[Review] Agents of S.H.I.E.L.D. – “4,722 Hours” (3×05)

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Cuándo has crecido ya, Agents of S.H.I.E.L.D. La primera serie del UCM nació para desempeñar un papel más bien publicitario, para matar el tiempo entre estrenos cinematográficos de Marvel, a los que estuvo completamente supeditada durante su primera temporada. Al menos hasta que la organización desapareció tras los acontecimientos de Capitán América: El soldado de invierno. Desde entonces, SHIELD ha sido más libre para evolucionar a su propio ritmo, a su manera, encontrando con el tiempo la forma de utilizar las películas en beneficio propio. Paradójicamente, es desde la introducción de la mitología de los Inhumanos (desarrollada para servir como antesala al estreno de la película de 2019) cuando SHIELD ha ganado más entidad, personalidad y seguridad en sí misma, algo que hemos notado mucho en sus personajes, cada vez más definidos e interesantes. Su segunda temporada ya supuso un enorme salto de calidad con respecto a la primera, y la tercera no podía haber empezado de forma más contundente. Al principio, SHIELD tenía que estirar sus tramas y retrasar las sorpresas para rellenar una temporada, hoy en día cuarenta minutos a la semana no son suficientes para todo lo que tiene montado.

SHIELD está tan asentada que ya se ha permitido hacer un episodio “high-concept” (al más puro estilo whedoniano), un capítulo autoconclusivo que se diferencia (en estructura y estética) del resto de la serie, y se centra casi exclusivamente en un solo personaje: Jemma Simmons (Elizabeth Henstringe). Desde el infartante final de la segunda temporada (probablemente el mejor capítulo de la serie hasta el que hoy nos ocupa), el mayor enigma de SHIELD ha sido la suerte de Simmons tras ser tragada por el monolito. Con el regreso de la científica, rescatada por Fitz en el emocionante “Purpose in the Machine” (3×02), obteníamos los primeros datos sobre su odisea: Jemma había estado en lo que parecía ser un lejano e inhóspito planeta, y al igual que Jack Shephard al final de la tercera temporada de Lost, “tenía que volver” allí por alguna razón. Si el misterio ya nos tenía enganchados, con esta revelación nos atrapaba sin salida. Tuvimos que esperar varias semanas, pero SHIELD por fin nos dio lo que necesitábamos, un capítulo flashback que nos mostraba el calvario de Simmons durante las “4.722 horas” que permaneció varada en el espacio.

“4,722” resulta más que oportuno por su parecido con el reciente estreno Marte (The Martian). Como Matt Damon en la película de Ridley Scott, Simmons se encuentra en un planeta desierto y debe arreglárselas para sobrevivir mientras espera que en la Tierra averigüen la manera de rescatarla. Pero resulta que la británica no está sola. Después de aguantar más de cien horas sin sol, en las que se enfrenta al ataque de un organismo extraterrestre (con el que luego hace una barbacoa) y apenas sale viva de una tormenta de arena, Simmons acaba en la jaula de un náufrago espacial, Will (Dillon Casey, al que ya fichamos en Nikita), un apuesto astronauta que lleva 14 años perdido en ese justo punto geográfico del hostil planeta (¡toma teoría de la probabilidad!). Entonces “4,722 Hours” adquiere tintes bíblicos. Will explica a Jemma que antes de ser un árido desierto en penumbra azul (qué maravilla de fotografía), el lugar en el que se encuentran era el Paraíso, un Edén destruido por una presencia maligna que sigue acechando entre la arena y quiere acabar con nuestros particulares Adán y Eva. Ambos trabajan juntos para sobrevivir y hallar la manera de regresar a casa (Jemma y su mente maravillosa hacen la mayor parte del trabajo cogiendo a la ciencia por los huevos), y cómo no, la chispa surge entre los dos. Simmons sigue conectada a Fitz en todo momento, graba un diario para su “mejor amigo“, le da las buenas noches antes de acostarse, y le deja a claro a Will lo importante que es para ella, y que ella es para él. Pero la carne es débil, el roce hace el cariño, y Will es imposiblemente guapo, aguerrido y honesto (porque no habría historia si el astronauta fuera gordo, calvo y mala persona). Así que lo que tenía que pasar, pasa.

Dillon Casey SHIELD

De esta manera, la dinámica entre Simmons y Fitz (que son el saco de boxeo oficial de la serie, mis pobres, que no les dan tregua y no hacen más que sufrir) se complica con un tercero en discordia. Hasta ahora, Leo y Jemma habían estado semi-cómodos en sus “friend zones” (porque yo no creo que Fitz sea el único atascado allí, es cosa de ambos), pero la experiencia de Jemma con Will obligará (esperamos) a ambos agentes a salir de ahí para enfrentarse abiertamente a sus sentimientos. Es una forma genial, si bien ligeramente cruel, de agitar la relación y ponerla a prueba. Sorprendentemente (o no), Fitz reacciona a la revelación de Jemma con serenidad y entereza, ofreciéndose a ayudarla para rescatar a Will. Ese es nuestro Fitz.

Así es como SHIELD añade capas a la ecuación FitzSimmons, con un episodio magnífico que nos da un respiro de Inhumanos, Hydra y ATCU para centrarse exclusivamente en la mejor relación de la serie. Después de que Iain De Caestecker nos conmoviera con su desgarradora interpretación en el estreno de la temporada (“Do something!”), le toca lucirse a Elisabeth Henstridge, que aguanta estoicamente el peso físico y emocional de un episodio exigente para la actriz y decisivo para la serie. Si obviamos los agujeros y algunos trucos demasiado evidentes para facilitar el avance de la trama (principalmente esa batería infinita, convenientemente tuneada por Fitz antes de la desaparición de Jemma), “4,722 Hours” es un episodio redondo y apasionante, una mini-película sci-fi que funciona como unidad narrativa independiente a la vez que desencadena importantes ramificaciones para la serie (estamos deseando ver la inevitable segunda parte) y expande su historia hacia la galaxia de forma oficial. En definitiva, la prueba de que Agents of S.H.I.E.L.D. se encuentra actualmente en la cima de su creatividad.

Crítica: La verdad (Truth)

Truth

Cuidado, que Cate Blanchett quiere su tercer Oscar, y a ver quién se lo niega cuando sigue encadenando trabajos tan sobresalientes como el que realiza en La verdad (Truth). Basándose en el polémico libro Truth and Duty: The Press, The President and The Privilege of Power, James Vanderbilt, guionista de películas como Zodiac, Asalto al poderThe Amazing Spider-Man se sienta en la silla del director por primera vez para llevar a cabo una reconstrucción dramática de los hechos reales ocurridos en 2004, durante la campaña electoral de George W. Bush, el conocido caso “Rathergate“. Blanchett da vida a Mary Mapes, la periodista que encontró unos documentos que cuestionaban el historial militar de Bush, y que dieron lugar a un controvertido programa de investigación con múltiples ramificaciones y consecuencias para todos los involucrados en él.

La ópera prima de Vanderbilt (que también escribe el guion, claro), nos traslada a una reciente etapa de tumulto sociopolítico en Estados Unidos y en el mundo, un panorama post-11-S en el que la todopoderosa nación se encuentra inmersa en la guerra contra Iraq y Afganistán y George W. Bush se enfrenta a su posible segundo mandato como presidente. Bajo la producción de Mapes, una de las periodistas más destacadas de la televisión norteamericana, y el aval del famoso presentador Dan Rathers (intachable Robert Redford), el programa de CBS 60 Minutes emitía un especial que revelaba las irregularidades del servicio militar de Bush en la guerra de Vietnam, acusando al presidente de no haber terminado el servicio y haber recibido trato de favor por parte de sus superiores para evitar la guerra. Convencida de la legitimidad de las pruebas, Mapes saca la información a la luz, pero al no ser capaz de demostrar la autenticidad de los documentos, se desata un huracán que avanza en el ojo público.

A través de la historia de Mapes y Rather, Vanderbilt nos habla de lo que se esconde detrás de la verdad, de los entresijos de un informativo antes y después de emitir una exclusiva importante que promete (y para muchos parece estar confeccionada para) poner patas arriba la campaña electoral y difamar al candidato aventajado. Aunque en ningún momento se alude a la expresión “caza de brujas“, Vanderbilt nos está narrando entre líneas la conspiración que se pone en marcha contra Mapes y Rather La verdad(convertidos en cabezas de turco y heroicos mártires del liberalismo), una trama ambigua y oscura en la que entran en juego intereses políticos y económicos: como dice Rathers, “Antes las noticias no daban dinero a la cadena, se hacían porque era nuestro deber”, ahora las grandes corporaciones y los partidos políticos cortan el bacalao ideológico de la tele americana. El dúo de periodistas (a los que une un vínculo más fuerte que el profesional) luchan por demostrar la veracidad de su noticia y defender los ideales del periodismo de investigación, pero las fuerzas en juego son demasiado poderosas.

La verdad es una historia que bien podía haber sido escrita por Aaron Sorkin, en el buen y en el mal sentido. Vanderbilt sigue los pasos del creador de El ala oeste de la Casa BlancaThe Newsroom con una historia ágil, de diálogos punzantes e intensidad prolongada que nos recuerda a los mejores momentos de las mencionadas series y encajaría perfectamente en la programación de HBO. Pero como Sorkin, Vanderbilt no puede evitar incurrir en cierta demagogia ideológica a la hora de dar forma a su discurso. Para ser un film sobre la objetividad en los medios, La verdad resulta excesivamente manipuladora y maniquea. Sobre todo en lo que se refiere a su revestimiento dramático, un velo de grandilocuencia hollywoodiense que, a través de una emocionalmente agresiva banda sonora y momentos hiperficcionalizados, no deja apenas espacio para que el espectador piense por sí mismo.

Y aun así, La verdad resulta vibrante en todo momento, principalmente porque trata un tema sin duda apasionante. La clave para disfrutar de ella es ser consciente de que uno está siendo manipulado y hasta cierto punto adoctrinado. Si esto se tiene claro, la película se revela como el entretenimiento hollywoodiense perfecto, una historia robusta, emocionante, sin un minuto de desperdicio, y con impecables interpretaciones protagonistas (como hemos dicho ya, Blanchett está arrebatadora y se ha ganado una nueva nominación al Oscar) y secundarias (destacan Dennis Quaid, Topher Grace y sobre todo Stacy Keach, mientras que Elisabeth Moss queda totalmente desaprovechada). Por último, aunque sea empleando métodos cuestionables, La verdad ha servido para reavivar un debate muy importante sobre la relación entre los medios y el poder político en Estados Unidos que nos incumbe a todos. Supongo que en este caso, el fin justifica los medios.

Valoración: ★★★

Supergirl: ¡Pelea como una chica!

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¿Es un pájaro? ¿Es un avión? ¿Es un hombre? ¡No! Ninguna de las tres cosas. Es una mujer, o mejor dicho, una chica. Es Kara Zor-El, alias Kara Danvers (casi Carol Danvers), más conocida en el universo de los cómics DC como Supergirl, la prima del Hombre de Acero. Kara es la protagonista de uno de los estrenos televisivos más esperados de este otoño, una serie que viene a llenar un importante vacío en el panorama superheroico actual. La primera serie en 40 años protagonizada por una superheroína. Que se dice pronto.

Desde los 90, no es raro ver a una mujer o a una adolescente como protagonista de su propia serie, especialmente dentro del tradicionalmente masculino género fantástico. Xena, Buffy, Sydney Bristow o Veronica Mars allanaron el camino para que otras heroínas poblaran la televisión. A día de hoy, una mujer puede protagonizar una serie sin que su posible fracaso sea achacado o relacionado a su género. Sin embargo, no ha ocurrido lo mismo en el cine. Estamos en 2015 y los grandes estudios todavía no se “arriesgan” a colocar a una mujer en el centro de sus superproducciones. Warner Bros. aseguró hace unos años que no iba a hacer más películas protagonizadas por mujeres (qué vergüenza), la muy feminista Mad Max: Furia en la carretera tuvo que venderse como una película de hombres, cuando es casi al 100% de y sobre mujeres, y el éxito de Lucy se ve como un caso aislado. Cómo no, los fracasos pesan más. Al filo del mañana lo tenía todo para triunfar, pero no cumplió las expectativas, y por supuesto, nadie olvida los batacazos de ElektraCatwoman. Pero, ¿cuántas superproducciones protagonizadas por hombres fracasan al año sin que nadie se plantee dejar de hacerlas?

Y esto nos lleva al género de superhéroes, que este año se está tomando una suerte de descanso en el cine (no lo parece, ¿verdad?) para estallar en 2016 con un bombardeo de estrenos sin precedentes. Curiosamente, el cine va varios pasos por detrás de la tele en cuanto a representación de género, orientación sexual y raza. De ahí que aun no hayamos tenido una película de superhéroes protagonizada por una mujer dentro de la nueva era del cinecómic (Wonder Woman y Capitana Marvel llegarán en 2017 y 2019 respectivamente para ver si es posible cambiar el panorama). Pero es que en lo que respecta a este género, no hay tanta diferencia entre ambos medios.

Marvel Television se ha puesto antes las pilas. Tenemos a la estupenda Peggy Carter protagonizando su propia serie, Agent Carter, un perfecto alegato feminista que por desgracia no tiene mucha audiencia, a los Agentes de S.H.I.E.L.D., con gran representación femenina dentro de sus filas (Daisy es casi la protagonista de la serie, y May, Simmons y Morse son personajes bien desarrollados y de gran presencia) y muy pronto a Jessica Jones protagonizando su propia serie en Netflix. En la facción televisiva de DC la cosa va un poco peor en este sentido: Arrow, The Flash, Gotham y próximamente Legends of Tomorrow son series protagonizadas por héroes masculinos. En definitiva, las superheroínas televisivas actuales tienen que conformarse con secundar al héroe titular o formar parte de un elenco coral. Al menos hasta la llegada de Kara Danvers.

Supergirl

Supergirl es una serie feminista, y así es como se presenta al público en su piloto, una origin story en toda regla en la que las mujeres ocupan un lugar muy destacado (aquí, ellos son los que desempeñan el rol de “chico de” o “amigo de”). En la serie convergen cuatro líneas principales, y en las cuatro nos encontramos a una mujer: Kara, su hermana Alex Danvers (Chyler Leigh), Cat Grant (Calista Flockhart), fundadora del conglomerado multimedia CatCo, y la sorprendente (o no) villana de la función, que redactamos para no hacer spoilers. Supergirl es muy consciente de su papel y su responsabilidad en la sociedad, y así lo deja caer en su piloto: Con Kara, las niñas ya tienen una superheroína a quien admirar, un modelo a seguir. La serie no esconde su naturaleza femenina para no espantar al público alérgico a la acción protagonizada por mujeres (ese público que rechaza la nueva Cazafantasmas por sistema o comparaba despectivamente el trailer de Supergirl con el falso trailer de la comedia romántica de la Viuda Negra). Supergirl está orgullosa de ser una serie superheroica protagonizada por una chica. Y esa chica aprende en el piloto que no hay nada malo en ser eso, una chica. Una lección que se apoya indirectamente en aquella magnífica campaña publicitaria de Always, #LikeAGirl y que viene a decirnos a todos que para ocupar el lugar de un hombre, una mujer no tiene por qué actuar como él (gracias por todo, Joan Holloway).

“El mundo te necesita, Kara”.

Ese es el mayor acierto de Supergirl, haberse mantenido fiel a la naturaleza del personaje y no haberlo transformado en lo que no es. Kara Danvers es una chica joven buscando su lugar en el mundo, tiene intereses románticos, es coqueta, femenina, y ha optado por conservar la falda (y también la capa, por cuestiones “aerodinámicas”) en su uniforme de superheroína. No es un personaje sexualizado para satisfacer al público masculino, pero tampoco asexual. Kara es lo que es, la representación paradigmática de un tipo concreto de chica (una que lucha por hacerse hueco entre rudos y carismáticos héroes musculosos sin sacrificar su identidad), una “super chica”. Y en este sentido, Melissa Benoist encaja como anillo al dedo en el personaje. Enérgica, awkward, un poco atolondrada (como la Buffy de las primeras temporadas, Kara habla como si le faltara un hervor), y con un punto de adorabilidad que hará temblar a Zooey Deschanel. Benoist no es muy buena actriz (todavía), pero sí es una Kara Danvers perfecta.

Y a pesar de todo lo expuesto anteriormente, el piloto de Supergirl no llega a ser gran cosa en ningún momento, quedándose en simple prima de Smallville. Se agradece lo que esta serie supone para el género, pero se echa de menos un resultado a la altura de la ocasión. Al final, Supergirl es lo mismo de siempre, una historia de orígenes altamente formulaica y más bien sosa en la que todo ocurre tal y como se espera, en la que los giros se ven venir a la legua, los diálogos están calcados del resto de series y películas de superhéroes y los temas resultan demasiado rutinarios (la identidad secreta, la responsabilidad superheroica, la manipulación de los medios para que la “justiciera” parezca una amenaza…). Y es que la historia de Kara Danvers por ahora es prácticamente igual que la de su primo.

La factura de la serie está por encima de la media (la secuencia del avión es de lo más espectacular que hemos visto nunca en una ficción televisiva), como adaptación engloba el espíritu y los ideales de Superman mucho mejor que El hombre de acero (Kara sí hace honor al emblema de su familia), y sus intenciones son más que loables, como ya hemos visto. Pero lo que hay en juego requiere un poco más de esfuerzo y creatividad por parte de las personas detrás del proyecto, y no otra producción de Greg Berlanti que encajaría mejor en la parrilla de la CW (alerta peligro “serie de planchar”). Puede que esperase demasiado de ella, y demasiado pronto, pero sigo pensando que Supergirl podría volar muy alto si se lo propusiera. Necesitábamos esta serie, ahora necesitamos que sea buena.

Crítica: Black Mass (Estrictamente criminal)

BLACK MASS

Sur de Boston, años 70. El agente del FBI John Connolly (Joel Edgerton) tiene un plan para acabar con la mafia italiana del lugar: contar con la estimable colaboración de James ‘Whitey’ Bulger (Johnny Depp), miembro de la mafia irlandesa que accede a convertirse en informante de Connolly para eliminar a su enemigo común. La alianza entre los federales y el mafioso se intensifica hasta volverse incontrolable, desencadenando la violencia y el crimen en la ciudad, arrastrando familias (de agentes y criminales) y convirtiendo a Whitey en el mayor capo de la zona, uno de los gángsters más salvajes y poderosos de la historia de Boston.

Con Black Mass, Scott Cooper (Corazón rebelde, Out of the Furnace) lleva el thriller clásico de mafiosos hacia un terreno más moderno sin sacrificar las características que lo definen. Cooper construye un drama elegante de diálogos impecables en el que, en lugar de imitar u homenajear el cine gángsters de los 90, conduce el género por un camino más estilizado y contemporáneo (el score de Junkie XL le da impulso en este sentido), recordando más a David Fincher que a Martin Scorsese. Los guionistas Mark Mallouk y Jez Butterworth (Al filo del mañana) optan por una mayor transparencia narrativa a la hora de contar la leyenda de Whitey Bulger, empleando el recurso del testimonio en flashforward a la policía para desgranar el relato de forma cronológica. Una opción que, lejos de simplificar el discurso o subestimar al espectador, le hace partícipe más directo de la historia y le permite seguirla con una claridad que no suele formar parte del cine sobre crimen organizado. Una muestra de que se puede hacer cine negro para un público más amplio.

Black MassPara tener poca experiencia tras las cámaras, Cooper dirige con el pulso y la confianza de un veterano, manteniendo una homogeneidad considerable tanto en el tono como en la atmósfera de la película. Black Mass es un trabajo gris, de gran intensidad, un film en el que la violencia te hipnotiza y los actores te sacuden. Y es que su apartado interpretativo es impecable. Cooper cuenta con un envidiable reparto de rostros conocidos secundando a los protagonistas: Benedict Cumberbatch demuestra una vez más su enorme versatilidad adoptando acento bostoniano para dar vida al hermano de Whitey (aunque, como de costumbre, roza la imitación, y por tanto la caricatura). Kevin Bacon y el ubicuo Corey Stoll no se dejan ver mucho, pero cumplen de sobra (a Stoll siempre es un placer verlo, y más si te lo encuentras de sorpresa, que es algo muy habitual). Peter Sarsgaard y Jesse Plemons desatan su excentricidad con dos secundarios memorables. Los personajes femeninos tienen poco peso en la historia, pero Dakota Johnson, Julianne Nicholson y Juno Temple se encargan de sacarle el máximo partido a su tiempo en pantalla, protagonizando algunas de las escenas más potentes e impactantes (la visita de Whitey al cuarto de la mujer de Connolly pone los pelos de punta). Y Rory Cochrane ofrece un magnífico y sutil recital de emociones, dejándonos los mejores primeros planos del film.

Por último, Depp se redime de los recientes pasos en falso de su carrera con un sorprendente y magnético trabajo en el que podemos ver cómo se va deshaciendo de sus tics para humanizar al personaje de forma ejemplar. Claro que, mientras el actor de Eduardo Manostijeras y sus intimidantes ojos claros de pupilas dilatadas se llevan toda la atención (como si estuviéramos contemplando a un Jack Nicholson más esforzado), es Edgerton quien aguanta estoicamente el peso de la historia, demostrando un talento que Hollywood no está sabiendo aprovechar. La interesante relación entre White y Connolly es el eje que vertebra Black Mass, y por suerte, Edgerton y Depp son los instrumentos mejor afinados de la película.

Valoración: ★★★½

Crítica: Mi gran noche

Blanca, Santiago y sus ayudantes

La idea era cojonuda. Una comedia negra que transcurre a lo largo de una sola noche durante la grabación de un especial de Nochevieja para televisión en pleno agosto, mientras el mundo exterior se viene abajo por los disturbios provocados ante los inminentes despidos de la cadena en plena crisis. Esa es a grandes rasgos la premisa de lo nuevo de nuestro enfant ya no tan terrible Álex de la IglesiaMi gran nochecon la que el director traza un puente directo hacia su película de 1999 Muertos de risa. Insisto, la idea era magnífica. El resultado, no tanto.

Mi gran noche es una oda pasada de rosca a la vertiente más casposa de la televisión española, los programas especiales made in José Luis Moreno, un género en sí mismo que simboliza mejor que ningún otro la decadencia y el embuste de nuestra querida caja tonta. De la Iglesia nos prepara un desquiciado recorrido entre bambalinas para conocer los entresijos de una producción de estas características, cargando escopetas ideológicas y desmitificadoras (aunque en este caso no haya mucho mito que desmontar) como si fuera Aaron Sorkin o Tina Fey, pero para acabar disparándolas de verdad y armar la de Dios, como bien mandan los cánones de su cine. La crítica al absurdo y la manipulación tras los focos no está de más, pero aquí hemos venido a ver cómo se va todo a tomar por culo.

Cuando Jose (Pepón Nieto) se adentra en el pabellón industrial donde se graba el programa para sustituir a un figurante que acaba de ser aplastado por una grúa de grabación, no tiene ni idea de lo que le espera ahí dentro. Cientos de personas llevan encerradas allí una semana y media fingiendo celebrar el fin de año con copas de champán de atrezo, obligados a sonreír y aplaudir sin descanso. La desesperación aumenta, la locura se desata, es como estar celebrando el Día de la Marmota una y otra vez metidos en el Metropol de Demons, pero sin marmotas ni zombies (exceptuando a Raphael, claro, pero vayamos por partes), que es lo único que falta. Claro que con la fauna que puebla el film, tampoco se echan de menos.

De una pareja de presentadores a lo Ramón García y Anne Igartiburu en plena guerra de los Rose (Hugo Silva y Carolina Bang) a un cantante de electro latino falto de neuronas llamado Adanne (Mario Casas parodiando a Bisbal) al que una pilingui engaña y fela para llevarse su semen con idea de extorsionarlo, pasando por un desquiciado fan fatal que planea asesinar a su ídolo en falso directo al más puro estilo Mark David Chapman (Jaime Ordóñez) o una figurante gafe (Blanca Suárez) azote (despampanante) de sus compañeros de fatigas festejos (Ana Polvorosa, Luis Fernández, Antonio Velázquez), que rehúyen de ella como de la peste, por miedo a acabar también debajo de la grúa.

Mi gran nochePero sin duda, el mayor reclamo de Mi gran noche (con permiso de la gran Terele Pávez) es ver al cantante Raphael autoparodiándose como Alphonso, proyección aumentada (o no, que a mí me han contado realidades de primera mano que superan con creces a la ficción) de la personalidad pública del artista, que con la edad se ha labrado una importante reputación como persona excéntrica, exigente y tirana. Lo cierto es que ver a Raphael riéndose de sí mismo de aquella manera tan excesiva y esperpéntica es una de las mejores bazas de Mi gran noche, pero como ocurre con todas las demás, la idea no alcanza su verdadero potencial (a pesar del buen hacer de Carlos Areces dándole la réplica). Que Raphael se preste a esto es genial, pero ni es actor ni es gracioso, por lo que al final la broma se queda solo en eso, en un gag imposible de estirar para convertir en una película. De la Iglesia y su co-guionista Jorge Guerricaechevarría manejan una cantidad ingente de hallazgos y ocurrencias, brillan ocasionalmente con un par de golpes contundentes de comedia corrosiva, pero en última instancia no son capaces de dar forma a la historia ni de llevarla a buen puerto (De la Iglesia no sabe cómo terminar la película, algo que le lleva ocurriendo ya bastante tiempo).

Lo que tenemos aquí es a un Álex de la Iglesia moviéndose por inercia. El bilbaíno dirige con la solvencia y el brío que lo caracteriza (las secuencias musicales y de acción son excelentes, claro), pero narra con el piloto automático, dando justo lo que se espera de él, cuando lo que hace falta ya es un poco más que eso (que eres el director de La comunidad, por el amor de Carmen Maura). Mi gran noche era una oportunidad perfecta para hacer la gran comedia española (españolísima) del año (antes de que cierta secuela venga para reclamar este título probablemente sin merecerlo), pero ha sido malgastada en un film con dos o tres puntazos que pasará sin pena ni gloria.

Valoración: ★★½

Crítica: Victoria

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Texto escrito por David Lastra

Tras un verano de excelentes blockbusters (Jurassic World y Mad Max: Fury Road), es el momento de ponernos intensos. El otoño supone el advenimiento de los títulos que los afortunados pudieron ver en los grandes festivales. El primer en llegar ha sido El club de Pablo Larraín, que cumple con la cuota de película polémica de la temporada, ya no queda nada para Dheepan, la injusta Palma de Oro de Jacques Audiard y ahora nos llega la triunfadora de los Lola (los Goya alemanes) Victoria, la que debería ser la gran película de este último cuatrimestre de 2015.

Antes que nada, vamos a hablar del plano secuencia que ocupa todos los titulares sobre Victoria. Si todavía hay algún despistado que no se haya enterado, Sebastian Schipper ha tenido el arrojo de realizar esta película en una sola toma, sin ningún tipo de corte oculto, artimaña en la que sí incurrieron Alfred Hitchcock en La soga o, más recientemente, Alejandro González-Iñárritu en Birdman. La toma única de Victoria es real, increíble y, por qué no decirlo, acojonante. Schipper consigue la sensación más emocionante y agobiante de la temporada gracias a esa continuidad en el plano, así como a una inteligente utilización del tono de los diálogos y los idiomas (el uso del alemán como lenguaje en clave ante la extranjera española). Gracias a la violenta e infinita cámara en mano, la opresión causada por Victoria en el espectador supera increíblemente a la combinación del score de Disasterpeace y el coco invisible de It Follows.

poster_victoria_A4Cámara en mano, conocemos sin cortapisas el devenir de Victoria durante una noche cualquiera en Berlín. Minuto a minuto, paso a paso, vamos descubriendo y (des)conociendo a su nuevo grupo de amigos. Como voyeurs conservadores por naturaleza (a.k.a. espectadores de cine), no sabemos qué hace una chica como ella confiando en unos desconocidos de semejante calaña. Victoria es un híbrido entre la canción de Burning y el modus operandi de Blanche DuBois. Sus decisiones provocarán que la noche termine… Me niego a contar nada más del argumento. La mejor baza para estar en tensión durante todo el metraje de Victoria es el desconocimiento total de su argumento. Gracias a esa ignorancia, podremos identificarnos aún más con la ingenuidad y pureza de la protagonista. En esa ocasión es un crimen saber de antemano de qué va la película, por lo que es de vital importancia abstenerse de sinopsis, tráilers y/o críticas descriptivas. El único atisbo de spoiler lo haré con un recurrente juego de referencias e influencias: lo que comienza siendo una disertación en tiempo detenido al más puro estilo de los hermanos Dardenne termina siendo un vendaval salido de la factoría de Romain Gavras con espídicos toques del Tom Tykwer (no obstante, Schipper es un habitual de su cine, en ese caso como actor).

Demasiado he tardado en hablar de la gran triunfadora del film: Laia Costa (de actualidad también por ser María de Habsburgo en la serie Carlos, Rey Emperador). Su tarea era harto difícil ya que es ella la que soporta el peso del film de manera casi exclusiva, al más puro estilo de la Rosetta de los Dardenne o la Lola de Corre Lola, corre (por seguir utilizando los mismos referentes) y lo logra consiguiendo una interpretación que únicamente merece ser catalogada como ejemplar. Espero que a ese Lola (primera ocasión en que una extranjera es galardonada con ese premio a mejor interpretación femenina) le acompañe el Goya en 2016.

 Victoria. Una mujer. Una ciudad. Una noche. Una toma. Una pasada.

Valoración: ★★★★★

Crítica: Marte (The Martian)

THE MARTIAN

¡El primo de Ridley Scott ha vuelto! El director de Blade RunnerAlien lleva varios años encadenando proyectos decepcionantes (los más recientes: la vapuleada Éxodus: Dioses y reyes, la infumable El consejero, y la película con más agujeros de guion de la última década, Prometheus). Es algo a lo que estamos acostumbrados, pero sabiendo que Scott es uno de los mejores en su oficio nos preguntábamos cuándo volvería a poner su innegable talento tras la cámara al servicio de una buena historia. La respuesta llega en 2015, o mejor dicho, en 2035, con la adaptación cinematográfica de la aclamada novela El marciano, de Andy Weir, “el mejor libro de ciencia ficción de los últimos años” según el Wall Street Journal y otro puñado de medios importantes. En España simplemente titulada Marte (El marciano, aunque parezca mentira, puede echar para atrás a muchos espectadores casuales), The Martian es una espectacular epopeya espacial que nos lleva al Planeta Rojo, un viaje que el cine ya nos ha propuesto en varias ocasiones, pero nunca con tanto realismo y emoción.

Adaptada por Drew Goddard (MonstruosoLa cabaña en el bosque), Marte es la historia del astronauta norteamericano Mark Watney (Matt Damon), uno de los miembros de la misión Ares III al cuarto planeta a la derecha. La expedición, dirigida por la comandante Melissa Lewis (Jessica Chastain) con una tripulación formada por un competente y ecléctico grupo de expertos (Sebastian Stan, Kate Mara, Aksel Hennie y Michael Peña), sufre un grave contratiempo cuando una brutal tormenta de arena obliga a los astronautas a abandonar antes de tiempo el planeta, dejando atrás a Watney, al que dan por muerto. Sin embargo, este ha sobrevivido y ahora se enfrenta solo al reto de subsistir allí con escasas provisiones (palabra clave: patata) mientras encuentra la manera de contactar con la Tierra para que lo rescaten. La determinación, inteligencia y habilidad de Whatney (conveniente y afortunadamente doctor en botánica) alargan su estancia en Marte, convirtiéndolo en el primer colono del Planeta Rojo, en el primer terrícola con “nacionalidad” marciana.

Marte asume el reto de abarcar un extenso periodo de tiempo en un metraje de casi dos horas y media, y logra que parezcan mucho menos gracias a un guion dinámico y un montaje excelente en el que se hace muy buen uso de la elipsis. El film intercala la aventura del Robinson Crusoe espacial con los tejemanejes de la NASA, desde donde el director de la Administración (Jeff Daniels clavando al demonio corporativo) y su equipo de especialistas y consejeros (Sean Bean, Chiwetel Ejiofor, Kristen Wiig) trazan un plan de rescate que, como mandan los cánones del thriller espacial, se encuentra con el mayor número posible de obstáculos y peligros. Esta estructura narrativa que nos hace saltar de un planeta a otro continuamente beneficia al ritmo de la película (resulta muy curioso observar cómo desde la NASA van adivinando los pasos de Watney y cómo van trabajando paralelamente hacia el mismo objetivo). Goddard estructura con acierto la historia, enraizándola en el realismo científico, pero evitando que las explicaciones, los agujeros de guion y las licencias dramáticas acaben lastrando la película (como ocurrió para muchos con la reciente Interstellar). Debido a la naturaleza del relato, es inevitable que el film se alargue demasiado en varios tramos, pero por lo general, Marte mantiene en vilo de principio a fin.

THE MARTIAN

Es importante aclarar que no estamos ante una película revolucionaria o visionaria (cinematográficamente hablando). Su mayor ambición no es la de marcar un antes y un después en la ciencia ficción, su principal objetivo es el espectáculo, el entretenimiento para el gran público. Y lo cumple con creces. Marte no pretende romper moldes, es “solo” un impresionante blockbuster de acción, pero uno además inteligente, apasionante y divertido, algo que ya es más difícil de encontrar. Ni que decir tiene que el film es visualmente apabullante y tiene secuencias sobrecogedoras (el clímax es pura emoción y deja al borde del infarto, acercándose más a la experiencia inmersiva de Gravity). Pero es que además, Marte es una estupenda comedia, gracias sobre todo a Watney, que aporta la nota guasona en su vídeo-diario, deleitándonos con referencias geek (a Marvel principalmente, que para eso está Simon Kinberg en la producción) y una banda sonora a base de música disco de los 70 (cortesía del personaje de Chastain, ultrafan de ABBA) con la que la película se reafirma en su naturaleza cachonda.

Scott cuenta con un amplio reparto de estrellas de Hollywood y talentos consagrados y emergentes, y el guion de Goddard se encarga de caracterizarlos a todos y darles un rol que desempeñar (llaman la atención dos rostros televisivos como Donald Glover o Mackenzie Davis en papeles pequeños pero cruciales en la historia). Sin embargo, Damon es el absoluto protagonista de Marte y los demás personajes están supeditados a él y a su misión de rescate en todo momento. Por suerte, el actor construye a un personaje carismático, lleno de matices, muy potente físicamente, y con una trayectoria personal interesante: un toque pasivo-agresivo y antipático al principio, carácter resoluto pero algo volátil la mayor parte del tiempo, y ya en la recta final, Damon despliega todo un rango de emociones -desesperación, miedo, resignación, agotamiento- superando con nota la prueba interpretativa que Scott le plantea.

Marte aúna la frialdad técnica de Gravity y el sentimentalismo de Interstellar, pero mantiene a raya ambos aspectos para encontrar un buen equilibrio entre el rigor científico y el dramatismo. Es decir, apela a las emociones, pero no nos zarandea para conmover a la fuerza ni nos empalaga. La acción es sobresaliente, las charlas técnicas y políticas no se hacen pesadas (en ellas hay bastante sátira y algo de pitorreo), y el componente humano del relato está muy trabajado. En definitiva, Marte es una de las óperas espaciales más cautivadoras de los últimos años, una historia épica de superación, de compañerismo (y una pizca de colonialismo yanqui, claro) que nos devuelve a Ridley Scott en plena forma en el género donde más ha destacado. Esta es una de esas películas que se deben ver en una pantalla de cine (IMAX, 3D, todo lo que haga falta para amplificar la experiencia), o en su defecto, en una de esas súper televisiones que nos permitan sumergirnos en ella. La relativa proximidad en el tiempo de la historia (para 2035 no queda tanto) nos hace pensar que algún día seremos testigos del primer paso del hombre en Marte. Mientras no lo veamos en las noticias, dejemos que el cine nos haga soñar con que algún día lo haremos.

Valoración: ★★★★

Crítica: La Cumbre Escarlata

Crimson Peak

Del Kaiju al romance gótico sin perder un ápice de su ambición creativa o su pasión por lo que hace. Así es Guillermo del Toro, un director comprometido con su oficio, inquieto, apasionado, un amante del arte cinematográfico que nos presenta su obra más reciente, La Cumbre Escarlata (Crimson Peak), cuento victoriano de fantasmas, o mejor dicho, “historia con fantasmas”, en la que el realizador mexicano, más Tim Burton que nunca, le da un bocado a Edgar Allan Poe y la Hammer para embrujar al espectador con una propuesta sacada de otro tiempo.

En La Cumbre Escarlata, la joven escritora norteamericana Edith Cushing (lánguida, frágil y perfecta Mia Wasikowska) se enamora de Thomas Sharpe (el ubicuo Tom Hiddleston), un apuesto y elegante caballero inglés que ha llegado al pueblo acompañado de su hermana, Lucille (la no menos omnipresente Jessica Chastain) en busca de financiación para sus negocios en Inglaterra. Tras la muerte en extrañas circunstancias del padre de Edith, Thomas pide a la joven que se marche a vivir con él y Lucille a Allerdalle Hall, la mansión familiar de los Sharpe, una imponente construcción oculta entre la niebla y los pantanos, aislada en los montes de Inglaterra. La mansión esconde un gran número de secretos que recorren sus pasillos y acechan entre sus paredes, desde el sótano hasta la buhardilla, misterios del pasado que acosan a Edith en forma de apariciones espectrales y enigmas por resolver.

Con La Cumbre Escarlata, Del Toro evoca a los clásicos de la literatura gótica, elaborando junto a Matthew Robbins (con el que vuelve a colaborar después de co-escribir juntos Mimic) un relato con fuertes ecos a La caída de la casa de Usher (una de las narraciones más conocidas de Poe) que amasa además influencias que van de Hitchcock a Corman, pasando por el terror italiano de los 60 y 70, y por supuesto, Cumbres borrascosas. La locura, el deseo, la enfermedad y el misterio se dan la mano en un cuento que, como advierte Edith, no es estrictamente de terror y fantasmas (la cinta no da miedo, ni es lo que pretende, que quede claro), sino uno en el que los espectros no son tanto una amenaza sino una “metáfora del pasado“. De eso trata La Cumbre Escarlata, de los secretos sepultados bajo la mansión encantada de Allerdalle Hall, de cómo estos reaparecen sin que se pueda hacer nada al respecto, al igual que la arcilla roja (de tonalidad Bava y Argento) que emana de la tierra en la que la ruinosa construcción se está hundiendo, para empujar a los vivos a convertirse en monstruos enfermos de amor.

La cumbre escarlata pósterEl reparto de la película es una de sus mejores bazas. Un trío magnífico de intérpretes entregados a la causa que creen en la visión de Del Toro (Wasikowska conmueve, Hiddleston seduce, pero al final es Chastain la que se lleva el gato al agua). Sin embargo, lo más destacable del film es sin duda su atmósfera mágica y etérea. Desde el momento en el que ponemos un pie (y la mirada) en Allerdalle Hall, caemos rendidos a su majestuosa arquitectura y decoración, al deterioro y la descomposición que la convierten en un escenario aun más suntuoso, más trágico y poderoso. Aunque sea un tópico sobreutilizado, la mansión es un personaje más de la película, tiene vida propia (los protagonistas se refieren a ella otorgándole atributos humanos y voluntad), y es ella la que lleva las riendas de la historia. Una historia muy inocente desde el punto de vista narrativo (simple y predecible, como dirigida a un público sin adulterar) y algo adormecida por momentos (aunque no fuera su objetivo principal, más terror habría beneficiado al ritmo de la película) que Del Toro se esfuerza en engalanar de poesía visual para que sus carencias no resulten tan importantes.

Porque en el fondo, con La Cumbre Escarlata ocurre lo mismo que con la mayor parte del cine del mexicano. Su universo está construido con máxima atención al detalle, con desbordante plasticidad y sentido de la estética, pero bajo sus preciosistas composiciones tampoco hay mucho fondo. La Cumbre Escarlata es un compendio de las pasiones del director, una obra que lleva su inconfundible sello autoral en la puesta en escena, en su tratamiento de la violencia (horrible y hermosa), en la elección del reparto secundario (Charlie Hunnam, Burn Gorman, su imprescindible Doug Jones) o en el muy particular diseño de sus criaturas (fantasmas deliciosamente macabros pero excesivamente digitales que parecen pertenecer a otra película). La teatral belleza de La Cumbre Escarlata está hecha para ser admirada, pero de alguna manera no se nos deja entrar del todo en ella, como si el director tuviera miedo de que fuéramos a romper algo y descubrir que detrás no hay nada. El día que Guillermo del Toro cuide sus guiones con tanto esmero como el apartado estético de su cine podrá realizar por fin su obra maestra.

Valoración: ★★★½

American Horror Story Hotel: No se aceptan devoluciones

Kathy Bates Hotel

Quien hace check-in en el Hotel Cortez para empezar la quinta temporada de American Horror Story es, muy probablemente, porque sabe qué se va a encontrar en sus pasillos y habitaciones. Por eso la huraña recepcionista interpretada por Kathy Bates se apresura a advertirnos que no hay “refunds”. Lo siento, si habéis llegado hasta aquí (suponiendo que habéis visto o al menos catado las cuatro temporadas anteriores), no tiene mucho sentido quejarse del servicio de habitaciones o el olor que sale del cuarto de baño. American Horror Story es una de esas series que dan exactamente lo que anuncian. Se trata de una ficción de Ryan Murphy, una de las identidades autorales más asentadas y reconocibles del medio televisivo (si no la que más), así que no le pidamos peras al olmo. A otras series les podemos exigir que todo tenga sentido, a las de Murphy (por ahora) no.

American Horror Story le podemos pedir espectáculo, sangre, sudor y culos. Le podemos pedir que nos ponga cachondos y nos revuelva el estómago, que nos escandalice (aunque cada vez cueste más) y que nos haga cuestionarnos la moralidad de lo que estamos viendo (para luego concluir que todo da igual mientras haya espectáculo, sangre, sudor y culos). Y eso es exactamente lo que nos da el primer capítulo de AHS HotelShock value a borbotones, iconoclastia para parar un tren, estilo, garbo y sobre todo sexo, drogas y rock ‘n rollAHS vuelve más segura de sí misma que nunca, pisando si cabe más fuerte, pavoneándose e importándole una mierda lo que los demás piensen de ella. Hotel nos agarra por las partes pudendas, las masajea, las lubrica, les da una descarga eléctrica, y no las suelta en ningún momento. Esta serie se experimenta por los ojos y por la entrepierna, que en el caso de la serie de Murphy vienen a ser lo mismo.

Wes Bentley

La carta de presentación de AHS Hotel es, como lo han sido las temporadas anteriores, una oda (algo tosca y evidente, claro está) al cine y la cultura pop. Ahí tenéis a Lady Gaga y Matt Bomer “viendo” Nosferatu (eligiendo presas) en un cine al aire libre mientras suena Joy Division, su evidente homenaje a El pueblo de los malditos con los “niños perdidos” del Cortez, sus inconfundibles ecos al Overlook de El resplandor o la muy pertinente/obvia inclusión del “Hotel California” de los Eagles. “Cheking In” es giallo, es torture porn, es terror expresionista, un cuento neogótico de fantasmas, vampiros y crímenes, una serie de viñetas de horror intercaladas por videoclips de Chris Cunningham o Floria Sigismondi (las apariciones espectrales dan yuyu de verdad). La puesta en escena es más erótica y carnal que nunca. La cámara recorre los pasillos del Hotel Cortez abusando del objetivo de ojo de pez incluso más Coven, haciendo que el ya de por sí suntuoso y escalofriante escenario art déco sea aun más fascinante, más extraño y retorcido, como una casa de los espejos de la que no se puede escapar. Y dentro de un solo capítulo, los saltos entre atmósferas están más acusados que en cualquier otra temporada. El ambiente sucio y macabro de la habitación 64 (como sacada de Hostel), el neón de la sala de torturas, la ostentosidad de la suite de Gaga y Bomer (“la vida de los ricos y famosos”), el hogar fincheriano de Wes Bentley y Chloë Sevigny (en las escenas policiales, Hotel se divierte jugando a ser Se7en), o el retro-futurismo de la recámara secreta donde se esconden los niños. No forman un todo coherente, pero ni falta que hace.

Y ya que mencionamos a Gaga tantas veces, respondamos a la pregunta que ha preocupado a muchos seguidores de AHS desde que se anunció su incorporación a la serie: ¿da la talla la cantante? Pues de momento sí. Como cabía esperar, encaja como un guante (nunca mejor dicho) en su universo, comparte su estética, su actitud, su seguridad, su compromiso con la demencia y el exceso. Claro que por ahora no ha tenido que “actuar” demasiado, se ha limitado a ser Lady Gaga, una marciana barroca y mamarracha que ha respondido a la llamada de su planeta y se encuentra en él como en casa. Los demás personajes ayudan a que la artista no desentone, al estar concebidos en su mayoría como estrellas malcriadas de Hollywood, personalidades extravagantes y caprichosas perdidas en un paraíso de sexo, estupefacientes y humo de tabaco. Sarah Paulson como la yonqui Hypodermic Sally (esta serie sigue siendo la mejor poniendo nombres), Max Greenfield como la diva ochentera Gabriel (otro yonqui), Denis O’Hare como un empleado travestido del Cortez que se hace llamar Liz Taylor, y sobre todo la otra mitad de Gaga, Donovan (Bomer), con quien forma una pareja de vampiros modernos que claramente emulan a Catherine Deneuve y David Bowie en El ansia (The Hunger). Toda una exhibición de talento interpretativo puesta al servicio del escándalo y la provocación en la que (perdónenme) de momento no echo de menos a Jessica Lange.

Gaga Bomer

Murphy y Falchuk querían elevar el listón de lo que se puede mostrar en televisión, jalear e impactar más incluso que los cuatro años anteriores. Y con “Checking In” lo han conseguido, dando el pistoletazo de salida a la temporada más violenta y depravada hasta la fecha. Una escena del crimen en la que un hombre (aun vivo y sin ojos) sigue estando erecto dentro de su pareja muerta (Grey’s Anatomy Extreme), una violación anal al personaje de Max Greenfield por parte del Addiction Demon (no se han pensado mucho el “monstruo” oficial de la temporada) con un dildo-taladro cónico de metal drilldo (escalofríos y Kegel anal involuntario viendo esta escena), y la pieza estrella de esta exposición de horrores pop, la orgía sangrienta de Gaga y Bomer, brutal secuencia en la que la pareja se deja la piel para deleite de nuestros morbosos ojos (Bomer además se pasa el capítulo en cueros – Murphy, gorrión, muchas gracias). Y aun con todo, Hotel no llega a los niveles de sensacionalismo y gratuidad de otra serie de la cadena, The Bastard Executioner. Aquí, al fin y al cabo, la violencia está enmarcada en un contexto casi de comedia autoconsciente, de terror de medianoche en el que todo vale… de (risas) ARTPOP. (El sexo no tenemos que justificarlo).

Con Hotel, AHS se rinde por completo al estilo por encima de la sustancia, al estímulo sensorial por encima de la lógica narrativa (en esto último Murphy nunca ha estado demasiado interesado). No nos debería sorprender, este es el camino que emprendió con la (infravalorada y divertidísima) Coven. Temporadas como Asylum nos han demostrado que AHS puede ser algo más si se lo propone, pero si seguimos aquí a estas alturas es porque sabemos y aceptamos que no siempre se lo propone. De momento, Hotel es un contenedor de ideas inconexas, trazas de historias y tramas aun por definir, de personajes llamativos, secuencias eróticas y (ya era hora) terroríficas de verdad (el cadáver saliendo del colchón, wow), de imágenes diseñadas para atrapar (por la vista y la entrepierna, recordad), y sublimes momentos musicales. Aun es pronto para saber si todo acabará teniendo sentido o relación. Pero sería de ingenuos esperarlo. De momento, os recomiendo disfrutar de lo que Hotel nos ofrece. Es clara y no engaña a nadie. Si hasta os lo dice en luces de neón, por si no estaba ya claro el mensaje: “Why are we not having sex right now?” Hacedle caso. AHS no se ve, se folla. Si no vais a follar con ella, no os molestéis en hacer check-in.

Ahs Hotel

Crítica: El club

El club Larraín

Texto escrito por David Lastra

A pesar de ser descendiente de una de las dinastías más poderosas y derechistas de su país, Pablo Larraín ha demostrado ser el grano en el culo oficial de la sociedad chilena. Ya lo demostró con creces con la antipinochetista No y lo confirma con El club, cinta que ya suena como una de las grandes favoritas en la categoría de mejor película de habla no inglesa en los próximos Oscars (nominación que ya consiguió con la citada No).

Perdidos de la mano de Dios. De esa manera podrían expresarse los curitas de El club en sus redes sociales. Olvidados en una casita de un pueblecito costero chileno, cuatro curitas y una monjita viven en paz y armonía. Sus quehaceres diarios se resumen en una combinación de oración, cantos, asueto y carreras de galgos. El club de los curitas es un lugar de retiro espiritual, donde sus miembros oxigenan sus conciencias y viven sin hacer daño a nadie… porque ya han hecho demasiado. Los curitas de El club son pederastas, homosexuales, abortistas, rebeldes contrarios al régimen dictatorial anterior,… un cúmulo de amenazas para la tan cacareada integridad eclesiástica (carraspeo). Al no regirse bajo las leyes civiles (tos), la Iglesia opta por la creación de localizaciones secretas al más puro estilo de los centros clandestinos de detención de la CIA, donde únicamente los moradores conocen sus pecados y nadie del exterior sabe quiénes son realmente esos hombres mayores que viven juntos. Una solución perfecta, sin fisuras… salvo si el enclave y/o sus habitantes son identificados por algún demonio laico…

… y eso es precisamente lo que ocurre en El club. La calma de los habitantes de la casa es castigada no solo con la llegada de otro curita, sino con el problema de que ese nuevo inquilino es rápidamente reconocido por una de sus víctimas a lo poco de llegar a la casa. Prepucio arriba, prepucio abajo. Semen sagrado en la boca del infante. Tener a un hombre vociferando los abusos a los que le sometió el curita recién llegado en su tierna infancia no es la mejor manera de pasar desapercibidos. Ese estallido (literal) provoca que nada vuelva a ser lo mismo para el club de los curitas. Su existencia comienza a ser puesta en entredicho por la propia Iglesia. Con la llegada de un joven investigador que evalúe la viabilidad de la casa, Larraín ilustra el choque entre la vieja y la nueva Iglesia, pero sin cometer el error de santificar al cien por cien a esta corriente renovadora (atisbo de las nuevas promesas de identificación de culpables por parte del Papa actual).

El club Larraín

El desquiciamiento de los curitas ante el peligro de ver públicamente destapados sus pecados deja al descubierto a los verdaderos monstruos de la (sin)razón. Poco a poco, vamos siendo testigos de las confesiones de los pecados de los curitas. Unas disertaciones de altísima intensidad emocional (especialmente la oda al amor homosexual por parte del Padre Vidal) ante las que Larraín sortea de manera solvente tanto el posible amarillismo como la peligrosa ingenuidad del creador de justificar los actos de sus personajes. Como buen cineasta que es, sabe ampararse en la verosimilitud más que en la realidad, logrando de esa manera no solo una denuncia (real) sobre las prácticas subrepticias de la Iglesia, sino también un certero sermón sobre la represión de la naturaleza del ser humano, ya sea por él mismo o por una organización a la que esté inscrito o no, y las consecuencias de sus actos.  El ser humano es complejo y sus cagadas también.

Pablo Larraín nos relata en El club la parábola del galgo y los curitas. Bestia y bestias que al compartir el mismo abandono, no encontraron otra solución que la de convivir, hasta que la realidad les volvió a poner a cada uno en su lugar. Como Dios manda.

Valoración: ★★★½

Crítica: Yo, él y Raquel (Me and Earl and the Dying Girl)

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He estado a punto de no escribir este texto. Cuando una película me atraviesa la piel como lo ha hecho Me and Earl and the Dying Girl me resulta especialmente difícil verbalizar mis impresiones sobre ella. Pero en realidad, esa no es la razón por la que casi no me siento a escribir sobre la cinta de Alfonso Gomez-Rejon (gran premio del jurado y del público en Sundance). Lo que no quería era hablar de ella “en voz alta”, necesitaba guardármela para mí solo. Ya sabéis que cuando os guardáis algo dentro (sea por la razón que sea), si lo decís en voz alta, es cuando se hace realidad y debéis asumirlo de verdad. Pensé en dejarlo ahí y no tocarlo, pero al final decidí que guardarme Me and Earl and the Dying Girl para mí solo era un acto tremendamente egoísta (el film ya cuenta con un considerable culto y ha sido visto por mucha gente gracias a San Torrent, lo de “para mí solo” es una licencia dramática). Esta es una de esas películas que se viven en primera persona, con las que se desarrolla un poderoso vínculo personal e individual, pero que en última instancia merece, es más debe ser compartida.

Para empezar, quitémonos de en medio el tema en el que todos estáis pensando. El título en español: Yo, él y Raquel. Sí, es feo, españoliza un nombre para luego conservarlo en inglés en la película (al más puro estilo Eduardo Manostijeras), pero sobre todo anula el sentido del humor negro y la inocente poesía adolescente que conlleva el original (y que caracteriza al film). Ahora bien, paraos un minuto a pensar en las posibilidades… ¿Veis? Démosle un respiro al departamento de PR y márketing de la distribuidora, porque no, esto no es un caso análogo al de Soñando, soñando, triunfé patinando. Se trata de un título prácticamente imposible de traducir al castellano sin que se produzca un considerable lost in translation. Alegraos de que no se haya titulado Deseando vivir La amiga de mi mejor amigo.

Y dicho esto, hablemos de la película. Me and Earl and the Dying Girl (basada en la novela homónima de Jesse Andrews) está narrada en primera persona por Greg (Thomas Mann), un adolescente muy particular (claro) que ha encontrado la manera de sobrevivir al instituto sin conflictos: crear vínculos amistosos con todas las “naciones” del universo estudiantil (jocksnerds, góticos, geeks del teatro, porretas, pijas…) y así pasar desapercibido y evitar el drama (para poder escaparse al despacho de su profesor de filosofía, Jon Bernthal, a ver cine a la hora de comer). Greg solo tiene un amigo de verdad (aunque para referirse a él siempre utilizará el calificativo libre de connotación afectiva “compañero de curro”), Earl (RJ Cyler), con el que desde pequeño desarrolla un gusto especial por el cine europeo (influencia del padre de Greg, Nick Offerman) y se dedica a filmar parodias de clásicos del cine (A Sockwork Orange, Anatomy of a BurgerRosemary Baby Carrots por ejemplo). Suena irrealmente cool y pretencioso, ¿verdad? Pues de alguna extraña manera, no lo es. Pero sigamos. La madre de Greg (Connie Britton) obliga a su hijo a visitar a Rachel (Olivia Cooke), compañera del instituto que padece leucemia, iniciativa que entusiasma a la madre de Rachel (Molly Shannon como versión agridulce de Amy Poehler en Mean Girls). A Greg y Rachel les horroriza la idea de tener que pasar tiempo juntos en esas circunstancias, pero entre visitas a regañadientes, sesiones cinéfilas y a base de humor auto-crítico, auto-destructivo y auto-todo, no tardará en florecer una amistad, en la que con el tiempo Earl también acabará entrando. La película parece discurrir por los derroteros de siempre, pero Greg nos tranquiliza diciéndonos desde bien pronto que ni esta es una historia de amor ni Rachel morirá al final. Un detalle por su parte.

Me and Earl

Me and Earl and the Dying Girl puede adscribirse sin lugar a dudas la categoría de “cine teen de culto” a la que también pertenecen Las ventajas de ser un marginadoBajo la misma estrella (con la que será comparada por lo obvio), e incluso Donnie Darko (el rol de guía que ejerce el personaje de Jon Bernthal es parecido al de Drew Barrymore en la cinta de Richard Kelly). Sin embargo, la película de Gomez-Rejon posee una cualidad más real y ofrece una percepción algo menos romántica e idealizada de dicha etapa vital. Me and Earl… es una película de adolescentes perspicaces, cultos y elocuentes, pero nada en ella parece forzado, nada en sus personajes parece falso (Earl es un soplo de aire fresco en este tipo de cine), por el contrario, esta rebosa sinceridad de principio a fin (hasta engañando es honesta). Gomez-Rejon aborda la enfermedad de Rachel con la seriedad pertinente, pero evitando que esta ahogue el tono de la historia y esquivando en todo momento la pornografía emocional. Me and Earl golpea directamente las emociones porque no parece que este sea su objetivo principal. La comedia domina el relato, pero está siempre empapada de una tristeza extrañamente alegre y deja paso al drama cuando debe hacerlo (al fin y al cabo “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”), sin perder de vista en ningún momento lo que define a estos personajes (por los que el director siente fascinación genuina), y celebrando la creatividad y la energía adolescente hasta el final.

El desenlace de Me and Earl contiene la que es sin duda una de las escenas más intensas, conmovedoras y desarmantes que vamos a ver en mucho tiempo (cuando veáis/si habéis visto la película, sabréis a cuál me refiero). Una catarsis aplastante (acentuada por la increíble banda sonora de Brian Eno y Nico Muhly) que da pie a un precioso y revelador epílogo con el que el film sella su destino: Me and Earl and the Dying Girl es una obra de ficción a la que querremos regresar de vez en cuando para abarcar su significado al completo, que necesitaremos recomendar, poner a nuestro “compañero de curro” y verla por primera vez a través de sus ojos. Greg quiere compartir su experiencia con todos nosotros, y (yo ya he asumido que) es nuestro deber hacerla llegar al mayor número de personas posible. No cabe duda, esta historia “se seguirá desplegando ante nosotros siempre que le prestemos atención”.

Por favor, prestadle atención.

Valoración: ★★★★½

¡Concurso! Consigue la 4ª temporada de HOMELAND

 Este concurso ya ha finalizado. Atentos a fuertecito no ve la tele para futuros concursos.

Homeland S4

Ya está a la venta en España la cuarta temporada de Homeland, editada en Blu-ray y DVD de la mano de 20th Century Fox Home Entertainment.

La aclamada cuarta temporada sitúa la acción tras el trágico final de la misión de Nicholas Brody (Damian Lewis) en Irán y con Carrie Mathison (Claire Danes) estrenando maternidad y nuevo destino dentro de la CIA: Islamabad. Por su parte, Saul Berenson (Mandy Patinkin) empieza a trabajar en una agencia de seguridad privada tras abandonar la agencia de inteligencia.

Después de una absorbente trama que abarcó las tres primeras temporadas, Homeland hace “reset” en su cuarto año, con una tanda de episodios que prolongan la vida de la serie considerablemente y renuevan el entusiasmo de sus seguidores. La cuarta temporada de Homeland es considerada una de las mejores de la serie, tanto por el público como por la crítica, y contiene algunos de los episodios más intensos y memorables de toda la serie. Una tendencia que continúa al comienzo de la quinta temporada, recién estrenada en televisión.

Para celebrar este lanzamiento Fox Home nos envía un pack gratis de la segunda temporada en DVD para sortear entre los lectores de fuertecito no ve la tele.

Si queréis participar, lo único que tenéis que hacer es responder a la siguiente pregunta:

¿QUÉ ES LO QUE MÁS OS GUSTA DE HOMELAND?

Podéis participar de dos maneras:

1. Respondiendo a la pregunta en esta entrada
2. Respondiendo en ESTA FOTO de la página de Facebook
 de fuertecito no ve la tele

Si contestáis en ambos sitios tenéis participación doble (podéis repetir respuesta).

 

Bases

Homeland T4 DVD– De entre todos los participantes elegiremos a un ganador (via Sortea2) que se llevará totalmente gratis 1 pack de Homeland – Cuarta Temporada en formato DVD. El ganador lo recibirá en su casa sin ningún gasto por su parte.

– El participante debe incluir su correo electrónico en el formulario de respuesta del blog (no aparecerá público) y se recomienda firmar con nombre y apellido (los pseudónimos son válidos). En Facebook no es necesario.

– Sólo contará una participación por dirección IP, las respuestas desde la misma IP con distinto nombre serán marcadas como spam. En Facebook solo se podrá participar una vez por cuenta personal.

– El plazo para participar en el concurso finaliza el viernes 16 de octubre de 2015 a las 23:59 (hora peninsular española). El ganador será anunciado a partir del día siguiente en la página de Facebook de fuertecito no ve la tele.

– Concurso válido sólo para España (península e islas).

– fuertecito no ve la tele se reserva el derecho de modificar o anular el concurso si fuera necesario.

¡Mucha suerte!

 

Crítica: Pan – Viaje a Nunca Jamás

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Hay dos formas principales de llevar a cabo una nueva película basada en un cuento de hadas o un clásico de la literatura infantil y juvenil: el remake o la reinvención. La mitad del calendario de estrenos de Disney para los próximos años está compuesto por adaptaciones en acción real de sus clásicos animados (unas fieles a la película original, otras cambiando el punto de vista para contar la misma historia). Los demás estudios se siguen empeñando en subirse al carro de los cuentos de hadas y preparan adaptaciones por su cuenta (en los próximos años veremos versiones no-disneyanas de clásicos como El Libro de la SelvaLa Sirenita Tarzán)Y aquí es donde entra la tercera modalidad. Superproducciones que toman prestado los nombres y los elementos principales de un cuento para hacer una película que “parece” ese cuento, pero no lo es. Ese es el caso de Warner Bros., que nos ofrece este año la enésima relectura del clásico de J.M. Barrie Peter Pan, titulada Pan: Viaje a Nunca Jamás.

Dirigida por Joe Wright (Expiación, Anna Karenina), Pan es una adaptación libérrima del cuento del niño que no quería crecer. Tan libre es que de hecho a lo largo de toda la película no se menciona ni una sola vez este importante elemento de la historia. El Nunca Jamás de Wright es en su mayor parte un mundo eminentemente adulto, más alejado del entorno maravilloso que vimos en la versión de Disney, en Hook de Spielberg o Peter Pan: La gran aventura, de P.J. Hogan. En lugar de servir como escape y paraíso para niños, (en principio) lleno de diversión y libertad alejada de padres y responsabilidades, este Nunca Jamás es desde el inicio un escenario hostil, peligroso y abrumador que no da respiro a quien se atreve a poner un pie en él (en este sentido, la película hace honor al trasfondo adulto y oscuro del material de origen). Ideada como una precuela, la película reinventa el relato de Barrie de manera que ahora este da comienzo en los años 40, con la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo y un Peter abandonado en un orfelinato, donde vivirá una experiencia similar a la de Annie hasta que consiga “escapar” hacia las estrellas. A partir de ahí, casi nada de lo que sabíamos del cuento transcurrirá como recordábamos. Sí, hay piratas, indios, hadas, sirenas y barcos voladores, pero el orden de los factores ha sido alterado. Y no sabemos muy bien con qué intención.

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El Nunca Jamás de Pan está gobernado por el pirata Barbanegra (Hugh Jackman), un líder totalitario que rapta niños huérfanos y los pone a picar piedra en busca de polvo de hadas, extinguido desde hace eones. James Garfio (Garrett Hedlund) es uno de esos niños, ya crecido y convertido en un apuesto y pícaro galán (Hedlund canalizando a Indiana Jones). Peter y James se hacen amigos, huyen de Barbanegra y se embarcan en una odisea en busca de la madre del pequeño (al más puro estilo A.I.). Por el camino se topan con la tribu de nativos de Nunca Jamás, formada por indios de todas las razas (sic), entre los que destaca una Rooney Mara más blanca que el papel y totalmente narcolépsica (hasta ahora la actriz había utilizado su languidez en beneficio propio, pero aquí hacía falta un poco más de brío, y ella simplemente no puede, se cansa, se duerme… no hay manera). Por todos es sabido que el blanqueamiento de Tigrilla enfureció a gran parte del público (con razón), y os gustará (o no) saber que la película no hace el mínimo esfuerzo por justificar un cambio tan cuestionable (ni siquiera Mara es capaz de defenderlo).

Polémicas aparte, Wright ha convertido Peter Pan en una aventura cinematográfica muy de nuestro tiempo. Un blockbuster de acción ruidoso e hiperactivo, cargado de energía y saturado de color digital (la “magia” del croma), con una banda sonora grandilocuente, en la que John Powell recicla sin reparos su obra maestra, How to Train Your Dragon. La puesta en escena de Wright (aspecto en el que el británico siempre sobresale) está llena de hallazgos curiosos (el rapto de los niños al comienzo de la película es pura planificación teatral) y voluntad de transgresión. Por ejemplo, el segundo acto parece directamente sacado de Mad Max: Furia en la carretera. La influencia de George Miller se hace evidente al ver a los piratas de Barbanegra y sus esclavos, sucios, grotescos, pintados como payasos siniestros, eslabones inferiores de una sociedad de bárbaros que corean himnos (atención) de Nirvana o los Ramones. En este sentido, a pesar de tratarse de una película para toda la familia, se puede sentir en Pan un deseo reprimido de ir más allá. Lo notamos en las canciones, pero sobre todo en la manera de mostrar la violencia, muy agresiva y contundente (los personajes son zarandeados y lanzados al vacío, pero salen siempre ilesos), amortiguada por una aproximación cartoonesca y el entorno digital (como ocurría en la reciente Tomorrowland). Si Pan no estuviera calificada con un PG (Parental Guidance), sus planos estarían bañados en sangre.

Rooney Mara Tiger Lily

Wright se encarga de que su película esté en constante movimiento, no hay apenas descanso para los protagonistas y el espectador, llegando a resultar en ocasiones agotador. Esto enmudece en cierto modo el sentido del asombro que encontrábamos en otras adaptaciones de la misma historia. Aquí apenas se nos permite divertirnos, y lo que es peor, faltan intermedios de calma en los que conocer más a fondo a los personajes e indagar en sus relaciones (no hay química entre Garfio y Tigrilla, y la amistad de Hook y Peter se queda en la superficie, cuando debía ser el eje vertebrador de la película). Empezando por el propio Peter (Levi Miller), todos son recortes de papel sin personalidad -con la excepción quizá del Barbanegra de Jackman, que sí se molesta en añadir dimensiones al villano por iniciativa propia, aunque el guion no esté muy interesado en que lo haga. El desarrollo de la aventura una vez fuera de las minas de Barbanegra es más bien convencional, haciendo que el film se acabe convirtiendo en una superproducción familiar genérica e intercambiable, un caos narrativo repleto de secuencias vertiginosas y protagonistas convertidos en monigotes digitales, con menos profundidad que la mayoría de personajes del cine de animación. Falta vida, falta corazón, y esto hace que entrar en la película se convierta en una tarea.

Pan nos propone un viaje alternativo al Nunca Jamás con el que hemos soñado tantas veces, pero no se atreve a romper el molde de verdad. Si la propuesta hubiera sido más excéntrica aun, más loca y arriesgada (y no solo en el apartado estético), habría tenido posibilidades de dejar huella, pero desafortunadamente se queda a medio camino. Lo bueno es que, a pesar de todo, el film consigue rebajar la sensación de déjà vu, sin duda el mayor lastre de este tipo de cine, y ser algo más que la enésima interación del mismo cuento (esto no es ooootra Bella y Bestia, menos mal). Lo malo es que, para hacer esto, lo ha despojado de su profundidad y riqueza temática. Me pregunto qué habría pasado si, en lugar de usar los nombres pensados por Barrie, se hubiera concebido como algo completamente nuevo. Total, si se lo iban a inventar todo y no iban a tener que pagar royalties igualmente, ¿qué más da? ¿Tanto miedo tienen los estudios a vendernos historias originales que no sean remakes, reboots o secuelas?

Pregunta retórica, por supuesto.

Valoración: ★★★

Crítica: Una chica vuelve a casa sola de noche

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La ópera prima de Ana Lily Amirpour después de su multipremiada trayectoria en el mundo del cortometraje es una de las sensaciones festivaleras del pasado año. La directora estadounidense de origen iraní toma la arriesgada decisión de adentrarse en el sobre-explotado universo de los vampiros para demostrar que, a pesar de lo hastiado del género, aún quedan formas de innovar en él.

girl walksUna chica vuelve a casa sola de noche (A Girl Walks Home Alone At Night) es un soberbio ejercicio de estilo y minimalismo narrativo en el que Amirpour demuestra una sensibilidad estética muy particular, fusionando terror y western en las páginas de una novela gráfica en movimiento. Se trata de una historia clásica (chico conoce vampira) con ecos a David Lynch y Jim Jarmusch (que recientemente se aproximó al mismo género también desde un prisma alternativo con Only Lovers Left Alive), y clara voluntad pop, en la que destacan la sensualidad e iconoclastia de sus imágenes (en esplendoroso blanco y negro) y la magnética presencia de sus protagonistas, una vampira hipster/skater con hijab (la revelación Sheila Vand, imposible no enamorarse de ella) y un joven narcotraficante con aires de James Dean, Marlon Brando y James Franco -todos reencarnados en Arash Marandi.

A Girl está repleta de secuencias para el recuerdo (el primer encuentro de Arash, disfrazado de Drácula, con la Chica; su primera visita a la casa de ésta; cualquier aparición espectral de la Chica en las oscuras calles de Bad City) y sublimes instantes musicales. Pero el film de Amirpour es mucho más que un seductor festín visual y sonoro para paladares modernosos, se trata además de una lección de economía narrativaA Girl nos dice mucho con poco (atención a la manera en la que Amirpour desenlaza la historia), y logra pasar como si nada por los tópicos del género, contándonos con dos recursos visuales inteligentemente empleados y sin apenas palabras lo que otras cuentan con 60 minutos de exposición. Una auténtica maravilla.

Valoración: ★★★★

Crítica: Regresión

"Regression" Day 32 Photo: Jan Thijs 2014

Minnesota, 1990. Angela (Emma Watson), la benjamina de una problemática familia de la zona, acusa a su padre de cometer abusos sexuales contra ella para a continuación buscar refugio en la parroquia local, donde se esconde del mundo. El detective Bruce Kenner (Ethan Hawke) se encarga de investigar el caso, que no tarda en dar un giro cuando el padre de la adolescente admite la culpa, pero asegura no recordar haber cometido el crimen. Para llegar al fondo del misterio, Kenner cuenta con la colaboración del reconocido psicólogo Dr. Raines (David Thewlis), que ayuda al sospechoso a recuperar sus recuerdos reprimidos mediante la regresión hipnótica. Esto no hace sino destapar una siniestra conspiración mucho mayor detrás del caso, una secta satánica que realiza rituales macabros y horribles sacrificios en el pueblo, y cuyo desenmascaramiento se convertirá en una obsesión cada vez más personal para el detective.

Regresión es la vuelta de Alejandro Amenábar al cine después de seis años de ausencia en la silla del director (sin contar un videoclip para las Nancys Rubias o el cortometraje publicitario Vale, sus únicos trabajos tras las cámaras en este tiempo), y a su vez supone su regreso al género de terror desde que estrenara Los otros en 2001. Para su nuevo largo, Amenábar aparca la ambición de sus anteriores proyectos (el dramón bigger-than-life Mar adentro y el péplum Ágora) y nos ofrece un thriller psicológico a la vieja usanza, un film sin otra pretensión más que la de narrar una historia de suspense y terror de las de antes, concretamente como las que se hacían hace veinte años (es más, como las que hacían otros, no él).

RegresiónEstamos ante una película noventera en todos los aspectos. La mera presencia de Ethan Hawke como protagonista ya otorga al film ese regusto a 90s que va intrínseco al actor de Texas, pero es que el ejercicio de regresión que nos propone el director va más allá de lo meramente circunstancial o estético. Regresión pide al espectador que se traslade atrás en el tiempo y firme el pacto de la ficción que habría firmado entonces (y ojo, no porque haya muchos agujeros, sino porque no pretende impactar o sorprender al público más resabiado). Amenábar, que también firma el guión (escrito por él solo), ha dibujado un contundente relato pre-Internet basado en hechos reales que juega con la idea del miedo aislado y magnificado dentro de una comunidad; una historia muy americana (no busquéis rastros de españolidad aquí tampoco) con la que también explora el lugar común del paleto yanqui (magnífica Dale Dickey como siempre en este tipo de papel) que lleva sus férreas creencias retrógradas al fanatismo más perturbador. El director nos recuerda que la ola de satanismo de los 90 es algo que ocurrió de verdad (y no solo en la América profunda), dando pie a un contexto fascinante en el que indaga en busca del origen del mal. Y lo hace evitando excesos efectistas y sin pasarse de listo (como sí ocurría en el cine temprano del autor), construyendo una película críptica y engañosa en su justa medida que mantiene en vilo hasta el final.

Regresión es en cierto modo una cura de humildad para Amenábar y a la vez una llamada a abrir los ojos para aquellos que lo tienen en un pedestal sin saber exactamente por qué (relax, por favor). No es un regreso por todo lo alto, no recuperamos a aquel director obsesionado con estar a la altura de lo que la crítica y el público esperaban de él (se le llegó a llamar muchas veces “el Kubrick español“, paraos a pensar en tamaña tontería). Regresión es el trabajo de un cineasta que ha decidido volver al trabajo, sin presiones, sin agobios. Y resulta que, mientras nos rasgamos las vestiduras porque no ha hecho una obra maestra o nos jactamos de nuestro excelente criterio porque “no es para tanto”, él nos está recordando lo más importante, que es un realizador muy solvente y eficaz (claro que a muchos esto ya no les vale). Regresión es la prueba, un trabajo asequible, bien contado (con un desenlace valientemente anticlimático y coherente con la idea que vertebra la película), un perverso juego de sugestión con una atmósfera turbia que envuelve magníficamente toda la película. Este es el Amenábar que yo quiero ver, no el que necesita conservar a toda costa su lugar en el Olimpo, sino el que recuerda por qué empezó a hacer cine.

Valoración: ★★★½