Crítica: 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi

John Krasinski 13 horas

Texto escrito por David Lastra

Si Steven Spielberg inventó los sueños George Lucas el espacio, Michael Bay inventó las explosiones. Dueño y señor de la saga Transformers, domador de asteroides a ritmo de Aerosmith en Armageddon, planificador de fugas imposibles en La roca, amplificador del swag genético de Will Smith con Dos policías rebeldes y creador de una de las mejores comedias de acción de la década, la infravalorada Dolor y dinero… el nicho televisivo de El peliculón de la semana está hecho para él o para alguna de sus producciones marca de la casa (véase Ninja Turtles Project Almanac). Únicamente Roland Emmerich sería capaz de competir en su liga de explosiones, palomitas y momentos WTF tremendamente ridículos y disfrutables. Parece ser que el maestro Bay necesitaba nuevas emociones y por eso intenta abrazar el llamado ‘cine serio’ antes de embarcarse en la enésima entrega de los coches que se transforman en robots.

13 horas: los soldados secretos de Bengasi es el intento tremendamente fallido de Michael Bay por acercarse al cine más académico. No seré yo el que critique su acto de supuesta valentía tras tantos años de carrera, todo lo contrario, aplaudí su paso a la comedia (género que había tocado de manera transversal en numerosas ocasiones) y me disponía a ver con buenos ojos su primera película bélica al uso. El problema es que el realizador demuestra con creces no solo que no está capacitado para llevar a cabo un producto audiovisual de este tipo, sino que intenta emular a la mayor eminencia cinematográfica del género bélico en las últimas décadas: Kathryn Bigelow. 13 horas. Los soldados secretos de Bengasi copia la forma narrativa de esa obra maestra llamada Zero Dark Thirty e intenta convertir al grupo de soldados apostados en Bengasi en el carismático grupo de En tierra hostil, por lo que la comparación y mi consiguiente cabreo está completamente justificado. Mientras que las películas de Bigelow son un ejemplo de narración, ritmo, épica, sentimientos y portentosas interpretaciones (a Jeremy Renner y, especialmente, a Jessica Chastain les robaron sendos Oscars Jeff Bridges13-horas-los-soldados-secretos-de-bengasi-michael-bayJennifer Lawrence, respectivamente), el film de Bay es un burdo panfleto propagandístico (no obviaré con esto el nacionalismo de los films de Bigelow, pero además de alguna que otra autocrítica, qué bien que nos lo cuela), con unos personajes extremadamente planos (hasta para el cine de Bay), más de un momento sonrojante (las frases lapidarias de los personajes son el horror) y una trama que por mucho que quiera convertir en cinematográfica no da ni para una intro de un episodio de relleno de Homeland.

Es cuasi imposible la tarea de hablar de interpretaciones en 13 horas: los soldados secretos de Bengasi, ya que la descripción de cada personaje no supera el renglón y medio. Es una pena que John ‘Jim Halpert’ Krasinski siga sin tener suerte en su elección de proyectos en la gran pantalla, aunque también hay que decir que no es que haga mucho por luchar por su personaje. Suyo es el mínimo peso dramático de la película y demuestra que no sabe qué hacer con ello. Completan el cuerpo de soldados, los televisivos Pablo ‘Pornstache’ SchreiberDavid Denman (antiguo compañero de Krasinski en The Office), Dominic Fumusa (Nurse Jackie), Max Martini (RevengeThe Unit) y James Badge Dale (24The Pacific). Todos intercambiables e insustanciales, no siendo ese el mayor problema sino que el gran fracaso viene en los pocos momentos en los que intentan diferenciarlos a base de clichés (fotos familiares y demás anécdotas graciosillas,…). Ah, y también hay una mujer, que podría ser fácilmente intercambiable por una piedra y/o un sapo con peluca rubia.

13 horas: los soldados secretos de Bengasi es la película que Kathryn Bigelow nunca haría. Por respeto a los Estados Unidos y a la inteligencia del espectador medio.

 Valoración: ★½

Crítica: La habitación (Room)

Room 1

Texto escrito por David Lastra

(Esta entrada contiene spoilers de la película)

No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente…

… pero sí que lograrás con ello mi deterioro físico y terminarás por romperme. Mi universo quedará reducido a unos pocos metros cuadrados entre estas paredes. Haré mis necesidades a medio metro donde mal coma. Uno no puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no ha comido bien. Contaré cada paseo del Sol por la claraboya y terminaré hablando sola por matar el tiempo antes de que termine matándome a mí. Cada noche llegará el tiempo de la violación, que no es sino otra vejación más de las que sufro cada minuto de esta libertad arrebatada. La primera falta es terrorífica. La segunda más. Uno no puede traer hijos a un mundo como este; uno no se puede plantear perpetuar el sufrimiento, ni aumentar la raza de estos lujurioso animales que no poseen emociones duraderas, sino solo caprichos y banalidades que ahora te llevan hacia un lado y mañana hacia otro. Pero finalmente, me lo quedo. El niño es mío. El niño es yo, no es Él. Solo el cielo sabe por qué lo amo tanto. Los años pasan y seguimos encerrados. El niño que soy yo y yo. Él sigue visitándome cada noche. El infierno somos nosotros. Él y yo, no el niño que soy yo. El niño que soy yo solo conoce estas cuatro paredes. Su mejor amigo es un ratón y la televisión una caja mágica. Para el niño que soy yo, el universo somos los dos y Él, nuestro abusador, un mago creador. El universo es una mierda. La mierda es esta habitación…

La habitación es la peor de las pesadillas. Es la muerte en vida de una mujer secuestrada y su hijo nacido en cautividad. Una premisa peligrosa que en manos equivocadas podría haberse convertido en un melodrama lacrimógeno. La habitación hace llorar, pero no recurre a ningún recurso de la pornografía sentimental propio de la parrilla televisiva de los fines de semana a la hora de la siesta. Ante la opresión del espacio cerrado, Emma Donoghue (autora tanto de la novela en que se basa el film como de esta adaptación) opta por la vía de la esperanza, revestida de ingenuidad. La historia se estructura y se experimenta a través de los ojos de Jack, el niño que soy yo. Esa confrontación entre la realidad (la habitación, el secuestro, los abusos, Ma) y el mundo creado (los regalos de domingo, la gimnasia, la serpiente de cáscaras de huevo), ahoga al espectador provocando una sensación de congoja máxima, lágrimas y algún que otro sofoco por falta de oxígeno. Son esas escenas, en las que Jack no sabe realmente lo que está ocurriendo y juega a morir bajo las indicaciones de su madre, las que desquician al espectador provocando el tan difícil sentimiento de angustia.

Si La habitación hubiese sido una película de secuestros más, estaríamos hablando del mejor film de ese subgénero en las últimas décadas, destronando a la muy entretenida Prisioneros de Denis Villeneuve, en base a su contención dramática y su alto nivel tanto interpretativo como imaginativo… pero la película de Abrahamson/Donoghue va más allá y realiza un acto tremendamente valiente: mostrarnos el día después de la liberación. La segunda parte de La habitación es la vida después del infierno. La mierda sigue estando allí, ya que la libertad de la mente ha sido corrompida durante tantos años de cautiverio. Ma está acongojada ante la obligación de ser feliz. Jack podrá no saber que los perros son reales, pero Ma ya no sabe cómo ser feliz. El despertar es lo que nos mata.

Room 2

El año pasado, Abrahamson nos regaló en Frank la mejor interpretación hasta la fecha de Michael Fassbender, casi sin mostrarnos el bello rostro del actor. Este año nos trae la actuación más grandiosa de Brie Larson (Infiltrados en clase, Community) encerrándola en una mera caseta de jardín. El realizador demuestra que es un perfecto director de actores. En esta ocasión, consigue de Larson un descomunal trabajo contenido, repleto de matices casi imperceptibles para el espectador menos avezado y una serie de explosiones violentas de excepción. En La habitación, la Envy Adams de celuloide da un paso más allá de lo demostrado hace un par de ejercicios en Las vidas de Grace, confirmándose como una de las actrices más solventes del momento (se confirma para el gran público, que aquí hace bastante tiempo que se la adora).

Pero el torbellino más devastador de La habitación no es otro que Jacob Tremblay. El calificativo de niño prodigio se le queda corto. De igual manera sería injusto nominarle como portento, ya que el que fuera Blue Winslow en Los Pitufos 2 es más bien una fuerza de la naturaleza. Si el equipo de producción y promoción no hubiesen sido tan conservadores a la hora de los FYC (For Your Consideration, la elección de en qué categoría va a concursar cada intérprete, si protagonista o secundario) y hubiesen sido más valientes (y persistentes en la campaña), ahora estaríamos hablando de un flamante candidato al Oscar a mejor actor protagonista y posible ganador, ya que suya es la mejor interpretación masculina del año (seguro que Leo ha tenido algo que ver en la ausencia de Tremblay en la terna final).

Lejos de ser la bonita interpretación infantil que suele deslumbrarnos cada temporada, la labor de Tremblay es el sumun de la inocencia y la complejidad de registros, recordando a la labor de Max Records en Donde viven los monstruos. No es un niño haciendo de niño, sino un actor haciendo de el niño que soy yo. Cada una de sus frases absurdas y tremendamente inocentes, desmontan al espectador casi tanto como a su Ma. Sus repetitivos saludos a las cosas animadas, su infinita serpiente de cáscaras de huevo (lo más bonito del mundo), su amor a la televisión y su madre sobre todas las cosas (como cualquier niño normal). El niño que soy yo es la inocencia dentro de la mierda. Es la única razón por la que yo (Ma) voy a sobrevivir.

El instante en que Jack logra desenrollarse de la alfombra, conoce por primera vez el cielo sin una claraboya de por medio y su mirada refleja el infinito es uno de los grandes momentos cinematográficos del año. Toda una explosión de oxígeno y libertad que sirve como culminación tras la que es seguramente la secuencia más agotadora y enervante de la historia: su muerte fingida.

Amar nos separa de los demás. Amar a otro nos separa de la mierda. Eso es lo que nos hace sobrevivir de nuestros habitaciones creadas.

 Valoración: ★★★★½

Crítica: Brooklyn

Brooklyn Saoirse Ronan

De un tiempo a esta parte, cada año se cuela entre las nominadas a los Oscar una “película pequeña” que compite (aunque sea una ilusión, porque en realidad no tenga posibilidades) con las grandes superproducciones y los dramas más aclamados del año. Este año le toca desempeñar esa función testimonial a Brooklyn, dirigida por John Crowley (cuyo trabajo más conocido como director es la serie True Detective), y con guion del querido autor Nick Hornby (Alta fidelidadAn Education) a partir de la novela de Colm Tóibín. Efectivamente, Brooklyn es una película relativamente modesta y poco llamativa, sobre todo en lo que se refiere a su historia, pero no confundamos su naturaleza discreta con simpleza o pensemos que no tiene nada importante que aportar: Brooklyn es una propuesta sencilla, pero muy rica en matices, una cinta que se debe saborear con calma y cuya mayor virtud está precisamente en saber contar tanto con tan poco.

La película está ambientada en 1952 y cuenta la historia de Eilis Lacey (Saoirse Ronan), una joven que vive con su madre en un pequeño pueblo al sureste de Irlanda llamado Enniscorthy. Eilis tiene un trabajo poco agradecido en una tienda local, y las oportunidades de futuro en el pueblo parecen inexistentes. Por eso, su hermana mayor le organiza un viaje a Estados Unidos para que se busque un porvenir en la “tierra prometida”. Motivada por el sueño americano, Eilis se embarca en un largo viaje que la lleva a parar a Brooklyn, la zona de Nueva York donde los inmigrantes irlandeses han formado una comunidad. Aunque se siente arropada por sus compatriotas y las compañeras de la casa para jovencitas en la que se hospeda, Eilis no puede evitar sentir nostalgia por el hogar, y culpabilidad por haber dejado a su madre enferma al cuidado de su hermana. Sin embargo, la aparición de Tony (Emory Cohen), un italoamericano del barrio con el que vive un bonito romance, hará que la muchacha empiece a sentirse más apegada a Brooklyn, y en última instancia será un factor decisivo a la hora de elegir entre dos países, y dos vidas.

Saoirse Ronan Emory Cohen

Curiosamente, a pesar de transcurrir en la década de los 50, Brooklyn aborda un tema de completa actualidad para la mayoría de jóvenes, la inmigración en busca de un futuro laboral que no nos puede ofrecer el lugar de donde procedemos. La historia de Eilis, que retrata una generación de mujeres jóvenes y luchadoras en los albores de una época de cambio, resuena con fuerza en nuestra generación al recoger con acierto las ideas y los dilemas principales del veinte/treintañero que se ve obligado a marcharse del país. Brooklyn nos habla sin aspavientos, con mucha sensibilidad y adecuados toques de humor, de lo que el joven inmigrante siente durante el proceso de adaptación a esta nueva vida, del sacrificio y la incertidumbre, y también de lo que supone volver al “hogar” después de esto (qué acertadas las escenas en las que Eilis regresa a Enniscorthy para ser tratada como una estrella y comprobar que el pueblo y su mentalidad se le han quedado pequeños, y qué gratificante el reencuentro con su antigua jefa de la tienda, la despreciable Srta. Kelly). En este sentido, hay que elogiar la perfecta interpretación de Saoirse Ronan, un trabajo fácil de pasar por alto (que afortunadamente la Academia le ha reconocido), porque no es espectacular o particularmente dramático, pero que es sin duda el pegamento que mantiene unida la película. Emory Cohen es por supuesto otro importante pilar del film, su encanto humilde y sonrisa irresistible lo convierten en el perfecto galán romántico para la película (y un candidato a priori idóneo para el joven Han Solo); pero es Ronan, la intensidad contenida de su mirada, la comunicación que conllevan sus silencios, su porte frágil y elegante, y la templada mesura de sus gestos dramáticos, lo que hace que Brooklyn sea una obra tan sólida a pesar de su naturaleza quieta.

En parte oportuno retrato generacional, en parte preciosa historia de amor (no apta para cínicos), Brooklyn destaca por estar contada con mucho cariño, algo que se refleja en su cuidada puesta en escena, con un estupendo trabajo de fotografía, diseño de producción y vestuario, que (al igual que la también reciente Carol) nos traslada a los 50, tanto en las acogedoras calles de Nueva York, sus casas estilo brownstone y sus distinguidos centros comerciales, como en la costa de Irlanda. Pero en realidad Brooklyn no busca impresionar o acumular premios (aunque los merezca), sino arropar al espectador en una historia enormemente cálida y emotiva, un relato muy cercano a pesar de su lejanía en el tiempo y la distancia, que es mucho más trascendente y profundo de lo que pueda parecer a simple vista.

Valoración: ★★★★

Madres Forzosas: El retorno de la caspa

fuller_house

Ya está disponible en Netflix la primera temporada de Madres forzosas (Fuller House), la esperada continuación de una de las sitcoms de los 80/90 más queridas de la televisión, Padres forzosos (Full House). La serie original se emitió en Estados Unidos durante ocho temporadas, entre 1987 y 1995, pero nunca ha dejado la tele en su país de origen. Las reposiciones de la serie han estado funcionando durante más de 20 años, con un éxito de audiencia inaudito, lo que indicaba que un reboot quizá sería bienvenido por los fans de la sitcom, que seguía al pie del cañón, y fácil de concebir gracias al panorama televisivo que está construyendo Netflix. Así, en la era de las series resucitadas y las secuelas tardías, nacía Madres forzosas, una serie que retoma el formato original (comedia de situación en estudio con público) para contarnos qué ha sido de la familia Tanner en estos veinte años.

En esta secuela, los “padres forzosos” de la original aparecen para dar el relevo a las chicas de la familia, DJ (Candace Cameron Bure) y Stephanie (Jodie Sweetin), que junto la Urkel original, Kimmie Gibbler (Andrea Barber), ocupan la antigua casa de los Tanner con sus respectivas familias (DJ es viuda y tiene tres hijos, mientras que Kimmie está criando sola a su hija adolescente después de divorciarse, y Stephanie es una DJ de éxito en Londres que se queda para ayudar a su hermana a criar a los niños, como el tío Jesse en su día). La nueva generación Fuller House es un homenaje a la original, pero también tiene un tufillo que nos recuerda demasiado a las comedias de Disney Channel (herederas sin duda de Padres forzosos).

Pues bien, os deseo mucha suerte si vais a devorar los primeros trece episodios este fin de semana, porque por mucho que estéis preparados, Madres forzosas (título que sigue sonando a telefilm de Antena 3 sobre mujeres raptadas por una secta y obligadas a parir como conejas para un líder) puede provocar una úlcera irreparable. Desde luego a mí me la provocaron los tres primeros capítulos, que tuve la “suerte” de ver hace un mes. Queríamos revival noventero de verdad, y eso es lo que la serie nos da, ni más ni menos. El piloto es uno de los episodios de sitcom más chapuceros que he visto en mi vida (y no es que me enorgullezca, pero he visto muchas sitcoms enlatadas chapuceras). Como si fuera un teatrillo barato o una parodia de SNL o Jimmy Kimmel (y estoy siendo muy generoso), “Our Very First Show, Again” nos da la bienvenida de nuevo a ese icónico chalet adosado de San Francisco, donde nos reecontramos con todos los miembros originales de Padres forzosos, el trío de “solteros y un biberón” formado por Danny, Jesse y Joey, la tía Becky, y el ex de DJ, Steve, que aparecen, son recibidos con vítores por parte del público, dejan caer sus catch phrases (tristemente y a destiempo), y nos recuerdan por qué la mayoría no ha encontrado trabajo en la tele en las últimas dos décadas (el único que medio da la talla es John Stamos, aunque está más pendiente del público y de sí mismo que de otra cosa).

Fuller houseSolo falta Michelle (Mary-Kate y Ashley Olsen), pero no os preocupéis, que la serie se encarga de hacer un guiño chirriantemente fuera de lugar con el que rompe la cuarta pared para contarnos dónde está la pequeña de los Tanner, uno de los momentos más ridículos y vergonzosos de un episodio abarrotado de momentos ridículos y vergonzosos. Y la cosa no mejora en los capítulos siguientes, cuando las Tanner junior continúan llevando ellas solas el peso de la serie, junto a su troupe de estrellas infantiles en ciernes/juguetes rotos. Guiones (por llamarlos de alguna manera) famélicos, con tramas rancias, chistes manidos, sobredosis de sensiblería (un abrazo más y estallamos), acumulación absurda de cucamonas sin gracia y frases famosas de la serie (que alguien sacrifique a Dave Coulier), una factura más cutre que la de un plató de película porno, actores desentrenados (para ser justos, al menos Cameron es un encanto, y está bastante bien teniendo en cuenta las circunstancias), innumerables momentos de vergüenza ajena, estrellas invitadas de vidas pasadas (no tengo nada en contra de Macy Gray, al contrario, pero su presencia es un indicio muy elocuente de lo que está pasando). En fin, caspa a tutiplén, la experiencia sitcom noventera al completo. Es como ver Horsin’ Around, la serie que parodia este tipo de sitcoms familiares en BoJack Horseman (también de Netflix), pero sin ironía. Demencial.

Claro que sería injusto pedirle otra cosa, porque es justo lo que nos ofrecía la serie original. Recordamos Padres forzosos con cariño y nostalgia, pero han pasado más de 20 años, y su propuesta ultra-blanca, moralinosa e insoportablemente edulcorada ya no tiene cabida en la tele, a menos que sea en reposiciones. Y ese es el problema de Madres forzosas, que podemos razonar que sea como es alegando que está hecha únicamente para los fans (algo en lo que insisten las actrices tras las críticas destroyer que está recibiendo la serie), pero tenemos que darle un toque de atención, porque estamos en 2016, y da igual el tipo de serie que sea, se espera un mínimo (lo único realmente actualizado es la sintonía de la cabecera, reinterpretada por Carly Rae Jepsen, que también es terrible). Y Madres forzosas no solo no lo cumple, sino que se queda muy por debajo, a dos metros bajo tierra, haciendo difícil la tarea de justificar su existencia. Es cierto que la serie no engaña y es única y exclusivamente para fans (aunque me consta que algunos de ellos ya han desistido), así que si lo sois, y buscáis precisamente lo que he descrito en esta entrada (es decir, lo que nos daba Padres forzosos), adelante, bienvenidos de nuevo, no hagáis caso a mi reseña de crítico amargado y disfrutad (lo digo de corazón). Pero preguntaos una cosa: ¿Os merecéis una serie hecha con tan poco esfuerzo con la única excusa de la nostalgia?

Concurso: Regalamos dos lotes de Marvel Saga – Daredevil y Alias (Jessica Jones) de Panini Cómics

 Este concurso ya ha finalizado. Atentos a fuertecito no ve la tele para futuros concursos.

Alias Daredevil

Panini Cómics inaugura línea editorial. Bajo la denominación “Marvel Saga“, la encargada de editar los cómics de La Casa de las Ideas en España acaba de publicar dos de los títulos más importantes de su catálogo en formato de lujo con tapas duras. Se trata de los primeros volúmenes de Alias (Jessica Jones), de Brian Michael Bendis y Michael Gaydos, y DaredevilDiablo Guardián, de Kevin Smith y Joe Quesada.

Estos dos personajes están más de actualidad que nunca gracias a sus respectivas series de televisión en Netflix (exitosas y aclamadas producciones que hemos analizado detenidamente en fnvlt, aquí Daredevil, aquí Jessica Jones). La segunda temporada de Jessica Jones ya está confirmada y la de Daredevil está al caer (se estrena en todo el mundo el próximo 18 de marzo), a las que se sumarán en el futuro Luke Cage y Puño de Hierro. Panini nos da la oportunidad de conocer/redescubrir a los personajes “de papel” que inspiraron estas series con una presentación inmejorable que recoge por un lado el rompedor cómic de culto con el que Jessica Jones se hizo un hueco entre los personajes más queridos de la editorial, y por otro la que es sin duda una de las etapas definitorias de El hombre sin miedo.

Para celebrar estos lanzamientos, regalamos dos fantásticos lotes compuestos de un ejemplar de Marvel Saga Alias 1 + un ejemplar de Marvel Saga Daredevil 1 cada uno, cortesía de Panini Cómics.

Para participar, solo tenéis que responder a la siguiente pregunta:

¿CUÁL ES TU PERSONAJE FAVORITO DE MARVEL (Cómic, cine o TV)?

Podéis responder en esta entrada y/o en esta publicación de la página de Facebook de fuertecito.

Si dejáis vuestra respuesta en ambos sitios (puede ser la misma), vuestra participación será doble, y por tanto tendréis más oportunidades de ganar.

Alias Bendins

Marvel Saga – Alias 1

En este volumen, comienza la aclamada serie en que se basa el último fenómeno televisivo de Netflix. Te presentamos a Jessica Jones. Hubo un tiempo en que fue una superheroína… pero ese tiempo ha pasado y ahora es la propietaria de Investigaciones Alias, una pequeña firma de detectives especializada en casos superhumanos.

Contiene Alias 1-9 y Jessica Jones: Alias vol 1 Extras USA
Autores: Brian Michael Bendis, Michael Gaydos y Bill Sienkiewicz
Libro en tapa dura. 224 páginas.

Marvel Saga – Daredevil 1 “Diablo Guardián”

En este volumen, comienza la histórica etapa de Marvel Knights: Daredevil, una colección por la que pasarían los talentos superlativos de Kevin Smith, Joe Quesada, Brian Michael Bendis, Alex Maleev, Ed Brubaker, Michael Lark… El primer ladrillo de esa monumental obra fue “Diablo guardián”, la que está considerada como una de las mejores aventuras de Daredevil de todos los tiempos. El director de cine Kevin Smith y el genial dibujante Joe Quesada te ofrecen el momento trascendental con el que el Hombre sin Miedo irrumpió en el siglo XXI.

Contiene Marvel Knights Daredevil 1-8 y 0,5 USA
Autores: Kevin Smith y Joe Quesada
Libro en tapa dura. 232 páginas.

 

Bases:

– De entre todos los participantes elegiremos dos ganadores al azar que se llevarán totalmente gratis 1 lote compuesto de Marvel Saga Alias 1 + Marvel Saga Daredevil 1 cada uno. Los ganadores lo recibirán en su casa sin ningún gasto por su parte.

– El participante debe incluir su correo electrónico en el formulario de respuesta del blog (no aparecerá público) y se recomienda firmar con nombre y apellido (los pseudónimos son válidos) para facilitar la realización del sorteo y el contacto.

– Sólo contará una participación por dirección IP, las respuestas desde la misma IP con distinto nombre serán marcadas como spam. En Facebook solo se permite participar una vez por cuenta.

– El plazo para participar en el concurso finaliza el viernes 18 de marzo de 2016 (día de estreno de la 2ª temporada de Daredevil) a las 23:59 (hora peninsular española). El ganador será anunciado a partir del día siguiente en la página de Facebook de fuertecito no ve la tele.

– Concurso válido sólo para España (península e islas).

fuertecito no ve la tele se reserva el derecho de modificar o anular el concurso si fuera necesario.

¡Mucha suerte!

Crítica: El bosque de los suicidios

El bosque de los suicidios

El debutante Jason Zada dirige El bosque de los suicidios (The Forest), supuestamente un “thriller sobrenatural” que se desarrolla en el bosque de Aokigahara, a los pies del Monte Fuji de Japón, un lugar real donde cuenta la leyenda que acuden para perderse las personas que desean acabar con su vida (y que ya había sido objeto de varios libros, artículos y documentales). Siguiendo la estela (hace mucho tiempo apagada) del J-Horror, y con El grito (The Grudge) como referente más cercano, El bosque de los suicidios nos cuenta la historia de una americana en Japón (interpretada por una actriz televisiva de moda intentando hacerse un hueco en el cine, como Sarah Michelle Gellar en 2004) enfrentándose a los fantasmas que pueblan el lugar y atormentan a sus visitantes.

Sara (Natalie Dormer) viaja desde Estados Unidos en busca de su hermana gemela, Jess (interpretada por la misma actriz haciendo doblete), que ha desaparecido en Aokigahara. Aunque todos la dan por muerta, la joven sabe que Jess está viva, gracias a la conexión especial que mantienen los hermanos gemelos. Por eso hace caso omiso a todas las advertencias sobre el peligro de salirse del sendero o deambular sola y de noche en el bosque. Un periodista americano, Aiden (Taylor Kinney), se encuentra con Sara y se ofrece a ayudarla a encontrar a su hermana a cambio de que le deje contar su historia en un artículo. Pero la desconcertante presencia de Aiden, cuyas motivaciones están borrosas, se convierte más en un obstáculo para Sara, que no puede confiar en nadie mientras cae presa del influjo de las almas perdidas de aquellos que han muerto en el bosque y atormentan a los visitantes para empujarlos al suicidio.

La película parte con la ventaja de haber sido rodada en los preciosos parajes adyacentes al Monte Fuji, lo que nos deja imágenes naturales de gran belleza, pero esa es verdaderamente su única baza, y tampoco se le saca el provecho que podría para crear la atmósfera indicada. Aunque sus responsables digan que se trata de una “película de suspense” y parezca haber mayor nullinterés en explorar el drama de su protagonista, El bosque de los suicidios cae en todos los tópicos habidos y por haber del cine de terror de centro comercial. En lugar de aprovechar el potencial del escenario en el que transcurre para crear verdadera angustia y zozobra, Zada opta por los trucos de siempre, los sobresaltos tramposos (planos sostenidos del bosque a oscuras con rostros fantasmales que aparecen de repente junto a un golpe estruendoso de música, vamos, como los vídeos de sustos que se comparten en Whatsapp) y los giros argumentales que es imposible que sorprendan al que ha visto más de dos películas de terror de este tipo. Por eso, El bosque de los suicidios acaba siendo una experiencia que, si bien sirve para dejar la mente en blanco y evadirse, decepciona por su escuálida historia y sus sustos aburridos y predecibles.

Quizá aprovechando el tirón de Juego de Tronos, la eterna secundaria Natalie Dormer pasa a primera plana y se convierte en la protagonista absoluta de la película, secundada por un planísimo Taylor Kinney, con el que apenas tiene química. Los dos son muy guapos y dan muy bien en pantalla, pero nada más. Dormer en concreto al menos lo intenta, se esfuerza (de hecho se esfuerza quizá demasiado) e intenta imprimir en su personaje la carga dramática de su historia, pero no da la talla y acaba resultando excesiva, ofreciendo una interpretación descontrolada y sobreactuada en los momentos clave del film.

El bosque de los suicidios es una cinta de terror fallida, una oportunidad perdida para explorar la interesante leyenda de Aokigahara que habría tenido razón de ser hace unos diez años, cuando el terror japonés estaba de moda, y el público no se había aprendido todavía los dos o tres trucos fáciles de este tipo de cine.

Valoración: ★★

Crítica: Tenemos que hablar

Tenemos que hablar 1

Hugo Silva y Michelle Jenner fueron la pareja televisiva del momento hace aproximadamente diez años, cuando compartían pantalla en la serie de Antena 3 Los hombres de Paco. La misma Atresmedia es una de las encargadas de reunir de nuevo a Lucas y Sara en Tenemos que hablar, la nueva película dirigida por David Serrano (El otro lado de la camaDías de fútbol), una comedia romántica de enredos que se enmarca en la España azotada por la crisis financiera.

Tenemos que hablar comienza en 2006, en los albores de la crisis. Jorge (Silva), que trabaja como asesor financiero, aconseja a los padres de su futura mujer, Nuria (Jenner), que inviertan en el mercado inmobiliario. Jorge no da una con sus predicciones de futuro, y sus suegros acaban perdiendo su pequeña empresa, su casa en el pantano y en consecuencia, también el amor. En el presente, Nuria ha rehecho su vida con un galán de telenovela (Ilay Kurelovic) que lo tiene todo en la vida, es guapo (sobre todo de perfil, donde se da un aire a Paul Newman) y tiene un trabajo importante. Mientras, Jorge lleva dos años en el paro e intenta sobrevivir alquilando su piso a turistas junto a su amigo y antiguo jefe del banco, Lucas (Ernesto Sevilla), que sigue a su lado por no dejarlo solo viviendo la depresión que en parte él le provocó.

Nuria necesita pedirle el divorcio al cenizo de Jorge para poder volver a casarse, pero un accidente le lleva a pensar que este ha intentado suicidarse. Esto, añadido a que Nuria es de esas personas que dicen que sí a todo por no hacerlo pasar mal a nadie y a la que le es físicamente imposible dar una mala noticia, retrasa el momento de darle los papeles del divorcio. En su lugar, para evitar que Jorge caiga en una depresión aun más profunda y vuelva intentar cometer una locura, le cuenta que sus padres siguen felizmente casados y además están montados en el dólar, lo que les obliga a todos a montar un teatro para que Jorge no descubra la verdad. Pero la bola de nieve se va haciendo cada vez más grande, las mentiras se acumulan, involucrando cada vez a más gente, y Nuria no sabe cómo desenredar el embrollo que ha causado.

Como podéis leer, Tenemos que hablar es una comedia bastante convencional y clásica en sus planteamientos. No falta ningún tópico de la comedia romántica canónica, pero se distancia de la mayoría al presentar a un personaje femenino relativamente distinto, uno que sigue los pasos de Inma Cuesta en Tres bodas de más. Nuria responde al arquetipo de protagonista patosa que se mete en líos y hace el ridículo por el chico, y por ser fiel a sus sentimientos. Pero Jenner no es Cuesta. Su interpretación pasa rápidamente del encanto a la estridencia, haciendo que la película vaya siendo cada vez más irritante y pesada, como la propia Nuria. Claro que el problema no es solo suyo, sino principalmente de un guion sin pies ni cabeza cuya premisa, para empezar, ni se sostiene, ni se puede estirar de esa manera. Por mucho que nos dejemos llevar, las situaciones en las que se mete la protagonista (y en las que mete a su familia) por mantener en pie la mentira son incoherentes, están alargadas sin sentido, exageradas hasta provocar auténtica vergüenza ajena (ver la escena del restaurante).

Tenemos que hablar 2

La película tiene sus momentos (la entrevista de trabajo es una escena muy divertida y el montaje del principio es lo mejor de la película), pero en general resulta fallida por culpa de un argumento absurdo que depende de demasiados lugares comunes rancios (esa pareja gay…) sin preocuparse si funcionan o tienen sentido en la trama, y se hunde por culpa de situaciones excesivamente forzadas y crispantes. Como en Ocho apellidos vascos (con la que comparte guionista, Diego San José), los secundarios son los que salvan la función, aunque sea por los pelos. Óscar Ladoire está muy acertado como suegro cascarrabias; por supuesto siempre es un placer ver a Verónica Forqué, que aquí deja caer algunas de las frases más graciosas de la película con su gracia característica (ella siempre hace lo mismo, pero qué bien lo hace); y Belén Cuesta se confirma como uno de los talentos cómicos más a tener en cuenta del panorama nacional actual (suya es la escena de la entrevista). El que sobra es Ernesto Sevilla, que aporta las escenas más molestas y los chistes más desafortunados.

Tenemos que hablar debería haber funcionado gracias a la indudable química entre Silva y Jenner, pero Serrano no es capaz de sacarle provecho y acaba realizando una comedia sin interés, completamente intrascendente y superficial, una película que se deja ver, pero se olvida por completo a los cinco minutos.

Valoración: ★★

Expediente X – “My Struggle II”: Así que esto era el futuro

My Struggle ii 1

Lo dicen las noticias: Chris Carter es el nuevo George Lucas. Supongo que esta afirmación se explica por sí sola, pero por si acaso, voy a aclararlo. Carter ha cogido su creación más querida, ha atendido las plegarias de los miles de fans que pedían más, y la ha resucitado en una nueva etapa que ha resultado no ser tan buena como se esperaba, demostrando que quizá ya no sea la persona más indicada para asumir esa responsabilidad. Podemos culpar a las altas expectativas que teníamos, o achacarlo al hecho de que, por mucho que lo deseemos, el experimento de la nostalgia no funciona (algo que ya hemos debatido largo y tendido en otras entradas), y las series y películas más queridas regresan para acabar siendo inevitables decepciones. Pero yo personalmente prefiero echarle la bronca a Carter, por haber hecho lo mismo que Lucas con las precuelas de Star Wars, devolver un universo a la vida para despojarlo de ella y confundirse a la hora de adaptar el material a la realidad actual. Y no es que no le haya puesto corazón, es que no le ha puesto cabeza. Me duele decirlo, pero para la undécima temporada de Expediente X (que Carter ya ha dicho que existirá “casi con toda seguridad”) sueño con que vuelva a seguir los pasos de Lucas y se retire para dejar que otros guionistas y directores más aptos se encarguen de seguir contando la serie (Carter, go home, you’re drunk).

El revival de Expediente X ha tenido un par de episodios memorables y suficientes momentos aislados como para disfrutarlo a pesar de todo (en su mayoría gracias al fan service), pero si lo analizamos en su totalidad, no ha cumplido las expectativas, y ha sido principalmente por culpa de los episodios centrados en la mitología de la serie, es decir, el fan fiction que ha hecho Carter con las dos partes de “My Struggle“. Si el primero a muchos ya nos pareció precipitado y aleatorio, lo de “My Struggle II” roza el paroxismo. Carter retoma la historia por donde la dejó al final del primer capítulo (aparcándola inexplicablemente durante los cuatro que hay en medio) y sigue desarrollando a marchas forzadas la nueva conspiración global (o eso tenemos que imaginarnos, porque la cosa se queda bastante en lo local) que va a llevar a la extinción de la raza humana. En “My Struggle II” vemos tomar forma de manera atropellada al Apocalipsis que se empezó a gestar en 2012 (un detalle para barrer el pasado bajo la alfombra con el que al menos atamos cabos), con El Fumador manejando los hilos entre bambalinas, como si fuera el Fantasma de la Ópera (nada casual la elección de esa máscara para ocultar su demoníaco rostro). Mulder va en busca de su enemigo mientras Scully trata de detener el fin por todos los medios, pero puede ser demasiado tarde. El virus que llevará a la humanidad a su final forma parte del ADN de todas las personas, y la cuenta atrás ha llegado a su fin.

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Los agentes Miller y Einstein (Robbie Amell y Lauren Ambrose), aquí ya despojados de su naturaleza paródica y decididos a demostrar su valía como protagonistas relevo de Duchovny y Anderson, ayudan a Mulder y Scully en su empresa. Para ello, Carter se encarga de desarrollar los acontecimientos de la forma más torpe y apresurada posible, como en el primer capítulo, pero peor, porque esto es un final (“This Is the End”), o eso se supone. Lo peor empieza cuando Scully y Einstein se enfrascan en el desarrollo de una vacuna para el virus a partir del ADN alienígena que hay en Dana. La cosa ya va a trompicones desde el principio, pero a partir de ahí es cuando el capítulo se vuelve loco: por si los diálogos híper-obvios y sobre-explicativos más propios de una parodia no fueran ya dolorosos (Scully: “Podemos hacer una vacuna a partir de mi ADN” Einstein: “¡Eso no me llevará mucho tiempo!” *Traducción: ¡Tragáoslo, hemos justificado que vaya todo tan rápido con una sola frase!*), Carter intenta calzar a la fuerza tantos acontecimientos en 45 minutos que el tiro le sale por la culata y el episodio acaba zambulléndose en el absurdo para resolver el embrollo cuanto antes y como sea.

Los acontecimientos se desarrollan demasiado rápido, los personajes llegan de un lado a otro como si viajaran a través de portales de espacio-tiempo, los deus ex machina se acumulan (cuánta revelación y giro argumental por combustión espontánea), da la sensación de que faltan escenas, y en consecuencia, no da tiempo a procesar la información, que avanza desesperada y frenéticamente (tanta explicación para dejarse en el tintero tantas cosas). En definitiva, no recuerdo un Apocalipsis hecho con más prisa, peor planteado y “resuelto” (esa Scully avanzando a golpe de suerte y parando ella solita los disturbios callejeros). Carter ha intentado abarcar demasiado, ha forzado las nuevas tramas de la mitología, pensadas más bien para una temporada completa de las antiguas, en dos episodios que como mínimo deberían haber sido dobles. Y como consecuencia, nos ha dejado a muchos a medias y con mal sabor de boca. Afortunadamente, podemos intentar quitárnoslo pensando en esos pequeños momentos “de personajes” que tanto nos gustan y que al menos Carter no se olvida de regalarnos.

Mulder y Scully están separados durante todo el capítulo, hasta que se reúnen en la última escena, pero a la vez se encuentran tan unidos como en los momentos más difíciles de su relación (Scully explica a Einstein cómo ha llegado a creer en la causa de Mulder, en un precioso acto de deferencia hacia su compañero), luchando, enfrentándose a la muerte,  y anteponiendo todo el uno por el otro (Duchovny y Anderson acaban la miniserie a punto de encontrar por fin en sí mismos a Mulder y Scully, una pena que hayan tardado tanto y haya tan poco tiempo). Sin embargo, la interacción que yo rescato, con la que me planteo perdonar a Carter, es la de Mulder con El Fumador. En ese diálogo, donde vemos a C.G.B. Spender ya caracterizado al completo como un villano megalómano propio de una película de superhéroes (“Musings of a mad man”, dice Mulder en otro de los muchos guiños al pasado), Carter condensa con acierto la relación de estos dos personajes: “Has hecho que mi vida merezca realmente la pena“, le dice El Fumador a Mulder (que por cierto, viene de tener su propia escena de lucha sacada de una peli de superhéroes; ¿Desde cuándo Fox sabe kung fu y ha desarrollado esa fuerza sobrehumana? Menudas patadas voladoras). Esa es la frase que corona una de las escenas dramáticas más conseguidas de la temporada, y más importantes de toda la serie.

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Por lo demás, no hay mucho más que podamos salvar. La aparición de la agente Monica Reyes resulta desconcertante, incluso dolorosa, y tan postiza como lo demás (qué pena que solo haya faltado Doggett, aunque visto lo visto, pa qué), y el personaje de Joel McHale sigue siendo un grano en el culo, una excusa más para dar rienda suelta a la tan burda exposición de acontecimientos que ha tenido lugar esta temporada. Así que, sin más dilación, y para concluir, hablemos de ese cliffhanger. OMFG. Alguien sabía que este no era el final (por mucho que en el rótulo de fin de temporada de los créditos de inicio se nos diga lo contrario). O en su defecto, alguien sabía cómo acabar la miniserie para que los fans, contentos o descontentos, no tuviéramos más remedio que seguir pidiendo más (ya hemos dicho que Fox está con nosotros). En cualquier caso, este final tan abrupto, mucho más abierto de lo que esperábamos, nos deja con una sensación decepcionante de coitus interruptus (muchos espectadores pensaron que faltaba un trozo de capítulo), más acentuada aun por el hecho de que no sabemos si o cuándo vamos a saber cómo se resuelve. Pero a la vez nos plantea una nueva temporada de forma que no podemos decirle que no: si sobreviven a la presencia del OVNI (que vimos hacer saltar por los aires a Sveta justo después de posarse sobre ella y marcarla con el haz de luz de idéntica manera), la vida de Mulder y el futuro de la humanidad dependen de encontrar al hijo de Dana y Fox, William. Buena jugada, Carter.

Después de ver estos seis episodios, aun no tengo claro si fue buena idea resucitar la serie. La expresión “cualquier tiempo pasado fue mejor” me suele parecer cínica y conservadora, pero en este caso está más que justificada. Claro que quizá sea aconsejable ir haciéndose a la idea de que la historia de Mulder y Scully no ha terminado. De que probablemente no terminará nunca. Y a ver quién es el guapo o la guapa que no quiere saber qué pasa después en ese puente, y en las vidas de nuestros agentes del FBI favoritos.

¡Concurso Deadpool! Regalo dos ejemplares de “Masacre Vol.2 Nº1 – Uno de los nuestros” de Panini Cómics

 Este concurso ya ha finalizado. Atentos a fuertecito no ve la tele para futuros concursos.

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Con la película de Deadpool petándolo en todo el mundo, Panini Cómics reedita en España el primer número de la colección en solitario de Masacre, titulado “Uno de los nuestros“, que incluye el crossover con Invasión Secreta. La popularidad del personaje (ya de por sí uno de los más queridos de La Casa de las Ideas) se ha disparado hacia la estratosfera y Deadpool está en boca de todos (como a él le gusta).

Para celebrar el lanzamiento, y aprovechando lo mucho que está gustando la película (podéis leer mi crítica aquí), regalamos dos ejemplares de Masacre Vol.2 – Uno de los nuestros, cortesía de Panini Cómics.

Para participar, tenéis que hacer lo siguiente:

1. Seguir a fuertecito no ve la tele en Facebook.

2. Responder en esta entrada a la siguiente pregunta:

¿QUÉ ES LO QUE MÁS TE GUSTA O ATRAE DEL PERSONAJE DE MASACRE/DEADPOOL?

Masacre 1Sinopsis: El Mercenario Bocazas ha vuelto, más peligroso y divertido que nunca. Puede que el planeta haya sido invadido por los Skrull, pero eso no es más que un día cualquiera en la vida de Wade Wilson. Tiempos de locura requieren de hombres enloquecidos… ¡Te guste o no, Masacre quizás sea la única persona que pueda salvarnos de los alienígenas! Y además, el “reality show” que descubre una manera de telebasura como nunca has imaginado: la protagonizada por Masacre.

Resumen de la editorial: ¡Masacre lo ha conseguido! Tras una larga y dura travesía por el desierto (¡el metafórico, claro!), Wade Wilson ha conseguido lo que necesita todo personaje que se precie; que no es otra cosa que protagonizar su propia colección. Pero como nuestro querido y estimado mercenario bocazas siempre ha tenido facilidad inusitada para meterse en líos, no ha podido elegir mejor momento para conseguir su ansiado objetivo que situarse en medio de la mayor invasión skrull de la historia conocida.

Este volumen recopila el crossover completo de Masacre con Invasión Secreta, escrito por Daniel Day (Lobezno) y dibujado por Paco Medina (Los Nuevos Guerreros). Además, el tomo se completa con el especial titulado Juegos de Muerte, un cómic trepidante (obra de Mike Benson y Shawn Crystal) donde nuestro estimado mercenario medirá sus fuerzas con otros peligrosos guerreros.

Bases:

– De entre todos los participantes elegiremos dos ganadores al azar que se llevarán totalmente gratis 1 ejemplar de Masacre Vol.2 Nº1 – Uno de los nuestros cada uno. Los ganadores lo recibirán en su casa sin ningún gasto por su parte.

– El participante debe incluir su correo electrónico en el formulario de respuesta del blog (no aparecerá público) y se recomienda firmar con nombre y apellido (los pseudónimos son válidos) para facilitar la realización del sorteo y el contacto.

– Sólo contará una participación por dirección IP, las respuestas desde la misma IP con distinto nombre serán marcadas como spam.

– El plazo para participar en el concurso finaliza el viernes 11 de marzo de 2016 a las 23:59 (hora peninsular española). El ganador será anunciado a partir del día siguiente en la página de Facebook de fuertecito no ve la tele.

– Concurso válido sólo para España (península e islas).

fuertecito no ve la tele se reserva el derecho de modificar o anular el concurso si fuera necesario.

¡Mucha suerte!

LOVE: Adictos al amor

Love Apatow

Love es la nueva comedia de Judd Apatow para Netflix, co-creada por el humorista Paul Rust y Lesley Arfin (guionista de Girls Awkward.). Con una primera temporada de diez episodios, esta serie se suma a la interesante (e incesante) lista de comedias millennial que actualmente despuntan en la televisión USA, historias sobre la amistad y el amor en tiempos modernos que no tienen miedo de mostrar la cara más amarga e incómoda de esta generación. Como GirlsMaster of None You’re the WorstLove nos habla de un tipo de adulto aun estancado en una etapa de transición, personas que están aprendiendo a navegar en la vida para cumplir unas expectativas que ya no son tan fáciles de alcanzar. Es decir, Love es exactamente lo que uno espera de una serie creada por Apatow, una historia sobre adultescentes treintañeros que se niegan o a los que se les impide el acceso definitivo a la isla de los adultos.

Pero por encima de todo, Love es una comedia romántica, o más bien una anti-comedia romántica, como se podría definir en algún momento a las series mencionadas en el primer párrafo -y que es oficialmente la nueva rom-com canónica en televisión. La historia se centra en Mickey (Gillian Jacobs) y Gus (Paul Rust), dos treintañeros atascados en sus respectivos trabajos y recién salidos de sendas relaciones tóxicas, que entablan amistad después de un agitado encuentro fortuito en un supermercado (la secuencia en la que ambos se conocen conversando de camino a casa de Mickey inaugura la serie y plantea la relación de forma inmejorable). Gus es un nerd de manual, feúcho, esmirriado, con gafas, socialmente impedido, (supuestamente) un inútil con las mujeres. Mickey es imprevisible, caótica, narcisista, un desastre natural del que es imposible apartar la vista. Inevitablemente, Gus se enamora de Mickey, pero ella no le va a poner las cosas fáciles. Como toda la obra de Apatow (exceptuando Girls, que sería menos suya), Love está contada en su mayor parte desde la perspectiva masculina (de ahí que cumpla con el lugar común del geek feo que se lleva a la rubia guapa, o incluso, como es el caso, por el que se pelean dos rubias guapas), pero tiene a una de las protagonistas femeninas más interesantes de la temporada televisiva.

Gillian Jacobs Love

Si bien Rust está perfecto como el protagonista cercano, con el que es fácil identificarse y empatizar, Jacobs (la infravalorada Britta de Community) es quien hace que Love pase de ser “otra serie de millennials” a un extraordinario estudio de personajes. Mickey responde al arquetipo ficcional de la chica que todo el mundo admira (contad las veces a lo largo de la serie que alguien dice “Mickey es genial” o “Mickey es la hostia” para reforzar esta idea), de la que todo el mundo desea ser su amigo, pero que nadie conoce en realidad (contad las veces que esas personas que dicen que “Mickey es la hostia” se decepcionan por su comportamiento egoísta e interesado hacia ellas). Con una expresividad pasmosa y una ternura torpe y volátil, Jacobs da multitud de dimensiones al personaje, haciendo que este sea magnético y exasperante a la vez, pero sobre todo divertido e irresistible. Como la troupe de Hannah Horvath, pero sin llegar a sus límites de autoengaño, Mickey es un personaje escrito sin complacencias para el espectador, una chica que no ve el mundo según las mismas normas que los demás (si los espectáculos de magia le parecen ridículos, lo va a decir, aunque hiera los sentimientos de la cita que la ha llevado a uno o la meta en problemas con la comunidad de magos de Los Ángeles), y que no pone fácil la tarea de quererla.

Pero ante todo, Mickey es el paradigma de la personalidad adictiva. Alcohólica, mentirosa, con trazas de depresión, e incapaz de funcionar si no es con un hombre a su lado (o en su defecto, alguien de quien depender, a quien exprimir para su propio beneficio). Gus se convierte en esa persona, pero lo más interesante es que Love no escapa de otorgar responsabilidad a él también. Si Mickey está representada como un personaje manipulador, Gus también la está utilizando en cierto modo, concretamente para mejorar la imagen que proyecta en los demás y dejar de ser un pringao para todo el mundo (se podría decir que él es adicto a Mickey y a la persona que parece gracias a ella). Es un conflicto muy bien planteado a lo largo de la temporada, que concluye con un final engañosamente romántico (saltar al siguiente párrafo si no se ha terminado la temporada): Ella está abriéndose a Gus, contándole sus problemas de adicción y su necesidad de estar sola durante un año para encontrarse a sí misma y así dejar de depender de otras personas para existir, y él la interrumpe plantándole (¿robándole?) un beso, un gesto muy propio del final de cualquier comedia romántica. Y una escena que engloba perfectamente lo que es Love. Puede parecer amor, puede parecer dulce, emocionante, idílico, pero si se mira más detenidamente, es jodidamente tóxico y disfuncional.

Love

Afortunadamente, Love tiene un lado amable muy desarrollado, lo que impide que la serie se vaya por derroteros demasiado amargos o antipáticos. A esto contribuye enormemente el plantel de secundarios de la serie, caras conocidas de Apatow Productions (en el fondo, él siempre seguirá haciendo Freaks and Geeks) o de su propia familia (Iris Apatow aparece como una caprichosa estrella de televisión adolescente, otro caso de nepotismo que podemos perdonar porque clava al personaje). Pero la que sobresale por encima de todos es Bertie (Claudia O’Doherty), la compañera de piso y contrapunto existencial de Mickey, una australiana optimista y bondadosa que se convierte en su otro “soporte” y acaba siendo clave para dar lugar a la epifanía sobre su comportamiento y su naturaleza adictiva. Las interacciones entre estos personajes nos dejan diálogos magníficos, situaciones muy divertidas (genial la escena de los Blu-rays) y episodios sobresalientes (“Party in the Hills” y “Andy” destacan por su perfecta naturaleza independiente, mientras que “The Date”, probablemente el mejor de la temporada, eleva el listón de las citas memorables en cine y televisión con media hora de comedia absolutamente redonda). Pero estas relaciones, ya sean más longevas o de una sola noche, también dan lugar a momentos profundos y reveladores.

Ese es el (no tan) secreto de Apatow, saber contar historias cotidianas que degeneran fácilmente en lo embarazoso y humillante, con las que observa hábilmente el comportamiento humano, examina las (a menudo absurdas) normas por las que se rigen nuestras (a menudo extrañas) interacciones íntimas y sociales -muchas de ellas tienen lugar, de forma muy realista y oportuna, en la pantalla de un smartphone-, y trata de descubrir qué demonios es exactamente eso del amor. Como sus anteriores trabajos, Love nos vuelve a decir que Apatow cree profundamente en el amor, pero también cree que hay que sufrir para llegar a él.

¡Concurso! Consigue la tercera temporada de MASTERS OF SEX

 Este concurso ya ha finalizado. Atentos a fuertecito no ve la tele para futuros concursos.

Masters of Sex 3

Ya está a la venta en España La Tercera Temporada Completa de la serie MASTERS OF SEX, y para celebrar este lanzamiento, Sony Pictures y fuertecito no ve la tele os queremos dar la oportunidad de conseguir gratis un pack de la serie en DVD.

Para participar, tenéis que hacer lo siguiente:

1. Seguir a fuertecito no ve la tele en Facebook.

2. Responder en esta entrada a la siguiente pregunta:

¿POR QUÉ QUIERES LLEVARTE LA TERCERA TEMPORADA DE ‘MASTERS OF SEX’?

Bases:

Masters of Sex 3 DVD– De entre todos los participantes elegiremos a un ganador (via Sortea2) que se llevará totalmente gratis 1 pack de Masters of Sex – Tercera Temporada (12 episodios en 4 discos) en formato DVD (ver foto). El ganador lo recibirá en su casa sin ningún gasto por su parte.

– El participante debe incluir su correo electrónico en el formulario de respuesta del blog (no aparecerá público) y se recomienda firmar con nombre y apellido (los pseudónimos son válidos) para facilitar el sorteo y el contacto.

– Sólo contará una participación por dirección IP, las respuestas desde la misma IP con distinto nombre serán marcadas como spam.

– El plazo para participar en el concurso finaliza el sábado 5 de marzo de 2016 a las 23:59 (hora peninsular española). El ganador será anunciado a partir del día siguiente en la página de Facebook de fuertecito no ve la tele.

– Concurso válido sólo para España (península e islas).

fuertecito no ve la tele se reserva el derecho de modificar o anular el concurso si fuera necesario.

¡Mucha suerte!

Basada en un libro de Thomas Maier, Masters of Sex se centra en las figuras del ginecólogo William Masters y la psicóloga Virginia Johnson, cuyos estudios sobre la sexualidad a mediados de los 60 cambiaron el modo de ver las relaciones de pareja en la sociedad estadounidense de la época.

Masters of Sex está protagonizada por el nominado al Globo de Oro y al premio BAFTA Michael Sheen y por la aclamada actriz Lizzy Caplan, que interpretan a los auténticos pioneros de la ciencia de la sexualidad humana. La serie muestra las curiosas vidas, romances y trayectoria dentro de la cultura pop de Masters y Johnson, y el efecto que tuvo su investigación sobre sus familias y sus compañeros. Su estudio inició una revolución sexual y los llevó del hospital universitario de St. Louis a la portada de la revista Time.

La tercera temporada se desarrolla en el año 1966, año en el que el famoso dúo Masters y Johnson bajo el brillante foco de la fama nacional presentan su estudio sobre sexología. Es el inicio de la revolución sexual, y el trabajo de Masters y Johnson tendrá un profundo impacto en las relaciones de la época y, particularmente en su propio triángulo amoroso con la mujer de Masters.

Crítica: Anomalisa

ANOMALISA

Que una película como Anomalisa exista es un milagro. Y también un síntoma de nuestros tiempos. Sus directores, Charlie Kaufman (la mente prodigiosa detrás de los guiones de Cómo ser John MalkovichAdaptation. Eternal Sunshine of the Spotless Mind) y el animador Duke Johnson, recurrieron a la plataforma Kickstarter para semi-financiar el proyecto. El mecenazgo de los fans hizo posible que Anomalisa saliera adelante, y que las distribuidoras se fijasen en ella. La jugada les salió bien teniendo en cuenta la gran acogida de la película en festivales, las excelentes críticas que ha cosechado, y su presencia en los Oscar 2016 como una de las candidatas a Mejor Película de Animación. El crowdfunding suele resultar en decepción en muchas ocasiones (sobre todo en el ámbito audiovisual), pero esta vez ha facilitado la materialización de un proyecto sobresaliente que de otra manera quizá no habríamos podido ver.

Anomalisa es un film improbable, un drama cómico (o una comedia dramática, al caso es lo mismo) para adultos realizado en animación stop-motion. Basada en una obra de teatro escrita por Kaufman y el compositor Carter Burwell (que por supuesto también firma la hermosa partitura del largo), la película nos deja hurgar en la vida y la mente de Michael Stone, exitoso autor de libros sobre atención al cliente que viaja a Cincinnati para dar una conferencia. Encerrado en su habitación de hotel, Stone atraviesa una crisis existencial (o depresión de mediana edad), atormentado por los errores del pasado, una familia que no le llena lo suficiente y una rutina laboral que lo aplasta. A esto se suma su incapacidad para conectar con los demás, lo que le lleva a ver a todo el mundo con la misma cara y escuchar a todas las personas con la misma voz (trastorno similar a un desorden neuropsiquiátrico real que lleva por nombre Síndrome de Frégoli, que es también como se llama el hotel donde se hospeda). Todo empieza a cambiar con la imprevista irrupción en su vida de Lisa, una “anomalía” que hace creer a Michael que es posible salir de su estancamiento.

nullAl principio, Anomalisa es una película desconcertante, una propuesta bizarra a la que puede costar un poco pillar el punto. Las “marionetas”, fabricadas usando la tecnología de impresión en 3D, tienen un aspecto muy realista que puede resultar algo desorientador (incluso por momentos perturbador), y aunque la idea de que un solo actor (estupendo Tom Noonan) doble a todos los personajes que no son Michael (David Thewlis) o Lisa (Jennifer Jason Leigh) es brillante, y por supuesto esencial para desarrollar la premisa, no deja de descolocar. Pero todo esto forma parte de la experiencia de Kaufman y Johnson proponen, un sueño extraño y surrealista en el que todo acaba teniendo su razón de ser. Poco a poco, Anomalisa se va descubriendo como una historia romántica extraordinaria en su costumbrismo intimista, un retrato profundamente triste y precioso que, al igual que her hace un par de años, se adentra en el enigma de las relaciones, las interacciones sociales y lo que nos hace humanos, para presentárnoslo de la forma más reveladora.

La elección del stop-motion es de todo menos casual, claro. Kaufman utiliza los muñecos para desmontar, literalmente, a su protagonista, y mostrarnos así el engranaje de su mente. Si la película se hubiera hecho con actores de carne y hueso no habría surtido el mismo efecto, no habría resultado tan conmovedora. Hay algo en el hecho de observar a estas marionetas existir, interactuar o hacer el amor en un supuesto tan mundano (y tan automatizado) que hace más fácil, y más gratificante, mirar directamente en su interior en busca de la esencia que los (nos) hace humanos. Y por supuesto, no podemos obviar el increíble trabajo de David Thewlis y Jennifer Jason Leigh dando vida con sus voces a Michael y Lisa, convirtiéndolos en dos personajes tan reales, tan plenos y excepcionales, y haciendo que su historia de amor sea tan inolvidable y en última instancia devastadora.

El único problema de Anomalisa es que su metraje acaba resultando demasiado escaso, lo que hace que el desenlace se produzca de manera precipitada (puede tener que ver el hecho de que fuera concebida inicialmente como un mediometraje de 40 minutos y extendida debido al éxito de la campaña de Kickstarter). Dejando esto a un lado, Anomalisa es algo único, una anomalía del cine reciente (la especialidad del esquivo Kaufman) cuya particular voz resalta entre todas las demás, una historia que afecta, hace pensar, y se queda con nosotros más allá de los créditos finales.

Valoración: ★★★★

Crítica: ¡Ave, César!

Hail, Caesar!

Cuando me enteré de la existencia del nuevo proyecto de Joel & Ethan Coen, este se convirtió inmediatamente en uno de mis estrenos más esperados de 2016. Una comedia ambientada en el mundo del cine a principios de los 50 con números musicales y un reparto fulgurante de estrellas formado entre otros por Josh Brolin, Scarlett Johansson, Tilda Swinton, George Clooney, Frances McDormand y Channing Tatum. Lo siento si esto pone mi criterio en tela de juicio, pero ya había visto y oído todo lo que necesitaba para saber que ¡Ave, César! (Hail, Caesar!) sería una de mis películas favoritas de esta temporada. Con estos ingredientes, los Hermanos Coen no tenían que hacer demasiado para conquistarme, pero haciendo honor a su reputación, los directores no se han dormido en los laureles y les han sacado todo el partido para realizar una de las comedias más divertidas e inspiradas que vamos a ver este año.

En ¡Ave César! los Coen realizan un homenaje en clave de sátira al cine clásico de los grandes estudios, colándose entre bambalinas de varias de las producciones en desarrollo de Capitol Pictures, la misma major ficticia que utilizaron en Barton Fink (1991). La película sigue al jefe de producción del estudio, Eddie Mannix (Brolin), mientras lidia con los problemas habituales de su trabajo y se enfrenta a una crisis de proporciones mayúsculas: los comunistas han raptado a Baird Whitlock (Clooney), la gran estrella del péplum “¡Ave, César!”, y piden una recompensa para liberarlo a tiempo para terminar la película. Mannix debe hacer lo posible por ocultar el secreto a la prensa sensacionalista y recuperar al actor, mientras hace malabares para mantener a flote las demás producciones de Capitol y proteger a sus estrellas del escándalo: una adaptación de Broadway que corre el riesgo de hundirse al contratar como protagonista a un inepto actor de westerns con voz de pito, Hobie Doyle (Alden Ehrenreich), o un embarazo fuera del matrimonio de una de las estrellas más queridas de Hollywood, DeeAnna Moran (Johansson). Todos hemos oído historias turbias sobre las leyendas de Hollywood, pero preferimos quedarnos con la imagen glamurosa que nos ofrece el cine. Sin embargo, los Coen quieren que miremos más allá del glamour y nos riamos de lo que vemos.

De esta manera, la película toma forma en una serie de viñetas que nos muestran los entresijos del studio system para desmitificar con un gran sentido del humor el Hollywood dorado de la posguerra, con la amenaza “roja” y la caza de brujas como telón de fondo. ¡Ave César! nos prepara un tour en el que saltamos de plató en plató para presenciar la caótica realización de varias películas durante esta época de cambio para el cine, salpicando así el film de interludios en forma de números musicales con los que los Coen dan rienda suelta a su pericia técnica y su exquisito gusto para filmar. La estética de las películas de los 50 es reproducida con sumo detallismo y elegancia para transportar al espectador a esta década mediante secuencias espectaculares, como el prodigioso número de claqué (con connotaciones gays) protagonizado por Channing Tatum en homenaje a Gene Kelly (tan bien ejecutado que uno buscará en vano dónde está el truco digital) o la preciosa coreografía acuática liderada por la no menos hermosa sirena Scarlett Johansson (que evoca a la de Esther Williams en Millon Dollar Mermaid). Todo para luego desmontar la magia del cine mostrándonos su verdadero rostro. Pero los Coen no se regodean en el lado más grotesco de la industria, sino que optan por la parodia amable con los toques surrealistas propios de su cine para reflexionar sobre la mentira de la fábrica de sueños (y por extensión, de la vida y la realidad) y hablarnos de la crisis existencial de un hombre atrapado en ella. Es decir, ¡Ave César! es una comedia ligera, pero no necesariamente trivial.

Hail, Casar!

Brolin personifica a la perfección esta dualidad de la película, fluctuando entre la serenidad y el caos que hay siempre en el cine de los Coen. Su magnética presencia y su talento para la comedia “seria” lo convierten en un gran protagonista (es comprensible que los Coen le saquen tantos primeros planos), pero el actor está rodeado de estrellas que también se encuentran en perfecta sintonía con los directores y forman un reparto redondo. Como de costumbre, Clooney derrocha simpatía y carisma, luciéndose especialmente en la escena final del péplum, un broche de oro que si no fuera por la presencia del actor, parecería directamente sacado de una superproducción real de los 50; Ralph Fiennes vuelve a desplegar su fantástica vis cómica después de El gran hotel Budapest; Frances McDormand sale en una sola escena pero es suficiente para desatar las carcajadas; Swinton aporta la nota más absurda con un extravagante personaje doble, dos gemelas directoras de sendos tabloides cinematográficos; Tatum y Johansson apenas tienen un par de secuencias cada uno, pero se bastan para dejar huella en la película con dos sorprendentes personajes caricatura (ambos son muy inteligentes eligiendo sus proyectos y saben explotar sus talentos como nadie, y aquí están inmejorables). Y por último, la verdadera estrella de ¡Ave César! es el semi-desconocido Alden Ehrenreich, un auténtico robaescenas que clava al ídolo paleto (con un aire a James Dean) y nos deja las escenas más hilarantes de la película.

¡Ave César! es una comedia deliciosamente excéntrica, una obra de energía contagiosa con la que las risas están garantizadas de principio a fin, especialmente para cualquier cinéfilo que presuma de conocer el mundo que retrata y las tensiones políticas de las que se mofa. Con un sentido del humor afilado y una puesta en escena impecable (el número de Tatum por sí solo ya amortiza la entrada), los Coen vuelven a demostrar que son unos maestros haciendo comedias inteligentes que se hacen la tonta, así como unos expertos recorriendo esa delgada línea que existe entre lo sublime y lo ridículo.

Valoración: ★★★★

Llega la primera novela de David Duchovny, ‘Holy Cow’. Sorteo de un ejemplar + camiseta.

 Este concurso ya ha finalizado. Atentos a fuertecito no ve la tele para futuros concursos.

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La mayoría lo conocemos como el agente especial Fox Mulder de Expediente X, pero David Duchovny es un artista muy polifacético que, además de actuar y dirigir, se dedica a la música (ha sacado su primer disco hace poco) y recientemente también se ha aventurado a escribir su primera novela, Holy Cow.

portada_holly_cow_bajaHoly Cow es la historia de una vaca llamada Elsie Bovary. Elsie es una vaca feliz, cuya vida transcurre siguiendo la plácida rutina de una granja situada en el interior del estado de Nueva York. Una noche, Elsie se escapa del establo y se acerca a la casa en la que viven los dueños de la granja. Elsie descubre allí a toda la familia contemplando absorta y con veneración una caja iluminada. De repente, “la Caja” muestra algo que la cambiará por completo: ve su destino vacuno cruelmente resumido en unas espeluznantes imágenes. Elsie decide que tiene que salir de ahí por patas. A ella se unen Jerry (perdón, Shalom), un cerdo convertido al judaísmo, y Tom Turkey, un pavo fanfarrón que da consejos psiquiátricos con acento alemán. Decididos los tres a huir, parten provistos de pasaportes falsos y con pintorescos disfraces hacia el aeropuerto más cercano. Cada uno de ellos sueña con llegar a un lugar diferente: para Elsie la India; para Shalom, Israel; y para Tom Turkey, claro está, Turquía. La frescura de la voz narrativa de Elsie nos sorprende con sus reflexiones sobre el mundo contemporáneo; nos reprocha nuestra falta de sensibilidad y empatía con el planeta y todos sus habitantes; nos hace reír con la agudeza de sus comentarios sobre la cultura pop, el rock, o el cine y sus estrellas. Con tierna ironía las carismáticas criaturas de Duchovny nos recuerdan los derechos de los animales y señalan el camino hacia la tolerancia y la comprensión mutua que los humanos necesitamos hoy más que nunca.

No sabemos si se convertirá en un autor estrella como su Hank Moody de la serie Californication, pero por lo pronto, Holy Cow ha recibido muy buenas críticas desde su publicación en Estados Unidos en 2015:

«Duchovny es un escritor ingenioso y especialmente brillante en recrear las voces de bicho raro. Holly Cow plantea muchos de los grandes temas que afectan hoy a nuestra convivencia como la tolerancia o la diversidad religiosa. Pero, en el fondo, se trata de una historia sobre madurar.» The Washington Post

«La primera novela de Duchovny, Holy Cow es una absoluta revelación. ¡Un puntazo! Evidentemente a los niños, les encantará tanto la heroína del libro, Elsie Bovary, como las extraordinarias ilustraciones de Natalya Balnova, y los adultos disfrutarán con los irónicos y sagaces comentarios de Duchovny sobre los temas más candentes de nuestro tiempo.» – New York Times, El lector de libros.

«Esta novela es una fábula fascinante sobre la dignidad y la tolerancia, repleta de juegos de palabras, dobles sentidos y humor sofisticado. La hilarante voz narrativa de Elsie está llena de inteligentes guiños acerca de las estrellas de cine, la cultura pop, o la música rock. El humor inteligente y ácido del libro y su original mensaje humanista (animalista) junto con las irónicas ilustraciones de Natalya Balnova, hacen de Holy Cow un libro que disfrutarán mucho tanto los niños como los adultos inteligentes. Una aventura fuera de lo común que recuerda las Fábulas de Bill Willingham o las películas de Ralph Bakshi». Kirkus – Starred Review

Holy Cow ha salido a la venta este mes de febrero en España de la mano de la Editorial Stella Maris y para celebrar el lanzamiento, nos cede un ejemplar del libro más una camiseta para sortear entre todos los lectores de fuertecito no ve la tele, donde sabemos que hay muchos fans del culo inquieto de Duchovny.

Para participar en el concurso tenéis que hacer lo siguiente:

1. Escribir un comentario en esta entrada contándonos por qué os apetece leer Holy Cow.
2. Dar a me gusta a la página de Facebook de 
fuertecito no ve la tele

Sin más, os dejo que el autor os presente con sus propias palabras lo que es Holy Cow, un libro muy recomendable no solo para los seguidores de Duchovny, sino también para todo aquel que quiera disfrutar de una lectura muy divertida e ingeniosa:

BASES DEL CONCURSO

– De entre todos los participantes elegiremos un ganador (via Sortea2) que se llevarán totalmente gratis 1 ejemplar de la novela Holy Cow (Editorial Stella Maris) + 1 camiseta del libro. El ganador lo recibirá en su casa sin ningún gasto por su parte.

– El participante debe incluir su correo electrónico en el formulario de respuesta del blog (no aparecerá público) y se recomienda firmar con nombre y apellido para facilitar el sorteo y el contacto (los pseudónimos son válidos).

– Sólo contará una participación por dirección IP, las respuestas desde la misma IP con distinto nombre serán marcadas como spam.

– El plazo para participar en el concurso finaliza el lunes 29 de febrero de 2016 a las 23:59 (hora peninsular española). El ganador será anunciado a partir del día siguiente en la página de Facebook de fuertecito no ve la tele.

– Concurso válido sólo para España (península e islas).

– fuertecito no ve la tele se reserva el derecho de modificar o anular el concurso si fuera necesario.

¡Mucha suerte!

Expediente X: Mulder y Scully y Miller y Einstein

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Expediente X se está empleando a fondo para aprovechar los (escasísimos) seis episodios de la miniserie y ofrecernos la experiencia X-Files más completa posible. Ya hemos tenido el obligatorio primer capítulo sobre la conspiración alienígena, un episodio autoparódico y un “Monster of the Week”. Ya solo faltaba un episodio malo. Y teniendo en cuenta que ya solo queda uno, nos tenía que tocar esta semana. Todas las temporadas de Expediente X tienen altibajos, capítulos mayores y menores, y alguno que sobresale por encima de los demás no precisamente por su calidad. En la décima temporada, esta función la desempeña “Babylon” (10.05), con diferencia el peor capítulo de lo que llevamos de miniserie.

La secuencia de apertura de “Babylon” muestra a dos jóvenes musulmanes perpetrando un ataque suicida en una galería de arte en Dallas. Uno de los dos sobrevive a la explosión, pero se mantiene a duras penas con vida, mutilado y en coma en el hospital. Mulder y Scully exploran las posibilidades para comunicarse con el terrorista, con la intención de hallar el origen de la bomba y prevenir ataques futuros. Mientras Scully investiga cómo sería posible ponerse en contacto con él usando la neurociencia, Mulder está convencido de que hay una manera alternativa de “conectar”, concretamente a través de una droga alucinógena que le proporcione una línea de comunicación con el terrorista en un plano místico al margen de la realidad. Mientras, dos jóvenes agentes del FBI, Miller (Robbie Amell) y Einstein (Lauren Ambrose) se unen a Mulder y Scully para trabajar en el caso.

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Lo que más llama la atención de “Babylon” es el desbarajuste tan grande que hay en el tono del capítulo. No sabemos muy bien cuál era la intención de Chris Carter, pero me da en la nariz que ni él mismo lo tenía claro. ¿Es una sátira exagerada en la línea de los capítulos de Darin Morgan o un drama de denuncia? ¿Se puede ser ambas cosas a la vez? Seguramente sí, pero hay que saber navegar ese espacio angosto que hay entre la comedia y el drama, y Carter simplemente no ha podido y se ha hundido. “Babylon” está repleto de diálogos muy pobremente escritos que hacen gala de una demagogia barata solo justificable si estuviéramos hablando de una redacción de primaria. Situaciones y frases maniqueas con las que Carter pretende retratar el racismo y la intolerancia de la sociedad ante los inmigrantes musulmanes. La intención es buena, la manera de hacerlo no podía ser más sensacionalista y simplona.

Pero lo que hace que “Babylon” sea un capítulo tan desafortunado es sobre todo la manera en la que mezcla el humor más estúpido con un asunto tan serio y de tanta relevancia en la actualidad. Si examinamos las escenas más locas del capítulo descontextualizándolas de la trama principal, no solo no hay problema, sino que destacan como grandes momentos en la línea de la Expediente X más absurda y autorreferencial. No vamos a negar que enfrentar a Mulder y Scully a sus versiones más jóvenes es una propuesta muy divertida (si bien algo desaprovechada), y desde luego muy propia de la serie. Tampoco vamos a menoscabar la suma importancia que tiene haber visto a Mulder bailando el “Achy Breaky Heart” de Billy Ray Cyrus con la camisa entreabierta y sombrero de cowboy durante su viaje lisérgico. Pero estos momentos, por muy simpáticos que resulten, no hacen sino mermar el mensaje del capítulo y frivolizar alrededor de un tema demasiado grave y delicado.

Actualmente, el nivel de la ficción televisiva, concretamente el de las series dramáticas, está muy alto. En su emisión original, Expediente X no lo tenía difícil para destacar como una serie inteligente y gratificante, pero las cosas han cambiado y aquí es donde Carter debe adaptarse más a los tiempos. Aceptamos que esto sea un viaje nostálgico para fans y no la medimos con el mismo rasero de antes (o de otros dramas de calidad actuales), pero una cosa es esto y otra muy distinta permitírselo todo por ser la serie que es. Lo que hace 15 años podía resultar provocador o estimulante ahora suena desvencijado y demasiado obvio, y Carter debería haber tenido esto en cuenta para apretarse las tuercas antes de escribir un guion tan amateur.

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Afortunadamente, como decía antes, hay suficientes momentos como para salvar el capítulo del completo desastre. Las interacciones de Mulder y Scully con Miller y Einstein son uno de sus aciertos (Ambrose está muy bien, Amell no hace demasiado, además de ser el encargado de decir el obligado “I want to believe” en este capítulo), y aunque descartamos el spin-off centrado en los dos nuevos agentes como buena idea (ya que no habría manera de que no fuera una parodia o una copia de la serie original y sus conflictos), nos encantaría ver de nuevo a estos personajes sacando de quicio a Dana y Fox, obligándoles a seguir autoanalizándose para nosotros (“Los menos buscados del FBI. Llevaba 23 años esperando para decir eso”). Por otro lado, nos alegra ver de nuevo a “Los pistoleros solitarios“, aunque su cameo visto y no visto sea algo decepcionante, o a Skinner (cuya presencia en esta temporada es más bien testimonial) y El Fumador (que protagoniza una de las imágenes más potentes de la visión de Mulder). También tranquiliza ver que Duchovny por fin parece reaccionar a una trama esta temporada. Había que ponerlo a bailar country para que despertase.

Por último, la escena final de “Babylon” nos deja con buen sabor de boca a pesar del patinazo del resto del episodio. Aunque nos lo den todo bien mascado, las reflexiones de Mulder y Scully (que nos ablandan el corazón cogidos de la mano y mirándose de aquella manera) vienen muy a cuento para continuar explorando los eternos dilemas de la serie (la ciencia contra la fe, también más cogidas de la mano que nunca en este capítulo; la belleza del lado misterioso e inexplicable de la vida; “¿Cómo reconciliamos el amor más fuerte con el odio más extremo?”) a la vez que seguimos desentramando la naturaleza de ambos personajes, algo en lo que el revival ha insistido hasta ahora. Una pena que para llegar a esas conclusiones hayamos tenido que asistir primero a un retrato tan estereotipado e ignorante de la inmigración y el terrorismo yihadista. No sabemos qué píldora se habrá tomado (o habrá dejado de tomarse) Carter, pero le ha llevado a realizar uno de los episodios más desequilibrados y fallidos de la serie. Teniendo en cuenta que este y “My Struggle” (otro guion que dejó bastante que desear) están escritos y dirigidos por él en solitario, cabe preguntarse si sería mejor que se limitase a producir y dejara a otros contar la historia.

Crítica: Deadpool

Deadpool

Vino, la lió, venció. Deadpool ha arrasado en taquilla, pulverizando récords en Estados Unidos a pesar de ser una película Rated-R (es decir, para mayores de 18 años). Esto quiere decir dos cosas: que una calificación PG-13 no es garantía de éxito o el Rated-R de fracaso en este tipo de cine (hola, Cuatro Fantásticos) y que eso de la “superhero fatigue” de momento es más una cosa de la que hablan (hablamos) los medios especializados que una realidad. El riesgo recompensa, y Deadpool ha ido a por todas, negándose a suavizar y homogeneizar su material de referencia, es más, haciéndolo incluso más salvaje de lo que es en las páginas del cómic. Basándose en uno de los personajes más irreverentes de Marvel Comics, la película, que se enmarca dentro del Universo X-Men de 20th Century Fox, proporciona a la vez una bofetada y (paradójicamente) una reverencia al cine de superhéroesDeadpool no es perfecta ni mucho menos, pero es la única adaptación posible de Masacre, la película de superhéroes que queríamos, y la que el género necesitaba ahora mismo.

Pero no nos engañemos. Deadpool no ha inventado nada. Marvel Studios ya había dado el primer paso en lo que se refiere a autoparodiarse y no tomarse tan en serio a sí mismos. Guardianes de la Galaxia y sobre todo Ant-Man allanaron el camino para que Deadpool fuera posible, y para que este fuera el momento idóneo para estrenarla. Lo que han hecho en Fox es seguir ese camino dando un paso (o dos, o tres) más allá. Deadpool es original y refrescante por lo que supone dentro del género en estos momentos (porque películas de superhéroes Rated-R ha habido varias –Blade, Watchmen, Kick-Ass-, solo que ya no parecían tener cabida en el panorama actual), pero en el fondo no es más que otra (más bien simple) historia de orígenes que sigue el manual sin saltarse ni un solo paso (adquisición de poderes, traje, sidekick, historia de amor, villano subdesarrollado…). Es más, se podría incluso decir que en algunos aspectos (principalmente narrativos) es una de las más tradicionales, incluso conservadoras, de los últimos años (al fin y al cabo, lo que tenemos es a otro ¿héroe? salvando a su damisela en peligro de las garras de un monstruo). La diferencia es que aquí, la historia de siempre viene aderezada con bien de sal y especias. Y sangre e hiper-violencia. Y un taco por cada tres palabras. Y desnudos (frontales masculinos y femeninos). Y una obsesión muy grande con los testículos. Y sexo como nunca antes lo habíamos visto en el género. Y bueno, autoconsciencia, guasa y desvergüenza para parar a Thanos. Pero sobre todo, lo más importante es que llega en el momento en el que se hacía urgente una película que sacara al cine de superhéroes de la rutina en la que se estaba acomodando.

Deadpool 2

Deadpool es un triunfo gracias sobre todo a la complicidad tan grande que encuentra con la audiencia. Mediante la continua ruptura de la cuarta pared a lo Ferris Bueller (que por supuesto tiene su homenaje directo), el protagonista arroja al espectador una cantidad ingente de chistes, juegos de palabras, name-dropping, guiños autorreflexivos y referencias tanto a la cultura popular como a la industria de Hollywood. La verborrea ametralladora del personaje puede llegar a saturar por momentos (de la misma manera que la incesante violencia puede llegar a insensibilizar), pero sorprendentemente, Ryan Reynolds hace que el tono desquiciado y excesivo funcione en todo momento. Después de encadenar varios fracasos (el más sonado de ellos Green Lantern, que evidentemente aquí es objeto de mofa) y ganarse la fama de “actor maldito”, el canadiense ha dado por fin con el vehículo idóneo para ganarse el beneplácito de la audiencia y dar el salto a la A-List de Hollywood. Y es que Reynolds es un Wade W. Wilson perfecto, así de claro. Un protagonista rebosante de carisma (quién lo iba a decir) que domina la comedia igual de bien que la acción física, y se ha metido en la piel del personaje hasta el punto de convertirse en él (ya veremos si, como Robert Downey Jr., Reynolds se queda instalado definitivamente en su personalidad marveliana). Con él, el Mercenario Bocazas y su particular micro-universo satírico cobran vida de la manera más fiel posible, y es exactamente como imaginábamos que sería.

El ritmo acelerado, casi esquizofrénico, de Deadpool no da tregua al espectador, al que más le vale no pestañear o distraerse ni un segundo si no se quiere perder los chistes (muchos de ellos incomprensibles para el público que no esté familiarizado con el cómic y el cine de superhéroes). Esto hace que la película no aburra en ningún momento, desde los jocosos títulos de crédito hasta la genial escena post-créditos finales, pero también convierte su guion en un “todo vale” en el que es muy fácil colar situaciones cuestionables incluso si se abraza su naturaleza zafia y políticamente incorrecta (que es mi caso). Por ejemplo, el hecho de que Wade Wilson sea (supuestamente) pansexual, pero su orientación quede enmudecida en la película al reducirse a chistes verdes que podría hacer cualquier personaje hetero bromista (que un superhéroe gaste bromas sobre su sexualidad ya es algo, pero no hay huevos a llevar más allá eso también, a menos que sea durante la campaña promocional, claro); o que haya agudas pullas a la hipervigilancia que vivimos (Deadpool se pregunta si es más machista pegar a una mujer en una pelea o no hacerlo) y momentos de empoderamiento femenino que quedan invalidados por chistes rancios sobre estereotipos de género (la tontería de “engañar” a la novia para que vea una de superhéroes diciéndole que es una romántica ya no procede en 2016. ¿Cómo hay que decir que a las chicas también les gusta este tipo de cine? ¿Es que vamos a dejar que el humor tipo Jorge Cremades nos invada a estas alturas?). Pero bueno, esto es solo un pequeño reproche a una película que por lo general da en la diana, y que habría sido aun mejor si hubiera aprovechado esos momentos para cambiar las reglas del juego y ser verdaderamente revolucionaria en todo.

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Aunque técnicamente forme parte del universo mutante de Marvel, al que hace referencia constantemente (para dinamitarlo), Deadpool crea su propia parcela de ficción muy alejada del tono de las películas de X-Men, una realidad alternativa inmersa de lleno en la parodia y el disparate, y poblada por personajes que, tal y como están escritos, solo tendrían cabida aquí (Vanessa, Comadreja y Al son secundarios fantásticos con los que Wade funciona a las mil maravillas). Para mantener esa conexión con la Patrulla-X, la película se trae a Coloso (redibujado con mucha gracia como un gigante bonachón y caballeroso que, por cierto, hace que el gag de “language!” de Steve Rogers funcione mucho mejor con él) e introduce a la adolescente “con la edad del pavo” Negasonic Teenage Warhead, dos mutantes con los que Wilson tiene una química excelente y que además le permiten dar rienda suelta al afán meta de la película, no dejando títere con cabeza (da igual que sea de la familia): “¿Por qué parece que sois los dos únicos mutantes que hay en la Escuela? Es como si no hubiera presupuesto para otros X-Men”, o este genialísimo diálogo: Coloso: “Te llevaré a ver al Profesor Xavier” Deadpool: “¿McAvoy o Stewart? Es que las líneas temporales son confusas”. Son solo dos ejemplos de la insolencia con la que la película se ríe de todo, haciendo cómplice al espectador de la broma.

Deadpool no se ha encontrado con apenas restricciones de ningún tipo, y esta libertad creativa ha dado como resultado una película que se zambulle felizmente en el exceso (mira que puede llegar a ser bestia y cerda, para nuestro deleite) poniendo Marvel patas arriba. Desde sus espectacularmente sangrientas secuencias y coreografías de acción, a sus escenas más picantes (inolvidable el recorrido sexual por las fiestas más señaladas del año), pasando por su romanticismo corrosivo (que gran elección de casting Morena Baccarin) y su juego de saltos temporales, la película (se) divierte enormemente desmontando las normas del cine de superhéroes con toneladas de actitud, desparpajo y provocación. Pero a la hora de la verdad, Deadpool es como su protagonista. Si bien Wade Wilson no se considera como uno de sus contemporáneos enmascarados, son “cuatro o cinco momentos” decisivos los que lo convierten en un héroe (aunque él se empeñe en refutar esa teoría). De la misma manera, aunque Deadpool no parezca la típica cinta de superhéroes (su rostro también está desfigurado y su brújula moral averiada), son cuatro o cinco aspectos los que desvelan su verdadera naturaleza como tal. Lo que la diferencia de las demás películas de Marvel es una pequeña R mayúscula, que ha llevado su espíritu gamberro hasta las últimas consecuencias, ayudándole a inaugurar el 2016 comiquero por todo lo alto y de paso marcar un punto de inflexión en el cine de superhéroes actual.

Valoración: ★★★★

Expediente X: “Scully, we’re home”

Mulder y Scully Home Again

El cuarto capítulo de la miniserie de Expediente X es en realidad el segundo en orden de producción, y se nota. “Home Again” (10.04) sirve como introducción al tema del hijo dado en adopción de Mulder y Scully, un conflicto interno del que Fox aun no forma parte en este capítulo, y que encontraba algo parecido a un clímax o una resolución en “Founder’s Mutation” (10.02). No es que sea difícil de entender, pero sí resulta algo incoherente con el arco de personajes de la mini-temporada. En “Home Again” (que, contrario a lo que muchos pensábamos, no es una secuela de “Home”, aunque comparten guionista), Scully recibe una llamada del hospital informándole de que su madre (Sheila Larken retomando el personaje) está muy enferma y le queda poco tiempo, lo que la lleva a abandonar la presente investigación junto a Mulder para estar con ella. Su visita al hospital destapa viejas heridas, en concreto la de William, el hijo de Mulder y Scully.

Este capítulo proporciona a Gillian Anderson una oportunidad para salir del adormecimiento con el que se estaba aproximando a su personaje en esta nueva temporada. El recuerdo de William, que la atormenta en forma de visiones, le hace plantearse si ella y Mulder hicieron bien en “abandonar” a su hijo. En uno de muchos guiños al episodio clásico “Beyond the Sea” (1.13), Mulder aparece en el hospital para apoyar a Scully en su sufrimiento. Esto resulta en una escena catártica en la que Anderson descarga todo su arsenal interpretativo (mientras Duchovny sigue bastante impasible, todo hay que decirlo), derrumbándose abrazada a Mulder. Esta escena incluye un detalle precioso que los seguidores de la serie recibimos con especial emoción: una mirada de Anderson a cámara, leve ruptura de la cuarta pared con la que el personaje busca refugio más allá de los brazos de su compañero, concretamente en los de la audiencia, que también conoce su trayectoria personal y ha formado parte de su dolor en el capítulo. Y es que Scully sabe que, como Mulder, nosotros también estaremos siempre ahí cuando haga falta.

“Home Again” es otro episodio cargado de guiños al pasado, concretamente a otros capítulos escritos y/o dirigidos por quien se encarga de él, Glen Morgan. Al igual que con su hermano pequeño Darin Morgan en “Mulder & Scully Meet the Were-Monster“, Chris Carter cede las riendas a uno de los guionistas más importantes de la serie para que este continúe tejiendo su propia narrativa dentro de la macro-historia de la serie. Morgan vuelve a introducir los motivos clásicos de la serie, como el “I want to believe“, pronunciado esta vez por Scully en un contexto alejado de la conspiración extraterrestre, y a punto de ser desvirtuado (si no lo está ya) por la insistencia de la serie en recordánoslo en todos los capítulos (en serio, basta ya, está perdiendo su gracia y su significado de tanto repetirlo), pero sobre todo se encarga de trazar una serie de paralelismos (visuales y temáticos) entre este y otros capítulos de su cosecha. Ya hemos mencionado “Beyond the Sea”, con el que “Home Again” establece un diálogo en forma de planos reconstruidos casi al milímetro: Cuando Mulder acaricia el rostro de Scully al llegar al hospital, la preciosa frase “Necesito trabajar” que Dana pronuncia esta vez destrozada, el conmovedor abrazo a Mulder, el plano en el que Scully se aleja de espaldas y Mulder la observa o la preciosa conversación al final, que aquí tiene lugar de forma muy significativa junto al mar (para ver las comparativas entre planos visitad los siguientes enlaces: 1, 2, 3).

Mulder Scully Home Again

Este capítulo también establece un puente hacia uno de los episodios más míticos (y polémicos) de la serie, “Home” (4.02), que dejó traumatizados a la mitad de los niños (y gran parte de los adultos) de los 90 -y del que este capítulo no es una secuela oficial, como hemos dicho, pero sí una continuación en espíritu. Sin llegar a sus niveles de oscuridad y truculencia, “Home Again” recupera el gusto de Expediente X por lo macabro y, directamente, lo asqueroso. En esta ocasión nos enfrentamos al Hombre de la Tirita, una creación repulsiva a base de carne putrefacta rodeada de moscas (diría que hasta se puede oler a través de la pantalla) y sí, una repugnante tirita en la nariz que deja tirada en sus escenas del crimen. Con la historia de esta nueva criatura sobrenatural, Morgan realiza el capítulo más clásico de todos los que hemos visto del revival, una regresión completa a la época dorada de Expediente X. “Home Again” devuelve el terror a la serie, con uno de esos “Monster of the Week” por antonomasia que incluye un caso episódico con bien de sangre (aquí incluso más gore que en la serie original) y espacios oscuros iluminados por las linternas de Mulder y Scully (que por supuesto se cruzan en un plano para formar una “X” para nuestro deleite), lo que nos hace sentir una vez más como si estuviéramos viendo la tele en 1996.

En “Home Again” Morgan también replica planos y momentos icónicos de “Home”, de los que destaca otra escena de violencia en la oscuridad al ritmo de una canción alegre. Como antaño, el contraste entre la imaginería grotesca y la música optimista (en esta ocasión “Downtown” de Petula Clark) proporcionan un momento de humor negro muy Expediente X. Con todos estos paralelismos y homenajes, “Home Again” continúa la tarea del revival de traernos el pasado al presente, haciendo que sus personajes se planteen cómo han cambiado en este tiempo (si es que lo han hecho; no en vano Scully se enorgullece de ser “old school”, como la propia serie). Lo dice el propio Mulder, linterna en mano, en uno de los momentos más meta del capítulo: “Scully, ‘back in the day’ is now“. Efectivamente, ver estos nuevos capítulos de Expediente X es lo más parecido a estar suspendido en el tiempo durante 45 minutos hace 20 años. Es una sensación a ratos reconfortante, cálida, a veces melancólica, pero sobre todo desorientadora y extraña. Es decir, todo lo que Expediente X debe ser.

Crítica: Zoolander 2

ZOOLANDER 2

Cuando Zoolander se estrenó en Norteamérica en 2001, no tuvo una acogida especialmente cálida. La película llegaba a los cines poco más de dos semanas después de los atentados del 11-S, y Estados Unidos aun no se había recuperado, todavía no tenía ganas de reírse. Zoolander no hizo mucha gracia en su momento, pero tuvo una segunda vida muy fructífera en DVD y televisión, convirtiéndose en una comedia de culto. Su sátira de la moda y sus personajes rematadamente estúpidos y ensimismados tardaron un poco en conectar con el público, pero cuando lo hicieron, se convirtieron en iconos, y la película una mina de chorradas, chistes absurdos y momentos quotable para la posteridad. Y entonces llegó la secuela… 15 años después.

Zoolander 2 es la continuación tardía de las surrealistas aventuras de los supermodelos Derek Zoolander (Ben Stiller) y Hansel (Owen Wilson), una película que toma todo lo que hizo especial a la primera, y lo reproduce sin su frescura y sin la puntería con la que satirizaba el mundo de la moda de alta costura en los 90. En esta década y media, los tiempos han cambiado y Ben Stiller (junto a sus tres co-guionistas, Justin Theroux, Nicholas Stoller y John Hamburg) insisten en desmitificar y ridiculizar (¿o no?) esa realidad alternativa de la high-fashion, que se ha bastado sola en la última década para convertirse en una autoparodia, haciendo innecesaria y redundante cualquier tipo de crítica hacia ella (por eso decía que, a ratos, no parece una sátira, sino simplemente una oportunidad para hacer publicidad y autobombo).

ZOOLANDER NO. 2

La premisa de Zoolander 2 es la siguiente: las superestrellas del mundo están siendo asesinadas una a una. Justo antes de morir, publican un selfie en Instagram reproduciendo la “mirada de acero azul” de Derek Zoolander. Esto lleva a la Interpol a sacar a Derek y a Hansel de sus respectivos retiros espirituales, para que acepten la misión de ayudar a la agente Valentina (Penélope Cruz) a resolver el caso en Roma. Cuando los dos ex-supermodelos regresan a la civilización, comprueban que el mundo ya no es el mismo que los vio subirse a la cresta de la ola. Su sensibilidad 90s choca con las tendencias actuales (los móviles tipo concha ahora se consideran minúsculos, por ejemplo), la alta costura ha sido invadida por influencers y hipsters, el género fluido ha dado el salto definitivo a la pasarela (Benedict Cumberbatch como el/la modelo superestrella All) y las redes sociales dictaminan las reglas de la fama. Stiller emplea estas ideas para realizar una crítica al narcisismo y la tontería del siglo XXI, pero fracasa por dos razones principales: no es del todo sincera, y ya se ha hecho hasta la saciedad.

Por otro lado, el elemento de acción y espionaje era uno de los aspectos más débiles de la película original, y aquí se eleva al cubo, cuando sigue sin funcionar. El problema de realizar una parodia de James Bond o similares es que, si no se hace con un mínimo de ocurrencia e inteligencia, puede acabar resultando en una película mecánica y hastiada. Y eso es exactamente lo que le pasa a Zoolander 2, que pretende divertir con su trama de misterio y conspiración, pero lo único que consigue es que su desarrollo resulte predecible y la espera hasta el siguiente paso de la historia se haga muy pesada. Es decir, el mayor crimen de Zoolander 2 es que, por momentos, llega a ser muy aburrida.

Y no, ni los cameos la salvan. Porque es cierto que una de las cosas que hacen que Zoolander 2 sea más llevadera es la expectación por ver quién será el siguiente famoso que aparecerá por la pantalla diciendo o haciendo alguna sandez. Pero ni los cameos ni los continuos guiños a la película original (que no van mucho más allá de la mera reproducción de frases famosas) constituyen comedia por sí solos. Es decir, que no basta con arrojar al espectador un montón de apariciones estelares (y no tan estelares) y referencias nostálgicas, sino que también hay que currarse un mínimo el guion. Mientras algunos invitados dan la talla (no los mencionaré para guardar el elemento de sorpresa), otros son muy desaprovechados o dan lugar a gags bastante poco inspirados (lo de Justin Bieber, que protagoniza el prólogo, es lo más fácil que se podía hacer, y de hecho ya se había hecho en una serie, C.S.I.). En definitiva, poca originalidad y mucha desgana.

ZOOLANDER No. 2

Zoolander 2 tiene sus momentos (la relación de Hansel con su orgía es un punto, Kristen Wiig divierte, aunque sea un chiste reiterativo andante, Will Ferrell no decepciona, y el clímax afortunadamente sube el listón), pero en general se trata de una película fallida a la que le cuesta encontrar su ritmo y deja caer sus (flojísimos) chistes a destiempo. Vamos a pasar por alto sus incursiones en el humor ofensivo y machista, porque lo identificamos como una provocación muy intencionada, incluso inocua (el problema no es que sea ofensiva, es que no sabe ser ofensiva con gracia). Pero no podemos ignorar el hecho de que Stiller y compañía han realizado una secuela muy desatinada, un refrito sin gracia que llega tarde a la broma y no es capaz de ponerse al día con los tiempos (lo que pasó hace poco con Dos tontos todavía más tontos). No le pedíamos demasiado, porque sabemos el tipo de comedia que nos propone (y nos gusta), pero no habría estado mal un poco más de ingenio y esfuerzo para evitar caer en las redes de la desidia. Nos lo han puesto a huevo: Zoolander 2 es una película pasada de moda.

Valoración: ★★

Crítica: Carol

Rooney Mara Therese

Todd Haynes se ha especializado en historias sobre mujeres en la Norteamérica de la primera mitad del siglo XX. En Lejos del cielo nos contó cómo la vida y el matrimonio de un ama de casa de los 50, Cathy Whitaker (Julianne Moore), se desmoronaba a su alrededor, en un entorno de crecientes tensiones sociales, y en la magnífica miniserie de HBO Mildred Pierce siguió las vicisitudes de una mujer divorciada (Kate Winslet) que trataba de abrirse camino por sí sola en el negocio de la restauración. Con su nuevo film, Carol, Haynes regresa a la década de los 50, la que le ha proporcionado tanto material para dar rienda suelta a su formidable sensibilidad como autor. En esta ocasión se centra en la relación de dos mujeres muy distintas, Therese Belivet (Rooney Mara), una muchacha de veinte años que trabaja en unos grandes almacenes, y Carol Aird (Cate Blanchett), una elegante y adinerada mujer que desea escapar de un matrimonio que ella dio por terminado hace tiempo (no así su marido). Carol incide en algunos de los temas que Haynes ha tratado en obras anteriores (principalmente la liberación de la mujer del yugo del hombre y la sociedad), pero es, por encima de todo, una preciosa historia de amor.

Un amor imposible entre dos mujeres que derriba barreras y sortea innumerables obstáculos para seguir adelante. Haynes relata con suma exquisitez los avatares de Carol y Therese, obligadas en primer lugar a ocultar su relación en una época en la que apenas se concebía algo así, y más tarde, cuando esta sale a la luz, a enfrentarse a las represalias en forma de diagnósticos de perversión o luchas por la custodia del hijo de Carol (cuya capacidad como madre es puesta en entredicho desde que se descubre una infidelidad con su mejor amiga Abby – Sarah Paulson). Ambas mujeres tratan de escapar de sus vidas, apoyándose la una en la otra, plantando cara a la ignorancia y el carácter posesivo de los hombres, particularmente los dos (excelentemente interpretados por Kyle ChandlerJake Lacy) que se niegan a aflojar la correa, porque sus dañados egos masculinos les impiden ver que una mujer no quiera llevar la vida supuestamente perfecta que la sociedad le ha impuesto. La lucha de Carol y Therese es una de dolor y sacrificio, pero también de pasión y refugio, una aventura de la que sacamos en claro la idea de que el amor es la decisión más importante en la vida de una persona, y que no renunciar a la naturaleza propia y aceptarlo, venga en la forma que venga, es la clave para ser libres.

Cate Blanchett Carol

Nada de esto tendría el peso tan grande que tiene en la película de no ser por las arrebatadoras interpretaciones de Blanchett y Mara. La primera mitad de Carol se centra en el inicio de su romance, y lo hace de forma pausada, con una sutilidad quebradiza, haciendo cómplices a los espectadores de esa emocionante primera etapa de descubrimiento, excitación y nudos en el estómago, sensaciones magnificadas por el carácter furtivo del enamoramiento. El trabajo de estas dos actrices es simplemente fascinante, sublime, un auténtico recital de miradas y gestos de pasmosa elocuencia e intensidad que se mantiene hasta el final, cuando la relación ya ha avanzado e, inevitablemente, debe atravesar su gran prueba de fuego. El amor entre Carol y Therese es real, se puede ver, como también se puede sentir el poderoso deseo que hay entre ellas, desde el primer momento en el que cada una posa su mirada en la otra. Blanchett da vida a una mujer sofisticada y muy versada en lo social, una criatura bellísima, de imponente presencia, profundamente sensual y seductora. Su magnética interpretación es más afectada que la de Mara, que aquí incluso se pone por encima de la infalible Blanchett, construyendo un personaje irresistible que fluctúa entre la inocencia más encantadora y la temeridad aventurera, la de una adolescente que dice “sí a todo” y desea amar sin importarle nada ni nadie más. Juntas encienden la pantalla, entregándose por completo a la relación (con tintes maternales por parte de Carol, por cierto) y llevando a cabo un virtuoso trabajo de matices que nos invita a buscarlas en cada ademán, caricia y lágrima contenida o derramada.

Carol es una obra de un tremendo detallismo, tanto a la hora de observar y caracterizar a sus protagonistas (a las que llegamos a conocer a fondo, a pesar de que ni ellas mismas se conocen), como en la puesta en escena. Haynes retrata a sus actrices a través de cristales, encuadra su tristeza y anhelo dentro de ventanas y puertas que resaltan la melancolía que envuelve a la película. A su alrededor, la década de los 50 y el Hollywood dorado cobran vida con una labor de diseño y atrezo impecable: los diners, los moteles, los muebles, el vestuario, los automóviles, los tocadiscos… todo está dispuesto escrupulosamente para evocar el pasado y cubrirlo en un aire etéreo de lirismo y misterio. La fotografía de Edward Lachman (que es demasiado oscura y a veces dificulta la tarea de adentrarse en la película, todo hay que decirlo), y la hermosa partitura del infravalorado Carter Burwell, contribuyen a acrecentar esa sensación de intriga y nos recuerdan que esto es una historia de Patricia Highsmith, en cuya novela homónima se basa la película.

A pesar de que las protagonistas son dos mujeres, el de Carol no dista mucho de otros grandes relatos románticos del cine. Y esto es lo que hace que la película sea tan excepcional. Como Ang Lee con Brokeback Mountain antes que él, y más recientemente Tom Hooper con La chica danesa, Haynes ha usado la plataforma mayoritaria que proporciona Hollywood (los Weinstein concretamente) para contar una historia que avanza la causa LGTBQ. Y lo ha hecho realizando una película de una enorme fuerza y belleza, una obra íntima y erótica, que navega constantemente en la tristeza para dejarnos con un mensaje de esperanza y autoafirmación, y que responde, por encima de todo, al modelo clásico del gran romance cinematográfico americano. El que no busca un público concreto, sino que está hecho para todos.

Valoración: ★★★★½

Crítica: El renacido (The Revenant)

Leonardo DiCaprio El renacido

Lo habréis leído ya muchas veces. Probablemente demasiadas. El rodaje de El renacido (The Revenant) fue un calvario y Leonardo DiCaprio las pasó canutas haciendo la película. En serio, muy, muy canutas. La culpa se puede atribuir a su director, Alejandro González Iñárritu (Birdman), que filmó la película nada más y nada menos que en nueve meses (el triple de lo habitual), de forma cronológica y en localizaciones remotas castigadas por las inclemencias del tiempo. La idea era plasmar la América salvaje de la forma más realista posible, y para ello, él y su director de fotografía, Emmanuel Lubezki, buscaron los lugares más fríos y rodaron siempre aprovechando la luz natural, lo que reducía considerablemente las horas de grabación al día. Tan duro fue el rodaje, que su “leyenda” prácticamente ha entrado a formar de la campaña publicitaria de la película, con la intención de potenciar su intensidad dramática y favorecer la experiencia inmersiva del espectador (al estilo de Gravity, con la que por cierto guarda más de un parecido), algo que logra sin duda.

La (sencilla) historia de El renacido está inspirada en hechos reales, pero Iñárritu se toma unas cuantas licencias con la misma intención: buscar la experiencia más intensa y catártica posible. La película gira en torno a Hugh Glass (DiCaprio), un trampero de la Frontera estadounidense que, tras escapar de un sangriento combate con los indios en 1823, es atacado salvajemente por un oso grizzly y abandonado en la montaña por su compañero de expedición, John Fitzgerald (Tom Hardy), que asegura al resto que ha muerto. Aferrándose a su vida a duras penas y sin poder hablar, ya que el oso le ha rebanado parte del cuello, Glass hará todo lo posible (cauterizar sus propias heridas,  destripar un caballo y usarlo como saco de dormir) para regresar al fuerte y vengarse de John. Esa sería la parte basada en la realidad. Después, Iñárritu incorpora un hijo de raza india fruto de una relación con una nativa, lo que permite al director añadir más leña al fuego de la venganza y elevar el contenido espiritual de la película, con imágenes poéticas y oníricas en un arrebato de Terrence Malick (con el que, no en vano, comparte a Lubekzi) que nos dan en las narices con metáforas sobre la paternidad, el amor y la injusticia racial. Por si las penalidades de Glass en la montaña no fueran suficientes para conmover al respetable.

Y este es el principal problema de El renacido, que en cada uno de sus (impresionantes) planos podemos ver bien clara la huella de su director, cuando lo ideal en una película de estas características, cruda, naturalista, pretérita, sería contar con una cámara más invisible y un autor menos omnipresente. Pero los delirios de grandeza de Iñárritu son demasiado inexorables como para que el mexicano se sacrifique y pase a segundo plano para favorecer la historia. El renacido es un trabajo incontestablemente brillante a nivel técnico y artístico, sus increíbles panorámicas, sus preciosas imágenes de paisajes y sus deslumbrantes planos bañados en luz, acompañados del muy visceral y minimalista score de Ryuichi Sakamoto, garantizan una experiencia espectatorial satisfactoria. Sin embargo, la tendencia al exhibicionismo de Iñárritu, más preocupado de la técnica que de dotar al film de alma, le resta impacto y realismo. Se podía haber ahorrado por ejemplo esos innecesarios planos secuencia de la batalla inicial contra los indios, cuya perfecta escenificación no tiene un verdadero valor narrativo, sino que solo sirve para dar pábulo a la propensión fardona y pretenciosa de Iñárritu, y acentuar la simulación en detrimento del verismo.

The Revenant

Aun con todo, El renacido logra su propósito de atrapar al espectador en el relato gracias principalmente al trabajo de DiCaprio, que lleva a cabo un apabullante ejercicio de resistencia, completamente entregado a su personaje y al reto que le impone Iñárritu (muy dado a torturar a sus personajes en pos del espectáculo). El actor nos hace partícipes de la lucha del hombre contra la naturaleza y el deseo de venganza y clausura de su personaje, sin apenas pronunciar diez líneas de diálogo en toda la película. Sentimos el frío que cala en los huesos, las heridas abiertas que restan fuerzas, la mugre que araña, el agotamiento, la desesperación, la muerte que acecha al personaje amenazando con frustrar su cometido. Iñárritu le prepara un camino lleno de vicisitudes y trampas mortíferas. La sobrecogedora y virtuosa secuencia del ataque del oso (la más comentada de la película, y con razón) ya forma parte de la historia del cine, por su fuerza, su crudeza y realismo, y por el excelente uso de la animación generada por ordenador. Pero en el anverso de la moneda nos encontramos un metraje excesivamente estirado, con secuencias que desafían fuertemente nuestra suspensión de la incredulidad, como el “viaje” río abajo de Glass, y sobre todo la escena en la que cae por un barranco a lomos de su caballo y aterriza en un árbol (algo más propio de una de dibujos que de una película como esta). En definitiva, dos momentos en los que Glass debería haber muerto pero sobrevive milagrosamente, y que ponen en peligro el pacto de la ficción.

Sería injusto e incierto decir que El renacido no es una obra cinematográfica destacable. Como decía, sus imágenes son de una belleza absoluta, sus actores lo dan todo (Hardy está sublime y atención a Will Poulter, que nos va a sorprender), y cuando su director no está empeñado en impresionarnos con su pericia técnica o conmovernos a la fuerza con sus poco sutiles ínfulas de espiritualidad mística, puede llegar a ser una aventura muy intensa y gratificante. Una pena que Iñárritu no haya sabido dejar que los elementos en juego actúen con libertad y la innegable fuerza de El renacido quede mermada por su manía pedante de ponerse a sí mismo por encima de todo lo demás.

Valoración: ★★★