Crítica: La cabeza alta

LA TÊTE HAUTE  de Emmanielle Bercot LES FILMS DU KIOSQUE

Si creíais que el Steve O’Connor de Mommy o los chavales de Short Term 12 eran adolescentes problemáticos, esperad a conocer a Malony FerrandotLa cabeza alta (La tête haute) tiene mucho en común con esas dos joyas del cine reciente, de ahí la comparación por proximidad en el tiempo, pero el film de Emmanuelle Bercot (El viaje de Bettie) entronca en realidad con la mayor parte del cine social europeo que toca el tema del sistema educativo y los jóvenes inadaptados, un subgénero que suele buscar el origen y posibles soluciones pragmáticas -sin hallar nunca nada definitivo- a una cuestión muy delicada.

Malony lleva desde los 6 años visitando el despacho de la jueza de menores Florence Blaque (Catherine Deneuve), para rendir cuenta de su comportamiento delictivo (el adolescente se especializa concretamente en el robo de coches y la circulación temeraria sin permiso). Ya que su madre no pone de su parte para rectificar la trayectoria de su hijo (a pesar de que existe el amor y el instinto de protección entre ellos), son las leyes y los educadores sociales los responsables de llevar a Malony por el buen camino, una tarea particularmente complicada debido al temperamento inestable y los episodios nerviosos de violencia que experimenta. Malony es una bomba que estalla con apenas rozarla, afectando a todos a su alrededor, familia y profesionales a su cargo. En uno de los reformatorios por los que pasa, Malony conoce a una chica que podría ser la razón que necesitaba para intentar cambiar.

En lugar de construir su película como un melodrama de superación al uso, Bercot la mantiene anclada a la realidad en su mayor parte, evitando aspavientos sentimentales y dejando claro que la esperanza de cambio para estos niños existe, pero no es tan fácil de alcanzar como suele pintarlo la ficción. La cabeza alta puede llegar a resultar una experiencia enervante y agotadora, al ver cómo su protagonista cae una y otra vez en los mismos errores y no parece tener voluntad de mejorar su conducta. Es lo más parecido a ver a alguien cercano atravesando un problema psicológico o una enfermedad y no poder hacer nada por él, porque ese alguien se resiste a cooperar sin importar la destrucción que se está provocando a sí mismo y a los demás. Ese sentimiento de frustración que a muchos resultará tristemente familiar es justo el que Bercot quiere transmitir con su película, un ejercicio de resistencia física y emocional en el que Malony araña la piel del espectador, que no tiene más remedio que ponerse en la situación de aquellos que le intentan ayudar.

LA TÊTE HAUTE  de Emmanielle Bercot LES FILMS DU KIOSQUE

La cabeza alta inauguró el pasado Festival de Cannes provocando indiferencia generalizada. Es cierto que la cinta de Bercot tiene cierto aire a vídeo institucional o capítulo ficcionalizado de Hermano mayor, pero bajo su apariencia de drama social convencional se esconde un relato comprometido y calibrado sobre la desesperación que aborda con respeto e imparcialidad todos los frentes del problema (los adolescentes, la familia, las autoridades legislativas y los educadores); una historia cruda y difícil que, a pesar de lidiar con las leyes de regulación de la responsabilidad penal de menores concretas al estado francés, resuena de manera universal para obligarnos a reflexionar sobre su funcionamiento.

Por último, es en el apartado interpretativo donde La cabeza alta sobresale de forma incontestable. Bercot dirige con tenacidad a un magnífico elenco de actores del que destacan Sara Forestier (descubierta en aquella joya que fue La escurridiza, o cómo esquivar el amor) y Benoît Magimel, que da vida al “hermano mayor” de Malony. Pero el pilar esencial que sostiene en pie La cabeza alta es la relación que se establece entre el protagonista y Florence, una preciosa dinámica que Bercot no necesita prostituir para conmover. La sola mención de Catherine Deneuve lleva implícito el elogio a la actriz, pero es necesario destacar cómo su interpretación adquiere mayor profundidad en presencia de esa fuerza de la naturaleza que ha resultado ser Rod Paradot. En una brevísima pero elocuente escena, Malony está acostado en su cama oliendo un pañuelo que le ha robado a la jueza. Con este hermoso gesto de deferencia casi onanista, Bercot sintetiza la compleja relación entre los protagonistas a la vez que reivindica (aunque no haga falta) el eterno magnetismo escénico de la Deneuve.

Valoración: ★★★★

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