológica y en localizaciones remotas castigadas por las inclemencias del tiempo. La idea era plasmar la América salvaje de la forma más realista posible, y para ello, él y su director de fotografía, Emmanuel Lubezki, buscaron los lugares más fríos y rodaron siempre aprovechando la luz natural, lo que reducía considerablemente las horas de grabación al día. Tan duro fue el rodaje, que su “leyenda” prácticamente ha entrado a formar de la campaña publicitaria de la película, con la intención de potenciar su intensidad dramática y favorecer la experiencia inmersiva del espectador (al estilo de Gravity, con la que por cierto guarda más de un parecido), algo que logra sin duda.

La (sencilla) historia de El renacido está inspirada en hechos reales, pero Iñárritu se toma unas cuantas licencias con la misma intención: buscar la experiencia más intensa y catártica posible. La película gira en torno a Hugh Glass (DiCaprio), un trampero de la Frontera estadounidense que, tras escapar de un sangriento combate con los indios en 1823, es atacado salvajemente por un oso grizzly y abandonado en la montaña por su compañero de expedición, John Fitzgerald (Tom Hardy), que asegura al resto que ha muerto. Aferrándose a su vida a duras penas y sin poder hablar, ya que el oso le ha rebanado parte del cuello, Glass hará todo lo posible (cauterizar sus propias heridas,  destripar un caballo y usarlo como saco de dormir) para regresar al fuerte y vengarse de John. Esa sería la parte basada en la realidad. Después, Iñárritu incorpora un hijo de raza india fruto de una relación con una nativa, lo que permite al director añadir más leña al fuego de la venganza y elevar el contenido espiritual de la película, con imágenes poéticas y oníricas en un arrebato de Terrence Malick (con el que, no en vano, comparte a Lubekzi) que nos dan en las narices con metáforas sobre la paternidad, el amor y la injusticia racial. Por si las penalidades de Glass en la montaña no fueran suficientes para conmover al respetable.

Y este es el principal problema de El renacido, que en cada uno de sus (impresionantes) planos podemos ver bien clara la huella de su director, cuando lo ideal en una película de estas características, cruda, naturalista, pretérita, sería contar con una cámara más invisible y un autor menos omnipresente. Pero los delirios de grandeza de Iñárritu son demasiado inexorables como para que el mexicano se sacrifique y pase a segundo plano para favorecer la historia. El renacido es un trabajo incontestablemente brillante a nivel técnico y artístico, sus increíbles panorámicas, sus preciosas imágenes de paisajes y sus deslumbrantes planos bañados en luz, acompañados del muy visceral y minimalista score de Ryuichi Sakamoto, garantizan una experiencia espectatorial satisfactoria. Sin embargo, la tendencia al exhibicionismo de Iñárritu, más preocupado de la técnica que de dotar al film de alma, le resta impacto y realismo. Se podía haber ahorrado por ejemplo esos innecesarios planos secuencia de la batalla inicial contra los indios, cuya perfecta escenificación no tiene un verdadero valor narrativo, sino que solo sirve para dar pábulo a la propensión fardona y pretenciosa de Iñárritu, y acentuar la simulación en detrimento del verismo.

The Revenant

Aun con todo, El renacido logra su propósito de atrapar al espectador en el relato gracias principalmente al trabajo de DiCaprio, que lleva a cabo un apabullante ejercicio de resistencia, completamente entregado a su personaje y al reto que le impone Iñárritu (muy dado a torturar a sus personajes en pos del espectáculo). El actor nos hace partícipes de la lucha del hombre contra la naturaleza y el deseo de venganza y clausura de su personaje, sin apenas pronunciar diez líneas de diálogo en toda la película. Sentimos el frío que cala en los huesos, las heridas abiertas que restan fuerzas, la mugre que araña, el agotamiento, la desesperación, la muerte que acecha al personaje amenazando con frustrar su cometido. Iñárritu le prepara un camino lleno de vicisitudes y trampas mortíferas. La sobrecogedora y virtuosa secuencia del ataque del oso (la más comentada de la película, y con razón) ya forma parte de la historia del cine, por su fuerza, su crudeza y realismo, y por el excelente uso de la animación generada por ordenador. Pero en el anverso de la moneda nos encontramos un metraje excesivamente estirado, con secuencias que desafían fuertemente nuestra suspensión de la incredulidad, como el “viaje” río abajo de Glass, y sobre todo la escena en la que cae por un barranco a lomos de su caballo y aterriza en un árbol (algo más propio de una de dibujos que de una película como esta). En definitiva, dos momentos en los que Glass debería haber muerto pero sobrevive milagrosamente, y que ponen en peligro el pacto de la ficción.

Sería injusto e incierto decir que El renacido no es una obra cinematográfica destacable. Como decía, sus imágenes son de una belleza absoluta, sus actores lo dan todo (Hardy está sublime y atención a Will Poulter, que nos va a sorprender), y cuando su director no está empeñado en impresionarnos con su pericia técnica o conmovernos a la fuerza con sus poco sutiles ínfulas de espiritualidad mística, puede llegar a ser una aventura muy intensa y gratificante. Una pena que Iñárritu no haya sabido dejar que los elementos en juego actúen con libertad y la innegable fuerza de El renacido quede mermada por su manía pedante de ponerse a sí mismo por encima de todo lo demás.

Valoración: ★★★

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