Crítica: El club

El club Larraín

Texto escrito por David Lastra

A pesar de ser descendiente de una de las dinastías más poderosas y derechistas de su país, Pablo Larraín ha demostrado ser el grano en el culo oficial de la sociedad chilena. Ya lo demostró con creces con la antipinochetista No y lo confirma con El club, cinta que ya suena como una de las grandes favoritas en la categoría de mejor película de habla no inglesa en los próximos Oscars (nominación que ya consiguió con la citada No).

Perdidos de la mano de Dios. De esa manera podrían expresarse los curitas de El club en sus redes sociales. Olvidados en una casita de un pueblecito costero chileno, cuatro curitas y una monjita viven en paz y armonía. Sus quehaceres diarios se resumen en una combinación de oración, cantos, asueto y carreras de galgos. El club de los curitas es un lugar de retiro espiritual, donde sus miembros oxigenan sus conciencias y viven sin hacer daño a nadie… porque ya han hecho demasiado. Los curitas de El club son pederastas, homosexuales, abortistas, rebeldes contrarios al régimen dictatorial anterior,… un cúmulo de amenazas para la tan cacareada integridad eclesiástica (carraspeo). Al no regirse bajo las leyes civiles (tos), la Iglesia opta por la creación de localizaciones secretas al más puro estilo de los centros clandestinos de detención de la CIA, donde únicamente los moradores conocen sus pecados y nadie del exterior sabe quiénes son realmente esos hombres mayores que viven juntos. Una solución perfecta, sin fisuras… salvo si el enclave y/o sus habitantes son identificados por algún demonio laico…

… y eso es precisamente lo que ocurre en El club. La calma de los habitantes de la casa es castigada no solo con la llegada de otro curita, sino con el problema de que ese nuevo inquilino es rápidamente reconocido por una de sus víctimas a lo poco de llegar a la casa. Prepucio arriba, prepucio abajo. Semen sagrado en la boca del infante. Tener a un hombre vociferando los abusos a los que le sometió el curita recién llegado en su tierna infancia no es la mejor manera de pasar desapercibidos. Ese estallido (literal) provoca que nada vuelva a ser lo mismo para el club de los curitas. Su existencia comienza a ser puesta en entredicho por la propia Iglesia. Con la llegada de un joven investigador que evalúe la viabilidad de la casa, Larraín ilustra el choque entre la vieja y la nueva Iglesia, pero sin cometer el error de santificar al cien por cien a esta corriente renovadora (atisbo de las nuevas promesas de identificación de culpables por parte del Papa actual).

El club Larraín

El desquiciamiento de los curitas ante el peligro de ver públicamente destapados sus pecados deja al descubierto a los verdaderos monstruos de la (sin)razón. Poco a poco, vamos siendo testigos de las confesiones de los pecados de los curitas. Unas disertaciones de altísima intensidad emocional (especialmente la oda al amor homosexual por parte del Padre Vidal) ante las que Larraín sortea de manera solvente tanto el posible amarillismo como la peligrosa ingenuidad del creador de justificar los actos de sus personajes. Como buen cineasta que es, sabe ampararse en la verosimilitud más que en la realidad, logrando de esa manera no solo una denuncia (real) sobre las prácticas subrepticias de la Iglesia, sino también un certero sermón sobre la represión de la naturaleza del ser humano, ya sea por él mismo o por una organización a la que esté inscrito o no, y las consecuencias de sus actos.  El ser humano es complejo y sus cagadas también.

Pablo Larraín nos relata en El club la parábola del galgo y los curitas. Bestia y bestias que al compartir el mismo abandono, no encontraron otra solución que la de convivir, hasta que la realidad les volvió a poner a cada uno en su lugar. Como Dios manda.

Valoración: ★★★½

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