Crítica: Amy. La chica detrás del nombre.

Amy La chica detrás del nombreTexto escrito por David Lastra

Buscar con Google: Amy Winehouse. Noticias, vídeos, imágenes, lo que sea. Cada mañana, un rato por la tarde y antes de irse a dormir, otra vez. Todos los días. Realmente no hacía falta llevar a rajatabla esa costumbre, ya que, quisieses o no, el muro de Facebook estaba plagado de actualizaciones de páginas, grupos o fans que compartían el cotilleo o la buena (o mala) nueva diaria de Amy. Durante todo un lustro, todo lo que ella hiciese o dejase de hacer era noticia. ¿Por qué? La calidad de su loable debut y su gigantesco segundo disco la hacían merecedora de toda esa atención, pero la gran mayoría estaba interesada en el cóctel de estupefacientes, trastornos y escándalos que se personificaba en la cantante. Esta situación, magnificada por el amarillismo de la prensa, junto a la mala baba y el gustico de regodearse en la mierda de los demás, provocó que poco a poco Amy se convirtiese (aún más) en carne de cañón. Todo terminó de explotar el 23 de julio de 2011, cuando Amy nos mandaba a todos a tomar por culo por última vez.

La búsqueda de culpables fue completa y absoluta: la primera, la propia Amy, culpable y víctima, que no mártir; Blake Fielder-Civil, el demonio de las drogas; el bocazas de su padre Mitch, más preocupado por la fama que de el bienestar de su hija; los tabloides británicos, dignos herederos de los paparazzi de La dolce vita;… Todos ellos lo son, pero igual de culpables eran las pijas que no paraban de cantar Rehab como si fuese la canción del verano. Amy solo quería cantar y pasar un buen rato, no ser famosa. Salvo cuando eso conllevaba conocer a Tony Bennett o hacerse virguerías aún más imposibles en el pelo. Ella no era un producto y al ser tratado como tal, se desmoronó.

Cuatro años escasos después de su fallecimiento, llega a las pantallas el documental Amy. La chica detrás del nombre, en el que losAmy la chica detrás del nombre creadores de Senna hacen lo mejor que saben hacer, lo mismo por lo que se llevaron un Oscar y por lo que rondarán este año el galardón: recopilar datos y montarlos de una manera más o menos resultona. Amy es una crónica detallada de la caída de una estrella que no quería serlo. La laboriosa compilación de imágenes de archivo debería ser impresionante, pero no lo es para nada, ya que la gran mayoría, por no decir todo, de lo que nos muestran, ya lo habíamos visto con anterioridad. El director Asif Kapadia parece no ser consciente de la importancia de Winehouse durante esos años y de la cobertura informativa de 24 horas que teníamos gracias a los medios y a las redes sociales sobre los quehaceres de la cantante. Es por ese conocimiento previo exhaustivo, que la fuerza de estos testimonios se diluye. Todo sigue siendo igual de terrible, pero no nos sorprende, si acaso vuelve a hacernos daño al recordar los malos momentos, de igual manera que volvemos a sentirnos orgullosos con su “resurrección” de cara a los medios con su interpretación de Love Is a Losing Game en la ceremonia del Mercury Prize.

El crimen se hace mayúsculo al adornarse estos hechos para nada novedosos con unos golpes de sonido y una música incidental más propios de un programa sensacionalista de la pequeña pantalla que de un documental serio. Eso, junto a una ausencia total de análisis real sobre el mito, hace posible la conclusión de que esta Amy debería haberse titulado más certeramente como Amy for Dummies, ya que no logra hacer justicia al único icono real de la música del siglo XXI.

Valoración: ★★½

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