Crítica: 45 años

Charlotte Rampling 45 años

Andrew Haigh nos relató una historia de amor plena a lo largo de un fin de semana en la aclamada Weekend, donde lo efímero se volvía trascendental y el presente era el único futuro que existía. En su nueva película, el director británico vuelve a contener un relato digno de varias décadas, esta vez literalmente, en un corto periodo de tiempo. 45 años en una semana. Cuarenta y cinco años de historia, de amor y convivencia, puestos en la cuerda floja por un pasado escondido en la buhardilla.

Kate y Geoff Mercer están inmersos en los preparativos para celebrar su 45º aniversario de boda. Sus amigos se preguntan por qué conmemorar ese número, y ellos lo explican: una enfermedad les impidió celebrar los 40, y no quieren esperar hasta los 50. La convivencia del matrimonio es apacible y el cariño prevalece después de todos estos años, pero es como si supieran que una nube se ha posado sobre su casa y podría estallar en tormenta en cualquier momento. Todo cambia cuando Geoff recibe una carta en la que se le comunica que han descubierto el cuerpo de su primer amor congelado en un glaciar de los Alpes suizos.

Entonces Geoff se encierra en sí mismo, en la melancolía y la tristeza del “y si…”, rememorando a la que iba a ser la mujer de su vida, sin reparar demasiado en la mujer que (en teoría) acabó 45 añossiéndolo. Kate continúa con los preparativos de la fiesta mientras observa cómo su marido se va distanciando de ella, cómo se escabulle en mitad de la noche para visitar ese pasado truncado que lleva oculto en el desván esos 45 años sin que ella lo supiera. Los celos se empiezan a apoderar de ella, celos de una mujer que murió hace más de cuatro décadas, pero que Geoff había mantenido con vida a espaldas de su esposa. La fiesta sigue adelante, pero Kate ya no sabe si hay algo que celebrar.

Escrita por el propio Haigh basándose en un relato de David Constantine titulado In Another Country45 años es uno de esos dramas de intensidad contenida que afectan profundamente casi sin que uno se dé cuenta. Una película que araña la piel lenta y suavemente, dejando una herida abierta de la que uno empieza a ser consciente cuando todo ha acabado. Haigh evita la afectación y opta por una calma tensa que domina todo el film, permitiendo que el profundo dramatismo de la historia se desenvuelva en los pequeños detalles, los silencios y las miradas. Esto es posible gracias al portentoso trabajo de Tom Courtenay y, especialmente, Charlotte Rampling, que ofrece un conmovedor recital interpretativo en el que transmite con maestría la profunda vulnerabilidad, desconfianza y soledad de su personaje. Será difícil olvidar la sobrecogedora mirada final de la actriz, un plano que lo dice todo y se queda con nosotros mucho tiempo después de que la película haya terminado.

La sutilidad narrativa con la que el director indaga en las relaciones longevas y nos cuenta cómo esos 45 años se derrumban sobre Kate y Geoff es digna de elogio, un trabajo reflexivo de suma elegancia con el que Haigh se confirma como uno de los cineastas británicos más destacados de la actualidad.

Valoración: ★★★★

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