Crítica: Ciudades de papel

PAPER TOWNS

Todos hemos conocido a una Margo Roth Spiegelman. Muchos nos hemos enamorado de ella sin conocerla de verdad. Ocurre sobre todo durante la adolescencia, periodo vital caracterizado por una búsqueda constante y a ciegas, de uno mismo, de aquello que queremos ser y de ese ideal romántico que se fragua en nuestra mente. De esto sabe mucho John Green, autor del fenómeno young adult Bajo la misma estrella y otros éxitos de la literatura teen. En los últimos diez años, Green se ha forjado una carrera editorial como la voz de la generación Tumblr, apelando sobre todo al adolescente culturalmente inquieto con historias que captan con un estilo sencillo e inteligente la naturaleza de ese efímero capítulo de nuestras vidas. Después de la historia de Hazel y Augustus, le toca el turno a su tercera novela, Ciudades de papel (Paper Towns, 2008), adaptada al cine por Jake Schreier (cuya ópera prima es la muy reivindicable Un amigo para Frank). Al igual que entre las novelas de Green no hay mucha diferencia de estilo y contenido, Ciudades de papel no es muy distinta de Bajo la misma estrella. Es más, exceptuando el factor trágico de la enfermedad, en ocasiones parece que estamos viendo la misma película.

La historia de Ciudades de papel gira en torno a la figura de Margo (Cara Delevingne), una singular fuerza de la naturaleza, rebelde, impredecible y magnética, que despierta fascinación allá por donde pasa. Pero Margo no es la protagonista del relato, es más bien un símbolo, un macguffin, el catalizador de una historia sobre la búsqueda de la que hablaba antes, aquí contrapuesta a la del capitán Ahab en Moby Dick. El protagonista de la novela de Herman Melville se reencarna en el apocado Quentin (acertadísimo Nat Wolff), el vecino de al lado de Margo que vive obsesionado con ella desde la infancia. Ciudades de papel adquiere tintes existencialistas cuando borra a Margo del mapa, obligando a Quentin a iniciar su propia aventura para cazar a la ballena blanca. Dejando atrás una serie de pistas (al estilo “caza del tesoro”), Margo se desvanece, lo que magnifica el misterio de su personalidad. Las pesquisas de Quentin y sus dos mejores amigos (todos geeks de manual) para dar con ella dan forma a una película que, más que un romance adolescente al uso, es una divertida y reveladora odisea de crecimiento personal sobre la amistad y la importancia del viaje por encima del destino. La vida es lo que ocurre mientras estamos ocupados haciendo planes, o recorriendo la costa Este de Estados Unidos en busca de un constructo idealizado que no existe… y todo ese rollo.

Ciudades de papel_PósterAunque Delevingne no logra transmitir el carisma que define a Margo Roth Spiegelman, el enigma de su personaje se traslada a la pantalla con éxito gracias a un guion que sabe darle el peso que le corresponde. Margo es una joven caprichosa, manipuladora y egocéntrica no obstante definida exclusivamente por los demás, una persona sin identidad (“de papel”), perdida entre lo que ella quiere ser y lo que los demás quieren que sea. Es decir, Margo es un concepto casi imaginario y abstracto, una herramienta narrativa intencionadamente desdibujada, con la que Ciudades de papel juega para dibujar al resto de sus personajes y construir sus leitmotivs: “la realidad no es como pensabas” y “las cosas nunca pasan como creías que iban a pasar“. El emocionante road trip que tiene lugar en el tercer acto de la película (reminiscente por cierto de otro libro de Green, El teorema de Katherine) conduce hacia la humanización de Margo, y la consecuente epifanía de Quentin, que descubre que no hay ballena blanca, solo una chica perdida que no quiere que nadie la busque hasta que ella misma sea capaz de encontrarse. Ciudades de papel nos habla de la importancia de darse cuenta de esto a tiempo y centrarse en lo que de verdad merece la pena antes de dejar esa crucial etapa en el pasado, algo que, desafortunadamente, no suele ocurrir.

Porque la prosa naturalmente rebuscada de Green condensa con puntería lo que significa la etapa del instituto (en Estados Unidos) y la incertidumbre que supone su final (esto es universal), pero lo hace siempre desde la perspectiva del adulto que echa la vista atrás con la intención de romantizar este periodo, para contarnos la historia de la adolescencia americana que nunca tuvimos (y, con suerte, servir de guía para los que la están atravesando). Al igual que Bajo la misma estrella y el resto de la obra de Green, Ciudades de papel nos presenta una realidad excesivamente idílica y falseada, personificada en adolescentes imposiblemente elocuentes y perspicaces que hablan como escritores o guionistas y habitan una contracultura de mentira que mezcla rock oculto de los 60, indie electrónico de moda, Walt Whitman y Pokémon (a la que, para gozo de todos los usuarios de Tumblr, le dedican un genial homenaje). Sin embargo, bajo toda esta confección mercantilista (indudablemente atractiva y a años luz de cualquier producto del mismo género) podemos encontrar una verdad (muchos adolescentes se identifican con estos personajes y su forma de ver el mundo), así como unas ideas y valores que merece la pena resaltar. Ciudades de papel brilla especialmente en su ocurrente retrato de la amistad y acierta al situar en el núcleo de la historia a un encantador grupo de personajes en pleno proceso de descubrimiento (a destacar la revelación Austin Abrams). Como los miembros del Club de los Cinco, Quentin y sus amigos forjan relaciones inesperadas en el umbral del cambio y comprueban que son mucho más que la imagen que los demás proyectan de ellos. Para llegar a apreciar lo que nos estamos perdiendo solo hay que olvidarse por un momento de que, de una manera u otra, siempre estaremos buscando a Margo.

Valoración: ★★★½

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