Crítica: La visita

La visita

Érase una vez hace muchos años un director de cine hechizó al público con una historia sobre un niño que veía gente muerta. Se llamaba M. Night Shyamalan, y no tardó en convertirse en uno de los nombres propios más importantes del cine de Hollywood. Shyamalan siguió haciendo películas, pero el público respondía cada vez más desfavorablemente a sus propuestas, sintiéndose frecuentemente engañado y traicionado por él. El agotamiento de su fórmula y dos incursiones estrepitosas en el blockbuster de aventuras y ciencia ficción se saldaron con lo que parecía un billete de ida al ostracismo cinematográfico. El cuento de Shyamalan lo conocemos todos. Muchos dieron por finalizada su carrera después del batacazo de After Earth, pero el realizador de Filadelfia se ha negado a aceptar la derrota, escribiendo este año un nuevo capítulo en su historia. Y lo hace precisamente con uno (otro) de sus cuentos familiares, La visita (The Visit), una suerte de Hansel y Gretel retorcida que supone su sensacional regreso a la forma.

Para volver a encontrarse a sí mismo y llevar a cabo este comeback, Shyamalan ha tenido que sacrificar parte de su identidad artística (obviemos que ya se anuló a sí mismo con sus dos anteriores trabajos) y amoldarse a la nueva corriente comercial de terror norteamericano. La visita es una cinta de bajo presupuesto (seguramente no había otra opción para él) y reparto semi-desconocido con la que Shyamalan se aproxima al hastiado género del found-footage, asociándose con Blumhouse, la productora detrás de éxitos como Insidious o Paranormal Activity. Sin embargo, lejos de ser fagocitado por el formato, Shyamalan ha encontrado en él un vehículo idóneo para orquestar su retorno. Y es que La visita puede parecer a simple vista otra película más en la línea de los títulos mencionados (con sus sobresaltos, crujidos en la noche y visitas al sótano), pero no hay más que fijarse un poco para comprobar que en realidad lleva el sello personal de Shyamalan estampado en sus planos.

Al director de El bosque no solo le gusta contar historias, sino que también le gusta contar cómo cuenta esas historias. Con La visita, Shyamalan da rienda suelta a su predilección por la meta-narración, convirtiendo la película en un documental filmado cámara en mano por dos niños, una cineasta en ciernes, Becca (Olivia DeJonge), y su hermano pequeño, Tyler (Ed Oxenbould). De esta manera, Shyamalan esquiva atolladeros del tipo “¿por qué no dejan de grabar?” o “¿por qué encuadran tan bien mientras huyen de la muerte?”. Es una forma ingeniosa y práctica de darle la vuelta al “metraje encontrado” para poder dirigir y planificar a su antojo (con dos cámaras además), sin tener que marear al espectador por obligación. Becca quiere hacer una película, y Shyamalan se pone en su piel para ayudarle a sacarla adelante, pase lo que pase. Esta comunión entre personaje y director, en la que la protagonista se convierte en el demiurgo que explica su creación, da como resultado un trabajo muy interesante en el apartado visual que nos habla constantemente de cómo el cine da forma a la realidad utilizando las herramientas de la ficción. Y esa es una de las ideas que Shyamalan emplea para caracterizar y transformar a sus pequeños protagonistas, personajes con enjundia y trayectoria, interpretados por dos jóvenes actores fantásticos (Oxenbould ya apuntó maneras en Alexander y el día terrible…), que se distancian considerablemente de los arquetipos del found-footage.

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Sobre el argumento de La visita es mejor no profundizar demasiado. La premisa es simple pero muy solvente: Becca y Tyler viajan a Pensilvania para conocer a sus abuelos, que viven en una remota granja sin saber nada de su hija desde que un fatídico día se marchó de casa. Los hermanos se disponen a pasar una semana con ellos, pero durante la estancia empiezan a observar un comportamiento inquietante en los ancianos, especialmente en Nana, que actúa de forma particularmente extraña al caer la noche… Y bueno, el resto es mejor descubrirlo sobre la marcha, al compás de los hermanos. Porque La visita será mejor cuanto menos se sepa de ella. Y ya no únicamente por su giro final (importante y necesario en cualquier relato de suspense, no solo en el cine del autor en cuestión), sino por las retorcidas y espeluznantes sorpresas que nos esperan en el camino.

La visita es un cuento de miedo, pero también es una comedia negra. Se podría decir que ambas cosas por igual. Afortunadamente, Shyamalan tiene muy claro que la clave de los dos géneros reside en la sorpresa, y se ha empleado a fondo para tratar de desconcertar en todo momento tanto con los sustos (muy buenos y sin abusar) como con el humor, intentando no subordinar una cosa a otra. En ocasiones, el film recuerda al terror de Sam Raimi, cachondo, exagerado, sin temor a volverse un poco (o bastante) loco. Pero a diferencia del director de Arrástrame al infierno, Shyamalan evita adentrarse del todo en la senda de la parodia empleando abundantes dosis de mal rollo y terror psicológicoLa visita puede llegar a ser una experiencia muy enervante y aterradora gracias al excelente trabajo de cámara de Shyamalan (el mejor ejemplo es la secuencia del escondite), pero sobre todo por la espectral figura de Nana, interpretada por una espectacular Deanna Dunagan (sin desmerecer a Pop Pop, magnífico y turbador Peter McRobbie). La “adorable” abuelita de la casa de dulces promete acecharnos en nuestros subconscientes de ahora en adelante (yo ya he sufrido mi primera noche después de conocerla) tras protagonizar algunas de las escenas más escalofriantes del cine reciente.

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Aunque La visita supone el regreso de Shyamalan al terror, no es exactamente una vuelta a los orígenes. Lo que nos encontramos aquí es a un realizador de Hollywood acostumbrado a trabajar con presupuestos elevados y grandes estrellas convertido en un “director de género” realizando una pequeña (que no modesta) y extraña película de festival de cine fantástico. Esta transformación nos deja una obra inspirada y creativa, un film oscuro, divertido y sorprendentemente macabro con el que Shyamalan se reafirma en su cine, utilizando muchos de sus instrumentos habituales para edificar en un terreno diferente: el fuera de campo, el cuidado minimalismo visual, el manejo de las expectativas y el misterio, su detallismo en la puesta en escena y el guion (en ocasiones excesivo, como en la recta final, donde el afán por atar cabos y conectar guiños y bromas juega en su contra), y la repetición de algunos de sus temas recurrentes, como el aislamiento, la familia rota o la importancia de la figura del niño como agente del cambio en el adulto. Si La visita funciona tan bien es porque está contada a través de los ojos de dos niños (que por suerte no resultan insoportables), y saca partido de una idea muy potente, llevándola a un contexto de fábula enloquecida: lo que ocurre en el mundo de los adultos al anochecer, mientras los más pequeños están en la cama, y lo que estos podrían encontrarse si decidieran abrir la puerta de su habitación.

Valoración: ★★★★

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