Crítica: Sicario

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Incendies puso a Denis Villeneuve en el mapa. Prisioneros Enemy lo confirmaron como uno de los nombres más a tener en cuenta del actual panorama cinematográfico internacional. Con estas tres películas, el realizador quebequés ha demostrado un pulso muy particular a la hora de hacer cine, haciendo gala de un robusto estilo personal con el que industria, crítica y público no han tenido más remedio que fijarse en él. Tanto es así que, cuando se anunció que sería el encargado de dirigir la secuela tardía de Blade Runner, muchos empezamos a tener esperanza en el temido proyecto de Ridley Scott. Pero antes de seguir contando la historia de Rick Deckard (o eso esperamos), Villeneuve se afianza en Hollywood con el narco-thriller Sicario, una de las cintas que suenan con más fuerza para la próxima temporada de premios. Y con razón.

La película nos pone en la piel de Kate Macer (Emily Blunt), una agente del FBI que es reclutada por un oficial de las fuerzas de élite gubernamentales, Matt Graver (Josh Brolin), para que ayude en la guerra contra las drogas en la zona fronteriza sin ley entre Estados Unidos y México. Kate acepta el puesto sin apenas información sobre la misión clandestina que Graver pretende llevar a cabo, como tampoco sobre el enigmático consultor mexicano que lidera el equipo, Alejandro (Benicio del Toro). Con un fuerte sentido de la justicia y el protocolo, hasta el punto de caer en el idealismo ingenuo, Kate se adentra en el oscuro y violento universo de los carteles de la droga de Ciudad Juárez para descubrir que existe una realidad que no funciona según las normas en las que cree.

cartel final SICARIOVilleneuve compone una descorazonadora reflexión sobre los múltiples rostros del crimen organizado y el mundo de las drogas que toma forma en un viaje cinematográfico intenso y pesadillesco. En Sicario no hay héroes y villanos, solo personas abandonadas en el área gris donde las fronteras que definen la legalidad y la moralidad se difuminan por completo y el horror forma parte de la rutina diaria. Emily Blunt personifica con absoluta maestría emocional y medida contención lo que supone poner un pie en esa zona conflictiva, compartiendo con nosotros su angustia y haciéndonos partícipes directos de sus dilemas internos -hasta que el personaje de Del Toro asume el punto de vista principal durante el desenlace, con el que Villeneuve cambia de registro para darnos un clímax algo más hollywoodiense. Pero a lo que íbamos, la actriz británica construye un interesantísimo personaje, una mujer en un mundo de hombres que el guion de Taylor Sheridan se afana en deconstruir, oponiéndola continuamente a los protagonistas masculinos (magníficamente interpretados por Brolin y Del Toro) y obligándola a poner en duda su percepción de la realidad en una lucha constante por sobrevivir. En definitiva, un soberbio estudio de personajes que permite a Blunt dar rienda suelta a su enorme talento.

El trío de ases que la actriz forma junto a Brolin y Del Toro es la mayor baza de Sicario, pero hay mucho más. La película es un trabajo afinado, profundo y lleno de matices en todos los departamentos (la atmosférica fotografía de Roger Deakins y la magistral banda sonora de Jóhann Johannsson, que merece un estudio aparte, deberían llevarse una buena tajada en los premios). Desde su impactante secuencia inicial, con la que Villeneuve establece sin reservas el tono opresivo del film, Sicario propone un descenso a los infiernos del que es difícil escapar, una experiencia agobiante, cruda y salpicada de brutales momentos de violencia (contenida y explícita) que se erige como una de las películas del año.

Valoración: ★★★★

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