Crítica: Pan – Viaje a Nunca Jamás

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Hay dos formas principales de llevar a cabo una nueva película basada en un cuento de hadas o un clásico de la literatura infantil y juvenil: el remake o la reinvención. La mitad del calendario de estrenos de Disney para los próximos años está compuesto por adaptaciones en acción real de sus clásicos animados (unas fieles a la película original, otras cambiando el punto de vista para contar la misma historia). Los demás estudios se siguen empeñando en subirse al carro de los cuentos de hadas y preparan adaptaciones por su cuenta (en los próximos años veremos versiones no-disneyanas de clásicos como El Libro de la SelvaLa Sirenita Tarzán)Y aquí es donde entra la tercera modalidad. Superproducciones que toman prestado los nombres y los elementos principales de un cuento para hacer una película que “parece” ese cuento, pero no lo es. Ese es el caso de Warner Bros., que nos ofrece este año la enésima relectura del clásico de J.M. Barrie Peter Pan, titulada Pan: Viaje a Nunca Jamás.

Dirigida por Joe Wright (Expiación, Anna Karenina), Pan es una adaptación libérrima del cuento del niño que no quería crecer. Tan libre es que de hecho a lo largo de toda la película no se menciona ni una sola vez este importante elemento de la historia. El Nunca Jamás de Wright es un mundo eminentemente adulto, más alejado del entorno maravilloso que vimos en la versión de Disney, en Hook de Spielberg o Peter Pan: La gran aventura, de P.J. Hogan. En lugar de servir como escape y paraíso para niños, (en principio) lleno de diversión y libertad alejada de padres y responsabilidades, este Nunca Jamás es desde el inicio un escenario hostil, peligroso y abrumador que no da respiro a quien se atreve a poner un pie en él (en este sentido, la película hace honor al trasfondo adulto y oscuro del material de origen). Ideada como una precuela, la película reinventa el relato de Barrie de manera que ahora este da comienzo en los años 40, con la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo y un Peter abandonado en un orfelinato, donde vivirá una experiencia similar a la de Annie hasta que consiga escapar hacia las estrellas. A partir de ahí, casi nada de lo que sabíamos del cuento  transcurrirá como recordábamos. Sí, hay piratas, indios, hadas, sirenas y barcos voladores, pero el orden de los factores ha sido alterado. Y no sabemos muy bien con qué intención.

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El Nunca Jamás de Pan está gobernado por el pirata Barbanegra (Hugh Jackman), un líder totalitario que rapta niños huérfanos y los pone a picar piedra en busca de polvo de hadas, extinguido desde hace eones. James Garfio (Garrett Hedlund) es uno de esos niños, ya crecido y convertido en un apuesto y pícaro galán (Hedlund pide a gritos que lo tengan en cuenta para el reboot de Indiana Jones). Picando piedra y escapando a la muerte, Peter y James se hacen amigos, huyen de Barbanegra y se embarcan en una odisea en busca de la madre del pequeño (al más puro estilo A.I.). Por el camino se topan con la tribu de nativos de Nunca Jamás, formada por indios de todas las razas (sic), entre los que destaca una Rooney Mara más blanca que el papel y totalmente narcolépsica (hasta ahora la actriz había utilizado su languidez en beneficio propio, pero aquí hacía falta un poco más de brío, y ella simplemente no puede, se cansa, se duerme… no hay manera). Por todos es sabido que el blanqueamiento de la tribu de Tigrilla enfureció a gran parte del público (con razón), y os gustará (o no) saber que la película no hace el mínimo esfuerzo por justificar un cambio tan cuestionable (ni siquiera Mara es capaz de defenderlo).

Polémicas aparte, Wright ha convertido Peter Pan en una aventura cinematográfica muy de nuestro tiempo. Un blockbuster de acción ruidoso e hiperactivo, cargado de energía y saturado de color digital (la “magia” del croma), con una banda sonora colosal (en la que John Powell recicla sin reparos su obra maestra, How to Train Your Dragon). La puesta en escena de Wright (aspecto en el que el británico siempre sobresale) está llena de hallazgos curiosos (el rapto de los niños al comienzo de la película es pura planificación teatral) y voluntad de transgresión. Por ejemplo, el segundo acto parece directamente sacado de Mad Max: Furia en la carretera. La influencia de George Miller se hace evidente al ver a los piratas de Barbanegra y sus esclavos, sucios, grotescos, pintados como payasos siniestros, eslabones inferiores de una sociedad de bárbaros que corean himnos (atención) de Nirvana o los Ramones. En este sentido, a pesar de tratarse de una película para toda la familia, se puede sentir en Pan un deseo reprimido de ir más allá. Lo notamos en las canciones, pero sobre todo en la manera de mostrar la violencia, muy agresiva y contundente (los personajes son zarandeados y lanzados al vacío, pero salen siempre ilesos), amortiguada por una aproximación cartoonesca y el entorno digital (como ocurría en la reciente Tomorrowland). Si Pan no estuviera calificada con un PG (Parental Guidance), sus planos estarían bañados en sangre.

Rooney Mara Tiger Lily

Wright se encarga de que su película esté en constante movimiento, no hay apenas descanso para los protagonistas y el espectador, llegando a resultar en ocasiones agotador. Esto enmudece en cierto modo el sentido del asombro que encontrábamos en otras adaptaciones de la misma historia. Aquí apenas se nos permite divertirnos, y lo que es peor, faltan intermedios de calma en los que conocer más a fondo a los personajes e indagar en sus relaciones (no hay química entre Garfio y Tigrilla, y la amistad de Hook y Peter se queda en la superficie, cuando debía ser el eje vertebrador de la película). Empezando por el propio Peter (Levi Miller), todos son recortes de papel sin personalidad -con la excepción quizá del Barbanegra de Jackman, que sí se molesta en añadir dimensiones al villano por iniciativa propia, aunque el guion no esté muy interesado en que lo haga. El desarrollo de la aventura una vez fuera de las minas de Barbanegra es más bien convencional, haciendo que el film se acabe convirtiendo en una superproducción familiar genérica e intercambiable, un caos narrativo repleto de secuencias vertiginosas y protagonistas convertidos en monigotes digitales, con menos profundidad que la mayoría de personajes del cine de animación. Falta vida, falta corazón, y esto hace que entrar en la película se convierta en una tarea.

Pan nos propone un viaje alternativo al Nunca Jamás con el que hemos soñado tantas veces, pero no se atreve a romper el molde de verdad. Si la propuesta hubiera sido más excéntrica aun, más loca y arriesgada (y no solo en el apartado estético), habría tenido posibilidades de dejar huella, pero desafortunadamente se queda a medio camino. Lo bueno es que, a pesar de todo, el film consigue rebajar la sensación de déjà vu, sin duda el mayor lastre de este tipo de cine, y ser algo más que la enésima interación del mismo cuento (esto no es ooootra Bella y Bestia, menos mal). Lo malo es que, para hacer esto, lo ha despojado de su profundidad y riqueza temática. Me pregunto qué habría pasado si, en lugar de usar los nombres pensados por Barrie, se hubiera concebido como algo completamente nuevo. Total, si se lo iban a inventar todo y no iban a tener que pagar royalties igualmente, ¿qué más da? ¿Tanto miedo tienen los estudios a vendernos historias originales que no sean remakes, reboots o secuelas?

Pregunta retórica, por supuesto.

Valoración: ★★★

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