Crítica: Techo y comida

Natalia de Molina

Texto escrito por David Lastra

Desde 1978, la Constitución Española recoge los derechos y deberes fundamentales de los ciudadanos. Entre sus artículos, esa norma suprema recoge y protege aspectos como el deber de trabajar y el derecho al trabajo (Art. 35) o el derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada (Art. 47), garantizando de igual manera la promoción de condiciones favorables para el progreso social y económico (Art. 40), así como la asistencia y prestaciones sociales ante situaciones de necesidad (Art. 41), promoviendo de igual manera la participación libre y eficaz de la juventud en el desarrollo político, social, económico y cultural (Art. 48). A mediados de la segunda década del siglo XXI, parece más probable que nos rescaten desde el otro lado del universo o que los gusanos de arena Dune devoren a todos los manchegos a que los citados artículos se lleven a cabo. La crisis económica sigue haciendo mella y mientras Hollywood sigue centrándose en destripar los tejemanejes de las razones del desastre, el cine europeo prefiere fijar su objetivo en las víctimas. Si el año pasado, los hermanos Dardenne nos hicieron sufrir con Marion Cotillard en Dos días, una noche, este año Juan Miguel del Castillo debuta en largo con Techo y comida, de la mano de una de las grandes esperanzas blancas del cine español, Natalia de Molina (Goya mejor actriz revelación por Vivir es fácil con los ojos cerrados).

El símil del anterior párrafo con el film de los Dardenne no es para nada casual. Además de por tratar dos historias de corte social, tanto la cinta belga como la española salen a flote gracias a la labor de sus dos actrices protagonistas. Tanto Cotillard como De Molina son la razón por la que sus películas funcionan y, lo que es más importante, emocionan. Su capacidad para empatizar con el espectador es innegable, siendo merecidos los galardones que tanto una como otra han estado recibiendo por sus papeles. Una candidatura al Oscar para la francesa, una Biznaga de Plata y una nominación para los Feroz para la de Linares.

cartel-techo-y-comida-2-379La protagonista de Techo y comida vive en Jerez de la Frontera, y por si esa fuese poca condena, Rocío no tiene trabajo alguno con el que satisfacer sus necesidades económicas, ni la manutención de su hijo de ocho años. Sin haber cumplido todavía los treinta, su día a día se reduce a la entrega de curriculums, entrevistas de trabajo que nunca se realizan, ir a buscar a su hijo al colegio, robar en el supermercado y sortear al empleado del juzgado que le intenta entregar una citación por impago del alquiler. Ante semejante drama, Rocío no sabe cómo reaccionar. No tiene la cabeza sobre los hombros, ni la sangre fría de esa especie de Juana de Arco que era Sandra en Dos días, una noche. Culpen a la falta de educación o a lo que sea, pero Rocío es un completo desastre y siente vergüenza por ello. Por esa razón, nos desquicia pero de igual manera hace que nos identifiquemos mucho más fácilmente con ella. No todos tenemos la fuerza de voluntad y ovarios de la heroína de los Dardenne.

Techo y comida funciona notablemente como retrato verídico y social de la juventud española que sortea o se encuentra hundida en el umbral de la pobreza. Su único crimen son los momentos en que intenta ponerse demasiado intensa. Cuando abandona la agobiante cotidianeidad e intenta crear una escena de alto contenido emocional (el partido de España), es cuando sus costuras quedan al descubierto, perjudicando el resultado global de la película.

Qué difícil es ser joven en la España de hoy en día… aunque también es una putada ser mayor… y de la mal llamada Tercera Edad mejor no hablamos… aunque tampoco era fácil hace treinta años… y hace cuarenta ni te cuento…

Valoración: ★★★½

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