Crítica: Todo saldrá bien

James Franco Todo saldrá bien

Después de una etapa centrada casi exclusivamente en el documental, Wim Wenders regresa al drama de personajes, género con el que se labró su reputación como uno de los cineastas europeos más destacados y se ganó su lugar en el Olimpo del cine de autorTodo saldrá bien (Every Thing Will Be Fine) nos devuelve a un Wenders interesado en explorar las relaciones humanas a través del dolor de la pérdida, la culpabilidad y la dificultad para comunicarse.

La vida del afamado escritor Tomas Eldan (el omnipresente James Franco) da un vuelco el día que, tras una discusión con su novia, atropella a un niño con el coche, resultando en la muerte del pequeño. Años después, Tomas es incapaz de soportar el peso de la culpa y vive atrapado en una eterna búsqueda de redención, a pesar de que es consciente de que fue un accidente y no existe otro culpable más que el azar. Aquel fatídico día ha condicionado a Tomas, tanto en su trabajo (prepara una nueva novela en la que verterá todo lo que no puede decir en voz alta) como en su relación con Sara (la no menos omnipresente Rachel McAdams), ya de por sí condenada por sus problemas de convivencia. Para afrontar el fantasma del pasado, el escritor vuelve a ver a Kate (Charlotte Gainsbourg), la madre del pequeño atropellado, con la que entablará una amistad que afectará profundamente al otro hijo de la mujer, que sobrevivió al accidente.

El film narra la vida de estos personajes en el transcurso de doce años, y a través de varias estaciones, lo que obligó a Wenders y el equipo a extender la producción al doble Todo saldrá bien posterde lo habitual (seis meses en lugar de tres), con la intención de plasmar con realismo el paso del tiempo en la pantalla. El comienzo del proyecto se encadenó con el final del documental nominado al Oscar Pina, con el que Wenders utilizó la tecnología 3D para hallar nuevos terrenos de expresividad fílmica. La experiencia con el formato despertó el gusanillo del realizador, que decidió volver a recurrir al 3D para esta película.

Todo saldrá bien está concebida para explorar las aplicaciones de las tres dimensiones en un género para el que en un principio no están diseñadas, el drama psicológico. Wenders experimenta con la cámara en busca de los límites del encuadre obteniendo planos interesantes y generando una atmósfera envolvente (si acaso demasiado oscura, como suele ocurrir con esta técnica de filmación). Sin embargo, la historia de Tomas carece de las capas necesarias para que el uso del formato deporte verdaderos resultados, y llega un momento en el que el 3D parece existir únicamente para sustituir la ausencia de profundidad psicológica del film, fallando a la hora de encontrar en los personajes y la historia la transcendencia que no son capaces de mostrar por sí solos.

Wenders compone un drama de carácter solemne y ritmo pausado que nos habla entre otras cosas sobre la paternidad, la soledad, y el dolor y el sufrimiento del artista como parte de su proceso creativo. Pero el trabajo del director resulta excesivamente frío y presuntuoso, como si estuviera evitando a toda costa caer en las redes del melodrama. El empeño de Wenders por mantener en todo momento la seriedad y la frialdad contemplativa del relato, unido al trabajo correcto sin más de sus intérpretes, hace que Todo saldrá bien acabe siendo demasiado distante, difícil de penetrar, y en última instancia mucho más vacía y “unidimensional” de lo que pretendía. Solo la excelente partitura de Alexandre Desplat y un clímax oscuro y perturbador que nos remite al cine de Michael Haneke hacen que Todo saldrá bien despierte momentáneamente de la hibernación emocional en la que se encuentra sumida.

Valoración: ★★½

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