Crítica: La Cumbre Escarlata

Crimson Peak

Del Kaiju al romance gótico sin perder un ápice de su ambición creativa o su pasión por lo que hace. Así es Guillermo del Toro, un director comprometido con su oficio, inquieto, apasionado, un amante del arte cinematográfico que nos presenta su obra más reciente, La Cumbre Escarlata (Crimson Peak), cuento victoriano de fantasmas, o mejor dicho, “historia con fantasmas”, en la que el realizador mexicano, más Tim Burton que nunca, le da un bocado a Edgar Allan Poe y la Hammer para embrujar al espectador con una propuesta sacada de otro tiempo.

En La Cumbre Escarlata, la joven escritora norteamericana Edith Cushing (lánguida, frágil y perfecta Mia Wasikowska) se enamora de Thomas Sharpe (el ubicuo Tom Hiddleston), un apuesto y elegante caballero inglés que ha llegado al pueblo acompañado de su hermana, Lucille (la no menos omnipresente Jessica Chastain) en busca de financiación para sus negocios en Inglaterra. Tras la muerte en extrañas circunstancias del padre de Edith, Thomas pide a la joven que se marche a vivir con él y Lucille a Allerdalle Hall, la mansión familiar de los Sharpe, una imponente construcción oculta entre la niebla y los pantanos, aislada en los montes de Inglaterra. La mansión esconde un gran número de secretos que recorren sus pasillos y acechan entre sus paredes, desde el sótano hasta la buhardilla, misterios del pasado que acosan a Edith en forma de apariciones espectrales y enigmas por resolver.

Con La Cumbre Escarlata, Del Toro evoca a los clásicos de la literatura gótica, elaborando junto a Matthew Robbins (con el que vuelve a colaborar después de co-escribir juntos Mimic) un relato con fuertes ecos a La caída de la casa de Usher (una de las narraciones más conocidas de Poe) que amasa además influencias que van de Hitchcock a Corman, pasando por el terror italiano de los 60 y 70, y por supuesto, Cumbres borrascosas. La locura, el deseo, la enfermedad y el misterio se dan la mano en un cuento que, como advierte Edith, no es estrictamente de terror y fantasmas (la cinta no da miedo, ni es lo que pretende, que quede claro), sino uno en el que los espectros no son tanto una amenaza sino una “metáfora del pasado“. De eso trata La Cumbre Escarlata, de los secretos sepultados bajo la mansión encantada de Allerdalle Hall, de cómo estos reaparecen sin que se pueda hacer nada al respecto, al igual que la arcilla roja (de tonalidad Bava y Argento) que emana de la tierra en la que la ruinosa construcción se está hundiendo, para empujar a los vivos a convertirse en monstruos enfermos de amor.

La cumbre escarlata pósterEl reparto de la película es una de sus mejores bazas. Un trío magnífico de intérpretes entregados a la causa que creen en la visión de Del Toro (Wasikowska conmueve, Hiddleston seduce, pero al final es Chastain la que se lleva el gato al agua). Sin embargo, lo más destacable del film es sin duda su atmósfera mágica y etérea. Desde el momento en el que ponemos un pie (y la mirada) en Allerdalle Hall, caemos rendidos a su majestuosa arquitectura y decoración, al deterioro y la descomposición que la convierten en un escenario aun más suntuoso, más trágico y poderoso. Aunque sea un tópico sobreutilizado, la mansión es un personaje más de la película, tiene vida propia (los protagonistas se refieren a ella otorgándole atributos humanos y voluntad), y es ella la que lleva las riendas de la historia. Una historia muy inocente desde el punto de vista narrativo (simple y predecible, como dirigida a un público sin adulterar) y algo adormecida por momentos (aunque no fuera su objetivo principal, más terror habría beneficiado al ritmo de la película) que Del Toro se esfuerza en engalanar de poesía visual para que sus carencias no resulten tan importantes.

Porque en el fondo, con La Cumbre Escarlata ocurre lo mismo que con la mayor parte del cine del mexicano. Su universo está construido con máxima atención al detalle, con desbordante plasticidad y sentido de la estética, pero bajo sus preciosistas composiciones tampoco hay mucho fondo. La Cumbre Escarlata es un compendio de las pasiones del director, una obra que lleva su inconfundible sello autoral en la puesta en escena, en su tratamiento de la violencia (horrible y hermosa), en la elección del reparto secundario (Charlie Hunnam, Burn Gorman, su imprescindible Doug Jones) o en el muy particular diseño de sus criaturas (fantasmas deliciosamente macabros pero excesivamente digitales que parecen pertenecer a otra película). La teatral belleza de La Cumbre Escarlata está hecha para ser admirada, pero de alguna manera no se nos deja entrar del todo en ella, como si el director tuviera miedo de que fuéramos a romper algo y descubrir que detrás no hay nada. El día que Guillermo del Toro cuide sus guiones con tanto esmero como el apartado estético de su cine podrá realizar por fin su obra maestra.

Valoración: ★★★½

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