Crítica: Ricki

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Lo dijo Cam de Modern Family: “Disculpa, pero Meryl Streep podría hacer de Batman y sería la elección indicada. Es la perfección”. Y los fans más acérrimos de la actriz lo adoptaron como su lema. No sé hasta qué punto es cierto (las nominaciones al Oscar a veces le caen por inercia), pero de lo que no cabe duda es de que no hay reto que se le resista a la laureada intérprete. El más reciente es convertirse en Ricki Rendazzo, de día cajera de un supermercado de alimentos orgánicos y de noche reina del hard rock en un tugurio local tipo “where everybody knows your name”. Cuando su hija es abandonada por su marido, Ricki decide regresar junto a la familia que abandonó para perseguir su carrera, con la intención de ofrecer su apoyo, y de paso enfrentarse a los fantasmas del pasado.

Streep le cogió el gusto a eso de cantar en Mamma Mia! (aunque lleva haciéndolo en el cine desde los 80) y, después de alardear de cuerdas vocales en Into the Woods, se cuelga la guitarra al hombro y explora un registro diferente, rasgando la voz para sonar como una vieja leyenda del escenario -o una fumadora de 80 años, según se escuche. Hay que reconocer a Meryl el mérito de cantar las canciones en directo (afortunadamente, aquí no hay playbacks horrendos), pero a Ricki (en inglés Ricki and the Flash, el nombre completo de la banda) le sobran unas cuantas actuaciones. Y no ya porque la Streep lo haga mal (cumple de sobra), sino porque tanta canción acaba saturando y afectando al ritmo de la historia. Dejando esto a un lado, la película dirigida por Jonathan Demme y escrita por Diablo Cody supone una grata sorpresa, a pesar de ser la típica dramedia bienintencionada sobre descafeinada familia disfuncional que tan bien se les da a los americanos.

El guion de Diablo Cody funciona sobre todo porque evita llevar la historia por derroteros disneyanos al no convertir el caso de Ricki en un “nunca es tarde para perseguir tu sueño”. Ricki no nos habla del tardío ascenso al estrellato de su protagonista, sino de otra clase de “nunca es tarde”, el que conlleva la aceptación y el entendimiento entre los miembros de una familia distanciada. Cody continúa en cierto modo lo que comenzó (y tristemente no le dejaron concluir) en su serie United States of Tara, insistiendo en la figura materna cuestionable y mostrándonos cómo sus problemas afectan a sus hijos. La diferencia aquí es que la protagonista no sufre una enfermedad que dificulte su tarea educadora, sino que son sus decisiones las que la han separado de su ex marido (magnífico Kevin Kline) y sus tres hijos, lo que hace la tarea redentora algo más difícil. En este sentido, Cody utiliza la importante voz de Streep para hacer llegar un mensaje feminista muy importante: una madre debe ser perfecta, “si se olvida un día de cambiarle los pañales al niño, es un monstruo”, mientras que el padre no es juzgado con el mismo nivel de exigencia. Ricki es consciente de que no ha sido la mejor madre, pero pide un respiro para ella, para todas aquellas madres que lo están intentando y para las que han decidido anteponer sus carreras a la maternidad, sabiendo que han dejado a sus hijos en buenas manos (Peggy Olson aprueba este mensaje).

CartelCine RICKI_39LStreep construye un personaje íntegro y real (a pesar de algún que otro mohín sobreactuado), una mujer que hace caso omiso al paso del tiempo y no se comporta de acuerdo a los cánones que la sociedad impone a las “señoras” de su edad. Como la Charlize Theron de Young Adult (también escrita por Cody), Ricki se niega a “crecer”, pero en esta ocasión Cody no quiere que entendamos a su protagonista como un ser dañado que hay que arreglar. Ricki ha asumido el destino que le han deparado sus incontables errores en el pasado, está cómoda en su piel y no se disfraza de rockstar para esconder otra cara (esa no es la razón por la que Demme nos muestra a Streep despojándose de su imagen para irse a la cama), sino que es una rockera de verdad, una persona para la que la música lo es prácticamente todo y el escenario su hábitat natural. Linda Brummell (su nombre de nacimiento) no existe, ella siempre ha sido y siempre será Ricki.

Por eso Ricki no es una historia de redención al uso, porque no busca el cambio para Ricki, sino que sus hijos acepten que tal cosa no es posible, y si todo sale bien, que esto la lleve a entenderlos también a ellos y ser consciente del impacto real que causó en sus vidas al abandonarlos. Para llegar a esta conclusión, Cody explora sobre todo la relación entre la protagonista y su única hija (de tres hermanos), Julie, interpretada por la hija de Streep en la vida real, Mamie Gummer, una estupenda actriz que ha entrado en Hollywood por tener la madre que tiene, y se ha quedado por méritos propios. Pero alrededor de Ricki orbita un variopinto grupo de personajes que complementan perfectamente a Streep, en especial el músico australiano Rick Springfield, que da vida a su pareja arriba y abajo del escenario. Todos ellos son el público de Ricki, algunos devotos, y otros más exigentes, las personas a las que ella ofrecerá lo único que tiene, su música, para tratar de obtener el perdón y ser aceptada tal y como es. El final feliz puede resultar excesivamente limpio y la resolución de conflictos entre personajes algo sintética, pero la entrega de Streep, especialmente durante el clímax del film, contribuye a que el edulcorante no se atragante.

Desde Juno, Cody ha ido depurando su estilo de artificio y en Ricki nos encontramos con una guionista más avezada. La película destaca principalmente por unos diálogos que sacan partido a los personajes y crean situaciones muy divertidas, sin perder de vista en ningún momento el núcleo emocional de la historia. La guionista ha confesado recientemente que no piensa volver a la dirección (tras un solo intento), para centrarse exclusivamente en escribir películas para otros directores. Si Ricki sirve como indicio, es la mejor decisión que podía haber tomado.

Valoración: ★★★½

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