Crítica: Langosta

Lobster

Langosta es la primera película en inglés del griego Yorgos Lanthimos, que saltó a la primera plana del cine europeo en 2009 con una de las mayores excentricidades fílmicas que se recuerdan en muchos años, Canino (Kynodontas), su segundo largometraje. Canino es una experiencia difícilmente olvidable, una marcianada que puede convencer más o menos, pero que nunca dejará indiferente, provocando siempre una opinión al respecto. Tres años después, Lanthimos quiso repetir la jugada con Alps, y aunque seguía conservando la capacidad para desconcertar y provocar, la película no era más que un refrito de Canino. Algunos temimos entonces que el realizador no tuviera más trucos debajo de la manga (lo que le pasó, en un ámbito distinto, a Richard Kelly tras Donnie Darko), pero Langosta nos devuelve la esperanza en él.

A primera vista, la película puede parecer el mismo perro con distinto collar, pero en ella nos reecontramos con un Lanthimos que, sin dejar de hacer hincapié en su idiosincrásico estilo y volviendo a emplear las mismas herramientas narrativas, se ha empleado en hacer su cine relativamente más accesible. En Langosta, Lanthimos ha encontrado la manera de contar una historia en la que sabemos mejor lo que está ocurriendo que en sus anteriores películas, donde el mensaje está claro desde el principio y no se nos oculta información (todo lo contrario, se nos explica con todo lujo de detalle). Langosta no es un puzle en blanco cuyas piezas hemos de juntar para ordenar el relato en nuestra cabeza y hacer conjeturas, como ocurría en Canino Alps, sino una fábula futurista en la que ya no es tanto qué está pasando sino qué significa lo que está pasando.

Estamos ante una historia de amor y ciencia ficción conceptual dividida en dos actos (el primero mejor que el segundo) y ambientada en un futuro distópico cercano. En él, los solteros son detenidos y trasladados a El Hotel, donde, según el reglamento oficial de La Ciudad, deberán encontrar pareja en un plazo máximo de cuarenta y cinco días, tras los cuales, si no han tenido suerte, son transformados en un animal de su elección y soltados en El Bosque. Uno de esos solteros, David (Colin Farrell), sigue las normas de El Hotel e intenta por todos los medios encontrar una pareja, pero acaba escapando de allí para adentrarse en El Bosque, donde habitan Los Solitarios, un grupo de solteros “salvajes” que viven bajo sus propias leyes y tienen terminantemente prohibido emparejarse. Allí, David desafía las reglas y pone en peligro su vida al enamorarse de una mujer (Rachel Weisz).

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Como veis, Lanthimos no ha querido que la idea se le escape a nadie. Langosta es una punzante sátira sobre las relaciones, la presión que la sociedad (y en consecuencia uno mismo) ejerce sobre el individuo para que encuentre pareja y lo que este está dispuesto a hacer para conseguir y conservar a alguien con quien compartir la vida (el mayor miedo del ser humano después de la muerte es la soledad). El guion, escrito por Lanthimos junto a su colaborador habitual Efthymis Filippou, disecciona con ojo clínico la vida en pareja y la soltería, dejándonos brillantes observaciones sobre el comportamiento humano cargadas de humor cínico y absurdo, a ratos incluso despiadado, escenas en las que el autor vuelve a jugar con las expectativas y nos golpea con exquisitos momentos de comedia perversa y violencia que utiliza para hacer reír a la vez que refuerza su discurso.

El efecto es aun más chocante debido a que esta vez Lanthimos se ha rodeado de un elenco de estrellas internacionales en el que destacan rostros tan conocidos como los de Colin Farrell, Rachel Weisz, Olivia Colman, Léa Seydoux, John C. Reilly o Ben Whishaw. Y aunque su mera presencia dote al cine de Lanthimos de una mayor universalidad, estos actores están al servicio de una visión muy particular y se prestan solícitamente a convertirse en marionetas del autor. Lanthimos construye a sus personajes de forma esquemática (una característica definitoria o un hobby para emparejarlos a todos), hace que se comporten fríamente, que hablen de forma desapasionada y robótica, todo con la intención de desnudar de dramatismo a la historia y poder acceder a los conceptos que explora sin interferencias, para exponerlos con claridad al espectador. En este sentido, el reparto al completo hace un trabajo magnífico adaptándose a la visión de Lanthimos, pero es Farrell quien se merece los mayores elogios por dar forma a un personaje con herramientas expresivas tan restringidas y lograr dotarlo de tanta vida, compasión y emotividad.

Eso es quizá lo que distancia Langosta de las anteriores películas de su director, que reduce levemente el efectismo y de alguna manera permite que las emociones se acaben colando en la historia, lo que curiosamente da lugar a una obra más madura. Sin sacrificar el desafecto y el humor aséptico que le caracteriza, Lanthimos ha llevado a cabo una película no solo divertida y provocadora, sino también profundamente romántica y, a su manera, conmovedora.

Valoración: ★★★★

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