Crítica: Irrational Man

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A estas alturas de la película, denominar un trabajo de Woody Allen como “menor” es no decir nada. El director neoyorquino insiste en estrenar una película al año, por eso cuando nos llega a las salas de cine su “último” film, ya está rodando el siguiente. Allen hace películas como churros, y aunque siempre fue un cineasta fértil e hiperactivo, su etapa creativa más importante queda muy atrás, así que ya es hora de reajustar definitivamente nuestro baremo para valorarlo. A pesar de ocasionales destellos de genialidad que le han reconciliado momentáneamente con la crítica (Match PointMidnight in ParisBlue Jasmine), sus películas de la última década se antojan mecánicas, realizadas por inercia, y ya no poseen la repercusión de antaño. Sin embargo, Allen sigue conservando el favor de su fiel público, acostumbrado a encontrar en su cine una serie de elementos que, esté más o menos inspirado, siempre se las arregla para ofrecer. Esto quiere decir que, por muy menor que sea una película de Woody Allen, siempre va a haber algo “mayor” en ella. Y su estreno más reciente, Irrational Man, vuelve a dar cuenta de ello.

Siguiendo con su costumbre de trabajar varias veces seguidas con una nueva y joven musa (generalmente actrices en boga o estrellas desprestigiadas de las que se encapricha para luego ir reciclando), Allen cuenta una vez más con la nominada al Oscar Emma Stone (que entra en la primera categoría, claro), a la que dirigió en su anterior película, la olvidable Magia a la luz de la luna. Stone comparte cartel en Irrational Man con el resucitado Joaquin Phoenix, que da vida al hombre irracional del título. Ninguno de los dos ofrece precisamente una de las mejores interpretaciones de su carrera, pero les sobra encanto y carisma, que teniendo en cuenta la naturaleza poco exigente de la película, es más que suficiente.

Irrational Man es una elegante comedia romántico-existencial sobre la relación entre un profesor de filosofía, Abe Lucas (Phoenix), y una de sus alumnas aventajadas, Jill Pollard (Stone). Jill es una niña bien que tiene al novio perfecto, pero su personalidad inquieta le lleva a obsesionarse con su nuevo profesor, una figura enigmática y atormentada con problemas con la bebida y fama de acostarse con sus alumnas. Profesor y estudiante entablan una amistad y pasan el tiempo discutiendo cuestiones filosóficas, arreglando el mundo mientras pasean por el campus y explorando la raíz de la crisis existencial de Abe, que ha tocado fondo a nivel emocional y no es capaz de encontrar aquello que le dé sentido a su vida. Durante uno de sus encuentros, Abe y Jill escuchan una conversación de unos desconocidos que lleva al profesor a coger las riendas de su vida y tomar una decisión con la que por fin poder marcar la diferencia en el mundo y salir del hoyo de desesperación en el que está sumido. Sin embargo, la decisión de Abe desencadena una serie de acontecimientos incontrolables que afectan a ambos y demuestran que el supuesto filosófico en el que él se ampara no funciona en la práctica.

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Con Irrational Man, Allen incide de nuevo en algunos de los temas más recurrentes de su cine: el crimen perfecto, el azar, la definición del romanticismo y por supuesto la ciencia indescifrable de las relaciones entre hombres y mujeres. El genio antropólogo sigue ahí, pero para darle pábulo a sus agudas observaciones, esta vez ha optado por un velo de filosofía barata que empaña el conjunto. Las diatribas morales de Irrational Man parecen sacadas de un libro de texto de secundaria, recitadas mediante diálogos que suenan reciclados (Allen ha escrito el guion de su última película igual que el 70% de su cine reciente, mientras dormía) y name-dropping de los filósofos más conocidos. Las pobres conclusiones que se ofrecen en el epílogo terminan poniendo en evidencia el poco trabajo que lleva el libreto (seguramente un primer borrador que necesitaba muchos retoques, claro que ya nadie espera que Allen se los dé).

Y aun con todo, un Allen menor como este sigue teniendo alicientes de sobra para ser disfrutado. Hay que destacar, como le corresponde, a la gran Parker Posey, infalible fuente de comedia que llega a ponerse por encima de los dos protagonistas en múltiples ocasiones -no era muy difícil, Stone no controla sus mohínes, chirriando en los momentos más dramáticos, mientras que Phoenix deja que su incipiente barriga (la gran robaescenas de la película) actúe a ratos por él. Tampoco sería justo pasar por alto la facilidad con la que Allen engaña al espectador transformando su comedia romántica en una inesperada y divertida comedia negra que culmina en una inquietante secuencia “de acción” (en términos relativos al cine de Allen) que se encuentra entre lo mejor que el director ha filmado en los últimos años. Irrational Man es Woody Allen en su faceta más robótica, sí, pero no por ello deberíamos menospreciar su capacidad para realizar este tipo de películas tan agradables y efímeras. No a todos les sale tan bien como a él.

Valoración: ★★★½

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