Crítica: Mr. Holmes

Mr Holmes

La figura de Sherlock Holmes ha protagonizado incontables adaptaciones en todos los medios desde que Sir Arthur Conan Doyle creara al personaje en 1887. La fama del detective inglés ha llegado a la cima de la cultura popular en los últimos años gracias a las películas de Guy Ritchie y a la revisión modernizada protagonizada por el omnipresente Benedict Cumberbatch para la BBC. Parece pues el momento idóneo para invitar al público a mirar al personaje desde otro punto de vista. Para ello, Bill Condon dirige Mr. Holmes, adaptación cinematográfica de la novela de 2005 A Slight Trick of the Mind del estimulante autor estadounidense Mitch Cullin (Tideland), rebautizada Mr. Holmes aprovechando la coyuntura del estreno de la película; una historia ambientada en 1947 que nos plantea cómo sería la vida de Holmes enfrentándose a los estragos de la senilidad décadas después de jubilarse.

Para protagonizar Mr. Holmes, Condon vuelve a confiar en Sir Ian McKellen, eminencia interpretativa (y venerada figura pública) junto a la que realizó la película que lo puso en el mapa, Dioses y monstruos (1998), drama exuberante y conmovedor que le valió al director un Oscar como guionista y la primera nominación de la Academia para McKellen. Quince años después, ambos se reúnen para contarnos el ¿último? misterio de Sherlock Holmes, y lo hacen reincidiendo en la figura del genio confinado, maldecido por su propio intelecto. Mr. Holmes nos presenta a un Sherlock vetusto y apagado que, a los 93 años, vive retirado junto al mar dedicando sus días a la apicultura, acompañado únicamente de su criada (interpretada por Laura Linney) y el hijo de esta. Desde allí el film se ramifica en tres tiempos, dividiendo un relato en el que se entrelazan numerosos flashbacks para explorar el deterioro de la prodigiosa mente del famoso investigador, algo que sin duda contribuye a una fragmentación excesiva que afecta al ritmo de la historia.

MrHolmes00Condon construye una versión del personaje delimitada por los fantasmas del pasado, ecos que toman forma en dos casos sin resolver que ponen a prueba su frágil memoria. El señor Holmes es un anciano testarudo y cascarrabias que se resiste a asumir su senectud y se niega a aceptar ayuda de los demás. La única persona capaz de derribar el (nuevo) muro que Holmes ha levantado frente a sí mismo es el pequeño Roger (Milo Parker), niño curioso y observador que ve una figura paterna en el nonagenario, y con el que entabla una hermosa amistad a regañadientes de su madre. Ocupando el puesto que hace muchos años desempeñó John Watson, Roger sirve como soporte tanto en el día a día de Holmes, que apenas puede moverse sin un bastón, como en su investigación, que nos traslada a un pasado reciente en Japón y también a sus últimos días como detective en Londres. Así, Condon fusiona la fórmula clásica de los intrincados misterios ideados por Conan Doyle con el drama crepuscular, para efectuar un lúcido homenaje al personaje y su trayectoria cultural (atención al meta- guiño a El secreto de la pirámide, con el genial cameo de Nicholas Rowe interpretando a Holmes en una película ficticia).

La premisa de Mr. Holmes es sin duda atractiva: reconstruir el mito de un personaje caracterizado, es más, casi exclusivamente definido (o constreñido) por la inteligencia superdotada y el razonamiento deductivo, condicionándolo mediante el miedo a la pérdida, la de sus prodigiosas facultades y la de sus recuerdos. Holmes se aferra a su pasado a través de la narración, contando a su joven amigo las historias que le ayudan a recomponer a su memoria y que proporcionan la moraleja de la película: la necesidad de crear ficciones para ayudarnos a entender el mundo y avanzar en la vida. Y aunque esta es una excelente idea en teoría, Condon no termina de aprovechar las posibilidades dramáticas que brinda (al film le falta una capa de emoción y profundidad), malgastando asimismo la oportunidad de indagar verdaderamente en los recovecos de la inteligencia de Holmes. Sin embargo, Mr. Holmes acaba llegando a buen puerto gracias a la soberbia interpretación de McKellen, un majestuoso trabajo a base de matices y expresividad que contrarresta las carencias del guion y ayuda a la historia a alcanzar su propósito: la humanización definitiva del personaje.

Valoración: ★★★½

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