Crítica: El padre (The Cut)

Tahar Rahim El padre

Después de varios años dedicado a documental y las películas de autoría colectiva (con el aparte que supone el largometraje de 2009 Soul Kitchen), Fatih Akin regresa a la trilogía titulada “El amor, la muerte y el diablo” para entregarnos su último capítulo. Iniciada con la aclamada Contra la pared (2004) y continuada en 2007 con Al otro lado, la trilogía se completa con El padre (The Cut), una odisea a lo largo de varios continentes con la que el director alemán (de origen turco) abraza la superproducción épica de corte clásico hollywoodiense.

El padre sería la parte correspondiente al diablo en ese tríptico sobre la condición humana que Akin ha compuesto a lo largo de una década, una historia que explora los claroscuros del ser humano, los límites entre la maldad y la bondad, y el dolor que una persona es capaz de infligir en los demás, ya sea por crueldad e inmoralidad intrínseca o como reflejo de la influencia de una fuerza mayor, en este caso un mundo en guerra.

Tahar Rahim (conocido por Un profeta o El pasado) es el padre que da título (en España) a la película, Nazaret Manoogian, hombre armenio de fe cristiana que inicia una búsqueda desesperada recorriendo medio mundo para encontrar a sus dos hijas. Antes, Nazaret sobrevive a los horrores del genocidio armenio a manos del imperio otomano a comienzos del siglo XX, perdiendo a su familia y su voz (en un arriesgado acto de misericordia de su verdugo que evita su muerte). Lo único que le queda es aferrarse a su fe, cada vez más debilitada, y a la esperanza de encontrar a sus hijas, después de averiguar que podrían estar vivas en algún lugar del mundo.

El padre The CutEl padre evoca a ratos al cine majestuoso de David Lean, tanto por la dimensión de la producción, rodada en impresionantes localizaciones de Asia, América y Europa, como por el espíritu de epopeya a través de los años protagonizada por un hombre. Dividida en dos secciones claramente diferenciadas, la película nos sumerge junto a Nazaret en la barbarie del genocidio, con una primera parte caracterizada por la angustia, la desesperación y el terror, para a continuación convertirse en una suerte de aventura intercontinental en la que seguimos al protagonista de un lado a otro del globo, como en una búsqueda del tesoro llena de pistas falsas. Durante su viaje, Nazaret se va encontrando a personas muy diferentes que vienen a reflejar la diversidad y heterogeneidad del espíritu humano, capaz de cometer las fechorías más atroces imaginables y a la vez los actos de bondad más conmovedores.

La odisea de Nazaret, escrita por el propio director en colaboración con Mardik Martin (Toro salvaje New York, New York de Scorsese, que ha elogiado fervientemente la cinta de Akin), nos cuenta un capítulo de la historia de Oriente menos conocido (por haber sido silenciado por Occidente durante muchos años) y sin duda menos explorado en el cine (aunque, casualmente este año también se haya abordado en una película de corte muy similar, El maestro del agua). Como hemos dicho, Akin le pasa a la historia el filtro hollywoodiense (no tanto como Crowe), llevando a cabo una película ambiciosa y envolvente, pero a la larga también convencional e incluso algo simplista (quizá no ayude que la “versión original” venga doblada en armenio), un trabajo muy lineal en el que el director no profundiza realmente en las emociones de su protagonista (Rahim cumple, pero no desgarra, aunque brilla en varias escenas, como la del cine). Cuando El padre se acerca a su final, después de vivir tantas vicisitudes y tormentos con Nazaret, esperamos catarsis, pero esta no llega. Así, la película se queda en nuestro recuerdo como un simple melodrama y una experiencia cinematográfica más básica de lo que debería haber sido.

Valoración: ★★★½

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