Crítica: El puente de los espías

BRIDGE OF SPIES

Tres años después de su anterior película, Lincoln, Steven Spielberg regresa a la silla del director para hacer lo que mejor se le da (con permiso de la aventura y la ciencia ficción), un nuevo drama histórico basado en hechos realesEl puente de los espías (Bridge of Spies) narra la historia de James B. Donovan (Tom Hanks), un abogado de Brooklyn especializado en la reclamación de seguros que se vio inmerso en la Guerra Fría cuando la CIA le encargó la misión de negociar con la Unión Soviética la liberación de Francis Gary Powers (Austin Stowell), piloto estadounidense cuyo U-2 fue derribado en territorio enemigo. Después de ganarse la antipatía del público americano al defender a un espía ruso amparándose en el ideal americano de que incluso los enemigos de la nación deben ser tratados con igualdad y justicia, Donovan accede a actuar como intermediario privado en la negociación, una peligrosa operación en Berlín que los gobiernos implicados no pueden llevar a cabo abiertamente.

El puente de los espías no solo nos devuelve al Spielberg más clásico, sino que también es cine clásico en estado puro. Poseído por el espíritu de Frank Capra, el director echa la vista atrás hacia el Hollywood dorado para confeccionar una obra del pasado. No en vano, en una escena de la película podemos ver la marquesina de un cine berlinés que está proyectando la comedia de Billy Wilder Uno, dos, tres (1961), en la que James Cagney interpreta a un ejecutivo norteamericano, que, al igual que Donovan, debe cruzar al Berlín del Este para negociar con oficiales soviéticos la liberación de un preso político. Un guiño con el que Spielberg confirma su intenciones y hace una reverencia a los grandes cineastas que han influido en su carrera.

El puente de los espíasLo cierto es que este es el terreno en el que Spielberg se muestra más cómodo. Como cada vez que retrata una etapa histórica importante, el director opta por hacerlo desde un punto de vista optimista, idealista, incluso inocente. Spielberg sigue evitando todo atisbo de cinismo y crueldad en su cine, incluso cuando los hechos que narra son atroces por naturaleza. En El puente de los espías se reitera en su convicción de que el ser humano es capaz de hacer el bien por encima del mal y reivindica la solidaridad y la igualdad de oportunidades con una serie de mensajes que resuenan con especial fuerza en nuestros días: Debemos tratar a los que pisan nuestro suelo de la misma forma que esperamos que los demás traten a los nuestros en suelo ajeno y, por supuesto, todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario. En este sentido, Donovan ejerce como embajador de los derechos civiles y defensor de los ideales humanos, alzándose como el héroe spielbergiano por excelencia, un hombre de férreas convicciones morales, profundamente honrado, íntegro y bienhechor, que evoca al Atticus Finch de Matar a un ruiseñor y en el que Spielberg condensa esa esperanza que aun no ha perdido. Es un sentimiento que puede resultar excesivamente naíf a nuestros ojos adulterados, pero que no viene nada mal promulgar, especialmente en estos momentos.

Sin embargo, para hacer llegar este mensaje de justicia y equidad, a Spielberg se le acaba yendo la mano con el etnocentrismo. El puente de los espías promueve los principios adecuados, pero lo hace desde la superioridad moral estadounidense: “Demostrémosles cómo somos”. ¿Y cómo son los americanos? Según Spielberg, simplemente mejores. Esto frena en cierto modo la fuerza del mensaje apaciguador y franternal que envuelve la película, y ahoga el discurso con patriotismo y almíbar, especialmente durante el desenlace, en el que Spielberg encadena varios falsos finales, a cada cual más cursi. Si somos capaces de obviar estas irregularidades (al fin y al cabo, a Spielberg lo conocemos de sobra), El puente de los espías es un thriller de espionaje ejemplar, una película inteligente y academicista con grandes actuaciones (Hanks está sublime tanto en las escenas dramáticas como haciendo comedia, y Mark Rylance ofrece una de las interpretaciones contenidas del año), una fotografía preciosa y un montaje espectacular (Spielberg sigue siendo el amo de las transiciones). Lo que se espera del Rey Midas, ni más ni menos. Quedémonos con esto, y abracémonos al mensaje que subyace bajo las capas de edulcorante. Merece la pena.

Valoración: ★★★½

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