Crítica: La novia

Inma Cuesta la novia

Texto escrito por David Lastra

Acercar la obra de Federico García Lorca al mundo cinematográfico es una osadía que pocos se han atrevido a llevar a cabo. Este recelo previo viene justificado en mayor parte por el miedo a no saber captar el duende del original. Tarea en la que han fracasado la mayor parte de las adaptaciones que se han realizado hasta el momento. Salvemos de la quema la digna Bodas de sangre de Carlos Saura y el duelo interpretativo de Ana Belén e Irene Gutiérrez-Caba en La casa de Bernarda Alba de Mario Camus, no hagamos el favor de recordar la fallida Yerma de Pilar Távora, ni mucho menos la mayor parte de los biopics sobre la figura del autor, como es el caso de Muerte en Granada. ¿Acaso los dramas lorquianos no están hechos para el cine? Para nada, sus diálogos cortantes son carne de celuloide, si bien su poderío visual y poético hace necesario un elenco artístico y técnico que no solo comprenda lo expresado en el texto, sino que beba los vientos por el original. Esa condición necesaria se cumple con creces en La novia, adaptación de Bodas de sangre de la mano de Paula Ortiz (De tu ventana a la mía). Hace ochenta años, Lorca quería que reticente la novia se levantase de su cama la mañana de la boda, Ortiz no solo lo ha conseguido, sino que ha hecho que los ríos del mundo lleven su corona.

Como buenos invitados a un acontecimiento de estas características, nos acercamos a la boda la noche antes. Conocemos a las muchachas que prepararán a la novia, al desvivido padre de la novia, a la reticente suegra y al perfecto y enamorado novio. A través de pequeñas conversaciones y alcahueteos, nos enteramos que la novia tuvo un romance de juventud con Leonardo, efebo que tuvo que poner tierra(s) de por medio ante una reyerta navajera entre su familia y la de la novia. Aunque esa relación terminó años ha y la novia quiere a su pareja actual, la presencia fantasmal de su antiguo amante le sigue rondando y se hace física el día de la boda. Ante Leonardo, el corazón de la novia se agranda y se dilata, al igual que su vagina. La fuga está cantada, el derramamiento de sangre es inminente. Dos bandos. Tú con el tuyo y yo con el mío.

Junto a Javier García, Paula Ortiz adapta de manera inteligente el texto de Lorca, traduciéndolo al lenguaje cinematográfico sin perder el citado duende. Ortiz sabe jugar con las situaciones originales dramáticas, cambiando el orden a su antojo, creando con ello un nuevo producto artístico con entidad propia, sin caer en ningún momento en la traición o la herejía. La directora sabe manejarse entre los dos mundos que confluyen en la historia: el real (la preparación y desarrollo del casamiento) y el onírico (las dudas de la novia La novia cartelmaterializadas en la presencia de la mismísima Muerte como mendiga). Gracias a ello, logra una película humana, más allá de un mero texto fílmico. Todo en La novia es poesía y belleza, pero de la de Lorca: la visceral. La más pura. Desde los bailes de la boda hasta el duelo, pasando por los caballos desbocados, el reptar de la novia por el desierto o la omnipresente Luna.

Pero si alguien merece una mención especial en La novia, esa es Inma Cuesta. Ella ha nacido para interpretar a la protagonista de esta tragedia, y Lorca estaría más que satisfecho ante su trabajo. La actriz muta en la novia, sabiendo mostrarnos a la perfección su desazón ante la decisión que está a punto de tomar y cuando decide dejarse llevar por ese río oscuro llamado Leonardo. Es imposible imaginar a otra mujer en ese papel. Este ha sido un año de excelentes interpretaciones femeninas, pero Inma Cuesta nos saca de dudas ya desde su primera aparición, con su ofrenda de sacrificio ante la madre del novio. Es por ello que Laia Costa (Victoria) tendrá que esperar para conseguir su primer Goya.

La novia es una mujer con un rostro bello (poderosa Inma Cuesta), un cuerpo portentoso (una labor por parte del reparto excelente, destacando Luisa Gavasa, que ofrece uno de los recitales interpretativos del año como la madre del novio, y Leticia Dolera, como la frágil mujer de Leonardo), con un vestido espectacular (Migue Amodeo a la fotografía y Shigeru Umebayashi, hombre detrás de las partituras de In the Mood for Love, 2046 y Un hombre soltero, a cargo de la música) y con todo el duende de la obra de Federico García Lorca.

Valoración: ★★★★½

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