Crítica: Un día perfecto

un día perfecto

Texto escrito por David Lastra

Se podría decir que el 14 de diciembre de 1995 fue uno de aquellos días que podemos denominar como perfecto. En esa fecha se firmaron los Acuerdos de Dayton, el tratado de Paz que supuso el final de la Guerra de Bosnia. Contienda que en no menos de tres años, se saldó con más de cien mil muertos, miles de mujeres violadas y casi dos millones de desplazados. Aunque ignorada (por no decir manejada) por las grandes potencias en su época, este acontecimiento bélico ha provocado unas cuantas obras fílmicas notables (la oscarizada En tierra de nadie de Danis Tanović y el Oso de Oro de Jasmila Žbanić por Grbavica) o En tierra de sangre y miel de Angelina Jolie. El último en unirse a este selecto club ha sido Fernando León de Aranoa con Un día perfecto.

En lugar de abordar alguno de los grandes hitos del conflicto, como podrían ser la masacre de Srebrenica o las violaciones masivas de mujeres musulmanas por parte de las fuerzas serbias, Un día perfecto se centra en un hecho cotidiano, que no nimio: un cadáver de un hombre gordo (el tamaño de la mole es un dato argumental importante) aparece en el fondo de un pozo; si en menos de un día no se saca el cuerpo, quedará contaminado, dejando sin suministro de agua a varias poblaciones de la región. En vez de idear una investigación sobre las causas del asesinato o las identidades de la víctima y el asesino, Fernando León de Aranoa sigue fiel a su perfil de cronista de historias mínimas. Tan ágil como el primer día (o como en su primer largometraje), demuestra que lo suyo es construir historias de ficción con una tremenda base real. En esta ocasión se sirve de la labor de los cooperantes en zona de conflicto que ha conocido de primera mano y, especialmente, en la novela de Paula Farias sobre el conflicto de Kosovo. En esta ocasión, el cambio geográfico no importa, ya que estamos ante la misma mierda de guerra con distinto nombre.

Los cooperantes de Un día perfecto ven la evacuación del gordo como un mero trámite en su agenda. La acción transcurre sin imprevistos hasta que la cuerda con la que han construido la polea se rompe. Es justo en ese momento en el que los espectadores nos unimos a la historia. A priori, la solución parece fácil: encontrar una cuerda nueva y así poder continuar con la evacuación del cabrón del gordo (sic). A lo largo de estas veinticuatro horas, nuestros protagonistas verán que no están en un lugar cualquiera, sino en medio de un(os) país(es) roto(s). Un dato conocido por ellos, pero que no por ello deja de sorprenderles.

Pese a estar situados en un contexto internacional, los personajes de Un día perfecto siguen los cánones del cine de León de Aranoa. Estos cooperantes comparten el sustrato irónico ante las adversidades de los parados de Los lunes al sol, la esperanza idealista de las princesas de Princesas o el mismo rechazo a las convicciones de las autoridades de los chavales de Barrio. Estos ingredientes comunes desembocan en una de las marcas de autor más loables del realizador: la creación de un sentimiento de comunidad entre sus personajes tremendamente creíble para el espectador. Esta creación ficticia, pero puramente real, hace que los personajes esta película funcionen, sino a la perfección (calificativo que vendría a cuento por el título), sí de manera notable siendo estos momentos de unión (y confrontación) de los miembros del equipo lo más certeros del film.

un día perfecto

Ni una sola gota de sangre se muestra durante el metraje, si acaso algún resto sanguinolento reseco. León de Aranoa prefiere mostrarnos los restos del naufragio. Las ruinas, los perros hambrientos, los cuerpos en descomposición. El realizador defiende la necesidad de mostrarnos el horror de la guerra a través de un ejercicio de ficción realista, alejada del recurso poético. Una decisión loable si no fuese por el empeño de acompañar una escena dramática con otra contemplativa con un hit musical .Un esquema demasiado burdo y que repite a lo largo del film.

La naturaleza internacional del reparto de Un día perfecto queda como un simple dato anecdótico, ya que León de Aranoa no cambia ni un ápice su manera de hacer cine ante ese dato. De todos es sabido que un gran nombre al frente del cartel (o dos actores oscarizados, como es este caso), suele hacer que el modus operandi del director español de turno se tambalee y roce la prostitución fílmica. Este no es el caso, y se agradece. Los citados oscarizados actores son Benicio del Toro (Traffic) y Tim Robbins (Mystic River), que encarnan a los perros viejos, cooperantes curtidos en varios conflictos que no les tiemblan las manos ante los horrores de la guerra, pero que no han perdido su toque idealista y sensible. Completan la expedición una cooperante recién llegada (Mélanie Thierry, objeto de deseo en el último Terry Gilliam hasta la fecha, The Zero Theorem), un intérprete (Fedja Stukan, que ya apareció en En tierra de sangre y miel), una analista de conflictos (Olga Kurylenko, chica Bond en Quantum of Solace y chica Cruise en Oblivion) y un niño en busca de un balón nuevo.

Un día perfecto es una fábula que aunque diste de ser perfecta y pueda o no gustar, es completamente necesaria, como toda la filmografía de Fernando León de Aranoa.

Valoración: ★★

Crítica: Ricki

1288050 - RICKI AND THE FLASH

Lo dijo Cam de Modern Family: “Disculpa, pero Meryl Streep podría hacer de Batman y sería la elección indicada. Es la perfección”. Y los fans más acérrimos de la actriz lo adoptaron como su lema. No sé hasta qué punto es cierto (las nominaciones al Oscar a veces le caen por inercia), pero de lo que no cabe duda es de que no hay reto que se le resista a la laureada intérprete. El más reciente es convertirse en Ricki Rendazzo, de día cajera de un supermercado de alimentos orgánicos y de noche reina del hard rock en un tugurio local tipo “where everybody knows your name”. Cuando su hija es abandonada por su marido, Ricki decide regresar junto a la familia que abandonó para perseguir su carrera, con la intención de ofrecer su apoyo, y de paso enfrentarse a los fantasmas del pasado.

Streep le cogió el gusto a eso de cantar en Mamma Mia! (aunque lleva haciéndolo en el cine desde los 80) y, después de alardear de cuerdas vocales en Into the Woods, se cuelga la guitarra al hombro y explora un registro diferente, rasgando la voz para sonar como una vieja leyenda del escenario -o una fumadora de 80 años, según se escuche. Hay que reconocer a Meryl el mérito de cantar las canciones en directo (afortunadamente, aquí no hay playbacks horrendos), pero a Ricki (en inglés Ricki and the Flash, el nombre completo de la banda) le sobran unas cuantas actuaciones. Y no ya porque la Streep lo haga mal (cumple de sobra), sino porque tanta canción acaba saturando y afectando al ritmo de la historia. Dejando esto a un lado, la película dirigida por Jonathan Demme y escrita por Diablo Cody supone una grata sorpresa, a pesar de ser la típica dramedia bienintencionada sobre descafeinada familia disfuncional que tan bien se les da a los americanos.

El guion de Diablo Cody funciona sobre todo porque evita llevar la historia por derroteros disneyanos al no convertir el caso de Ricki en un “nunca es tarde para perseguir tu sueño”. Ricki no nos habla del tardío ascenso al estrellato de su protagonista, sino de otra clase de “nunca es tarde”, el que conlleva la aceptación y el entendimiento entre los miembros de una familia distanciada. Cody continúa en cierto modo lo que comenzó (y tristemente no le dejaron concluir) en su serie United States of Tara, insistiendo en la figura materna cuestionable y mostrándonos cómo sus problemas afectan a sus hijos. La diferencia aquí es que la protagonista no sufre una enfermedad que dificulte su tarea educadora, sino que son sus decisiones las que la han separado de su ex marido (magnífico Kevin Kline) y sus tres hijos, lo que hace la tarea redentora algo más difícil. En este sentido, Cody utiliza la importante voz de Streep para hacer llegar un mensaje feminista muy importante: una madre debe ser perfecta, “si se olvida un día de cambiarle los pañales al niño, es un monstruo”, mientras que el padre no es juzgado con el mismo nivel de exigencia. Ricki es consciente de que no ha sido la mejor madre, pero pide un respiro para ella, para todas aquellas madres que lo están intentando y para las que han decidido anteponer sus carreras a la maternidad, sabiendo que han dejado a sus hijos en buenas manos (Peggy Olson aprueba este mensaje).

CartelCine RICKI_39LStreep construye un personaje íntegro y real (a pesar de algún que otro mohín sobreactuado), una mujer que hace caso omiso al paso del tiempo y no se comporta de acuerdo a los cánones que la sociedad impone a las “señoras” de su edad. Como la Charlize Theron de Young Adult (también escrita por Cody), Ricki se niega a “crecer”, pero en esta ocasión Cody no quiere que entendamos a su protagonista como un ser dañado que hay que arreglar. Ricki ha asumido el destino que le han deparado sus incontables errores en el pasado, está cómoda en su piel y no se disfraza de rockstar para esconder otra cara (esa no es la razón por la que Demme nos muestra a Streep despojándose de su imagen para irse a la cama), sino que es una rockera de verdad, una persona para la que la música lo es prácticamente todo y el escenario su hábitat natural. Linda Brummell (su nombre de nacimiento) no existe, ella siempre ha sido y siempre será Ricki.

Por eso Ricki no es una historia de redención al uso, porque no busca el cambio para Ricki, sino que sus hijos acepten que tal cosa no es posible, y si todo sale bien, que esto la lleve a entenderlos también a ellos y ser consciente del impacto real que causó en sus vidas al abandonarlos. Para llegar a esta conclusión, Cody explora sobre todo la relación entre la protagonista y su única hija (de tres hermanos), Julie, interpretada por la hija de Streep en la vida real, Mamie Gummer, una estupenda actriz que ha entrado en Hollywood por tener la madre que tiene, y se ha quedado por méritos propios. Pero alrededor de Ricki orbita un variopinto grupo de personajes que complementan perfectamente a Streep, en especial el músico australiano Rick Springfield, que da vida a su pareja arriba y abajo del escenario. Todos ellos son el público de Ricki, algunos devotos, y otros más exigentes, las personas a las que ella ofrecerá lo único que tiene, su música, para tratar de obtener el perdón y ser aceptada tal y como es. El final feliz puede resultar excesivamente limpio y la resolución de conflictos entre personajes algo sintética, pero la entrega de Streep, especialmente durante el clímax del film, contribuye a que el edulcorante no se atragante.

Desde Juno, Cody ha ido depurando su estilo de artificio y en Ricki nos encontramos con una guionista más avezada. La película destaca principalmente por unos diálogos que sacan partido a los personajes y crean situaciones muy divertidas, sin perder de vista en ningún momento el núcleo emocional de la historia. La guionista ha confesado recientemente que no piensa volver a la dirección (tras un solo intento), para centrarse exclusivamente en escribir películas para otros directores. Si Ricki sirve como indicio, es la mejor decisión que podía haber tomado.

Valoración: ★★★½

Crítica: Cuatro Fantásticos

THE FANTASTIC FOUR

Quizá nunca sepamos a ciencia cierta qué ocurrió exactamente tras las cámaras de Cuatro Fantásticos (Fantastic Four), el reboot maldito de la propiedad de Marvel a manos de Fox. Pero siempre podremos ver la película “dirigida por” Josh Trank para completar los huecos del drama que ha sido desmenuzado por lo medios en los últimos meses y así llegar a nuestras propias conclusiones. Y es que Cuatro Fantásticos es el testimonio cinematográfico de una muerte anunciada, un trabajo en cuyo resultado final se pueden identificar todos los problemas internos y externos que ha sufrido el proyecto y donde uno puede ver claramente cómo se va desmoronando el castillo de naipes y cómo se intenta salvar en vano. Me resistía a aceptarlo, pero no se puede negar la evidencia: Cuatro Fantásticos es un desastre fílmico se mire como se mire. Y lo más triste de todo es que en su primera hora podemos ver la buena película que podía haber sido, que por momentos casi llega a ser.

Trank (conocido por el notable found-footage de superhéroes Chronicle) tenía buenas ideas para reformular el nacimiento de La Primera Familia de Marvel desde un prisma más contemporáneo y evitar demasiadas comparaciones con las relativamente cercanas entregas anteriores (de 2005 y 2007), algo que Sony no fue capaz de conseguir con su reboot de Spider-Man. El director se iba de un extremo a otro, reinventando el mito de los Cuatro Fantásticos para despojarlo de la personalidad colorista de Marvel y transformarlo en una cinta de ciencia ficción seria y oscura. De esta manera, Trank proponía dar énfasis a los personajes por encima de la acción y trataba de cimentar la historia en una base de realismo científico (de mentira, se entiende) que planteaba una origin story de los 4F diferente a la que se cuenta en las páginas de Marvel. El problema es que Trank no halló el punto medio entre la adaptación y la visión personal, acabando en tierra de nadie con una película sin forma, una no-Cuatro Fantásticos que, según dicen y según parece, ni siquiera supo acabar.

Cuatro Fantásticos Miles Teller

Los primeros setenta minutos de Cuatro Fantásticos se dedican íntegramente a plantar las semillas del relato y desarrollar a los personajes y sus vínculos. Se trata de una historia de orígenes semi-interesante que prioriza el argumento sobre el espectáculo y traslada los elementos principales del cine de superhéroes al sci-fi y el thriller. Sin embargo, los preámbulos se alargan tanto que llega un punto en el que parece que Trank está retrasando el momento decisivo, no sabemos por qué razón, y la película no llega a empezar nunca. Para cuando los protagonistas obtienen sus poderes (o “anomalías biológicas”), Cuatro Fantásticos ya ha comenzado a descarrilar, y la colisión se vuelve inevitable. De nuevo, Trank aporta un enfoque aparentemente distinto a un lugar común tan explorado como el de los héroes familiarizándose con sus nuevas habilidades, optando por el terror físico y el drama (los protagonistas sufren sus poderes al principio como si fueran atroces deformaciones o enfermedades) en lugar de la comedia y los sobreutilizados montajes musicales. No está mal, parece que la cosa por fin va a arrancar, pero entonces ocurre algo extraño, Cuatro Fantásticos se convierte de repente en otra película, una que nada tiene que ver con todo lo que hemos visto hasta ese momento.

Para distinguir entre la película que Trank quiso realizar y la que 20th Century Fox tenía en mente solo hay que fijarse en el pelo de Sue Storm. Tras ver el progreso de Trank, el estudio decidió que Cuatro Fantásticos necesitaba más acción, y mandó grabar nuevas escenas, meses después del supuesto fin de rodaje. Las partes añadidas se identifican fácilmente gracias a la horrenda peluca que lleva Kate Mara en ellas (la actriz se había dejado el pelo muy corto para su siguiente trabajo), un postizo rubio platino que cambia de forma y posición apareciendo y desapareciendo entre escenas (¡a veces incluso dentro de una misma secuencia!), distrayendo de la trama y haciendo que a la película se le vean siempre las costuras (literalmente). Pero este es solo uno de los parches incomprensiblemente mal colocados que acaban hundiendo el film, yéndose todo al traste definitivamente durante su media hora final (en la que Mara lleva la peluca casi todo el tiempo, por cierto), con un clímax apresurado, incoherente y sin correlación alguna con el resto de la historia.

Para dar carpetazo a la película y llegar a la fecha de estreno, el equipo se encuentra con varios problemas: ya no queda apenas presupuesto y los setenta minutos de planteamiento que ha dirigido Trank no sirven para nada. Los personajes no tienen la profundidad que el realizador pensaba (no son más que arquetipos sin personalidad), sus relaciones no llegan nunca a cuajar (se supone que la amistad entre Reed y Ben es el núcleo emocional de la cinta, pero apenas tienen escenas juntos, además de que Jamie Bell prácticamente desaparece del montaje final), y el desarrollo narrativo (repleto de explicaciones innecesarias) avanza sin rumbo, como improvisando, hasta detenerse en punto muerto. Total, si lo que ha hecho Trank no lleva a ninguna parte, no queda más remedio que ignorarlo para dar con una solución de última hora. ¿Y cuál es? Convertir Cuatro Fantásticos en una película de Marvel Studios. Aunque sea a la fuerza.

Climax 4F

De manera abrupta, el clímax nos devuelve al infrautilizado Victor Von Doom (Toby Kebbell), aka Doctor Muerte, del que no sabemos apenas nada, para que funcione como catalizador de una absurda batalla final para salvar la Tierra con la que se trata por todos los medios de emular a Los Vengadores y demás títulos del UCM. Lo que ocurre entonces es inaudito, Cuatro Fantásticos se desintegra en una vorágine de chistes malos (el humor había sido sutil y acertado hasta entonces), frustrados one-liners marvelianos, efectos digitales de 1994 y torpes acrobacias de acción que dan un giro de 180º al tono de la película. La desesperación puede palparse, los actores deciden dejar de actuar (llamadme paranoico, pero Teller y Mara parecen hacerlo horrorosamente mal intencionadamente para boicotear el proyecto), y los diálogos entre el cuarteto protagonista están fuera de lugar, añadiendo más confusión al ya de por sí embarullado argumento. Y así es cómo Cuatro Fantásticos acaba convirtiéndose en un despropósito aun más casposo y anticuado que las anteriores iteraciones de los 4F, en el reboot truncado que ni su director quería que viéramos.

De las dos películas incompletas que hay mal pegadas en Cuatro Fantásticos, es la visión de Josh Trank la que esconde mayor potencial (como se puede oír en el film, “tiene el cociente intelectual para hacer mucho más”). Si bien es cierto que lo que él tenía en mente difícilmente podía llamarse Los Cuatro Fantásticos, su propuesta tenía la capacidad de insuflar nueva vida al cine de superhéroes. Trank intentó romper el molde de un género muy formulaico, pero no supo hacerlo o no le dejaron (yo me decanto por una combinación de ambas), y el remedio fue peor que la enfermedad. Es una auténtica pena, porque la idea era atractiva, el material fértil y al reparto le sobra talento. Después de presenciar la debacle de Cuatro Fantásticos, los deseos de continuación para la franquicia se desvanecen comprensiblemente (aunque Fox insiste en que habrá secuela). Sin embargo, no seré yo quien se oponga a darles otra oportunidad para que hagan mejor las cosas (a poder ser, con los mismos actores) y encontrar la manera de hacer justicia por fin a una de las cabeceras más importantes de Marvel.

Valoración: ★★

Crítica: Vacaciones

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En España, la saga National Lampoon’s Vacation no goza de la popularidad que sí tiene en Estados Unidos, donde desde su lanzamiento en 1983 ha generado numerosas secuelas que se han extendido hasta la actualidad. La comedia escrita por John Hughes y dirigida por Harold Ramis se tituló en nuestro país Las vacaciones de una chiflada familia americana (quizá ahí está la razón de que no se instalase en nuestro imaginario colectivo como sí lo hicieron otras comedias de los 80), y fue uno de los trabajos que lanzó al estrellato a Chevy Chase, que participó en todas las entregas posteriores menos una TV movie a modo de spin-off en 2003. Después de su turbulento paso por Community y su desprecio público hacia la ficción televisiva, Chase regresa al cine por todo lo alto (no) para entregar el relevo de la franquicia Lampoon a Ed Helms en su nueva secuela, titulada simplemente Vacaciones (Vacation).

Helms se está labrando una carrera en el cine como uno de los rostros más reconocibles de la comedia Rated R, y en Vacaciones continúa explotando el personaje que inició en la serie The Office y presentó al gran público en la saga Resacón. El actor interpreta siempre al mismo tipo pardillo y pusilánime con buenas intenciones que se mete a sí mismo y a aquellos a su alrededor en situaciones embarazosas, para deleite y/o sufrimiento del respetable. En Vacaciones le acompañan Christina Applegate (la Jennifer Aniston de saldo) y dos niños muy graciosos, Skyler Gisondo y Steele Stebbins, que roban protagonismo a los adultos en numerosas escenas. Los cuatro forman la nueva generación de los Griswold y juntos intentan trasladar el espíritu de la saga Lampoon a la actualidad, donde, según Helms advierte en uno de los momentos más meta de la película: “es continuación de Vacation, pero funciona como una película independiente“. Efectivamente, la intervención de Chevy Chase y Beverly D’Angelo como la pareja original Clark y Ellen Griswold se reduce a una breve escena cerca del final de la película. El resto del metraje funciona como reboot de la saga. Vamos, que Helms tiene razón, no hace falta ver las seis películas anteriores para ver esta (de ahí que se haya eliminado lo de “National Lampoon” del título).

vacaciones posterDespués de muchos años visitando la misma aburrida cabaña en el lago, los Griswold emprenden un viaje en coche (importado de Albania) a través del país para visitar el parque temático Walley World, el mismo al que el padre de Rusty (Helms, Anthony Michael Hall en la original) llevaba a su familia en la primera película. Lo que el pater familias planea ilusionado como un remedio contra la rutina se le va de las manos al convertirse en una salvaje aventura en la que los incidentes, a cada cual más disparatado, se encadenan para resultar en el viaje más desastroso, y en consecuencia memorable, de sus vidas. Vacation es la aproximación más formulaica posible a la road movie cómica, un film de enredos que nos conduce por la misma ruta cinematográfica que ya hemos recorrido en incontables ocasiones y nos bombardea con déjà vus en todas sus escenas. El humor zafio y gamberro de Vacaciones nos recuerda a la mencionada saga Resacón en Las Vegas, y también a Horrible Bosses o la reciente Somos los Miller. No es coincidencia, claro, todas ellas comparten equipos, actores y hogar en Hollywood (Warner Bros.). Y como en todas ellas, aquí también hay un amago de emotividad al final (en forma de moraleja sobre la familia) para compensar la avalancha de pringue que nos ha echado encima, pero es tan poco genuino como la comedia que le precede.

Más que un largometraje, Vacaciones es una (desigual) sucesión de sketches o segmentos que se recrean insistentemente en el humor verde y escatológico (esta película incluye una de las escenas más asquerosas que he visto en mucho tiempo; involucra una bañera, setas y vello púbico, y no diré más). Su única intención es despertar la risa fácil con chistes de caca-culo-pedo-pis, pero llevándolos al extremo, con situaciones de lo más bestia, y recreándose en la incorrección política (incesto, pedofilia, vómitos, violencia contra animales y heces por doquier). Lo malo es que todo esto ya lo hemos visto en los títulos citados en el párrafo anterior (esta y Somos los Millers son básicamente la misma película), y ya no resulta irreverente o provocador, sino que evidencia una ausencia de ideas en un trabajo que hace suya la ley del mínimo esfuerzo. Dicho esto, sería hipócrita si no reconociera que Vacaciones tiene sus puntazos y que algunos gags son realmente buenos (yo aprecio el humor incómodo y extraño, y aquí hay un par de momentos muy buenos en ese sentido, sobre todo los protagonizados por los hermanos). Además, los cameos (Charlie Day, Kaitlin Olson, Norman Reedus…), la divertida (y caldeante) presencia de Chris Hemsworth (con su pene-dildo), y la duración, que apenas supera la hora y media, hacen que la película se digiera fácilmente (es un decir, porque a más de uno y de una puede que le revuelva el estómago). Es decir, que sirve para un rato tonto (para ser justos, es a lo que aspira), pero más allá de eso, no hay más.

Vacaciones es una alocada y deslenguada comedia de poca monta que se propone traer una saga de los 80 al presente y lo que hace es convertirla en un producto ya anticuado de serie, otra película clonada de usar y tirar con poca fecha de caducidad.

Valoración: ★★½

Crítica: Mr. Holmes

Mr Holmes

La figura de Sherlock Holmes ha protagonizado incontables adaptaciones en todos los medios desde que Sir Arthur Conan Doyle creara al personaje en 1887. La fama del detective inglés ha llegado a la cima de la cultura popular en los últimos años gracias a las películas de Guy Ritchie y a la revisión modernizada protagonizada por el omnipresente Benedict Cumberbatch para la BBC. Parece pues el momento idóneo para invitar al público a mirar al personaje desde otro punto de vista. Para ello, Bill Condon dirige Mr. Holmes, adaptación cinematográfica de la novela de 2005 A Slight Trick of the Mind del estimulante autor estadounidense Mitch Cullin (Tideland), rebautizada Mr. Holmes aprovechando la coyuntura del estreno de la película; una historia ambientada en 1947 que nos plantea cómo sería la vida de Holmes enfrentándose a los estragos de la senilidad décadas después de jubilarse.

Para protagonizar Mr. Holmes, Condon vuelve a confiar en Sir Ian McKellen, eminencia interpretativa (y venerada figura pública) junto a la que realizó la película que lo puso en el mapa, Dioses y monstruos (1998), drama exuberante y conmovedor que le valió al director un Oscar como guionista y la primera nominación de la Academia para McKellen. Quince años después, ambos se reúnen para contarnos el ¿último? misterio de Sherlock Holmes, y lo hacen reincidiendo en la figura del genio confinado, maldecido por su propio intelecto. Mr. Holmes nos presenta a un Sherlock vetusto y apagado que, a los 93 años, vive retirado junto al mar dedicando sus días a la apicultura, acompañado únicamente de su criada (interpretada por Laura Linney) y el hijo de esta. Desde allí el film se ramifica en tres tiempos, dividiendo un relato en el que se entrelazan numerosos flashbacks para explorar el deterioro de la prodigiosa mente del famoso investigador, algo que sin duda contribuye a una fragmentación excesiva que afecta al ritmo de la historia.

MrHolmes00Condon construye una versión del personaje delimitada por los fantasmas del pasado, ecos que toman forma en dos casos sin resolver que ponen a prueba su frágil memoria. El señor Holmes es un anciano testarudo y cascarrabias que se resiste a asumir su senectud y se niega a aceptar ayuda de los demás. La única persona capaz de derribar el (nuevo) muro que Holmes ha levantado frente a sí mismo es el pequeño Roger (Milo Parker), niño curioso y observador que ve una figura paterna en el nonagenario, y con el que entabla una hermosa amistad a regañadientes de su madre. Ocupando el puesto que hace muchos años desempeñó John Watson, Roger sirve como soporte tanto en el día a día de Holmes, que apenas puede moverse sin un bastón, como en su investigación, que nos traslada a un pasado reciente en Japón y también a sus últimos días como detective en Londres. Así, Condon fusiona la fórmula clásica de los intrincados misterios ideados por Conan Doyle con el drama crepuscular, para efectuar un lúcido homenaje al personaje y su trayectoria cultural (atención al meta- guiño a El secreto de la pirámide, con el genial cameo de Nicholas Rowe interpretando a Holmes en una película ficticia).

La premisa de Mr. Holmes es sin duda atractiva: reconstruir el mito de un personaje caracterizado, es más, casi exclusivamente definido (o constreñido) por la inteligencia superdotada y el razonamiento deductivo, condicionándolo mediante el miedo a la pérdida, la de sus prodigiosas facultades y la de sus recuerdos. Holmes se aferra a su pasado a través de la narración, contando a su joven amigo las historias que le ayudan a recomponer a su memoria y que proporcionan la moraleja de la película: la necesidad de crear ficciones para ayudarnos a entender el mundo y avanzar en la vida. Y aunque esta es una excelente idea en teoría, Condon no termina de aprovechar las posibilidades dramáticas que brinda (al film le falta una capa de emoción y profundidad), malgastando asimismo la oportunidad de indagar verdaderamente en los recovecos de la inteligencia de Holmes. Sin embargo, Mr. Holmes acaba llegando a buen puerto gracias a la soberbia interpretación de McKellen, un majestuoso trabajo a base de matices y expresividad que contrarresta las carencias del guion y ayuda a la historia a alcanzar su propósito: la humanización definitiva del personaje.

Valoración: ★★★½

Crítica: Mala sangre

Mala sangre

Texto escrito por David Lastra

“¿Conozco al menos la naturaleza? ¿Me conozco? Basta de palabras. Sepulto a los muertos en mi vientre. ¡Gritos, tambor, danza, danza, danza, danza!” Arthur Rimbaud despotrica contra todo bicho viviente (francés) en su pasaje Mala sangre de Una temporada en el infierno. ¿Existe relación alguna con la obra homónima de Léos Carax? El ostracismo, la impotencia y la consiguiente relación violenta del protagonista de ambos trabajos ante su existencia es similar. La indecisión de Alex (Dennis Lavant) ante la posibilidad de una nueva vida tras su reciente condición de huérfano, idéntica (“La última timidez y la última inocencia. Está dicho. No mostrar al mundo mis ascos y mis traiciones. ¡Vamos! La caminata, el fardo, el desierto, el hastío y la cólera”); su espanto ante qué compañero de viaje tener coincide absolutamente (“¿A quién alquilarme? ¿Qué bestia hay que adorar? ¿Qué santa imagen atacamos? ¿Qué corazones romperé? ¿Qué mentira debo sostener? ¿Entre qué sangre caminar?”). Aunque puede que el título no tenga nada que ver. Cabe la posibilidad de que un ajado ejemplar de Una temporada en el infierno sobresaliese en su estantería, que Carax abriese el libro y, por arte del azar, Mala sangre apareciese ante él. ¿Intensidad buscada o fruto del azar? Si nos atenemos a la técnica compositiva de Jean-Luc Godard, padrino visual confeso de Carax, nos deberíamos decantar por la segunda, ya que es de todos conocido que el maestro JLG tenía la costumbre de abrir libros al azar y hacer que sus bellos actores y actrices decantasen un pasaje cualquiera ante la cámara, sin importar en demasía su contenido. Sea lo que sea, lo que no podemos negar es que sin la elegante virulencia de Rimbaud, Carax realizaría este tipo de películas. Así que la naturaleza del título no es del todo importante. He aquí su primera gran obra maestra, que me perdone Chico conoce chicaMala sangre.

Su naturaleza extraterrestre hace que sea casi imposible englobar con una simple etiqueta a Léos Carax. Podríamos inventar un término híbrido como romántico extremista para denominarle. Un palabro bajo el que pocos cineastas podrían encontrarse, si acaso Gaspar Noé, por sus obras Irreversible y, especialmente, Enter the Void. La visión del amor de ambos es puramente sensible, pero sin caer en la sensiblería. Un cine inocente, desnudo, infantil y tremendamente transgresor. Carax explotaría esas señas de identidad en sus dos obras posteriores: Los amantes del Pont-Neuf y, principalmente, Pola X. Estas marcas de romanticismo extremo se encuentran presentes el Mala sangre pero de una manera más suavizada (que no dóciles). Su historia se estructura siguiendo la fragmentación y la poética de las primeras obras de la Nouvelle vagueCarax juega con los arquetipos de las historias de maleantes de los primeros filmes de François TruffautClaude Chabrol y del propio Godard. Golpes imposibles, jugarretas, perros viejos, damiselas, malos malísimos y la figura del héroe. Pero es en esta figura del héroe donde Carax explota su elemento discordante. Lejos de la seguridad de Michel Poiccard en Al final de la escapada, el héroe (o antihéroe) de Carax bebe del malditismo del citado Rimbaud y de una insolencia y una falta de madurez que recuerdan al demonio creado por J.M. Barrie. No obstante, las facciones de un Lavant veinteañero son las perfectas para encarnar a un Peter Pan recién deportado de Nunca Jamás.

Mala sangre

Huidizo de sus responsabilidades, tanto provenientes por su legado paternal (una mente y un cuerpo para el delito) como por las de un amor correspondido, Alex decide cortar con todo y huir a la playa (otro guiño a la nouvelle vague). Para ello tiene que dar un último gran golpe. Todo parece sencillo hasta que el azar le golpea. Una situación novedosa para un trilero de su entidad. La chica de su nuevo jefe (otra leyenda del cine europeo, Michel Piccoli) es una mujer con la que se cruzó (o no) una vez en el autobús y ante la que cayó tremendamente prendido. Anna es un amalgama de los personajes interpretados por Anna Karina para Godard, fundamentalmente su Odile en Banda aparte y Nana de Vivir su vida. La cara de Juliette Binoche junto a los problemas de ser inalcanzable por amar esta a otro. Ella representa el amor idealizado, la perfección hecha compañera.  Hasta ese momento, Alex había vivido un tórrido romance junto a la bella y joven (menor) Lise (insultantemente bella y perfecta Julie Delpy), pero ella comete el crimen de quererlo sobre todas las cosas. Ella es el amor moderno. Ella es sexo con amor. Ella está abocada al fracaso. No sabe que el soñador y el romántico siempre preferirá el amor no correspondido a un orgasmo. “God and man, don’t believe in modern love” que berrea David Bowie en el rupturista plano secuencia (con un pequeño corte) musical que protagoniza Alex.

Y hasta el último momento no hablamos del contexto futurista del film, una de las cosas más publicitadas del film y que realmente no es sino un mero macguffin: el mundo en el que habitan los personajes está siendo devastado por una enfermedad de transmisión sexual que responde a las siglas de STBO y una posible vacuna para ese virus es el objeto que la banda de Alex quiere robar. Esta pandemia acaba con aquellos que realizan el acto sexual sin amor. ¿Culpabilidad cristiana? No, romanticismo puro. De la misma manera en que no podíamos encontrar una etiqueta generalista para su director, tampoco podemos catalogar a Mala sangre como una distopía. Situación similar a la que nos encontrábamos en la más reciente Mommy, de Xavier Dolan y su ley S-14.

Mala sangre es radicalismo, romanticismo, Bowie, amor, amor, amor, amor, o lo que es lo mismo “¡hambre, sed, gritos, danza, danza, danza, danza!”.

Valoración: ★★★★★

Crítica: Amy. La chica detrás del nombre.

Amy La chica detrás del nombreTexto escrito por David Lastra

Buscar con Google: Amy Winehouse. Noticias, vídeos, imágenes, lo que sea. Cada mañana, un rato por la tarde y antes de irse a dormir, otra vez. Todos los días. Realmente no hacía falta llevar a rajatabla esa costumbre, ya que, quisieses o no, el muro de Facebook estaba plagado de actualizaciones de páginas, grupos o fans que compartían el cotilleo o la buena (o mala) nueva diaria de Amy. Durante todo un lustro, todo lo que ella hiciese o dejase de hacer era noticia. ¿Por qué? La calidad de su loable debut y su gigantesco segundo disco la hacían merecedora de toda esa atención, pero la gran mayoría estaba interesada en el cóctel de estupefacientes, trastornos y escándalos que se personificaba en la cantante. Esta situación, magnificada por el amarillismo de la prensa, junto a la mala baba y el gustico de regodearse en la mierda de los demás, provocó que poco a poco Amy se convirtiese (aún más) en carne de cañón. Todo terminó de explotar el 23 de julio de 2011, cuando Amy nos mandaba a todos a tomar por culo por última vez.

La búsqueda de culpables fue completa y absoluta: la primera, la propia Amy, culpable y víctima, que no mártir; Blake Fielder-Civil, el demonio de las drogas; el bocazas de su padre Mitch, más preocupado por la fama que de el bienestar de su hija; los tabloides británicos, dignos herederos de los paparazzi de La dolce vita;… Todos ellos lo son, pero igual de culpables eran las pijas que no paraban de cantar Rehab como si fuese la canción del verano. Amy solo quería cantar y pasar un buen rato, no ser famosa. Salvo cuando eso conllevaba conocer a Tony Bennett o hacerse virguerías aún más imposibles en el pelo. Ella no era un producto y al ser tratado como tal, se desmoronó.

Cuatro años escasos después de su fallecimiento, llega a las pantallas el documental Amy. La chica detrás del nombre, en el que losAmy la chica detrás del nombre creadores de Senna hacen lo mejor que saben hacer, lo mismo por lo que se llevaron un Oscar y por lo que rondarán este año el galardón: recopilar datos y montarlos de una manera más o menos resultona. Amy es una crónica detallada de la caída de una estrella que no quería serlo. La laboriosa compilación de imágenes de archivo debería ser impresionante, pero no lo es para nada, ya que la gran mayoría, por no decir todo, de lo que nos muestran, ya lo habíamos visto con anterioridad. El director Asif Kapadia parece no ser consciente de la importancia de Winehouse durante esos años y de la cobertura informativa de 24 horas que teníamos gracias a los medios y a las redes sociales sobre los quehaceres de la cantante. Es por ese conocimiento previo exhaustivo, que la fuerza de estos testimonios se diluye. Todo sigue siendo igual de terrible, pero no nos sorprende, si acaso vuelve a hacernos daño al recordar los malos momentos, de igual manera que volvemos a sentirnos orgullosos con su “resurrección” de cara a los medios con su interpretación de Love Is a Losing Game en la ceremonia del Mercury Prize.

El crimen se hace mayúsculo al adornarse estos hechos para nada novedosos con unos golpes de sonido y una música incidental más propios de un programa sensacionalista de la pequeña pantalla que de un documental serio. Eso, junto a una ausencia total de análisis real sobre el mito, hace posible la conclusión de que esta Amy debería haberse titulado más certeramente como Amy for Dummies, ya que no logra hacer justicia al único icono real de la música del siglo XXI.

Valoración: ★★½

Crítica: Y de repente tú (Trainwreck)

Y de repente tú

La comedia USA de los últimos años llega con aires renovadores y desplazando el foco de atención hacia las mujeres (que, como te dirían muchas cómicas sarcásticamente “también pueden ser graciosas”). Este nuevo enfoque está afectando especialmente a un género tradicionalmente asociado con el público femenino, la comedia romántica, o como se denomina peyorativamente en inglés, “chick flick”. Recientemente, el cine y la televisión nos está proponiendo otro tipo de rom-com, uno que desafía los estereotipos y no relega a la mujer al papel de flor delicada que debe ser conquistada por un príncipe azul. Bridesmaids o las series televisivas Girls y You’re the Worst creen en otra manera de contar un romance. No rechazándolo sino dándole la vuelta a sus convenciones para instalarlo definitivamente en el siglo XXI. Y ahí es donde entra Amy Schumer.

Con su serie de televisión, Inside Amy Schumer, la cómica de Nueva York (de dónde si no) ha sido catapultada este año a la cima de la popularidad en Estados Unidos. Su humor cáustico y auto-crítico se ha ganado las comparaciones con el de Louis C.K., pero Schumer es mucho más bestia y políticamente incorrecta. Su estilo se caracteriza por la mordacidad de sus parodias, la mayoría críticas salvajes al sexismo que denuncian los dobles estándares con los que la sociedad juzga a las mujeres. Schumer no tiene miedo a exponer y explotar sus defectos (o los de su personaje público, porque no sabemos dónde empieza una Amy y acaba la otra) para derribar las ideas preconcebidas acerca de su género, pero también para contar verdades sobre el mismo que otras no se atreven a destapar (quizá por miedo a que sean utilizadas como arma contra el feminismo). Y esto es justo lo que sigue haciendo en su primera película como protagonista, dirigida por Judd Apatow y guionizada por ella misma, Y de repente tú (Trainwreck), en la que Schumer continúa reivindicando el derecho de la mujer a ser lo peor.

La escuela Apatow lleva ya un tiempo desarrollando estas ideas, especialmente importantes en los trabajos de Lena Dunham y Paul Feig (todo queda en familia), que han convertido este reformador discurso feminista (impulsado hace ya quince años por Sexo en Nueva York) en uno de los núcleos temáticos de sus obras. Por eso el humor de Schumer encaja tan bien en el estilo del director de Knocked Up, siempre interesado en mostrar el lado más incómodo y autodestructivo del treinta y cuarentañero con personajes que se niegan a crecer y sentar cabeza. Para mostrarnos la variante femenina de este paradigma, Apatow emplea la voz millennial de gente como Dunham y Schumer, colaboradoras que, paradójicamente, están ayudando a definir su etapa más madura.

Como el título de la película en inglés (Trainwreck) sugiere, Y de repente tú nos habla de un desastre humano, Amy Townsend, redactora de una revista de moda que se sale el molde que la sociedad ha creado para ella y cuyos esquemas se hacen añicos cuando se enamora inesperadamente. Amy es un personaje 100% Apatow en tanto en cuanto se trata de una protagonista estancada a las puertas de la madurez, pero Schumer hace suyo el arquetipo para presentarnos a la anti-Meg Ryan, una mujer con miedo al compromiso, que vive el sexo con libertad y temeraria despreocupación (Amy es toda una “hombreriega”), no cree en la monogamia y tiene fobia a compartir su intimidad con otra persona (no pretendas pasar la noche con ella después de follar, ni le menciones hacer la cuchara). De la misma manera, el imprevisto interés amoroso de Amy, interpretado por Bill Hader, será un hombre sensible y emocionalmente dependiente que busca consejo sentimental en su mejor amigo (el jugador de la NBA LeBron James). Esta inversión de los roles de la comedia romántica, en la que a la mujer no se le suele permitir el comportamiento que Schumer defiende, sirve para desmontar tabúes y desmitificar el ideal femenino (físico y conductual) impuesto por los medios o las películas de Nicholas Sparks.

TrainwreckPero Schumer, al igual que Apatow, no niega a su personaje la posibilidad de hallar la felicidad en un cambio de actitud y comportamiento (el “todo lo que necesitas es amor” es universal y puede acabar con todo rastro de cinismo en cualquier historia). Como decía al principio, la comedia romántica que cultivan estos autores no pretende boicotear el género, sino modernizarlo, mostrarnos un camino alternativo hacia ese dulzón final feliz en el que suele concluir todo relato amoroso que se precie. Por eso Y de repente tú acaba discurriendo por los habituales derroteros del género, culminando en un tercer acto que confirma su naturaleza formulaica, sin por ello anular lo que Schumer ha conseguido con su personaje a lo largo de la película: ella es la que realiza el gran gesto romántico para ganarse el perdón de él y obtener su happy ending.

No cabe duda de que Y de repente tú es una comedia Apatow. Le delatan la excesiva duración del metraje (a todas sus películas le sobran 20 minutos) y las subtramas innecesarias (Tilda Swinton está gloriosa, Brie Larson es un primor y Vanessa Bayer está loquísima, pero a veces no hacen más que retrasar el avance del argumento). Claro que por el lado bueno, también reconocemos al autor por esa calibrada fusión de toilet humor e introspección que no falta en ninguna de sus obras. El cine de Apatow siempre posee un trasfondo mucho más reflexivo y revelador de lo que parece a simple vista, evidenciando a un director constantemente preocupado por entender el comportamiento humano y las relaciones interpersonales en los ámbitos de la familia, el trabajo y el amor. En este sentido, Schumer también se adapta perfectamente a la sensibilidad del director, aportando además un punto de melancolía y sorprendiendo con un registro dramático con el que sigue añadiendo capas a su repertorio. Sin embargo, el guion de Schumer es algo irregular y a ratos le falta un punto de cocción a la comedia. Algunos gags funcionan muy bien, otros se alargan hasta perder la gracia (como el encuentro sexual con el desubicado Ezra Miller), por no hablar de que la cómica repite chistes de su serie (reciclar es bueno en otros campos, no en la comedia). Dejando esto a un lado, por lo general Schumer lleva a cabo un buen trabajo de transición entre el sketch y el largometraje, rebajando las cotas de histrionismo y parodia de su serie para practicar un humor más contenido, más discreto y decididamente más awkward (el chiste a veces culmina en off o en voz baja), que le ayuda a pasar con holgura su primer gran reto artístico e insufla nueva vida a la carrera de Apatow después del bache de la infravalorada This Is 40.

Apatow y Schumer saben exactamente cómo ser corrosivos y escatológicos sin por ello sacrificar la emoción y la inteligencia, cualidades principales que acaban definiendo la película. A base de atrevidas escenas de cama, paseos de la vergüenza y situaciones embarazosas, Y de repente tú se erige como una comedia romántica clásica que a su vez actualiza el género riéndose de sus lugares comunes y situando en el centro a una protagonista que no tiene miedo a ser juzgada por sus actos. Amy Schumer sabe que su personaje puede caer mal y su comportamiento será tachado de errático, pero ahí está el quid de la cuestión, en que entendamos de una vez por todas que esa mujer existe, y que es mucho más real que la mayoría de personajes femeninos que vemos en la ficción.

Valoración: ★★★½

Crítica: Extinction

Extinction

El de zombies empieza a ser un género denostado por culpa de la sobreexposición al público de películas, series, cómics y libros sobre muertos vivientes. Por eso en los últimos años hemos asistido a varias vueltas de tuerca que nos han presentado el género desde otras perspectivas (la comedia gamberra, el blockbuster o el romance adolescente por nombrar solo unas cuantas). Extinction sería una de esas películas de zombies que prefiere describirse a sí misma como otra cosa, o como “algo más”, un trabajo que trata de ir más allá del terror y de sus normas. Pero claro, una cosa es intentarlo, y otra conseguirlo. La película, basada en la novela de Juan de Dios Garduño Y pese a todo… (rebautizada como Extinction: Y pese a todo… a raíz de su adaptación al cine), fluctúa entre el survival horror y el drama de personajes, pero se queda a medias en ambos terrenos, dejándonos un quiero y no puedo sin identidad, y repleto de incongruencias y tópicos, que por si fuera poco se alarga hasta la extenuación.

Extinction abre con una secuencia en la que asistimos al inicio de la pandemia que desolará el planeta, y posteriormente salta nueve años en el tiempo para mostrarnos a tres supervivientes, dos hombres y una niña, aislados en un post-apocalíptico invierno eterno. No hay mucho contexto (ni lo habrá durante el resto del metraje), solo varias pinceladas que recogen de forma muy superficial los lugares comunes del cine de contagios (el virus, la forma de transmisión, la transformación de los afectados). A lo largo de Extinction nadie se refiere a estas criaturas como “zombies”, ni siquiera se sugiere (eso sí, en el cartel de la película podemos ver claramente una “Z” escrita con sangre, porque hay que vender el producto). De esta manera se pretende desplazar el foco de atención hacia los humanos, con la intención de construir un melodrama sobre la familia, la supervivencia y la esperanza que estaría muy bien si no fuera porque sus personajes no son interesantes y la situación en la que se encuentran no tiene ni pies ni cabeza.

EXTINCTION_POSTER_DEFINITIVODirigida por Miguel Ángel Vivas (Secuestrados) y producida entre otros por el prolífico Jaume Collet-Serra (La huérfanaSin identidad), Extinction apunta mucho más alto de lo que puede llegar. Como cinta de terror no sabe escapar de los clichés más manidos del género y maneja la tensión torpemente, con revelaciones y sustos que se ven venir a la legua. Pero lo que mella realmente la película son sus ínfulas de drama familiar psicológico, un tratamiento del género fantástico que recuerda por momentos al M. Night Shyamalan de Señales. La rivalidad de los protagonistas adultos (vecinos que no se han dirigido la palabra en nueve años por su pasado en común con la madre de la niña) debería impulsar la historia, pero lo que hace es arrastrarla de forma arrítmica, para culminar en una serie de reflexiones sobre la redención y la paternidad que evidencian una película mucho más básica e insustancial de lo que se cree.

Aun con todo, Extinction cuenta con una virtud, la interpretación de la mitad de su elenco protagonista. Mientras que Jeffrey Donovan es incapaz de demostrar más de un registro y Clara Lago no aporta absolutamente nada a la historia (su personaje debería ser catalizador del desenlace, pero el relato podría haber concluido perfectamente sin ella), la pequeña Quinn McColgan es toda una revelación y Matthew Fox está sencillamente espléndido, demostrando una madurez interpretativa y emocional que por desgracia pasará totalmente desapercibida. Claro que no basta con unos actores entregados para llevar una película a buen puerto cuando el material se trabaja de forma tan elemental. Extinction resulta rutinaria, y lo que es peor, aburrida, un pecado que no se le puede dejar pasar a una película de zombies (aunque no se identifique abiertamente como tal). Sin embargo, hay otro aspecto fallido de Extinction capaz de eclipsar este problema: su pobre acabado visual. Si el sopor no acaba con vosotros, sí lo harán los efectos digitales y los cromas más terribles que podáis imaginar.

Valoración: ★★½

Crítica: Operación U.N.C.L.E.

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Durante la década de los 60 el cine de espías alcanzaba su cénit gracias a la figura de James Bond. El género ya gozaba de popularidad desde muchos años atrás, gracias a las incursiones en el noir de directores afamados como Hitckcock, Wilder o Lang. Sin embargo, es a partir del icono creado por Ian Fleming cuando el espionaje se pone de moda y da el salto definitivo a la televisión, ya por aquel entonces reflejo fiel de los cambios de la sociedad y representante de las tendencias culturales imperantes. Las series de espías abundan en esta década, que nos deja clásicos catódicos como Misión: Imposible, Superagente 86, o las británicas The Prisoner Los vengadores. Entre 1964 y 1968 se emitía en Estados Unidos uno de los mayores éxitos del momento, The Man from U.N.C.L.E., conocida en España como El Agente de C.I.P.O.L. El británico Guy Ritchie recupera esta serie de NBC (en la que curiosamente participó Fleming como asesor creativo) para adaptarla al cine con Operación U.N.C.L.E., remake actualizado que aúna el clasicismo del género y el particular estilo del director de SnatchSherlock Holmes.

De entrada, el mayor acierto de Ritchie es haberse quedado en los 60 para ambientar la historia, en lugar de haberla llevado a nuestros días. Ciertamente, no habría tenido mucho sentido modernizar un producto así, estrechamente ligado a la realidad sociopolítica en la que fue creado. U.N.C.L.E. se sitúa en el telón de fondo del auge de la Guerra Fría y nos introduce en un mundo de tensiones políticas y organizaciones secretas que operan bajo la constante amenaza nuclear. La película recupera a los dos protagonistas de la serie original, el agente de la CIA Napoleon Solo (Henry Cavill) y el de la KGB Illya Kuryakn (Armie Hammer), dos espías de métodos y caracteres opuestos (ya sea en tácticas de infiltración, maneras de pelear o cuestiones de moda) que se ven obligados a colaborar en una misión para evitar que una misteriosa organización criminal se haga con el armamento nuclear. La única pista con la que cuentan para dar con los terroristas es la hija de un científico alemán desaparecido, Gaby Teller (Alicia Vikander), pieza clave del puzle que les llevará hasta Roma, donde se verán las caras con la distinguida Victoria Vinciguerra (Elizabeth Debicki), gélida villana que pondrá en jaque a los agentes.

583180Operación U.N.C.L.E. es una oda vintage a los 60, una película de intriga que más que por su trama o sus secuencias de acción destaca sobre todo por su acabado estético. Ritchie ha llevado a cabo un impecable ejercicio de estilo en el que todo está cuidado al detalle: las impresionantes localizaciones europeas, el minimalismo arquitectónico, las Vespas y los coches deportivos, la magnífica banda sonora (utilizada además como recurso cómico contrastando jazz o canción italiana con secuencias de acción y violencia), y sobre todo las tendencias en moda de la época (el eslogan de la película no miente en cuanto a lo que vende: “Salvar el mundo siempre está de moda“). Operación U.N.C.L.E. es el lujo y la elegancia de la puesta en escena, con una ambientación de primera (solo flaquea en su más bien torpe uso del CGI) y un cuarteto de actores que aportan la percha perfecta para recomponer la irresistible imagen de la década prodigiosa. Y es que el apartado de vestuario y peluquería por sí solo ya hace que la película merezca la pena. Pero U.N.C.L.E. es más que un bello envoltorio vacío.

Es cierto que Ritchie parece más preocupado por demostrar que su película es el colmo de la clase y la distinción (no cabe duda de que lo ha conseguido), y en ocasiones esto nubla su capacidad como cineasta (por ejemplo, las persecuciones están montadas únicamente para alardear de estilo y por tanto resultan confusas), dando como resultado un trabajo algo más superficial de lo que querríamos (“style over substance”, ya sabéis). Sin embargo, para compensar esto, a la película no le faltan armas de seducción. Además de dar buen uso sus aguerridas presencias y sus imponentes voces (por favor, ved la película en V.O.), Henry Cavill y Armie Hammer forman un dúo cómico excelente (U.N.C.L.E. es el fondo una buddy film clásica). Pero la química de los personajes estalla especialmente gracias a la tercera en discordia, la deslumbrante Alicia Vikander, convirtiendo la dinámica entre este trío de ases en el centro de un film que rebosa carisma y personalidad.

Operación U.N.C.L.E. es un espectáculo enormemente sofisticado que además divierte con diálogos pícaros y una socarronería canalla que delata a quien está tras las cámaras. Ritchie se centra más en las relaciones interpersonales y pone menos énfasis en el artilugio y la ciencia ficción propia del género (siguiendo el camino opuesto a M:I), para llevar a cabo una película de espías “analógica”, un tipo de cine más ligero, pero no por ello menos sólido o inteligente. De naturaleza más bien efímera (como la belleza misma), Operación U.N.C.L.E. no se convertirá en un clásico moderno, desde luego, pero su arrebatador atractivo y encanto chic garantizan una burbujeante velada de primera clase.

Valoración: ★★★★

Jonathan Strange & Mr. Norrell: entre la fantasía y la subversión [Otro cine de tacitas es posible]

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La miniserie de siete capítulos, basada en la novela de Susanna Clarke de 2004, se estrenó en BBC1 el 17 de mayo de 2015 y ha obtenido excelentes críticas.

Texto escrito por Aerys Munis

Jonathan Strange and Mr. Norrell (BBC, 2015) no es una serie británica de época cualquiera, aunque comparte con éstas los altos niveles de producción que se reflejan en la escenografía, vestuario, fotografía e iluminación, y logran transportarnos a la Inglaterra de comienzos del siglo XIX. Es un escenario fácil de reconocer, que ha aparecido innumerables veces en nuestras pantallas (la referencia a Jane Austen es ineludible): un lugar donde la frivolidad y formalidad de las clases acomodadas bebedoras de té desentona radicalmente con la cruda y sucia realidad del mundo que los rodea y que la buena educación insiste en ignorar. El contraste es especialmente marcado en la Inglaterra de la época de Regencia, gobernada por un rey loco confinado en Windsor e inmersa en la guerras napoleónicas. La guerra y la locura son dos de los temas fundamentales que sirven como marco a la lucha de poder –a todos los niveles- que conforma el nudo de la historia. Como los espectadores averiguarán muy pronto, la ambientación histórica es sólo un escenario para desarrollar una ucronía cuyo eje fundamental es la existencia de la Magia – una Magia extraña y poderosa que, aunque una vez reinó en territorios ingleses, se considera hoy extinta y mero objeto de estudio para intelectuales apolillados. La historia arranca precisamente con una reunión de la Sociedad de Magos de York en la que el tímido pero vehemente señor Segundus (Edward Hogg – Anonymous, Misfits, Jupiter Ascending) pregunta por qué la Magia práctica ha dejado de existir.

Sin dejarse amilanar por las risas de sus compañeros, Segundus trata de acceder a textos mágicos que le permitan practicar el arte, pero pronto descubre que todos han sido acaparados por un misterioso señor Norrell, que vive recluido en una abadía del norte de Yorkshire. Segundus, héroe improbable de vocecilla aguda y voluntad inquebrantable consigue entrevistarse con Norrell y convencerle de que muestre a los miembros de la Sociedad de Magos de Yorkshire de que aún es posible hacer Magia en Inglaterra.

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Aunque físicamente Gilbert Norrell (Eddie Marsan – Ray Donovan) se aleja bastante del estereotipo del mago poderoso y misterioso (no os dejéis confundir por su peluca sobredimensionada), su capacidad para ejercer la Magia va más allá de cualquier expectativa, como vemos a mediados del primer episodio.

El principal problema de Norrell es su introversión y su incapacidad para tratar en sociedad, beber té con educación y hablar de frivolidades, que como bien sabemos los aficionados al género, es el requisito indispensable para prosperar en la Inglaterra de comienzos del siglo XIX. Su ayudante, Childermass (Enzo Cilenti – Game of Thrones, Wolfhall) es oficialmente el encargado de sus asuntos públicos, aunque según avanza la trama su protagonismo va en aumento, y su mirar avieso y sarcástico desde la distancia se convierte en el punto álgido de cada episodio.

Para poder llevar a cabo su objetivo, que no es ni más ni menos que ayudar al gobierno británico en su guerra contra Napoleón, Norrell deberá congraciarse con el ministro de turno, sir Walter Pole (Samuel West – Howards End), que desgraciadamente no está muy por la labor de escucharle y además acaba de perder a su prometida, Emma Wintertowne (Alice Englert – Beautiful Creatures),  a unos días de su boda, cuando su herencia era justo lo que necesitaba para poder seguir prosperando en su campaña política. Muy a su pesar, Norrell hace lo único posible para poder captar la atención del político (y con ello, el beneplácito del gobierno) y con su decisión atraerá una nueva e imprevisible forma de Magia a Inglaterra, cuyas consecuencias deberá afrontar durante el resto de la serie.

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El segundo protagonista, o realmente, el primero, aunque sea el segundo en aparecer, es Jonathan Strange (Bertie Carvel – laureado actor teatral), toda una fuerza interpretativa que, a medio camino entre el héroe austeniano y el antihéroe byroniano, cautiva pronto a la audiencia. Habiendo accedido a la Magia proféticamente pero casi por casualidad – después de ser instado por su prometida, Arabella Woodhope (Charlotte Riley, Peaky Blinders) a buscarse una ocupación y dejar de gandulear – a través de su personaje vamos aprendiendo más sobre los claroscuros del mundo de la Magia inglesa.

La comarca de Yorkshire, a través de sus acentos y sus paisajes, es el tercer protagonista de la historia. En ella se rodaron buena parte de las escenas (salvo algunos exteriores bélicos en Croacia y en Canadá)  y la mayoría de sus personajes proceden de la zona o acaban confluyendo en sus páramos misteriosos, donde parece rasgarse el tejido que separa la realidad del mundo de la fantasía. Precisamente con un pie a cada lado de esta frontera están personajes como Vinculus (Paul Kaye, Game of Thrones), Stephen Black (Ariyon Bakare – A respectable trade, Doctors) o  el caballero “con el cabello como el vilano del cardo” (Marc Warren –Band of Brothers, The Good Wife), el villano más carismático al este de los reinos del Infierno.

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Ganadora de los premios Locus, Hugo, World Fantasy,  Mythopoeic (y finalista del Nebula, Manbooker, Whitbread y Guardian), Jonathan Strange & Mr. Norrell es una novela que cautivó entre muchos otros a Neil Gaiman (varios de sus libros han sido llevados al cine o la televisión, destacamos American Gods, que se estrenará pronto en Starz) y muy pronto se convirtió en novela de culto, estatus que no va camino de perder ya que todo indica que nunca habrá una continuación y seguirá siendo una rara avis que fascine a los lectores que se atrevan con su casi mil páginas.  Cuando la novela fue publicada, allá por 2004, hubo una intensa campaña que buscó promocionarla como el Harry Potter para adultos, pero los parecidos entre ambas historias se reducen a la ambientación inglesas y la existencia de la magia, ya que se trata de una historia adulta, subversiva y bastantes grados más oscura incluso en su adaptación para las pantallas. Se trata de una serie peculiar, que atrapará por igual a los aficionados a la literatura fantástica, al cine de tacitas o a las guerras napoleónicas. Aunque hay espacio – y mucho- para beber delicadamente tazas de té mientras se conversa con medias verdades y muchos rodeos, el mundo tacitero no es sino un escenario para desarrollar sutilmente una muy acertada crítica a las estrictas convenciones sociales inglesas del siglo XIX (con especial atención a las desigualdades de clase, raza y género) mientras nuestra atención se distrae con el despliegue de luces y egos enfrentados de los dos magos protagonistas.

Aerys Muniz es filóloga y lectora ávida de fantasía y clásicos decimonónicos. Actualmente compagina sus estudios de doctorado en literatura comparada con la visión y revisión de demasiadas series y películas. Para su tesis de máster estudió la narrativa de Susanna Clarke desde la perspectiva de los estudios de género e identidad nacional.

Crítica: Misión Imposible – Nación Secreta

TAURUS

Existe una línea temporal en la que Tom Cruise sigue siendo una estrella revienta-taquillas que cae bien al público. Esa realidad es la extensión de un universo de ficción que cumple ya casi dos décadas, el de la saga cinematográfica Misión: Imposible. Ethan Hunt vuelve en M:I – Nación Secreta (Mission: Impossible – Rogue Nation), quinta entrega de las improbables aventuras del espía de la FMI y su equipo de chiflados especialistas. Tras los acontecimientos de Protocolo fantasma, Hunt es el fugitivo más buscado por la CIA, un agente “rebelde” que opera desde la clandestinidad para erradicar al Sindicato, organización de asesinos sin identidad similar a la FMI que está liderada por el megalómano Solomon Lane (Sean Harris). Nación Secreta nos devuelve todos los ingredientes que convierten esta saga en una de las más icónicas del cine de acción (mensajes que se autodestruyen en 5 segundos, imposibles artilugios y dispositivos informáticos, ¡máscaras!), garantizando dos horas de secuencias trepidantes, brutales combates físicos, persecuciones explosivas y rebuscadas tramas de espionaje que conforman el blockbuster veraniego por excelencia.

En Nación Secreta, Ethan Hunt debe salvar el mundo una vez más, ahora con el objetivo añadido de recuperar la confianza del servicio de inteligencia de su país, lo que altera la dinámica de la saga, aunque no tanto como para cambiar la estructura clásica de estas películas, que se mantiene intacta: sucesión de espectaculares set pieces de un lado al otro del globo y misiones de infiltración/extracción que obligan a aguantar la respiración. Por supuesto, Hunt no lleva a cabo su arriesgado trabajo en solitario, sino que cuenta con la inestimable ayuda de un equipo formado por ex colegas del FMI, ahora recolocados en distintos puestos dentro del sistema, desde los que ayudan al espía a moverse sin ser detectado. Así, Nación Secreta continúa acentuando la dinámica de grupo en oposición a la figura del protagonista único que podría ser Hunt. Cruise se reserva para él solo las escenas de riesgo más impactantes (y además sigue insistiendo en no usar dobles), pero también comparte el escenario con sus compañeros de reparto e incluso se retira cuando lo cree oportuno, lo que contribuye a esa sensación de grupo cohesionado donde la camaradería y la lealtad se anteponen a todo (viene a la mente Fast & Furious, saga con la que M:I empieza a tener mucho en común). Una decisión inteligente que evita que la delicada relación del público con el actor a causa de su dañada imagen pública acabe aguando la fiesta.

MI5Nación Secreta potencia la coralidad del reparto y acierta al dar mayor protagonismo al simpático personaje de Simon Pegg, Benji Dunn, alivio cómico y prolongación del experto informático Marshall Flinkman que J.J. Abrams incorporó cuando se hizo con las riendas de la franquicia para convertirla en Alias 2.0. Jeremy Renner (notable intérprete que se empeña en hacer el mismo personaje una y otra vez) también explota su vis cómica ya como miembro fijo del equipo, en esta ocasión formando dúo con el siempre acartonado Alec Baldwin, que hace de su sombra durante todo el film. Y la llegada de la sueca Rebecca Ferguson (que aunque no lo creáis, no tiene parentesco con Ingrid Bergman) como la agente Ilsa Faust añade el componente femenino (intercambiable entre una película y otra) a una saga eminentemente masculina. Y lo cierto es que, a pesar de un par de planos aislados que la reducen a un trozo de carne, Ferguson construye uno de los personajes más interesantes de una película que no destaca precisamente por la profundidad de sus caracterizaciones. De hecho, uno de los puntos fuertes de Nación Secreta es su relación con Ethan, desconcertante tira y afloja que da lugar a un excitante juego de engaños evocador del Hitchcock de Con la muerte en los talonesEncadenados (sin ir más lejos, Ferguson se inspiró en la interpretación de Bergman en esta última y en Casablanca para dar forma a su personaje).

Desde que Abrams revitalizó la saga (tras aquella infame segunda parte), M:I ha progresado hasta convertirse en un infalible pasatiempo cinematográfico cuyo objetivo principal (casi diría el único) es divertir al respetable, que sabe exactamente lo que le espera nada más escuchar las célebres notas de la sintonía compuesta por Lalo SchifrinMisión Imposible no está especialmente interesada en la evolución de sus personajes, tampoco pretende innovar en ningún sentido, y no hace falta prestar mucha atención para darse cuenta de que detrás de la acción no hay nada. Pero ni esto, ni Tom Cruise, han impedido que la saga se adapte con soltura al paso del tiempo. Es más, si ha sobrevivido hasta ahora (y si aun le queda mecha) es porque ha abrazado su naturaleza de simple espectáculo de fácil digestión y ha decidido reírse de su inverosimilitud. En Nación Secreta Christopher McQuarrie (que nos impresionó recientemente con el guion de ese excelente blockbuster de auteur llamado Al filo del mañana) recoge el testigo de Abrams y Bird para seguir definiendo la etapa moderna de M:I, caracterizada por su sofisticada fusión de comedia, pirotecnia, ciencia ficción e intriga, y por demostrar una vez más que se puede hacer cine de acción que no menosprecie la inteligencia del espectador. No importa lo tonta que la película en cuestión pueda llegar a ser.

Valoración: ★★★½

Crítica: Ciudades de papel

PAPER TOWNS

Todos hemos conocido a una Margo Roth Spiegelman. Muchos nos hemos enamorado de ella sin conocerla de verdad. Ocurre sobre todo durante la adolescencia, periodo vital caracterizado por una búsqueda constante y a ciegas, de uno mismo, de aquello que queremos ser y de ese ideal romántico que se fragua en nuestra mente. De esto sabe mucho John Green, autor del fenómeno young adult Bajo la misma estrella y otros éxitos de la literatura teen. En los últimos diez años, Green se ha forjado una carrera editorial como la voz de la generación Tumblr, apelando sobre todo al adolescente culturalmente inquieto con historias que captan con un estilo sencillo e inteligente la naturaleza de ese efímero capítulo de nuestras vidas. Después de la historia de Hazel y Augustus, le toca el turno a su tercera novela, Ciudades de papel (Paper Towns, 2008), adaptada al cine por Jake Schreier (cuya ópera prima es la muy reivindicable Un amigo para Frank). Al igual que entre las novelas de Green no hay mucha diferencia de estilo y contenido, Ciudades de papel no es muy distinta de Bajo la misma estrella. Es más, exceptuando el factor trágico de la enfermedad, en ocasiones parece que estamos viendo la misma película.

La historia de Ciudades de papel gira en torno a la figura de Margo (Cara Delevingne), una singular fuerza de la naturaleza, rebelde, impredecible y magnética, que despierta fascinación allá por donde pasa. Pero Margo no es la protagonista del relato, es más bien un símbolo, un macguffin, el catalizador de una historia sobre la búsqueda de la que hablaba antes, aquí contrapuesta a la del capitán Ahab en Moby Dick. El protagonista de la novela de Herman Melville se reencarna en el apocado Quentin (acertadísimo Nat Wolff), el vecino de al lado de Margo que vive obsesionado con ella desde la infancia. Ciudades de papel adquiere tintes existencialistas cuando borra a Margo del mapa, obligando a Quentin a iniciar su propia aventura para cazar a la ballena blanca. Dejando atrás una serie de pistas (al estilo “caza del tesoro”), Margo se desvanece, lo que magnifica el misterio de su personalidad. Las pesquisas de Quentin y sus dos mejores amigos (todos geeks de manual) para dar con ella dan forma a una película que, más que un romance adolescente al uso, es una divertida y reveladora odisea de crecimiento personal sobre la amistad y la importancia del viaje por encima del destino. La vida es lo que ocurre mientras estamos ocupados haciendo planes, o recorriendo la costa Este de Estados Unidos en busca de un constructo idealizado que no existe… y todo ese rollo.

Ciudades de papel_PósterAunque Delevingne no logra transmitir el carisma que define a Margo Roth Spiegelman, el enigma de su personaje se traslada a la pantalla con éxito gracias a un guion que sabe darle el peso que le corresponde. Margo es una joven caprichosa, manipuladora y egocéntrica no obstante definida exclusivamente por los demás, una persona sin identidad (“de papel”), perdida entre lo que ella quiere ser y lo que los demás quieren que sea. Es decir, Margo es un concepto casi imaginario y abstracto, una herramienta narrativa intencionadamente desdibujada, con la que Ciudades de papel juega para dibujar al resto de sus personajes y construir sus leitmotivs: “la realidad no es como pensabas” y “las cosas nunca pasan como creías que iban a pasar“. El emocionante road trip que tiene lugar en el tercer acto de la película (reminiscente por cierto de otro libro de Green, El teorema de Katherine) conduce hacia la humanización de Margo, y la consecuente epifanía de Quentin, que descubre que no hay ballena blanca, solo una chica perdida que no quiere que nadie la busque hasta que ella misma sea capaz de encontrarse. Ciudades de papel nos habla de la importancia de darse cuenta de esto a tiempo y centrarse en lo que de verdad merece la pena antes de dejar esa crucial etapa en el pasado, algo que, desafortunadamente, no suele ocurrir.

Porque la prosa naturalmente rebuscada de Green condensa con puntería lo que significa la etapa del instituto (en Estados Unidos) y la incertidumbre que supone su final (esto es universal), pero lo hace siempre desde la perspectiva del adulto que echa la vista atrás con la intención de romantizar este periodo, para contarnos la historia de la adolescencia americana que nunca tuvimos (y, con suerte, servir de guía para los que la están atravesando). Al igual que Bajo la misma estrella y el resto de la obra de Green, Ciudades de papel nos presenta una realidad excesivamente idílica y falseada, personificada en adolescentes imposiblemente elocuentes y perspicaces que hablan como escritores o guionistas y habitan una contracultura de mentira que mezcla rock oculto de los 60, indie electrónico de moda, Walt Whitman y Pokémon (a la que, para gozo de todos los usuarios de Tumblr, le dedican un genial homenaje). Sin embargo, bajo toda esta confección mercantilista (indudablemente atractiva y a años luz de cualquier producto del mismo género) podemos encontrar una verdad (muchos adolescentes se identifican con estos personajes y su forma de ver el mundo), así como unas ideas y valores que merece la pena resaltar. Ciudades de papel brilla especialmente en su ocurrente retrato de la amistad y acierta al situar en el núcleo de la historia a un encantador grupo de personajes en pleno proceso de descubrimiento (a destacar la revelación Austin Abrams). Como los miembros del Club de los Cinco, Quentin y sus amigos forjan relaciones inesperadas en el umbral del cambio y comprueban que son mucho más que la imagen que los demás proyectan de ellos. Para llegar a apreciar lo que nos estamos perdiendo solo hay que olvidarse por un momento de que, de una manera u otra, siempre estaremos buscando a Margo.

Valoración: ★★★½

Penny Dreadful: Poesía de las tinieblas

Eva Green Penny Dreadful S2

Penny Dreadful surgió a rebufo de American Horror Story. La serie de Ryan Murphy se encontraba en su cima de popularidad, y Showtime decidía introducir su propia ficción de terror fantástico en una programación formada principalmente por dramas y comedias adultas. Sin embargo, solo hizo falta ver un episodio para comprobar que la serie, producida entre otros por Sam Mendes, no era una respuesta a AHS, sino un programa con entidad propia que no quería tener nada que ver con ella. Una vez desechadas las comparaciones, nos adentramos en Penny Dreadful para descubrir un rico universo basado en la literatura gótica que hacía de la carga dramática de sus historias y la intensidad de sus interpretaciones su mayor baza y seña de identidad. Con su estupenda segunda temporada, Penny Dreadful se confirma no solo como una de las series fantásticas más destacadas del momento, sino también como uno de los dramas más exquisitos de la televisión.

Para los que no la han visto, Penny Dreadful está ambientada en el Londres de finales del siglo XIX y cuenta los orígenes de algunos de los personajes más célebres de la literatura fantástica y de terror, como el doctor Frankenstein, Dorian Gray, Drácula o Van Helsing. Todos ellos comparten un suntuoso escenario victoriano poblado en las sombras por las criaturas de la noche, vampiros, hombres lobo, espíritus y brujas, y encuentran su nexo de unión en la historia de Vanessa Ives (Eva Green), una joven médium que posee una estrecha conexión con el diablo y las fuerzas del mal. Penny Dreadful (el nombre despectivo que recibían en Inglaterra las historias de terror sensacionalista vendidas por fascículos a un penique) propone una visión clásica de los mitos literarios a la vez que reformula sus normas y particularidades para adaptarlos al entorno ficcional compartido en el que deben convivir. Es decir, la serie se mantiene respetuosa al material de referencia, pero introduce numerosas licencias para reinventar y cruzar las fábulas que adapta, y conservar así el factor imprevisible y sorpresivo que caracteriza a toda serie moderna de calidad.

Penny Dreadful destaca sobre todo por su elegante factura y su refinada estética preciosista (sublimes la fotografía y la banda sonora), pero la serie es mucho más que un regalo a la vista para los aficionados al terror gótico. Estamos ante una de esas ficciones seriales que se cuecen a fuego lento, que dedican episodios enteros a introducirse en la psique de los personajes y relegan la acción a momentos puntuales, para amplificar así los acontecimientos más impactantes y darles mayor significado. Cuando Penny Dreadful lo cree oportuno, eleva las cotas de intensidad para dejarnos imágenes de belleza hipnotizadora, terroríficos trances de pesadilla o sobrecogedoras escenas bañadas en sangre que nunca pierden su valor poético. Hay que dejar que Penny Dreadful se desarrolle a su ritmo, con paciencia y atención, para que la serie nos recompense con estos instantes encarnizados de embrujo y lirismo.

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En este sentido, la segunda temporada ha supuesto una mejora considerable con respecto a la primera, ya destacable, pero ligeramente más deslavazada por su naturaleza de introducción a una historia con diversos orígenes y referentes. En estos recientes diez episodios (o fascículos) se ha desarrollado una trama más centrada y cohesionada gracias a la que hemos podido disfrutar de una dinámica de grupo con más énfasis en las relaciones que mantienen unidos o enfrentados a estos personajes -con especial atención a secundarios al margen como Brona/Lily (Billie Piper), cuya sorprendente evolución ha dejado patente el interés de la serie por acentuar a los personajes femeninos. Además, hemos contado con la distinguida incorporación de otra gran actriz británica de televisión, Helen McCrory, como la villana principal de este año, Madame Kali, poderosa amenaza que ha puesto en jaque a los protagonistas durante toda la temporada, para culminar en un excelente clímax en el espeluznante castillo de las brujas.

Pero la atracción principal de Penny Dreadful sigue siendo Eva Green, ese portento de la actuación que se ha entregado en cuerpo y alma a su personaje. No cabe duda de que Vanessa Ives (por la que Green ha sido injustamente ignorada por los premios Emmy) es el corazón y las entrañas de Penny Dreadful. Durante la segunda temporada, la actriz nos ha vuelto a arrebatar con un impresionante trabajo de interpretación en el que se ha retorcido física y psicológicamente hasta el extremo, abandonándose una vez más a la oscuridad y la demencia que posee al personaje. Y al igual que en la temporada pasada, la serie le ha dedicado un episodio independiente y autoconclusivo para que esta no solo muestre lo que es capaz de hacer con el cuerpo y los ojos, sino también para que destape más capas de la fascinante Señorita Ives. Estoy hablando del magnífico “The Nightcomers” (2×03), más que un episodio una película, en la que además Green cuenta con el contrapunto de una sensacional Patti Lupone. Pero este capítulo es solo un ejemplo del alto nivel de la segunda temporada, en la que Penny Dreadful ha sacado provecho a su potencial, para transcender la etiqueta de “la Liga de los hombres extraordinarios televisiva” y convertirse así en una de las mejores representantes del género fantástico en televisión.