Crítica: Cuestión de actitud (Xenia)

Xenia

Texto escrito por David Lastra

Grecia está de moda. Tanto porque el país en sí se va (o se ha ido) al garete, como por el emergente nuevo cine griego, que se ha convertido en un valor seguro en los festivales europeos. Teniendo en cuenta la coyuntura socioeconómica de su tierra, lo lógico sería encontrarnos con una serie de cineastas combativos y rebeldes, al más puro estilo Costa-Gavras, director heleno especialista en denunciar la vida y milagros de la mierda capitalista, pero estos novísimos se han decidido por una tercera vía más simbólica (sin llegar a ser tan contemplativos como Angelopoulos), no tan directa como la del director de Z o El Capital, pero reivindicativa cuanto menos.

Si Yorgos Lanthimos jugó al perro y al ratón con la pulsión, tempo y maldad de la obra de Michael Haneke en la notable(mente sobrevalorada) Canino y en su espantosa (a secas) Alps, el director de esta Cuestión de actitud (Xenia), Panos H. Koutras, prefiere abrazar a un artista más mediterráneo, como él, Pedro Almodóvar. El genio del melodrama europeo, otrora rey del absurdo y el neorrealismo español, es uno de los pilares tanto estéticos como argumentales de Koutras. Cuestión de actitud es la historia de un viaje de dos hermanos, una odisea mejor dicho (tanto por broma fácil por la nacionalidad del film como por el nombre de uno de los protagonistas, Odysseus), en busca de su padre desaparecido, similar al de Esteban en Todo sobre mi madre, pero con un alto contenido vengativo, como el garbeo fassbinderiano de Ángel en La mala educación. Todo esto adornado con una subtrama de consecución de la fama a través de un reality a lo Factor X, La Voz y demás sucedáneos, y unos cuantos números musicales tan casposos como geniales (véase La ley del deseo, Tacones lejanos, Los amantes pasajeros, etc.), a ritmo de temazos pop italianos de Patty Pravo (ella es la gran protagonista… y no solo musical) y Raffaella Carrá (la inclusión de “Rumore” siempre conlleva algo bueno).

A lo largo de esta odisea (con viaje en barca a lo Mark Twain incluído), vemos cómo la historia de amor fraternal entre Danny y Ody Cuestión de actitud pósterestá basada en una obsesión (bidireccional), que por poco no llega a ser enfermiza (a pesar de alguna que otra mirada). La química entre el desquiciado Kostas Nikouli, en un papel muy Xavier-Dolan-friendly, y el “hermano mayor” Nikos Gelia es excepcional y un verdadero triunfo. Gracias a ellos, nos creemos algún que otro episodio onírico y la sucesión de pequeños obstáculos ridículos que les amenazan durante toda su aventura. Sus pequeñas conversaciones cotidianas y, especialmente, sus explosivos y estúpidos números musicales son los que levantan esta película. Las coreografías de Danny y Ody copian los mismos pasos de baile ultradramáticos y exagerados que hacíamos cuando éramos pequeños y no teníamos ni una miaja de esa enfermedad llamada vergüenza.

Koutras incurre en un error de aprendiz (sin ser él nada de eso) en Cuestión de actitud, introduciendo infinidad de tabúes (prostitución masculina, cruising, homosexualidad, esquizofrenia) y problemas sociales (racismo, homofobia, machismo, pobreza, desigualdad, precariedad laboral) griegos (por no decir europeos y/o universales) y no sólo no logra analizarlos con éxito, sino que no los desarrolla lo necesario. Esa carencia y un clímax demasiado artificioso y trascendental (a pesar de que la visita al kiosko final sea excelente) desmerecen el resultado final.

Cuestión de actitud (Xenia) es la odisea de dos hermanos, que han sido bambole toda su vida y que ante la madurez deciden romper con todo, afrontando su viaje (huída) iniciático como ellos mejor saben, cantando, bailando, comiendo chupa-chups y haciendo el cafre. Que Patty Pravo los acoja entre sus senos.

Valoración: ★★★

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