Crítica: Ted 2

Ted 2

Cuando lo cuentas demasiadas veces, el chiste pierde la gracia. De acuerdo, esto no siempre se cumple, hay chistes que funcionan y funcionarán bien no importa las veces que los oigas. Pero lo habitual en comedia es que cuando algo se vuelve repetitivo o expone al espectador a más de lo mismo, su eficacia acaba disminuyendo. De esto sabe mucho Seth MacFarlane, creador de éxitos animados como Padre de familiaPadre Made in USA, irreverentes sitcoms cuyo humor cafre más allá de la incorrección política ha sido trasladado por el autor a sus películas de acción real, donde las aventuras de sus protagonistas no se distancian demasiado de las de Peter Griffin o Stan Smith. Ted sorprendió en 2012 por su eficacia como comedia gamberra y su éxito en taquilla, pero la carrera de MacFarlane como director de cine no ha hecho más que decaer con sus siguientes películas. Mil maneras de morder el polvo fue recibida con indiferencia y desidia (algo injustamente, he de decir), y con su último film, Ted 2, no ha conseguido repetir el éxito de su predecesora. El humor de MacFarlane no ha evolucionado, pero el público sí, y llega un momento en el que lo mismo de siempre no es suficiente.

Ted 2 continúa las andanzas de los “compitruenos” (“thunder buddies”) John Bennett (Mark Wahlberg) y su osito de la infancia, Ted (voz de MacFarlane), vulgar y blasfemo peluche que cobró vida para convertirse en una de las personalidades corrosivas más famosas del país. Después de su primera aventura, Ted vive una existencia mediocre y vacía como cajero de supermercado y su reciente matrimonio atraviesa problemas, por lo que decide tener un hijo para superar el bache. Sin embargo, su vida se complica aun más al descubrir que no puede adoptar, ya que no es oficialmente una persona, sino una propiedad. Con la ayuda de John, deprimido después de su reciente divorcio y una peculiar abobada novata con debilidad por la marihuana (Amanda Seyfried en sustitución de Mila Kunis), Ted lucha ante los tribunales para ser legalizado como humano y así poder disfrutar de los derechos civiles que garantiza la constitución. Mientras, el viejo amigo de John, Donny (Giovanni Ribisi), traza un plan junto a la compañía Hasbro para hacerse con Ted, con la intención de desguazarlo para descubrir por qué ha cobrado vida y realizar réplicas del osito en cadena.

ImprimirA pesar de tener un argumento lineal y un objetivo claro que da forma a la historia y evita que se vaya demasiado por las ramas, Ted 2 continúa la tradición narrativa de las comedias de MacFarlane, con una película que más que otra cosa es una acumulación de gags que conducen a un clímax. Los hay muy buenos (la visita de John y Ted al club de comedia improv, la aparición de Tom Brady, el chiste recurrente sobre los ojazos de Seyfried, ya utilizado en Mil maneras…, la comparación que hace Ted de sí mismo con Kunta Kinte), muy malos (demasiados para enumerar), muy meta y pop (el regreso de Flash Gordon, la mini-historia de Liam Neeson que alcanza su conclusión en la escena post-créditos, todo lo que ocurre en la Comic-Con de Nueva York durante el acto final), y por supuesto muy ofensivos, escatológicos, gratuitos y soeces (se lleva la palma la visita al banco de esperma y el ataque a Kim Kardashian). Lo bueno es que, funcionen o no los chistes, algo que permanece intacto con respecto a la primera parte es la química de Wahlberg y MacFarlane (el primero sigue demostrando que se le da bien la comedia y el segundo que es un excelente actor de doblaje). Como el que no quiere la cosa, Ted 2 nos habla muy oportunamente de la lucha por los derechos de aquellos considerados “ciudadanos de segunda” a ojos de la ley, pero sin dejar de ser la misma simpática y deslenguada buddy-film sobre dos amigos que darían la vida el uno por el otro (algo que ya vemos desde su póster, reminiscente de otros carteles del género, como este, este o este).

Sin embargo, este bromance no es suficiente para sostener la película, que presenta un cuadro clásico de secuelitis agudaTed 2 está hecha a desgana, motivada más por la necesidad de seguir explotando la popularidad del personaje que por el deseo de continuar la historia (algo habitual en Hollywood que algunas franquicias saben disimular mejor). Además, su metraje se alarga más de la cuenta, llegado casi a las dos horas, con lo que la película se acaba resintiendo en su predecible recta final. Y es que Ted 2 es sobre todo una comedia blockbuster rutinaria y previsible, igual a tantas otras, una película de verano con suficientes buenos momentos para ser disfrutada, pero al fin y al cabo diseñada para ver y olvidar.

Valoración: ★★½

Crítica: El secreto de Adaline

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Esta es la historia de Adaline Bowman. Nos habla del tiempo y la soledad, pero sobre todo del amor, de su supervivencia a través de los años, de la huella que deja cuando se pierde, y de su poder para cambiarlo todo. Adaline (Blake Lively) dejó milagrosamente de envejecer cuando tuvo un accidente de coche a los 29 años. La correcta alineación de las estrellas y un rayo que cae sobre su vehículo sumergido en el agua la convierten en una mujer eternamente joven. En consecuencia, Adaline se ve obligada a llevar una vida solitaria y alejarse de aquellas personas que, al pasar mucho tiempo con ella, puedan desvelar su secreto. La muchacha vive rozando los 30 durante ocho décadas, cambiando de residencia cada diez años y en una dolorosa ocasión, rechazando al hombre de su vida para evitar que la idílica relación encontrase su fecha caducidad. Y así hasta nuestros días. Adaline vive en San Francisco, donde se prepara para su nuevo cambio de identidad con la intención de marcharse a vivir a una zona rural del país. Sin embargo, su vida dará un vuelco cuando conozca a Ellis Jones (Michiel Huisman), atractivo filántropo que hará que Adaline vuelva a vivir la encrucijada de destapar su maldición o hacer daño al hombre que ama. Un fin de semana en casa de los padres de Ellis finalmente lo cambiará todo para ella, cuando el azar le ponga la prueba más difícil de su larga vida.

Aunque lo parezca, El secreto de Adaline (The Age of Adaline) no está basada en una novela de Nicholas Sparks, sino que se trata de una historia original. Sin embargo, la película de Lee Toland Krieger (Celeste & Jesse ForeverThe Vicious Kind) se enmarca en la tradición del cine basado en la obra del autor de El diario de Noa, replicando su atmósfera etérea y ese gusto por la narración episódica (en Adaline hay dos capítulos muy diferenciados, dos películas en una). Pero sobre todo, El secreto de Adaline es otro cuento de hadas moderno (con narrador omnisciente incluido) para románticos empedernidos, un relato pseudo-fantástico con bien de almíbar en el que una pareja de bellos especímenes humanos (Lively y Huisman son asquerosamente guapos) viven una aventura llena de obstáculos en la que el amor triunfará por encima de todo… y todos acabarán comiendo perdices en familia (esperamos).

cartel EL SECRETO DE ADALINEEl componente fantástico de Adaline está muy cogido con pinzas. Sin embargo, su función se relega claramente a la de desencadenante y deus ex machina. La historia encuentra su base en la magia, pero las explicaciones al extraño caso de Adaline Bowman se limitan a dar los datos justos para mantener el aura de misterio y además hunden sus raíces en la astronomía, con la intención de no mojarse demasiado en cuanto al elemento sobrenatural. Es lo ideal, ya que de otra manera sería meterse en un berenjenal del que costaría mucho salir. Adaline no está interesada en la ciencia ficción por sí misma, sino en las posibilidades que esta puede brindar al relato amoroso, en el que una noción distinta del “para siempre” lo condiciona todo (tal y como suele ocurrir en el cine de vampiros). Dejando esto a un lado, El secreto de Adaline funciona muy bien gracias a su pareja protagonista, dos actores de exquisita presencia y suma elegancia que además poseen la química necesaria para sacar a flote una película así. Lively arrebata con su porte de maniquí y nos deja boquiabiertos con el vestuario que luce (un aliciente de esta película es observar cómo va cambiando su estilo a través de las décadas), mientras que Huisman se revela como el galán cosmopolita por excelencia, con su buena planta, su media melena y esa barba que no llega a ser hipster pero casi.

Sin embargo, más allá de su indudable belleza atemporal, la interpretación de la protagonista sorprende por su delicadeza e integridad (Adaline es igual de estilosa que Serena Van Der Woodsen, pero por lo demás, la actriz deja muy atrás sus días en Gossip Girl). Lively compone un personaje con entidad propia, caracterizado por un tipo de calma quebradiza que mantiene a raya la tensión y el miedo, refinado además por la sabiduría que ha adquirido con el paso del tiempo y la melancolía que esto conlleva (la actriz realiza un convincente trabajo de dicción y transmite bien esa experiencia, especialmente en las escenas junto a su hija octogenaria). Pero el arma secreta de El secreto de Adaline es su magnífico reparto de secundarios veteranos: una tierna Ellen Burstyn interpretando a la hija de Adaline, esa gran actriz en la sombra que es Kathy Baker, y sobre todo Harrison Ford, que nos regala sin que nos lo esperemos una de las interpretaciones más conmovedoras y sutiles de su carrera reciente, desvelándonos al mismo tiempo la verdadera intención de la película: no solo hablarnos del poder y la naturaleza del amor a través del tiempo, sino mostrarnos la diferencia con la que el amor se vive entre distintas generaciones.

Valoración: ★★★

Crítica: Pixels

Pixels Arcaders

Fui a ver Pixels dispuesto a pasármelo bien sin comerme demasiado el coco. Quería que me gustase, os lo prometo. Incluso momentos antes de verla, y aunque mi subconsciente me hacía la contra, guardaba una pequeña esperanza de que no fuera el desastre que parecía. Me equivocaba. Y mucho. Pixels supera todas las expectativas negativas depositadas en ella. Podría excusarla su aire desenfadado y alocado, o el hecho de que es perfectamente consciente de sus limitaciones y le da igual (o no, que quizá hasta la esté sobrevalorando), pero ni con esas. Pixels es mala con saña y avaricia, no hay más. No hay excusa que valga. “Es que es fantasía y no hay que tomársela en serio”. “Es que es para los más pequeños”. “Es que no hay que buscarle lógica a una película así”. ¡Es que nada! El film dirigido por Chris Columbus (que no es garantía infalible de calidad, pero tiene su mano con el cine familiar) se vende como aventura nostálgica de los 80 dirigida a varias generaciones, pero la realidad es bien distinta: Esto es simple y llanamente una película de Adam Sandler, con todo lo que conlleva el infra-género sandleriano. Es más, es una película de Adam Sandler en horas bajas y desganado, que es ya el acabose.

Basada en un cortometraje independiente de 2010 (que podéis ver aquí) , Pixels nos cuenta una invasión extraterrestre a lo Independence Day versión (más) disparate en la que los alienígenas toman la forma de varios personajes de las máquinas recreativas clásicas. La historia da comienzo en los 80, durante una competición de jugadores de Arcade. Los extraterrestres reciben señales de estas máquinas que malinterpretan como una declaración de guerra intergaláctica, lo que les lleva treinta años después a atacar nuestro planeta utilizando los juegos Gálaga, Pac-Man o Space Invaders como modelos para diseñar varias ofensivas a las ciudades más importantes del mundo. Para acabar con los invasores, el presidente de los Estados Unidos (Kevin James) recurre a su amigo de la infancia (Sandler), campeón de videojuegos en los 80, así como a varios “expertos” en la materia, con los que forma un equipo de “Arcaders” en los que depositará el futuro de la Tierra.

Pac-Man in Columbia Pictures' PIXELS.

La premisa de los 8-bits cobrando vida a escala interplanetaria (que, como muchos aficionados señalan, ya se utilizó en Futurama en 2002) sirve para llevar a cabo una comedia de aventuras que intenta recuperar el espíritu ochentero de cintas como Los Cazafantasmas (con su toque de Juegos de guerra) y explotar el valor icónico que los videojuegos “prehistóricos” tienen para nuestra generación (similar a lo que hizo con mejores resultados ¡Rompe Ralph!). Sin embargo, no logra destacar entre tantas otras propuestas morriñosas al ser incapaz de trascender el homenaje vacío y facilón: el peinado mullet de Peter Dinklage (que es quien más se esfuerza del reparto, y ni así puede evitar caer en el ridículo más chirriante), la banda sonora con clásicos de Zapp, Loverboy, Tears for Fears o el original “We Will Rock You”, que suena dos veces (cansinos), y las transmisiones a la Tierra de los alienígenas, que hablan a través de Nixon, Madonna o Hall & Oates en grabaciones antiguas de televisión (la única ocurrencia remotamente graciosa de la película). Todo es para nada, ya que los guiños caen en saco roto por culpa de la ineptitud absoluta del film para hacer reír o hallar el componente emotivo necesario para conectar con el espectador.

Por otro lado, Pixels juega otra vez con la idea del friki que fue paria durante los 80 y pasa de loser cuarentón a nuevo héroe del siglo XXI, donde ser geek ya es lo normativo. No obstante, desaprovecha todas las posibilidades que esto brinda con un guion enclenque y sin rastro de lógica interna (en serio, cada escena es más increíblemente estúpida y absurda que la anterior) con el que no parece haber voluntad de ir más allá del humor de encefalograma plano y la aventura casposa a la que nos tiene acostumbrado el cine de Sandler. Todo cobra sentido cuando comprobamos que detrás del libreto está el guionista de confianza del actor (qué pena ser el “loquesea” de confianza de Adam Sandler), Tim Herlihy, artífice de regurgitaciones fílmicas como Mr. Deeds o la reciente Niños grandes 2 (la película con la que Sandler debería haberse convertido en persona non grata en todo estudio de Hollywood). Para más inri, la presencia de la pareja “artística” de Sandler, el repulsivo Kevin James, como presidente de los Estados Unidos (sin comentarios) corrobora lo que estamos viendo: un nuevo vehículo de lucimiento para que estos dos comicastros sin talento ni gracia sigan riéndose de nosotros desde sus mansiones de Malibú.

Peter Dinklage;Josh Gad;Ashley Benson

Lo más lamentable de Pixels (además de todos y cada uno de los chistes que Sandler estrella contra el suelo) es que desaprovecha una idea buenísima, un concepto que podría haber dado mucho de sí de haber caído en las manos adecuadas. Pero no, tenía que acaparar el proyecto el actor que envenena todo lo que toca (con permiso de Vince Vaughn). Sandler convierte Pixels en un nuevo festival de comedia abyecta y penosas interpretaciones, en el que además hace gala del machismo y la misoginia más flagrante (con rastros de homofobia y racismo para aderezar el pastel). Michelle Monaghan, que interpreta a una experta en armas de la Casa Blanca, es una profesional capacitada que está ahí únicamente para ser “la chica de la película”, cayendo víctima del nauseabundo cortejo de Sandler, que, cómo no, se busca un “pibón” como trofeo para su baboso personaje (increíble la desfachatez ególatra del actor). Pero es que el papel que desempeñan las demás mujeres de la película (que juntas deben sumar 4 minutos en pantalla) es para llevarse las manos a la cabeza: Ashley Benson es la protagonista del videojuego ficticio Dojo QuestLady Lisa, sueño pajillero de Josh Gad (más irritante que nunca, por cierto) cuyo papel se reduce al de objeto hipersexualizado que no pronuncia una sola palabra (mientras la “mascota” Q*bert sí habla al cobrar vida); Jane Krakowski es la Primera Dama, personaje sin entidad (como todos los demás) que solo tiene “diálogo” en una escena en la que está adornando una tarta con el presidente; y Serena Williams hace un cameo para cumplir los deseos sexuales del personaje de Dinklage (que ningún héroe se quede sin su premio). Es un verdadero asco ser mujer en el Universo Sandler, y estas actrices (y deportista) mirarán hacia atrás dentro de unos años para recordar esta película como uno de los momentos más bajos de su carrera.

La única cualidad remotamente redentora que posee Pixels es su apartado visual (diría que esto es lo que enganchará al público infantil, pero no quiero insultarlo). El Columbus más efectivo aflora en las escenas de acción (destacan la fantástica secuencia de Pac-Man y el enfrentamiento final con Donkey Kong), y los efectos digitales nos dejan imágenes muy llamativas, gracias al curioso efecto físico del pixelado y los coloristas diseños de los personajes animados, no solo bien hechos, sino también excelentemente integrados en los escenarios reales. Pero que Pixels entre bien por los ojos no es suficiente para compensar el incoherente e insultante despropósito que ha resultado ser en todo lo demás. Una auténtica pena haber tirado una idea con tanto potencial a la basura.

Valoración: ★½

Crítica: Una dama en París

Una dama en París

Texto escrito por David Lastra

Por muchos manuales, posts y artículos de revistas que existan, el axioma es impepinable (valga la redundancia): se nace mujer parisina, no se llega a serlo. Catherine Deneuve, Juliette Binoche, Isabelle HuppertJulie DelpyIsabelle AdjaniAnouk Aimée, Brigitte BardotEva GreenMarion CotillardEmma Watson son mujeres parisinas (sí, Hermione nació en la Ciudad de la luz). Esa tópica amalgama antropomórfica de elegancia, inteligencia, erotismo y rebeldía es algo inalcanzable para el resto de l@s mortales. Pero sobre todas estas mujeres parisinas, existe una figura que gobierna a todas: la Dama de París. Mujeres de París hay muchas, pero Dama solo hay una y esa es Jeanne. Madame Moreau reina sobre todas ellas desde que sus patitas nos encandilasen a ritmo de Miles Davis mientras deambulaban noctámbulas por las calles de París en Ascensor para el cadalso. “La mejor actriz del mundo” (según Orson Welles y yo) nos ha regalado objetos de deseo (El proceso), carreras por el Louvre (Jules y Jim), sirvientas advenedizas (Diario de una camarera) y se ha especializado en solitarias mujeres burguesas ahogadas en sus relaciones (Los amantesModerato cantabile, La noche). Ahora, a sus ochenta y muchos, Jeanne nos uestra otra etapa de esa mujer solitaria en Una dama en París, bajo la dirección de Ilmar Raag (Klass), demostrándonos que una mujer de la tercera edad no es un ficus, sino que sigue sintiendo como el primer día.

Pero no nos adelantemos, la protagonista oficial de esta historia es Anne, mujer estoniana divorciada, que tras la muerte de su madre, acepta un trabajo como cuidadora de una anciana en París. Lejos de cumplirse sus sueños de babysitter, se encuentra conque el panorama es muy diferente al que esperaba: Frida, la mujer en cuestión, no es una inválida impedida, solo está un poco torpe, y no acepta de buena gana la llegada de ayuda. Pero esta película no muestra la típica historia de choque entre anciana reguñona, pero con buen corazón, y su  pobre criada, en la que una aprende de la otra y al final todos se funden en un abrazo y son felices. Aunque Anne aprende bastante sobre ser una señorita de París (cambio de vestuario, maquillaje, pose) gracias a Frida, los mazazos de la octogenaria duelen y le recuerdan a Anne que siempre será una cateta estoniana. La evolución del personaje interpretado por Laine Mägi (que repite con Raag tras Klass, y cuyas facciones recuerdan a las de mi querida y añorada  Susanne Lothar, rostro oficial de la mujer sufridora centroeuropea) es bastante típica (mujer que se redescubre al salir de su casa y conoce un nuevo mundo), pero es su partenaire la que salva la película.

Una dama en París

Al igual que Anne, Frida es de origen estoniano, pero lleva viviendo toda la vida en París. Utilizando el tópico de mujer hecha a sí misma, ha sabido subir desde los bajos fondos hasta lo más alto, convirtiéndose en una mujer parisina. Sí, esto desmontaría la regla expuesta en el primer párrafo, pero es que esta Frida está interpretada por Jeanne Moreau (a.k.a. la Dama de París), haciendo que todo resulte coherente. Nadie como ella podría llevar esos Chanel. En su día a día, mata el tiempo leyendo, tomando té, sufriendo sus desamores y siendo una perra, porque siempre lo ha sido y no siente necesidad alguna de cambiar. La redención es un invento de las películas y del cristianismo. Jeanne compone una interpretación notabilísima, robando todas las escenas en las que aparece (y siendo añorada en las que no está) y protagoniza uno de los momentos cinematográficos del año: tumbada en la cama, abrazada a su antiguo amante (mucho más joven que ella, ¿algún problema?), le abre la camisa, comienza a palparle el pechoy baja hasta la entrepierna de él. Él le pregunta que qué está haciendo, respondiendo ella con un certero “Recordando”. Esta visión de la sexualidad en la tercera edad rezuma buen gusto y realidad, pareja a la de los dos protagonistas de esa joya llamada Le week-end y alejada completamente del despiporre cacaculopedopis de la saga Marigold.

Una dama de París es la crónica crepuscular de una mujer que sigue con ganas de ser arrollada por el torbellino de la vida (pun intended), aunque la sociedad se empeñe en que ya ha llegado al final de su camino.

Nota: ★★★½

8 series para soportar mejor agosto

Mr Robot

Mr. Robot

Este es uno de los estrenos de drama más destacados de esta temporada estival y tiene uno de los mejores pilotos que hemos visto en mucho tiempo. Mr. Robot es una serie revelación que cuenta con la ventaja de estrenarse durante una época del año en la que la competencia es menos feroz y la audiencia no suele esperar dramas serios con aire a “For Your Consideration” (además, se ha visto beneficiada por el boca-oreja gracias al estreno del piloto en Internet un mes antes que en televisión). Emitida en la cadena USA, Mr. Robot es un ciber-thriller que cuenta la historia de Elliot Anderson (Rami Malek), un informático de Nueva York que trabaja para una importante empresa y lleva una segunda vida como hacker justiciero. Elliot sufre de trastorno de ansiedad social, por lo que debe esforzarse especialmente en tratar de llevar una vida normal y cultivar relaciones y amistades para mantener en secreto su oscura identidad. Si os suena todo esto, es porque la serie bebe mucho de Dexter, con la que comparte tono y perfil del protagonista (la voz en off de Elliot se parece demasiado a la de Dexter, y al igual que el Dark Passenger, el hacker guarda trofeos de sus víctimas, en su caso en CD-R que marca con títulos de discos). Mr. Robot es un alegato anti-capitalista que, a través de los intensos monólogos de Elliot, lanza agresivas proclamas con las que pretende destapar los absurdos de la vida moderna, poner en tela de juicio la democracia y denunciar la manipulación de las grandes empresas sobre nuestro homogéneo estilo de vida. La serie, creada por Sam Esmail (que con ese apellido estaba destinado a crear algo así), es un drama de calidad con una historia no demasiado original, pero sí contada con mucho estilo e intensidad, que no pierde fuelle después del piloto. Mr. Robot es una gozada estéticamente (contiene planos magníficos que la elevan de categoría), hace pensar y engancha con un misterio que promete dar mucho de sí.

UNREAL

UnREAL

De UnREAL ya os he hablado largo y tendido en el blog (en esta entrada concretamente), así que no me extenderé demasiado. Si no la estáis viendo, poneos con ella cuanto antes. Este drama de Lifetime, creado por Marti Noxon (Buffy, Mad Men) y Sarah Gertrude Shapiro, es la mayor droga seriéfila de este verano. UnREAL nos muestra los entresijos de un reality show en la línea de The Bachelor (donde Shapiro trabajó durante varias temporadas), la manipulación a la que se someten las concursantes y el espectador, y los límites de la moralidad a los que sus productores están dispuestos a llegar con tal de conseguir los mejores índices de audiencia. UnREAL tiene un aire a culebrón de calidad, pero es mucho más que eso. Cuando menos te lo esperas, te deja caer escenas de sorprendente profundidad, o te golpea con el drama más impactante. Básicamente, cualquier cosa es posible en esta serie, y nunca sabes por dónde va a tirar (tanto es así que en los tres capítulos transcurridos desde mi entrada original sobre la serie han pasado tantas cosas que debería actualizarla para rectificar mi opinión sobre algunos protagonistas y relaciones). Sus personajes son mucho más que vehículos para el melodrama, están excelentemente dibujados y los actores hacen un trabajo sorprendentemente sólido (destacando a una soberbia Shiri Appleby, el corazón -de manzana- de la serie). Lo peor de UnREAL es que su primera temporada tiene solo 10 episodios, y a ver cómo aguantamos la espera de un año para la segunda. Supongo que lo mejor que podemos hacer es volver a verla en agosto. Los que no la hayáis empezado aún, ya tenéis tarea para las vacaciones.

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Another Period

Tras el éxito de Broad City, el año pasado IFC probó suerte con su propia comedia “de mujeres”, creada por el dúo musical cómico Garfunkel and Oates. La serie pasó sin pena ni gloria (con razón) y fue cancelada tras una sola temporada. A continuación, una de las dos mitades del dúo, Riki Lindhome, se asoció con una de las secundarias de Garfunkel and Oates, Natasha Leggero, para crear una nueva sitcom para Comedy Central. El resultado de esta colaboración es Another Period, una parodia pasada de rosca que fusiona Downton Abbey con Keeping Up with the Kardashians y lleva el sello CC en cada uno de sus planos. El argumento gira en torno a dos hermanas de la alta sociedad de Newport, Rhode Island, a comienzos del siglo XX, y recoge las vidas y enredos amorosos/sexuales de la familia y los sirvientes en la mansión de las Bellacourt. Estrafalaria, desvergonzada y con tendencia a la sordidez, Another Period es una sátira de época a ritmo de hip hop en la que todo puede ocurrir (incesto, Mark Twain saliendo del armario, un concurso de belleza con repollos, bebés y por primera vez en la historia ¡mujeres!) y la corrección política es un término del futuro siglo XXI. Os gustará si disfrutáis con el humor absurdo pero incisivo de Childrens Hospital y el estilo mockumentary llevado al extremo. Como curiosidad, Another Period es actualmente la serie favorita de Joss Whedon, tanto que se empeñó en presentar su panel en la reciente Comic-Con de San Diego. Si eso no es suficiente reclamo, la serie cuenta con Christina Hendricks (Joan de Mad Men) en el papel de la criada Chair y un desfile de rostros cómicos del que destaca la genial Paget Brewster, lo mejor de la última temporada de Community.

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Humans

Co-producida por Channel 4 y AMC (dos cadenas que nos han dejado algunos de los mejores dramas de los últimos años), Humans es una serie de ciencia ficción sobre inteligencia artificial basada en el drama sueco Real Humans. Ambientada en un futuro próximo en la ciudad de Londres, Humans nos cuenta la historia de una familia de clase media que adquiere un robot de última generación para ayudar en casa. La androide, que recibe el nombre de Anita (Gemma Chan), es recibida de forma dispar por los habitantes de la casa, despertando compasión y (excesiva) curiosidad en el padre y el hijo, y desatando la inquietud y sospecha en las mujeres de la familia. La serie explora los lugares comunes habituales del género AI, la línea cada vez más difusa que separa al humano de la máquina, la mujer como objeto sexual de forma literal y la posibilidad de que algún día el hombre sea superado en inteligencia por su creación y los robots se salten las leyes de Asimov para conquistar el mundo. La primera temporada cuenta con 8 episodios, en los que se desenvuelve un misterio que involucra a un grupo de robots “tuneados” que han desarrollado inteligencia emocional, capacidad para soñar y voluntad propia, y emprenden una peligrosa búsqueda para dar con Anita. Humans es al cine de robots lo que In the Flesh fue al cine de zombies, una serie que se aproxima al género desde el drama humano y convierte a los robots en el ciudadano de segunda que lucha por sobrevivir en el mundo. Humans recuerda demasiado a A.I. Inteligencia Artificial (de hecho hay escenas calcadas de la película de Spielberg con todo el descaro), pero tiene alicientes de sobra para satisfacer a los fans del género.

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The Astronaut Wives Club

La huella que ha dejado Mad Men en televisión no solo se refleja en la pasión del espectador que la defiende a capa y espada, sino en el empeño incesante de las cadenas por emular la serie de Matthew Weiner. Ninguna otra ficción ha logrado acercarse a la calidad de Mad Men, pero todas siguen intentándolo año tras año (series como Pan Am o The Playboy Club vivieron poco para contarlo y Call the Midwife, Manhattan o la más moderna Halt and Catch Fire no consiguen repercutir en la audiencia). Sin embargo, eso no quiere decir necesariamente que todas estas series sean malas, sino que sufren por el agravio comparativo al que ellas mismas se han sometido. De hecho, yo vengo a reivindicar una serie que nadie está viendo: The Astronaut Wives Club, drama de ABC que fusiona Mad MenMujeres desesperadas para contarnos la vida de las siete grandes mujeres detrás de siete grandes hombres, los primeros astronautas estadounidenses en viajar al espacio. Astronaut Wives no es una serie de cable, y se nota, tanto en los pequeños detalles (las protagonistas sostienen cigarrillos en la mano pero no pueden llevárselos a la boca por normas de la cadena) como en la falta de sutilidad a la hora de hacer llegar su mensaje y caracterizar a sus personajes (en esta serie todo es muy obvio, muy diáfano, y las ideas sobre el sexismo o la injusticia social se presentan de forma alta y clara). Sin embargo, para ser una serie de ABC y haber sido relegada al verano, hay que reconocer que Astronaut Wives está por encima de la media, y no hace un mal trabajo teniendo en cuenta sus circunstancias y las condiciones de la cadena. Mi recomendación es darle dos o tres episodios para que la serie empiece a rascar de verdad en la superficie de su historia y nos muestre la cara oculta de estas siete mujeres, más interesantes y sorprendentes con cada capítulo que pasa.

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Scream

Dejémoslo claro desde el principio, Scream the Series es mala. Pero no camp de forma autoconsciente como lo era True Blood, mala de verdad. La serie basada en la película de Wes Craven toma todas las características que convirtieron a la película original en un clásico moderno a mediados de los 90, y las pasa por el filtro MTV. El resultado es otra Teen Wolf, un drama adolescente que se presenta como un producto desenfadado y autoparódico, pero que en el fondo se toma demasiado en serio. En Scream no faltan los adolescentes arquetipo carentes de profundidad psicológica, el melodrama facilón o la banda sonora compuesta de grupos clónicos que suena a todo volumen en los momentos menos adecuados, ahogando los diálogos (la música es molesta, pero quizá nos estén haciendo un favor). Pero si es tan mala, ¿qué hace en esta lista? Pues muy fácil: cumple las cotas de sangre que todo seriéfilo necesita durante la temporada estival. Scream sirve como pasatiempo tonto para ver mientras uno manda a sus neuronas de vacaciones, y aunque todavía no ha llegado a ese punto de “es tan mala que es buena”, podría convertirse en la serie ideal para hacer hate-watching en grupo (que es el hate-watching más recomendable si no queréis morir como viejos amargados o como el Comic Book Guy de Los Simpson). Por destacar algo verdaderamente positivo, Scream hace un buen trabajo llevando la autorreflexividad de la saga cinematográfica al entorno serial, convirtiendo las referencias al cine de la película en guiños a series, un ejercicio meta que agradará al espectador devorador de series.

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BoJack Horseman

Netflix también produce series de animación, aunque estas no gozan de la repercusión de sus ficciones de acción real. Sin embargo, uno de los mejores productos que ha lanzado la plataforma de cable en sus pocos años de aventura en la producción propia es precisamente una de dibujos, BoJack Horseman. A primera vista, BoJack Horseman podría parecer una serie en la línea de Padre de familiaKing of the Hill, pero en realidad es un tipo de animal completamente distinto. La serie nos habla de una ex-estrella de sitcom de los 90 que sufre depresión y lucha en el Hollywood actual por salir de la obsolescencia en la que lleva muchos años sumido, a la vez que trata de comprender el origen de su tristeza crónica. Y bueno, un pequeño detalle sin más, el protagonista es un caballo con cuerpo antropomórfico, y vive en un mundo en el que los animales y los humanos conviven en armonía (es un decir). BoJack Horseman no es una serie de animación común, es algo mucho más ambicioso desde el punto de vista narrativo, una verdadera dramedia introspectiva de acusada serialidad que lo mismo te deja caer un chiste absurdo (pero siempre inteligente) que te abre los ojos para que veas con claridad la naturaleza del comportamiento humano o hace que te replantees toda tu existencia con una frase de impactante carácter filosófico. Pero no penséis que BoJack Horseman es espesa o aburrida, todo lo contrario. Sus capítulos suelen ser muy divertidos, solo que debajo de su apariencia de “simple” comedia satírica reside una historia sorprendentemente triste y desarmante sobre la soledad y la búsqueda de la felicidad que la convierte en una de las mejores series del momento. Si queréis saber más sobre ella, leed este artículo.

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Inside Amy Schumer

Amy Schumer es la mujer del momento en Estados Unidos. Su primera película como protagonista y guionista, Trainwreck (dirigida por Judd Apatow), se acaba de estrenar con mucho éxito en Norteamérica, lo que confirma su enorme tirón. Al igual que Lena Dunham hace cuatro años, Schumer se ha ganado la popularidad gracias al humor autodestructivo y feminista del que hace gala en su serie, Inside Amy Schumer. Pero aunque tenga muchos detractores (que crecen a medida que gana fama y se expone al Tribunal de la Corrección Política en Internet), Schumer cae mejor que Dunham en general. Inside Amy Schumer no es exactamente una serie de ficción, sino un programa de variedades que incluye monólogos de comedia, skecthes, parodias y entrevistas a desconocidos en la calle o a personas peculiares en un bar. La calidad de los sketches oscila demasiado. Algunos son geniales pero otros resultan muy repetitivos o sin gracia, y llega un momento en el que los “punch lines” se ven venir a la legua (hay que decir que el nivel sube considerablemente durante la reciente tercera temporada), mientras que los momentos de “realidad” impredecible que tienen lugar en las calles de Nueva York suelen dejarnos a la mejor Amy Schumer, la más espontánea y ocurrente. Aunque no siempre acierte (ya ha tenido que disculparse por algún chiste sobre violación), Inside Amy Schumer nos deja un importante mensaje feminista, y además lo hace de forma rompedora, abrazando la vulgaridad sin complejos. Recomendada para los que quieran disfrutar de un humor burdo que no se esconde para dejar caer las verdades que otros dicen con la boca pequeña.

Otras series nuevas o recientes que recomiendo si aun no les habéis echado un vistazo: Halt and Catch Fire, The Strain, You’re the Worst, Outlander, Sense8, Penny Dreadful, Silicon Valley, Unbreakable Kimmy Schmidt, Aquarius, Grace and Frankie, Daredevil, Broad City, Empire

Crítica: Ant-Man

Ant-Man hormiga

El Universo Cinemático de Marvel va en aumento en (casi) todos los sentidos. Las películas de la Fase 2 han exhibido una imparable tendencia hacia el más grande, más ruidoso, más multitudinario, y más serial todavía, provocando con la desigual Vengadores: La era de Ultrón lo que se conoce en inglés como “superhero fatigue“, es decir, el cansancio del público. En consecuencia, la “fórmula Marvel” empieza a quedar demasiado al descubierto, con lo que se hace urgentemente necesario un respiro para el espectador. Y ese es precisamente el papel de Ant-Man, la película que cierra con broche de oro la Fase 2 del UCM. Dirigida por el semi-desconocido Peyton Reed (como ya sabéis, en sustitución de Edgar Wright, que se marchó tras una disputa muy pública con Marvel), Ant-Man supone un soplo de aire fresco en el Universo Marvel, cuya narrativa cada vez más intrincada y ramificada corre últimamente el riesgo de irse de las manos. La película del Hombre Hormiga es una propuesta más modesta, (evidentemente) más pequeña, una película que, sin dejar de funcionar como pieza del engranaje del UCM, posee una naturaleza más autónoma y una cualidad menos exigente que nos recuerda a la Fase 1. Justo lo que Marvel, y nosotros, necesitábamos ahora mismo.

Por segundo año consecutivo, el estudio sorprende con una película basada en personajes de los cómics menos conocidos por el gran público. El Hombre Hormiga fue uno de los miembros fundadores de Los Vengadores en su primer tebeo de 1963, pero hoy en día no disfruta de la popularidad y el valor icónico de Capitán América, Thor o Iron Man. Esto no fue un impedimento el año pasado para que Guardianes de la Galaxia se convirtiera en uno de los mayores éxitos de Marvel. Sin embargo, Ant-Man no lo tiene tan fácil para conectar con el público general. Guardianes era una space-opera a lo Star Wars que seguía el patrón de Vengadores, y Ant-Man es una película sobre un superhéroe mundano que puede encoger su tamaño y se comunica con las hormigas. Es decir, Ant-Man cuenta con la desventaja de una premisa más rocambolesca que, a estas alturas, se puede tomar como señal de que las cosas se le están yendo de las manos al género. Y es una pena que se perciba así, porque estamos no solo ante la mejor película de Marvel de 2015, sino también ante una de las mejores aventuras que nos ha dado el estudio hasta la fecha.

Scott Lang

Como era de esperar, Ant-Man sigue las normas de Marvel y cumple con todos los requisitos indispensables del estudio, pero a la vez se permite desviarse lo justo de la fórmula establecida (podemos decir que incluso la mejora) para evitar la sensación de estar viendo la misma película con otros superhéroes. Reed (y antes que él Wright, que figura como guionista y productor en los créditos) ha llevado a cabo una “sencilla” comedia de acción y ciencia ficción que toma la forma de una película de robos (heist movie) clásica. Ya solo por eso, Ant-Man se distancia considerablemente del resto de capítulos de la Fase 2, y además siendo muy consciente de lo que está haciendo, mostrándose totalmente sincera consigo misma y el espectador. En un momento de la película podemos oír la frase “Los Vengadores están ocupados dejando caer cosas enormes del cielo”, chiste muy agudo que funciona además como transparente declaración de intenciones: “Esto es lo que NO es Ant-Man“. Y es perfecto, porque la historia de Scott Lang (Paul Rudd) (con sus partículas Pym, sus sonotones para comunicarse con las hormigas y su alocado argumento en general) no podía contarse tirando de épica y grandilocuencia, sino que pedía ser adaptada como una comedia.

Ant-Man hace gala de un humor revoltoso e inteligente (en mi opinión más pulido que el de Guardianes) que se refleja en diálogos afilados y situaciones muy divertidas (“Baskin-Robbins siempre se entera”). La mano de Wright se nota, aunque Marvel haya destilado su visión para hacerla más accesible, y la comedia más ocurrente no se reserva únicamente a los instantes de calma centrados en los personajes, sino que se traslada también a las escenas de acción. Los set pieces de Ant-Man son espectaculares, pero no por la misma razón que los de Vengadores, más bien por el ingenio con el que están realizados, llevando la destrucción a una escala microscópica, donde el Marvelverso se mira desde otro punto de vista. Parte del primer enfrentamiento entre el Hombre Hormiga y el villano de la película, Yellowjacket (Corey Stoll), tiene lugar dentro de una maleta que cae al vacío desde un helicóptero, montaje a ritmo de The Cure que ejemplifica la inventiva con la que están diseñadas estas secuencias. Ant-Man saca máximo provecho de las posibilidades visuales que brinda la reducción de tamaño y nos deja gags y escenas de gran creatividad, para culminar en un excelente tercer acto que, por fin, ofrece algo distinto a lo que hemos visto en el resto de películas de la Fase 2. En lugar de recurrir de nuevo al catastrofismo mundial, el combate final entre Ant-Man y Yellowjacket (otro villano desdibujado, todo hay que decirlo) se lleva al cuarto de la hija de Scott, Cassie (maravillosa Abby Ryder Fortson, con su conejo de peluche demoníaco), donde la película se vuelve más Cariño, he encogido a los niños y nos regala un clímax original y sorprendente que nos deja una sonrisa de oreja a oreja.

Reparto AntMan

Pero lo más inesperado de Ant-Man es su fantástico reparto. De entrada, el casting de esta película era lo menos llamativo del proyecto, pero ha acabado siendo uno de los más acertados de Marvel. Aquí no tenemos grandes egos ni despliegue de superpoderes de todo tipo, sino un grupo de personas más “de andar por casa” que se compenetran de maravilla. La química entre los miembros del cast es indudable, tanto en lo que se refiere al drama familiar que vertebra la película (la lucha análoga de Scott Lang y Hank Pym por demostrar a sus hijas que son buenos padres) como en las escenas corales de comedia (el montaje de entrenamiento o el plan a lo Ocean’s Eleven para infiltrarse en las instalaciones de los Vengadores). A pesar de no salirse demasiado de su zona de confort, Rudd es el Scott Lang perfecto, un granuja carismático en la línea de Peter Quill que aúna socarronería y humanidad en la piel de un héroe cercano e imperfecto. Por otro lado, Michael Douglas (impecable) y Evangeline Lilly (más fiera de lo que nos tiene acostumbrados) son un buen contrapunto al pícaro de Lang; sobre todo Hope van Dyne, que protagoniza junto a Scott el que quizás es el mejor beso del UCM hasta la fecha, y de la que por supuesto estamos deseando ver más en la siguiente fase. Pero el robaescenas oficial de Ant-Man (con permiso de Antony) es Michael Peña, que interpreta con toda la gracia del mundo al adorable Luis, uno de los miembros de la cachonda pandilla de “ladrones de guante blanco” capitaneada por Scott.

A veces menos es más. Y esto es justo lo que viene a demostrar Ant-Man. Su aire despreocupado y autoconsciencia dan lugar a un producto fresco y encantador, que se regocija en los placeres pequeños de Marvel y juega la carta de “entrega menor” para convencer de que se trata de una película mayor. Aunque el film sirva como enlace dentro del universo narrativo marveliano (atención a las dos escenas post-créditos, jugosos adelantos de la Fase 3 que no se van por la tangente), los abundantes easter-eggs, cameos y conexiones no convierten la historia en esclava de la serialidad del UCM. Es más, estamos ante un film decididamente más independiente que se puede disfrutar por sí solo gracias entre otras cosas a su fusión de comedia, drama y acción con estilo propioAnt-Man cumple con lo que se espera de la Casa de las Ideas, pero a la vez es el Marvel más insolente y avispado (pun intended), una película que piensa en pequeño para obtener grandes resultados.

Valoración: ★★★★½

Crítica: Todo saldrá bien

James Franco Todo saldrá bien

Después de una etapa centrada casi exclusivamente en el documental, Wim Wenders regresa al drama de personajes, género con el que se labró su reputación como uno de los cineastas europeos más destacados y se ganó su lugar en el Olimpo del cine de autorTodo saldrá bien (Every Thing Will Be Fine) nos devuelve a un Wenders interesado en explorar las relaciones humanas a través del dolor de la pérdida, la culpabilidad y la dificultad para comunicarse.

La vida del afamado escritor Tomas Eldan (el omnipresente James Franco) da un vuelco el día que, tras una discusión con su novia, atropella a un niño con el coche, resultando en la muerte del pequeño. Años después, Tomas es incapaz de soportar el peso de la culpa y vive atrapado en una eterna búsqueda de redención, a pesar de que es consciente de que fue un accidente y no existe otro culpable más que el azar. Aquel fatídico día ha condicionado a Tomas, tanto en su trabajo (prepara una nueva novela en la que verterá todo lo que no puede decir en voz alta) como en su relación con Sara (la no menos omnipresente Rachel McAdams), ya de por sí condenada por sus problemas de convivencia. Para afrontar el fantasma del pasado, el escritor vuelve a ver a Kate (Charlotte Gainsbourg), la madre del pequeño atropellado, con la que entablará una amistad que afectará profundamente al otro hijo de la mujer, que sobrevivió al accidente.

El film narra la vida de estos personajes en el transcurso de doce años, y a través de varias estaciones, lo que obligó a Wenders y el equipo a extender la producción al doble Todo saldrá bien posterde lo habitual (seis meses en lugar de tres), con la intención de plasmar con realismo el paso del tiempo en la pantalla. El comienzo del proyecto se encadenó con el final del documental nominado al Oscar Pina, con el que Wenders utilizó la tecnología 3D para hallar nuevos terrenos de expresividad fílmica. La experiencia con el formato despertó el gusanillo del realizador, que decidió volver a recurrir al 3D para esta película.

Todo saldrá bien está concebida para explorar las aplicaciones de las tres dimensiones en un género para el que en un principio no están diseñadas, el drama psicológico. Wenders experimenta con la cámara en busca de los límites del encuadre obteniendo planos interesantes y generando una atmósfera envolvente (si acaso demasiado oscura, como suele ocurrir con esta técnica de filmación). Sin embargo, la historia de Tomas carece de las capas necesarias para que el uso del formato deporte verdaderos resultados, y llega un momento en el que el 3D parece existir únicamente para sustituir la ausencia de profundidad psicológica del film, fallando a la hora de encontrar en los personajes y la historia la transcendencia que no son capaces de mostrar por sí solos.

Wenders compone un drama de carácter solemne y ritmo pausado que nos habla entre otras cosas sobre la paternidad, la soledad, y el dolor y el sufrimiento del artista como parte de su proceso creativo. Pero el trabajo del director resulta excesivamente frío y presuntuoso, como si estuviera evitando a toda costa caer en las redes del melodrama. El empeño de Wenders por mantener en todo momento la seriedad y la frialdad contemplativa del relato, unido al trabajo correcto sin más de sus intérpretes, hace que Todo saldrá bien acabe siendo demasiado distante, difícil de penetrar, y en última instancia mucho más vacía y “unidimensional” de lo que pretendía. Solo la excelente partitura de Alexandre Desplat y un clímax oscuro y perturbador que nos remite al cine de Michael Haneke hacen que Todo saldrá bien despierte momentáneamente de la hibernación emocional en la que se encuentra sumida.

Valoración: ★★½

Crítica: Sólo química

"SÓLO QUÍMICA"

Alfonso Albacete y David Menkes, consolidado tándem de cineastas españoles, toman caminos separados después de casi dos décadas realizando películas juntos, para firmar sus primeros largometrajes como directores en solitario. Albacete y Menkes se dieron a conocer en los 90 gracias a comedias pasadas de rosca como Más que amor, frenesí Atómica, se calmaron con el cambio de milenio para explorar un tipo de comedia más templada y dramática (SobreviviréI Love You Baby), y coronaron su carrera a finales de la década pasada con la ilustre Mentiras y gordas, clásico del cine español donde los haya. Menkes estrenó en 2014 su ópera prima en solitario, Por un puñado de besos, mientras que un año más tarde, Albacete hace lo propio con Sólo química, comedia romántica de enredos con la que trata de recuperar el espíritu noventero del cine patrio.

En Sólo química, Oli (Ana Carlota Fernández), destartalada dependienta de una tienda de perfumes, está enamorada hasta las trancas de Eric Soto (el argentino Rodrigo Guirao), rutilante estrella del cine y la televisión que levanta suspiros allá por donde va. Acostumbrada a verlo desde detrás de una valla, un día el apuesto galán aparece en la tienda para hacerse una sesión de fotos, y entabla una amistad con la chica, que deviene en relación amorosa. El romance introducirá a Oli en el mundo del glamour y el dinero, donde no tardará en ver la peor cara de la fama y del propio Eric. Mientras, su mejor amigo, Carlos (Alejo Sauras), está llevando a cabo una investigación doctoral con la que pretende demostrar que el amor no existe, que no es más que un efecto químico que nos hace confundir la realidad. Oli siempre ha dado por sentado que Carlos es gay, pero la realidad es bien distinta.

Solo Química pósterAlbacete no se ha alejado demasiado de su zona de confort para su aventura sin Menkes, y realiza una comedia romántica de las de toda la vida. Sólo química viene descargada de las excentricidades características de los felices 90, aunque no desaprovecha la oportunidad para homenajear al cine español de aquella década, caracterizado por la creatividad sin complejos (de ahí tantos despropósitos memorables) y los repartos multitudinarios, formados en su mayoría por rostros conocidos de la Era Almodóvar. El film cuenta con la participación de Bibiana Fernández, Neus Asensi, Rossy de Palma, María Esteve, José Coronado o Silvia Marsó, que entregan el relevo a la nueva generación. Y hacen bien, porque están casi todos para el arrastre. Exceptuando a Marsó, espléndida en todos los sentidos, y Martina Klein (que divierte canalizando a Loreto Valverde y su estridente carcajada), el reparto de secundarios flojea sobremanera (mención especial a una horrenda Rossy De Palma y a una inexpresiva e irreconocible Neus Asensi). Es el trío protagonista quien lleva la película a buen puerto, en especial Fernández, para la que Inma Cuesta debería dejar alguno de sus papeles.

Sólo química no huye de los tópicos de la comedia romántica, es más, se zambulle en ella de cabeza para ofrecer una historia tipo “Cenicienta moderna” que cumple las reglas del género a rajatabla. Albacete no escatima en estereotipos (a cada cual más ramplón) y lleva a cabo un trabajo muy tontorrón que no se preocupa tanto por la lógica de la historia como por tachar de la lista todas las leyes de la rom-com (con espacio para colar algún arrebato de cine social). De ahí que Sólo química resulte tan rutinaria y no tenga ni pies ni cabeza. Por no hablar de cómo utiliza la homosexualidad únicamente como recurso cómico para generar malentendidos o para caracterizar al típico secundario gay que no es más que la mascota de la protagonista (díscolo y experto en moda, por supuesto). Si hay algo del cine de los 90 que deberíamos dejar en su década es precisamente eso.

Obviando esto, Sólo química no es más que un pasatiempo desenfadado de fácil digestión que, si no le exigimos demasiado, se puede ver con una sonrisa. Ayuda a sobrellevar la película su banda sonora, compuesta por temas originales de Fangoria o Zahara, que pasan a primer plano durante la divertida secuencia musical de los créditos finales.

Valoración: ★★½

Crítica: Rey gitano

Rey gitano

Texto escrito por David Lastra

Saben aquel que dice que estando nuestro antiguo monarca en una convención gitana, se equivocó en su discurso pensando que estaba clausurando los Juegos Olímpicos ante tanta medalla de oro y chándal del respetable calé que se encontraba ante él. Sí, el chiste es ofensivo y no tiene mucha gracia que digamos, aunque realmente el mayor problema es lo mal contado que está. He aquí el símil perfecto a lo que pasa con Rey gitano, la nueva película de Juanma Bajo Ulloa (AirbagAlas de mariposaLa madre muerta).

Once años ha tardado Bajo Ulloa en volver a la gran pantalla con una obra de ficción. El otrora niño bonito del cine de autor vasco de los noventa, Goyas y Concha de Oro mediante, supo reconvertirse en mago de la taquilla gracias a ese pepinazo llamado Airbag. Esa alocada road movie sentó las bases del nuevo cine gamberro nacional, que tantos buenos y (especialmente) malos momentos nos ha reportado desde entonces. El conceto es el conceto del gran Manuel Manquiña, los subtítulos surrealistas de María de Medeiros, la gracia y química (tos) del trío protagonista. Una desternillante chorrada que nos dejó más que satisfechos y con ganas de más de este Bajo Ulloa gamberro… pero no hubo más. Un fracaso comercial mayúsculo (Frágil) y un macroproyecto frustrado (seguro que su versión hubiese sido mejor que ese El Capitán Trueno y el Santo Grial del que nadie se acuerda) trastocaron al director, especialmente de manera económica, obligándole a aparcar su vertiente intimista y decidiéndose por abrazar el pan y el circo. En esas nos encontramos con Rey gitano. Pan y circo… pero poco boogie movie.

Pasándose por el forro las nuevas Leyes Mordaza, Rey gitano se construye desde una premisa más que interesante, la maravillosa leyenda cañí de los supuestos viajes en moto de nuestro antiguo monarca, que cual campechano picaflor visitaba las alcobas de las famosas de media España. El punto de partida es la confesión en su lecho de muerte de la Chata (irreconocible Pilar Bardem), artista folclórica de primera, a su hijo Gaje (el televisivo Arturo Valls) de la posibilidad de que este sea descendiente del mismísimo Rey. Para investigar esa posibilidad, el Tony Manero caló recurre a dos especialistas de reconocimiento de ADN en zurullos, interpretados por dos viejos chicos Bajo UlloaKarra Elejalde Manuel Manquiña.

El gran Manquiña es la mayor baza de esta película. Su fascistoide y españolista Primitivo funciona a la perfección, superando con creces a su partenaire comunista (un Karra Elejalde con el piloto automático), recordando a su mágico Pazos de Airbag, especialmente en su escena filosófica en el Palacio de Oriente. Suyos son los mejores momentos del film, especialmente su ensoñación filonacionalista con Tony Lomba (personaje creado por el cómico Germán Fandiño) arrasando un autobús lleno de vagos independentistas que amenazan la unidad de España (léase con voz nasal) mientras entona España, España.

Rey gitano

La historia se desarrolla a golpe de esfínter anal interno, lo cual no sería un problema si estuviese bien hilado. En mi descargo, diré que soy una persona que no solo es partidaria, sino que ama el humor burdo y tremendamente ofensivo, pero si está bien hecho. Aunque sin llegar a los niveles catastróficos de Murieron por encima de sus posibilidadesRey gitano tampoco logra la doble labor de escandalizar y divertir. Si bien el humor es puramente Bajo Ulloa en su origen, el resultado final queda forzado al intentar acercarse más al estilo de otros directores (especialmente al absurdo de Javier Fesser) que a él mismo. El fail se completa con su fracaso como crónica de la España actual, aspecto que sí que lograba en mayor medida, aunque de manera paupérrima, mi película más odiada del año, la citada Murieron por encima

Además del honorable Manquiña y María León (debilidad personal), todo el reparto flojea bastante: el híbrido hitleriano-aznarín de Rosa María Sardá no llega a la suela de los zapatos de la gran Fátima do Espírito Santo (el personaje de la citada María de Medeiros en Airbag); el retorno de Charo López es bastante descafeinado, brillando únicamente en su monólogo en las escaleras de su mansión; el cameo fantasma de Santiago Segura sin gracia alguna; y Albert Pla, que habrá a quien le guste y le haga gracia. Mención especial merece el graciosísimo Arturo Valls, cuyo acento gitano aparece y desaparece en cada cambio de plano, y que en todo momento parece que en vez de decir sus frases de guión se va a poner a recitar las ofertas semanales de cadena de establecimientos de la que es imagen. Segunda mención especial, y en esta ocasión buena, se lleva la aparición del recientemente fallecido Manuel Molina, mitad de Lole y Manuel y uno de los genios del Flamenco moderno, como gran patriarca gitano.

Rey gitano es una oportunidad perdida de resurrección de Juanma Bajo Ulloa. Pero aunque en esta ocasión suspenda como el gitanillo Peláez de Gomaespuma (Ay, señolita. ¿No me puedo quedal aquí a robal goma?), queremos que siga intentándolo.

Valoración: ★★

Crítica: Del revés (Inside Out)

Inside Out 1

A lo largo de casi dos décadas, Pixar ha sido uno de los valores más seguros del cine de Hollywood. El estudio de Emeryville encadenó éxitos de público y crítica durante años, demostrando que la animación familiar no era parcela exclusiva del público infantil y convirtiendo sus títulos ya no solo en éxitos del cine de dibujos, sino también en auténticos clásicos del cine. Pixar elevó la animación por ordenador a la categoría de arte y se ganó a pulso su reputación gracias a que detrás de sus apabullantes adelantos técnicos había un componente muy humano, genios apasionados que bullían con ideas originales y querían contar historias nunca vistas.

Pero como mandan las leyes de la física, todo lo que sube, en algún momento tiene que bajar. Tras el estreno de la descomunal Toy Story 3, la compañía ingresó en un periodo de receso creativo caracterizado por más secuelas (Cars 2Monsters University) y una película que no lograban el favor unánime del espectador, Brave. Con la intención de llevar a cabo una reestructuración interna y revisar sus próximos proyectos, Pixar se tomó un descanso de la taquilla en 2014 para regresar un año más tarde por todo lo alto, con una de sus propuestas más arriesgadas e innovadoras hasta la fecha, Del revés (Inside Out), la película que devuelve el estudio a la forma (concretamente la de la era experimental de WALL-E y Up) y nos confirma que siguen siendo capaces de hacer lo imposible.

La asombrosa idea de Inside Out surge de la experiencia como padre de su director, Pete Docter (Monstruos S.A., Up), que observaba cómo la alegre personalidad de su hija cambiaba drásticamente al cumplir los 11 años. Docter se preguntó qué podía estar ocurriendo en la cabeza de la niña para que ésta se comportase de forma tan diferente y mostrase una actitud tan volátil. Y esa es exactamente la premisa de Inside Out, imaginar lo que tiene lugar en la mente de una niña de 11 años, Riley Andersen, durante una etapa de cambio en su vida y su entorno familiar. Para ello, el equipo realizó un exhaustivo trabajo de documentación en psicología, del que obtuvo las cinco emociones que guiarían a Riley en su día a día: Alegría, Tristeza, Miedo, Asco e Ira.

INSIDE OUT

Más que Riley, estos cinco personajes son los protagonistas de una historia que transcurre principalmente en la cabeza de la niña, que ejerce más bien de escenario. En ella se erige un vibrante y colorista universo cuya arquitectura está diseñada con suma atención al detalle para reflejar todas las parcelas psicológicas de su mente y explicar de forma sorprendentemente esclarecedora el funcionamiento de los recuerdos, el subconsciente o los sueños. Desde la brillante secuencia de apertura (junto al montaje de Carl y Ellie en Up, de lo más prodigioso que hemos visto en Pixar), en la que conocemos a las cinco emociones y se nos explica todo lo que hay que saber sobre la cabeza de Riley, Inside Out no deja en ningún momento de arrojar ideas geniales al espectador, como pelotas saltarinas que rebotan contra todo. Esto da lugar a una película que, además de hacer gala de una inteligencia superdotada e hiperactiva y un ingenio inagotable, resulta endiabladamente divertida.

Lo más fascinante de Inside Out es cómo da forma concreta a las ideas más abstractas y explica de manera tan sencilla conceptos tan complejos como el “tren de pensamiento”, la memoria a largo plazo, el pensamiento simbólico, la nostalgia, incluso el misterio de esa canción que se te queda en la mente y reaparece cuando menos lo esperas. Manipular estas ideas y llevarlas a la pantalla en una película familiar supone una tarea muy complicada, de la que Pixar sale más que airosa, hallando la manera de dirigirse al niño y al adulto con el mismo respeto e inteligencia. Como en las mejores obras del estudio, Inside Out puede experimentarse a varios niveles gracias a un guion impecable que toca los botones del espectador (nunca mejor dicho) en los momentos adecuados, para provocar la risa o el llanto. A pesar del intrincado mecanismo narrativo de la película, los niños podrán seguir la trama sin problemas, mientras que los adultos apreciarán las capas más sutiles del relato, dedicadas exclusivamente a ellos (como el genial chiste de las cajas de “opinión” y “hecho”, la referencia LGBT a los osos de San Francisco o el hecho de que la líder dentro de la cabeza de la madre de Riley sea Tristeza). En resumen, Inside Out es la fórmula Pixar perfeccionada.

El film de Docter es una aventura clásica, una odisea de regreso a casa, y a la vez una comedia observacional que disecciona el comportamiento del ser humano y posee un indudable valor pedagógico (para todos). Como Toy Story 3Inside Out en el fondo nos habla del paso del tiempo, de lo que supone crecer, hacerse mayor, y en este sentido, la de Riley es una de las historias más insólitas y rigurosas sobre el abandono de la niñezInside Out trata de dar explicación al enigma de la angustia adolescente (o en este caso preadolescente), revelándose como la experiencia compartida idónea para que padres e hijos entiendan mejor lo que les está pasando. Y la clave está en el personaje revelación de la película, Tristeza, la emoción que forcejea constantemente con Alegría por hacerse con el punto de vista de la historia. La adultez consiste en gran medida en asumir la melancolía inevitable que conlleva el deseo de volver a ser niño, aceptar que el recuerdo feliz de la infancia se transforma en nostalgia y anhelo en algún punto de nuestra vida. Para crecer, debemos dejar de entendernos en términos duales o compartimentos, dar la bienvenida al cambio y a la tristeza como parte esencial de la experiencia vital, y comprender que todas las emociones, positivas o negativas, son necesarias. Inside Out nos relata el momento exacto en la vida de una niña en el que este proceso de transformación de la personalidad da comienzo.

INSIDE OUT

Estamos ante una entrega de Pixar que repite los patrones de muchas de sus películas anteriores, pero a la vez se las arregla para ser algo radicalmente distinto. El único pero que se puede poner a Inside Out es al mismo tiempo lo que hace que sea tan conmovedora en última instancia: que dedica demasiado tiempo al viaje de regreso de Alegría y Tristeza al Cuartel General. Quizá sea la mejor manera de contar esta historia, pero relega a segundo plano al resto de emociones y nos priva de más escenas corales, que son las que mejor funcionan (como demuestran los geniales créditos finales). Dejando esto a un lado, Inside Out es una de las cintas de animación más redondas de los últimos años, un trabajo perfectamente calibrado en todos los aspectos: las magníficas voces del reparto (Amy Poehler traslada su luminosa personalidad, y por extensión la de Leslie Knope, a Alegría, mientras que Mindy Kaling, Bill Hader y Phyllis Smith hacen lo propio con sus respectivos personajes); la deliciosa animación, que aparca el fotorrealismo para recuperar el estilo cartoon de Walt Disney, Tex Avery o Chuck Jones; o la extraordinaria banda sonora de Michael Giacchino, con un precioso tema central que permanecerá para siempre en la memoria del cinéfilo.

Inside Out es una experiencia sensorial desbordante, una historia apasionante y divertida, no obstante enraizada en la verdad estructural y científica, que nos devuelve la emoción de las historias originales y la importancia de las ideas en el cine de animación. En definitiva, otra inolvidable obra maestra de Pixar.

Valoración: ★★★★★

Crítica: Eliminado

Eliminado

Fresno, California. Abril de 2014. Ha pasado exactamente un año desde que Laura Barns se suicidó delante de sus compañeros (y sus móviles) tras sufrir el ciber-acoso provocado por un vídeo de YouTube que mostraba a la adolescente en una situación terriblemente embarazosa. Su mejor amiga de la infancia, Blaire Lily (Shelley Hennig), se prepara para una sesión de Skype con su novio, a la que pronto se unen otros tres amigos. Los cinco detectan la presencia inesperada de una cuenta con el nombre de billie227 que asegura ser Laura. A pesar de los intentos de la pandilla por expulsar al usuario desconocido, billie227 permanece en sus ordenadores sin que ellos puedan hacer nada al respecto. La frustración y el miedo aumentan cuando la supuesta Laura les propone un juego con terribles consecuencias para los perdedores. Convertidos en presas de un asesino sin rostro que amenaza con matarlos si se desconectan, uno a uno caerán víctimas de los juegos de Laura, diseñados como venganza para destapar las horribles verdades que los amigos se ocultan.

El argumento de Eliminado (Unfriended) suena a slasher juvenil de toda la vida. Y eso es exactamente lo que es. Con la principal diferencia de que la historia transcurre íntegramente dentro de una pantalla de ordenador, donde Blaire (nuestro punto de vista) maneja las distintas ventanas que nos mostrarán los acontecimientos. Eliminado traslada las reglas del slasher al contexto actualizado de la sociedad hiperconectada, y propone una película de suspense (más que de terror) ambientada en el abstracto entorno del ciberespacio, donde se refleja (y magnifica) el día a día vivido a través de las pantallas de nuestros ordenadores y dispositivos móviles -algo parecido a lo que hizo Nacho Vigalondo con Open Windows, pero menos arraigado en la fantasía. Eliminado recoge la realidad del adolescente actual y la convierte en un cuento de miedo con moraleja que trata temas como el acoso, la presión social, la importancia de la imagen proyectada en las redes y en general, la dependencia de Internet en las vidas de los estudiantes.

Claro que la principal intención de Leo Gabriadze (Problemas con suerte) no es elaborar una crítica o tratado social (aunque se asegura de que su mensaje anti-acoso llegue sin interferencias), sino construir un simple thriller de acoso, un film esencialmente convencional que se distancia de la norma por su arriesgado formato. Y ahí es donde la película acierta y fracasa a la vez. Eliminado hace gala de Imprimiruna increíble atención al detalle. Gabriadze traslada a la pantalla la lógica interna del internauta con suma coherencia para evitar la frustración del espectador, plasmando con puntería los tiempos de espera, pasos en falso, atajos o glitches, convenciéndonos así de que hay alguien real manipulando el ratón. En esa credibilidad reside la clave para que el suspense de la película surta efecto. Eliminado logra transmitir tensión y angustia porque recurre a una amenaza invisible (como hacía recientemente It Follows) y porque el entorno en el que transcurre es verosímil y se reconstruye sin apenas falseamiento en el espacio que más familiar nos resulta ahora mismo, donde actualmente vivimos gran parte de nuestras vidas.

El trabajo de planificación y desarrollo gráfico que hay detrás de esta película no debería tomarse a la ligera. Eliminado aprovecha todas las posibilidades fílmicas (por naturaleza muy restringidas) de la pantalla del ordenador para narrar la historia de la forma más natural posible, y el resultado en este sentido no es nada desdeñable. Visualmente, Eliminado es imaginativa y eficaz, lo que facilita la enervante experiencia inmersiva que propone. Pero el realismo no se ciñe al aspecto técnico, sino que, a diferencia de la gran mayoría de slashers juveniles, los personajes de Eliminado hablan y se comportan como adolescentes reales. Por supuesto, el grupo de víctimas está formado por los arquetipos habituales del género (la virgen o final girl, el fumado, el jock, la puta) pero van más allá, se expresan y relacionan como lo haría un grupo de amigos de 18 años en la vida real. En este sentido, la calificación Rated-R permite mostrarnos la cara del adolescente que sabemos que existe pero se nos suele ocultar en el terror teen, y los actores, que están por encima de la media en estas producciones, hacen el resto del trabajo.

Y con todo, Eliminado no deja de ser una oportunidad perdida. El detallismo casi enfermizo del film, pensado para garantizar la experiencia lo más cercana posible a la realidad, hace que se descuide lo más importante, la historia. Aunque no se le da mal maniobrar todos los trucos del terror sin caer en los típicos sinsentidos (aquí está todo más atado de lo que cabía esperar), el guion es demasiado genérico y por tanto predecible. Eliminado no es una mala película, pero podría haber aportado algo nuevo al género y al final se queda en lo mismo de siempre.

Valoración: ★★★

Crítica: Una historia real

James Franco Una historia real

En Una historia real (True Story), Michael Finkel (Jonah Hill), reportero en alza del New York Times, es automáticamente despedido y desacreditado después de publicar un reportaje falseado. Como consecuencia, Finkel decide autoexiliarse obligadamente a su Montana natal, donde vive su esposa, Jill (Felicity Jones). Desde allí tratará por todos los medios de encontrar un modo de volver a ejercer su profesión, pero el descrédito le precede y ningún medio está dispuesto a tenderle una mano. Cuando su carrera parece acabada, una llamada de teléfono lo cambia todo. Desde prisión, Christian Longo (James Franco), un hombre acusado de asesinar a su mujer y tres hijos, ofrece a Finkel contarle su historia mientras espera su juicio, con la idea de publicar un libro después del veredicto.

Finkel acepta escuchar la historia de Longo, que, tras haberse apropiado de su identidad para huir de la policía, le confiesa ser un ferviente admirador de su trabajo periodístico. A pesar de que pone en peligro la ya de por sí frágil relación con su mujer, el periodista centra todos sus esfuerzos en tratar de adentrarse en la mente del presunto asesino a través de sus conversaciones y de las cartas que este le envía desde prisión. El caso de Longo consume por completo a Finkel, que se ve atrapado por la personalidad enigmática y evasiva del acusado, un hombre extraordinariamente difícil de descifrar que parece estar utilizando al periodista, aunque no esté claro para qué. Longo ofrece detalles de su vida y de la noche del supuesto homicidio a cambio de lecciones de periodismo, lo que conduce a una intensa relación entre ambos hombres que se transforma gradualmente en un juego psicológico en el que no parece haber forma de encontrar la verdad sobre Longo.

Una Historia Real_PosterUna historia real está basada en el libro del Michael Finkel verdadero y supone el debut en el largometraje del director de teatro Rupert Goold. Llama la atención en un drama tan severo como este la presencia de dos de los rostros más reconocibles de la comedia norteamericana actual, James Franco y Jonah Hill (que han trabajado juntos en varias películas). Ambos actores ya han demostrado que tienen su lado serio (Franco sigue desorientando, empeñado en cultivar su imagen de artista del Renacimiento, y Hill tiene una nominación al Oscar por El lobo de Wall Street), pero verlos juntos en un contexto dramático como este resulta desorientador cuanto menos. Sin embargo, Franco y Hill no son los responsables de que Una historia real no termine de tomar forma. Ellos llevan a cabo un trabajo más que correcto y logran aparcar con éxito su imagen de cómicos fumados, pero el material no es lo suficientemente interesante, lo cual es muy significativo, teniendo en cuenta los escalofriantes acontecimientos reales que narra.

El trabajo de Goold es preciso e inteligente, pero el director decide aproximarse a la historia desde un prisma excesivamente analítico y desapasionado, lo que se vuelve en su contra. La relación que se establece entre los dos protagonistas no es tan profunda como cabría esperar, y aunque el director (y co-guionista) se empeñe en que pensemos lo contrario, faltan capas en la historia y una mayor gradación psicológica en sus diálogos. Mientras trata de plasmar la naturaleza esquiva de la verdad, a Woold se le olvida insuflarle vida al relato, que solo parece despertar en una soberbia escena protagonizada por Felicity Jones al final de la película. Desafortunadamente, es una secuencia aislada. Por lo demás, Una historia real se queda en la superficie de un perturbador misterio que pedía un acercamiento más visceral y arriesgado.

Valoración: ★★½

Crítica: Love & Mercy

Love and Mercy Paul Dano

La vida problemática y atormentada de los grandes artistas de la música es sin duda una fuente inagotable para el cine. En los últimos diez años el biopic musical ha sido una de las grandes apuestas de los estudios para la temporada de premios, aunque en su mayoría suelan acabar relegados a segundo plano (bien ignorados o recibiendo premios de consolación). Los hay de corte más académico (Ray, Dreamgirls, En la cuerda floja, Jersey Boys) y los hay menos ortodoxos (I’m Not There, 24 Hour Party People, Control). Love & Mercy, la historia del co-fundador y genio detrás de los Beach Boys, Brian Wilson, entraría en una categoría intermedia.

Bill Pohlad, productor de El árbol de la vida12 años de esclavitud, vuelve a la dirección después de firmar su primer largo hace 14 años (Old Explorers), para contar la curiosa, a ratos escalofriante historia del genio detrás de las composiciones del mítico grupo californiano. Pohlad compone un retrato fascinante y poco convencional del compositor de “Good Vibrations” y “God Only Knows” entre muchos otros éxitos de la música popular, y lo hace con la ayuda de dos actores en estado de gracia que dan vida al protagonista en dos etapas distintas de su vida. Paul Dano (Little Miss SunshineThere Will Be Blood) interpreta a Wilson de joven y John Cusack (Alta fidelidad) encarna al mismo personaje muchos años después, cuando este ya se ha retirado de la música.

Love & Mercy ha contado con la colaboración de la mujer de Wilson, Melinda Ledbetter, interpretada en la película por una fantástica y ubicua Elizabeth Banks, que se está ganando a pulso el título de actriz todoterreno en Hollywood. Según la propia Ledbetter, la experiencia de ver el film fue muy dura tanto para ella como para su marido, ya que reavivó el dolor de una etapa muy oscura en sus vidas. Efectivamente Love & Mercy se capuza de lleno en la enfermedad de Wilson para mostrar al público una cara nunca vista del genio, la de sus trastornos mentales, agudizados por sus problemas con las drogas y su infancia traumática a manos de un padre violento. Sin embargo, el film de Pohlad no debe confundirse con un melodrama biográfico al uso. Love & Mercy es mucho más que eso. Se trata de un enigmático y vibrante retrato sobre un virtuoso, una obra de pasión que nos permite adentrarnos en la mente de Wilson para comprobar cómo funciona, que nos deja escuchar todas esas voces hablando a la vez en su cabeza y ser testigos del asombroso proceso creativo del músico.

Love Mercy Cusack Banks

Saltando ente los 60 y los 90, Love & Mercy repasa más de tres décadas en la vida de Brian Wilson, desde la etapa posterior al enorme éxito de los Beach Boys en los 60 (gracias a himnos pop como “Surfin’ USA”) a su vida como solitario músico retirado viviendo con una enfermedad. Pohlad explora los tonos más graves del “California Sound” ideado por Wilson, siguiendo al atormentado compositor en su empeño por dejar atrás ese sonido “superficial” (“No hacemos surf y los surferos de verdad no escuchan nuestra música”) para evolucionar como artista, lo que daría como resultado el disco “Pet Sounds” (1966), por el que se distanció del grupo y dejó de lado los conciertos; y mucho más tarde, su gran obra maestra en solitario, “Smile“, sucesor de “Pet Sounds” que tardó 30 años en ver la luz, en 2004. Como contrapunto al agitado pasado de Wilson, las escenas en el “presente” poseen un carácter más (aparentemente) relajado, conformando una peculiar historia romántica sobre el poder curativo y redentor del amor.

Love & Mercy repasa los momentos clave de la carrera de Wilson con un enorme respeto y admiración por la música y una gran sensibilidad para mostrarnos la verdad que se esconde tras ella. Cercana en su tono y estilo más al cine de Paul Thomas Anderson que a los musicales mencionados en el primer párrafo, Love & Mercy navega aguas experimentales y psicodélicas sin extralimitarse en su excentricismo y sin sacrificar el fondo por la forma, para convertir en imágenes tanto el declive mental como el genio creativo del músico. El viaje personal de Brian Wilson da lugar a una película intensa, algo extraña y en última instancia conmovedora, en la que destaca el sobresaliente y armonioso trabajo del reparto (genial Paul Giamatti), especialmente el de un Paul Dano arrebatador.

Valoración: ★★★★

My Mad Fat Diary: Gracias, Rae Earl

Rae Earl

Antes de animarme a ver la primera temporada de My Mad Fat Diary, tenía una idea preconcebida de la serie que no coincidía con la realidad, basada en lo que había visto descontextualizado en Internet, concretamente en forma de gif en Tumblr (que es otra forma, ya asentada, de experimentar el cine y la televisión). En mi cabeza, My Mad Fat Diary era una comedia gamberra y corrosiva que parodiaba el mundo de los adolescentes y sus neuras. Qué sorpresa me llevé al ver los primeros episodios (allá por el lejano 2013) y comprobar que estaba muy equivocado. My Mad Fat Diary era un drama como la copa de un pino (con grandes dosis de comedia, eso sí). Pero no solo eso, sino una obra de ficción admirable que desempeñaba una labor social muy valiosa, una serie que, lejos de reírse del adolescente, se tomaba en serio sus problemas y le extendía una mano. Como he dicho muchas veces a lo largo de su andadura televisiva, la historia de Rachel Earl debería enseñarse en las escuelas, para que todos aquellos adolescentes que se encuentren en situaciones parecidas sepan que no están solos.

My Mad Fat Diary ha durado tan solo tres temporadas, y la última ha contado únicamente con tres episodios (frente a los seis y siete que tuvieron respectivamente las dos primeras). Es tremendamente fácil, es más, es completamente inevitable encariñarse con Rae y toda su pandilla (“the gang”, como dice ella siempre llena de orgullo y felicidad), Chloe, Archie, Chop, Izzy, Finn, y Danny. En tres cortos años, estos personajes han pasado de ser simples compañeros (a los que al principio mirábamos con recelo sobreprotegiendo a la protagonista) a pilares indispensables en su vida, verdaderos amigos incondicionales, y en definitiva, la (utópica) pandilla con la que todos soñábamos a su edad. Por eso cuesta decir adiós y aceptar que todo se acabe tan pronto. Pero es que precisamente de eso se trata, se supone que dejar algo así atrás tiene que ser difícil, tiene que doler, y posponerlo sería contranatura. My Mad Fat Diary es una serie sobre la adolescencia, y por tanto debe tocar a su fin cuando sus personajes dejan el instituto, es decir, debe ser tan efímera como el mismo periodo vital que retrata.

La última temporada de My Mad Fat Diary ha tenido esa idea como leitmotiv, aceptar que se acaba una etapa importante y pensar en lo que nos depara el futuro a partir de ahí. Asumir que a esa edad todo el mundo termina marchándose -si todo sale bien, tú el primero- y que en muchos casos, esto es necesario para seguir creciendo. En los últimos capítulos de la serie, Rae descubre que su enfermedad y los problemas que esta acarrean han sido una carga enorme para sus amigos y familiares, y que ella es la única que puede liberarlos de tamaña responsabilidad. En “Voodoo” (3×03), la protagonista aprende varias lecciones de golpe y por fin obtiene la sabiduría necesaria de sus experiencias para cerrar este capítulo de su diario y empezar uno nuevo. Pero para ello, primero debe decir adiós a las personas más importantes de su vida, las que se han repartido su dolor: Kester, Chloe, Finn y su madre. Al dejarlos marchar, Rae también obtiene esa libertad, esa independencia que necesita para seguir avanzando.

Voodoo MMFD

La incertidumbre por lo que viene después de los exámenes de acceso a la universidad, el miedo a marcharse a otra ciudad, la insoportable idea de perder el contacto con tus amigos del instituto, quizá para siempre. Todo eso forma parte de la experiencia del adolescente, del rito de paso hacia la adultez que tan fielmente ha plasmado My Mad Fat Diary. Como Claire Fisher en Six Feet Under, Rae descubre que para continuar viviendo a veces hay que marcharse. Pero esto no quiere decir necesariamente dejarlo todo atrás. Rae no solo se enfrenta a sus propios demonios, sino que se los lleva consigo. Se sube al tren y se lleva todos sus errores en la mochila, todo el dolor que ha sufrido, que ha infligido en los demás. Se lleva su enfermedad, y se lleva a todas las personas que la han acompañado y la han ayudado a superarla.

Esta última temporada de My Mad Fat Diary me ha hecho cambiar de opinión sobre aquello de mostrar la serie en los institutos. Estos últimos capítulos han sido para nosotros, para los que ya hemos pasado todo aquello y aun estamos intentando entenderlo (al fin y al cabo, esa incertidumbre que sentíamos a los 18 no se va nunca, solo tiene que compartir espacio con miles de miedos e inseguridades más). Lo ideal es que cada adolescente llegue a las mismas conclusiones que Rae Earl por su cuenta, que nadie le spoilee el final de la adolescencia, porque de una manera u otra lo acabarán descubriendo ellos solos. La historia de Rae Earl ha sido emocionante, divertida, dolorosa, frustrante, esperanzadora. La hemos querido arropar, proteger, a veces darle una bofetada bien fuerte. La hemos acompañado en su sufrimiento y hemos aprendido (o recordado) que la angustia y la enfermedad de un adolescente (o de ser adolescente) no es algo que se deba tomar a la ligera. Rae nos ha recordado lo importante que es seguir caminando, pase lo que pase. Que el bagaje puede pesarte y hacer que vayas más lento o te canses, pero es tuyo, solo tuyo, hay que echárselo al hombro, o a los dos, como prefieras llevar la mochila del instituto, y no pararse nunca.

 Gracias, Rae Earl, y buen viaje.

Helix: Primera Temporada (DVD)

Helix - Season 1

“¿En qué nos estamos convirtiendo?”

Uno de los temas favoritos de la ciencia ficción siempre ha sido el del contagio y las pandemias, un lugar común (y un miedo real, quizás amplificado precisamente por su proliferación en series y películas) que en los últimos años podemos encontrar en numerosas producciones catódicas. Helix es una de esas series que nos hablan de la existencia de una amenaza incontrolable por el ser humano que amenaza con propagarse sin remedio. Está creada por el recién llegado Cameron Porsandeh, y cuenta en la producción ejecutiva con Lynda Obst (experimentada productora con muchas películas en su haber, como ContactInterstellar), Steven Maeda (Perdidos) y Ronald D. Moore, sin duda conocido y venerado por los aficionados a la ciencia ficción televisiva gracias a su Battlestar Galactica (2004-2009), y más recientemente Outlander (2014-).

Como adelantaba, en Helix un misterioso virus mortal compromete el futuro de la humanidad. Los únicos que pueden pararlo son un grupo de reconocidos investigadores del CDC (Centro de Control de Enfermedades). Su primera misión será desplazarse a una base científica del Ártico para investigar esta enfermedad que podría terminar siendo mortal. Los científicos que están encerrados en una base alejada de la población han de asegurar la supervivencia de la humanidad, evitando así que esta cepa de patógeno haga que se extinga. Esta es a grandes rasgos la premisa de Helix, pero la serie no tarda mucho en ir más allá, con una primera temporada de 13 episodios en la que los acontecimientos y los giros no se dejan de ocurrir en ningún momento.

Helix es una serie inconfundiblemente Syfy, una historia que en un primer momento se puede inscribir en la ciencia ficción más clásica, pero que a medida que evoluciona (al compás del virus) va abriendo más frentes, hasta presentarse como una serie completamente híbrida. En su primera temporada, Helix no solo recuerda (sobre todo en factura) a otras ficciones de la cadena, como la mencionada BSGEureka o Twelve Monkeys, sino que también nos trae a la memoria clásicos del cine como Alien (un grupo de científicos y especialistas se encuentran aislados y se enfrentan a una amenaza terrorífica que planea acabar con todos), o productos más recientes como la española [REC], Guerra Mundial Z o las series The Walking Dead y The Strain (aunque cada una a su manera, todas tratan sobre un virus que ataca a los seres humanos y los convierte en monstruos virulentos, ya sean zombies o vampiros). Por eso, además de sci-fi, Helix es claramente una serie de terror. Una que, por qué no, también contiene elevadas dosis de comedia (por ejemplo, las escenas más impactantes y gráficas, como un ataque violento o una autopsia, vienen acompañadas de música swing o soul que le da a la serie un toque muy irónico).

hatake

Pero la principal diferencia entre esta y otras series de las mismas características es que sus responsables han dado un mayor énfasis a los personajes. Ya desde el primer episodio queda patente el interés que hay en dar a conocer las diversas personalidades de los investigadores, y en desarrollar las relaciones entre ellos, con sus alianzas y hostilidades, tensiones y rivalidades -magnificadas por sus pasados, sus muchos secretos y por la complicada trama que hay detrás del “accidente” en la base. Pronto, los científicos descubrirán que el virus no es el peor enemigo al que se enfrentan, y que nadie es lo que parece en esa base (el doctor Hatake, uno de los mejores personajes, es el mejor ejemplo de esto). En la recta final de la primera temporada, Helix deja bien claro que no solo quiere llevar a cabo una historia de suspense sobre un peligroso virus, sino también un drama en el que la familia cobra cada vez mayor importancia y donde se exploran los conceptos de la inmortalidad, los vínculos familiares más allá de la sangre o la necesidad que muchos sienten de dejar su huella en el mundo y contribuir a cambiar el futuro. Todo esto salta a la vista conforme la mitología de la serie se va desarrollando (al estilo Lost) y la trama central se retuerce para descubrir la gran conspiración que hay tras el brote del virus NARVIK.

En la primera temporada de Helix, nadie está a salvo. Es mejor no encariñarse demasiado como los personajes, porque cualquiera de ellos puede acabar infectado, o corriendo una suerte incluso peor. El episodio final cierra el arco principal de la serie de forma que funciona como una historia autoconclusiva, pero plantea una mitología aun mayor de cara a la segunda temporada, en la que la historia se extiende fuera del Ártico. Helix explora los límites de la ciencia y nos habla de lo que se debe sacrificar por el bien común, para salvaguardar el futuro de la humanidad y preservar el futuro, una de las mayores preocupaciones de nuestros días.

MEJORES EPISODIOS

“Single Strand” (1×04), “Bloodline” (1×08), “Black Rain” (1×11), “Dans L’Ombre” (1×13)


VEREDICTO SOBRE EL DVD

La primera temporada de Helix se ha editado únicamente en DVD en nuestro país, y aunque en un principio esto pueda disgustar a los que ya prefieren todo en Blu-ray, la calidad de imagen es muy óptima para el formato.Helix dvd Además, como ya sabéis, las series de SyFy no se caracterizan por ser visualmente espectaculares o detallistas, por lo que no suele haber mucha diferencia de imagen con la alta definición.


CONTENIDOS ADICIONALES EN DVD

– Comentario del capítulo piloto y del último episodio de la temporada por parte del cast y del equipo

–  Ronald D. Moore: Puntal de la ciencia ficción

–  El futuro de las enfermedades

–  El arte del aislamiento

–  Diseccionando a los personajes

– Escenas descartadas

– Escenas eliminadas

Hola, me llamo Pedro y soy adicto a UnREAL

unreal 1

Inaugurada oficialmente la temporada estival, los serieadictos buscamos desesperadamente la nueva ficción que nos mantenga refrescados y distraídos durante estos horribles meses de calor y horas bajas catódicas. El año pasado se nos acabó True Blood (menos mal), Teen Wolf ya no nos hace el papel, True Detective se ha capuzado en el comienzo de su segunda temporada. Además, lo que nosotros buscamos es lo que se dice un buen guilty pleasure (término que uso solo como descriptor de un tipo de televisión, no porque lo menosprecie o de verdad me sienta culpable viéndolo), un pasatiempo que distraiga y enganche, para ver a la bartola bebiendo una limonada. A simple vista, UnREAL encaja en esta descripción, pero el nuevo drama de Lifetime es mucho más y mucho mejor de lo que parece. Como diría una de sus protagonistas, Quinn King: “this is good tv!”

Lifetime no tiene una reputación muy buena que digamos en lo que se refiere a sus ficciones de producción propia. La cadena es conocida sobre todo por sus TV movies (el término “Lifetime Movie” es toda una institución en USA), series de usar y tirar, y realities. Por eso sorprende encontrarse con un producto como UnREAL en su parrilla de programación, un culebrón vestido de quality television que combina muy inteligentemente lo mejor de ambos mundos. La serie está creada por Marti Noxon (Buffy, cazavampiros, Mad Men) y Sarah Gertrude Shapiro, y se basa en el cortometraje de esta última Sequin Raze, en el que ficcionalizaba su experiencia como productora en el popular concurso reality The Bachelor, donde trabajó de 2002 a 2004. UnREAL adapta la idea al formato serial y nos deja echar un vistazo a los entresijos de este tipo de programas de no-ficción, destapando la manipulación y el engaño que hay detrás de lo que vemos en televisión.

unreal 2

En UnREAL, Noxon y Shapiro ponen un pie en el drama de calidad actual y otro en los mismos realities que diseccionan, para hallar el punto medio entre el carácter reflexivo y centrado en los personajes de un género y la adrenalina y el morbo voyeur que conlleva el otro. El resultado es un producto incisivo, astuto y sobre todo adictivo que parece decirle a Aaron Sorkin: “Así se hace, amigo”. Porque UnREAL puede recordar a Studio 60 o The Newsroom, ya que pretende hacer con los realities lo mismo que Sorkin intentó hacer con los programas de humor y los noticiarios, pero sin prepotencia o exceso de moralina. Así, arrojando luz (pero sobre todo sombra) tras las cámaras de Everlasting (programa ficticio parodia de The Bachelor) la serie da en el clavo en su cínica crítica a la telerrealidad y el circo que hay detrás, protagonizado por fieras sin escrúpulos ni baliza moral para los que todo vale con tal de ganar audiencia. Es cierto que UnREAL puede ser algo exagerada y artificiosa en ocasiones (obviamente Noxon y Shapiro agrandan la realidad en pos del drama), pero sabe provocar y manipular al espectador sin tratarlo con condescendencia, incluyéndolo en todo momento como parte del juego que propone y manteniéndose siempre en el área gris (aquí no hay héroes y villanos en el sentido clásico).

UnREAL cuenta con todas las armas necesarias para secuestrar al espectador y no dejarlo escapar: rivalidad, traición, romance, amistad, desequilibrio mental, sexo, y carnaza de primera para alegrarnos la vista. Su ritmo acelerado y su gran sentido de la oportunidad para el drama hace que los episodios (de 45 minutos de duración) se pasen en un suspiro y queramos siempre más (yo me zampé los cinco primeros seguidos sin apenas pausa); los personajes están muy bien dibujados y a lo largo de los capítulos se les van añadiendo capas que los hacen cada vez más interesantes; y el casting es sencillamente perfecto: Shiri Appleby y Constance Zimmer personifican la dicotomía moralidad-amoralidad que define la serie y se comen la pantalla a bocados (Rachel y Quinn son ya dos de los personajes televisivos del año), Freddie Stroma sorprende con un papel que va más allá del man-candy, y los secundarios forman un plantel muy ecléctico de personajes. Tenemos un blanco perfecto para nuestro odio, Shia (Aline Elasmar), un ¿príncipe azul? que el pueblo quiere para la protagonista (y para nosotros/as), Jeremy (Josh Kelly), una becaria puteada que se convierte en broma recurrente y promete sorpresas, un jefazo desastrado en plena crisis de mediana edad (Craig Bierko), y todo un ejército de personalidades femeninas (las concursantes del programa) que no permiten ni un segundo de aburrimiento. Todo esto hace de UnREAL una verdadera serie social, de esas que ves y necesitas comentar con todo el mundo.

Unreal 3

Aunque no llega a los niveles de explicitud HBO, Starz o Showtime, UnREAL es una ficción atrevida y provocadora que no tiene miedo a ponerse demasiado oscura y cruda a veces para reflejar el despiadado mundo de los realities y las cadenas de televisión -donde el racismo, el sexismo o las tragedias personales son algunas de las herramientas de trabajo de los productores. Esta serie va más allá de las apariencias, y no solo en su labor de desmitificación de estos programas, sino como producto televisivo en sí. UnREAL se presenta como un placer culpable (aunque sabe que no lo es), te pide que bajes la guardia y entonces te golpea con grandes momentos de drama, mordaces reflexiones o escenas de sorprendente profundidad y emoción. Es un behind the scenes fascinante (incluso para los que no han visto un reality en su vida), un drama absorbente y una auténtica droga televisiva, todo a la vez. Está claro, UnREAL es la nueva serie del verano.

Crítica: Los Minions

Minions Orlando

Que los Minions son lo mejor de la saga Gru, mi villano favorito es algo que sabe todo el mundo. Es más, es una verdad “universal” (pun intended). La segunda entrega ya lo dejó bien claro. La popularidad de los esbirros amarillos tras el éxito de la primera película era tan grande que en la segunda ya empezaban a trascender su condición de secundarios comparsa adquiriendo mayor protagonismo. Gru 2 fue un festival Minion (amarillo y morado), los personajes ya estaban bien acomodados en el imaginario colectivo, convertidos en iconos adorados por pequeños y mayores por igual, así que el siguiente paso natural era dedicarles una película a ellos solos. Los Minions toman el escenario (aunque siempre fue suyo) con la intención de dominar el mundo (más todavía). O mejor dicho, de ayudar al villano que haya más cerca a hacerlo.

Los Minions nos lleva hasta el inicio de los tiempos para descubrir que estos adorables e inocentes seres han estado siempre ahí. Este spin-off precuela nos muestra cómo nacieron (empezaron siendo organismos amarillos unicelulares) y cómo evolucionaron a través del tiempo. Desde los albores de la civilización Minion, el propósito vital de todos ellos ha sido siempre el de encontrar a un amo malvado al que servir. Así, en la divertidísima secuencia de apertura vemos cómo ofrecen sus servicios como secuaces al T. Rex, Drácula o Napoleón, para acabar siempre entorpeciendo, incluso provocando la muerte accidental, a sus jefes. Después de fracasar tantas veces seguidas en su búsqueda, los Minions caen en una profunda depresión. El tiempo pasa, y en la década de los 60 Kevin traza un plan para salvar a su pueblo: dar la vuelta al mundo en busca de un nuevo amo y un nuevo hogar para los suyos. Le acompañan el rebelde Stuart y el achuchable Bob, con los que intentará encontrar a Scarlet Overkill, según dicen, la supervillana más famosa de la Tierra.

De la Antártida a Nueva York en los felices 60 a Londres, donde se desarrolla la mayor parte de la acción, este spin-off es un triunfal tour de los Minions por el mundo que avanza a ritmo de clásicos pop-rock. En realidad, la película no se distancia mucho de la fórmula de sus dos predecesoras. Los Minions se convierten en protagonistas de la historia, pero el argumento, una vez llegados a Londres, es similar al de las dos Gru, girando en torno al Printplan del gran malvado que pretende conquistar el mundo. En este caso, la divina y algo esquizoide Scarlet Overkill (doblada en inglés por Sandra Bullock, y en español por una estupenda Alexandra Jiménez) trata de robarles el centro de atención a los Minions, y de hecho está a punto de hacerlo. Recordemos que los Minions hablan un hilarante idioma que mezcla sinsentidos con palabras de muchas lenguas, y quizá por miedo a que una película con mucho tiempo sin diálogos pudiera espantar al público o suponer un reto demasiado difícil (no todas son WALL-E), el film acaba dando demasiado protagonismo a sus personajes humanos, la mencionada Scarlett y, en menor medida, Herb (doblado en V.O. por Jon Hamm, y en castellano por un menos atinado Quim Gutiérrez).

Claro que por mucho que se intente, es imposible hacer sombra a estas descacharrantes píldoras devora-bananas y sus irresistibles monerías. Su ascenso a primera línea dentro de la saga, lejos de perjudicarlos por sobre-exposición y sobre-explotación, no le ha quedado nada grande. Y es que Los Minions no es el subproducto que esperábamos. Está claro que es un proyecto creado para seguir exprimiendo al máximo la gallina de los huevos amarillos, pero afortunadamente, eso no es todo. Detrás de la película (en la que repite Pierre Coffin como director, acompañado de Kyle Balda en lugar de Chris Renaud) hay un trabajo de animación muy cuidado, técnicamente sobresaliente (con un 3D por encima de la media), y un guion que, a pesar de volverse mecánico en su recta final, no se duerme en los laureles, sino que se esfuerza en mantener en todo momento un nivel alto de buen humor y diversión, así como el ritmo acelerado que caracteriza a los personajes.

Encontrando el equilibrio perfecto entre el chiste bobo y el inteligente, con slapstick del bueno para los más pequeños y guiños para el adulto muy bien hilvanados en la trama, Los Minions es una comedia infalible que desata carcajadas y nos deja innumerables frases y gags para el recuerdo. Sin embargo, no sería tan eficaz de no ser por el carisma del trío protagonista. Kevin, Suart y Bob (sobre todo Bob, hay que amar mucho a Bob y estrujarlo hasta que se vuelva morado) nos conquistan con sus desquiciadas correrías y añaden más capas a los Minions, en el fondo seres afanados y leales con mucho amor para dar que nunca encuentran el sitio adecuado donde ponerlo, aquí convertidos en los verdaderos héroes que son ya fuera del cine.

Valoración: ¡BA-NA-NA! (★★★★)

Crítica: Cuestión de actitud (Xenia)

Xenia

Texto escrito por David Lastra

Grecia está de moda. Tanto porque el país en sí se va (o se ha ido) al garete, como por el emergente nuevo cine griego, que se ha convertido en un valor seguro en los festivales europeos. Teniendo en cuenta la coyuntura socioeconómica de su tierra, lo lógico sería encontrarnos con una serie de cineastas combativos y rebeldes, al más puro estilo Costa-Gavras, director heleno especialista en denunciar la vida y milagros de la mierda capitalista, pero estos novísimos se han decidido por una tercera vía más simbólica (sin llegar a ser tan contemplativos como Angelopoulos), no tan directa como la del director de Z o El Capital, pero reivindicativa cuanto menos.

Si Yorgos Lanthimos jugó al perro y al ratón con la pulsión, tempo y maldad de la obra de Michael Haneke en la notable(mente sobrevalorada) Canino y en su espantosa (a secas) Alps, el director de esta Cuestión de actitud (Xenia), Panos H. Koutras, prefiere abrazar a un artista más mediterráneo, como él, Pedro Almodóvar. El genio del melodrama europeo, otrora rey del absurdo y el neorrealismo español, es uno de los pilares tanto estéticos como argumentales de Koutras. Cuestión de actitud es la historia de un viaje de dos hermanos, una odisea mejor dicho (tanto por broma fácil por la nacionalidad del film como por el nombre de uno de los protagonistas, Odysseus), en busca de su padre desaparecido, similar al de Esteban en Todo sobre mi madre, pero con un alto contenido vengativo, como el garbeo fassbinderiano de Ángel en La mala educación. Todo esto adornado con una subtrama de consecución de la fama a través de un reality a lo Factor X, La Voz y demás sucedáneos, y unos cuantos números musicales tan casposos como geniales (véase La ley del deseo, Tacones lejanos, Los amantes pasajeros, etc.), a ritmo de temazos pop italianos de Patty Pravo (ella es la gran protagonista… y no solo musical) y Raffaella Carrá (la inclusión de “Rumore” siempre conlleva algo bueno).

A lo largo de esta odisea (con viaje en barca a lo Mark Twain incluído), vemos cómo la historia de amor fraternal entre Danny y Ody Cuestión de actitud pósterestá basada en una obsesión (bidireccional), que por poco no llega a ser enfermiza (a pesar de alguna que otra mirada). La química entre el desquiciado Kostas Nikouli, en un papel muy Xavier-Dolan-friendly, y el “hermano mayor” Nikos Gelia es excepcional y un verdadero triunfo. Gracias a ellos, nos creemos algún que otro episodio onírico y la sucesión de pequeños obstáculos ridículos que les amenazan durante toda su aventura. Sus pequeñas conversaciones cotidianas y, especialmente, sus explosivos y estúpidos números musicales son los que levantan esta película. Las coreografías de Danny y Ody copian los mismos pasos de baile ultradramáticos y exagerados que hacíamos cuando éramos pequeños y no teníamos ni una miaja de esa enfermedad llamada vergüenza.

Koutras incurre en un error de aprendiz (sin ser él nada de eso) en Cuestión de actitud, introduciendo infinidad de tabúes (prostitución masculina, cruising, homosexualidad, esquizofrenia) y problemas sociales (racismo, homofobia, machismo, pobreza, desigualdad, precariedad laboral) griegos (por no decir europeos y/o universales) y no sólo no logra analizarlos con éxito, sino que no los desarrolla lo necesario. Esa carencia y un clímax demasiado artificioso y trascendental (a pesar de que la visita al kiosko final sea excelente) desmerecen el resultado final.

Cuestión de actitud (Xenia) es la odisea de dos hermanos, que han sido bambole toda su vida y que ante la madurez deciden romper con todo, afrontando su viaje (huída) iniciático como ellos mejor saben, cantando, bailando, comiendo chupa-chups y haciendo el cafre. Que Patty Pravo los acoja entre sus senos.

Valoración: ★★★

Crítica: Terminator Génesis

Chuache

Olvidad todo lo que sabéis sobre la saga Terminator. Mejor, olvidad todo lo que sabéis en general, porque de poco os va a servir para enfrentaros a Terminator Génesis (Terminator Genisys). El director, Alan Taylor (Thor: El mundo oscuro), y los guionistas, Laeta Kalogridis y Patrick Lussier, nos piden que hagamos como si Terminator 3: La rebelión de las máquinas (2003) y Terminator Salvation (2009) no hubieran existido nunca. No hay problema, creo que la mayoría ya lo habíamos hecho sin que nos lo pidieran. Terminator Génesis es secuela, precuela y reboot, todo a la vez, una película que trata de recuperar el espíritu y la estética de las dos entregas de James Cameron a la vez que propone un nuevo futuro (mejor dicho, una infinidad de futuros) para la popular saga de acción. Pero para ello, primero cambia las reglas del juego, reescribe las normas de su universo y se monta un fregao narrativo del que, obviamente, le cuesta mucho salir.

En Génesis nos volvemos a encontrar con el Terminator que convirtió en estrella a Arnold Schwarzenegger, pero ya no es la misma máquina de matar implacable programada para aniquilar a Sarah Connor. Continuando el proceso de humanización que Cameron inició en El juicio final, el robot es ahora un Guardián al cuidado de la madre de John Connor (Jason Clarke). El T-800 ha envejecido (porque el tejido sintético del que está hecho también se deteriora con el tiempo al ser igual que el humano) y ahora (en 1984) es el mayor aliado de Sarah (Emilia Clarke), una figura paterna que la lleva protegiendo desde que era una niña y a la que esta llama Abuelo (“Pops” en inglés). La nueva línea temporal que nos presenta Génesis tiene su origen en el futuro, donde Kyle Reese (Jai Courtney) es enviado por John Connor (sin saber que este es su padre) para proteger a Sarah en 1984, cuando supuestamente aun era una camarera indefensa y asustadiza. Sin embargo, al llegar allí, Reese descubre que algo ha borrado el pasado que creían conocer, creando a su vez una nueva amenaza en el futuro (2017 concretamente), que deben detener antes de que provoque otro Día del Juicio Final.

TERMINATOR GENISYS

El argumento de Terminator Génesis es mucho más enrevesado y retorcido que eso, pero tratar de desenredarlo sería en vano. Ni siquiera los guionistas de la película parecen tener muy claro lo que están contando, y la abundancia de diálogos explicativos sobre física cuántica y paradojas temporales no ayuda, es más, provoca el efecto contrario al deseado: la historia no está cimentada en unas reglas sólidas (aparte de las del caos), la confusión del espectador es inevitable y las lecciones de física (repetitivas y embarulladas) provocan la risa. Al final, cualquier cosa vale con tal de resetear el universo Terminator y facilitar posibles entregas futuras que permitan idear historias más lineales y cuya mitología no se convierta en su mayor enemiga. Y eso es exactamente Génesis, un puente entre las películas de Cameron y los nuevos blockbusters de la era digital, pensados casi exclusivamente para la taquilla (la calificación PG-13, la violencia estilizada e inocua, y los desnudos ensombrecidos están a la orden del día) y condicionados por la obsesión del cine comercial con las franquicias y los universos expandidos.

Con una trama tan absurda que se lo pone demasiado fácil a los que hacen los “honest trailers”, Génesis roza constantemente el límite de lo ridículo, pero también tiene muy clara su condición de cine palomitero. Los efectos digitales son sencillamente impresionantes -el Schwarzenegger joven, creado enteramente por ordenador, podrá resultar chistoso a muchos, pero es un gran logro técnico- y la acción no se detiene en ningún momento, acumulando persecuciones, explosiones y toda clase de destrucción, sin duda para distraernos de los sinsentidos y los incontables agujeros narrativos. Génesis contiene algún rastro superficial de comentario crítico hacia la sociedad hiperconectada (¡las actualizaciones de sistema son el enemigo!), lo que contribuye a acercar aun más la saga a nuestro presente, y además, no es una película totalmente desprovista de emociones (los lazos afectivos de los personajes siguen siendo importantes), pero en su mayor parte se limita a hacer estallar cosas y a poner a sus personajes en un estado permanente de huída, algo que puede llegar a resultar agotador.

TERMINATOR GENISYS

Sin embargo, para aliviar el estrés provocado por la acción, Génesis contiene abundantes dosis de humor, función que recae principalmente en un Schwarzenegger dispuesto a hacer las monerías que hagan falta y a reírse de sí mismo sin inconveniente. No es que la comedia sea precisamente fina, pero sí es tan boba, incluso tan ochentera, que hasta tiene su gracia. Pero desafortunadamente, los actores carecen del carisma necesario para sobresalir por encima de la pirotecnia digital. Emilia Clarke no es mala Sarah Connor, y sale airosa mezclando las dos caras del personaje que nos mostró Linda Hamilton, pero en ocasiones le viene todo demasiado grande, lo que provoca momentos de sobreactuación y descontrol. Jai Courtney cumple como de costumbre con su despampanante presencia física (debidamente explotada), pero no tiene otras armas en su arsenal interpretativo. Y los secundarios que más juego podían haber dado, J.K. Simmons y Matt Smith, no solo están muy desaprovechados, sino que juntando sus escenas no ocupan ni dos minutos de metraje.

Terminator Génesis es el borrón y cuenta nueva de la saga. Un relanzamiento dirigido al espectador actual (y al futuro) que, a pesar de la nostalgia que acarrea y el homenaje a las películas de Cameron que lleva a cabo, pone patas arriba su mitología por conveniencia, lo que sin duda será todo un insulto para aquellos que guardan las dos primeras entregas en alta estima y se toman en serio su maquinaria interna. Para todos los que consigan pasar esto por alto, la película ofrece diversión, acción desquiciada y fuegos artificiales. Simplemente. Por mucho guiño al pasado que contenga, Terminator Génesis es un producto de nuestro tiempo, un reboot que rediseña la saga para un público menos exigente y busca sobre todo entretener y, por supuesto, lucrarse en taquilla. En un momento de la película, el villano le dice al T-800: “No eres más que una reliquia de una línea temporal borrada“. Y eso es exactamente lo que le ha pasado a la saga. Génesis es la solución que nos proponen para que Terminator siga envejeciendo, pero evite quedarse obsoleta. No es gran cosa, pero es la línea temporal que nos ha tocado.

Valoración: ★★★

Crítica: El padre (The Cut)

Tahar Rahim El padre

Después de varios años dedicado a documental y las películas de autoría colectiva (con el aparte que supone el largometraje de 2009 Soul Kitchen), Fatih Akin regresa a la trilogía titulada “El amor, la muerte y el diablo” para entregarnos su último capítulo. Iniciada con la aclamada Contra la pared (2004) y continuada en 2007 con Al otro lado, la trilogía se completa con El padre (The Cut), una odisea a lo largo de varios continentes con la que el director alemán (de origen turco) abraza la superproducción épica de corte clásico hollywoodiense.

El padre sería la parte correspondiente al diablo en ese tríptico sobre la condición humana que Akin ha compuesto a lo largo de una década, una historia que explora los claroscuros del ser humano, los límites entre la maldad y la bondad, y el dolor que una persona es capaz de infligir en los demás, ya sea por crueldad e inmoralidad intrínseca o como reflejo de la influencia de una fuerza mayor, en este caso un mundo en guerra.

Tahar Rahim (conocido por Un profeta o El pasado) es el padre que da título (en España) a la película, Nazaret Manoogian, hombre armenio de fe cristiana que inicia una búsqueda desesperada recorriendo medio mundo para encontrar a sus dos hijas. Antes, Nazaret sobrevive a los horrores del genocidio armenio a manos del imperio otomano a comienzos del siglo XX, perdiendo a su familia y su voz (en un arriesgado acto de misericordia de su verdugo que evita su muerte). Lo único que le queda es aferrarse a su fe, cada vez más debilitada, y a la esperanza de encontrar a sus hijas, después de averiguar que podrían estar vivas en algún lugar del mundo.

El padre The CutEl padre evoca a ratos al cine majestuoso de David Lean, tanto por la dimensión de la producción, rodada en impresionantes localizaciones de Asia, América y Europa, como por el espíritu de epopeya a través de los años protagonizada por un hombre. Dividida en dos secciones claramente diferenciadas, la película nos sumerge junto a Nazaret en la barbarie del genocidio, con una primera parte caracterizada por la angustia, la desesperación y el terror, para a continuación convertirse en una suerte de aventura intercontinental en la que seguimos al protagonista de un lado a otro del globo, como en una búsqueda del tesoro llena de pistas falsas. Durante su viaje, Nazaret se va encontrando a personas muy diferentes que vienen a reflejar la diversidad y heterogeneidad del espíritu humano, capaz de cometer las fechorías más atroces imaginables y a la vez los actos de bondad más conmovedores.

La odisea de Nazaret, escrita por el propio director en colaboración con Mardik Martin (Toro salvaje New York, New York de Scorsese, que ha elogiado fervientemente la cinta de Akin), nos cuenta un capítulo de la historia de Oriente menos conocido (por haber sido silenciado por Occidente durante muchos años) y sin duda menos explorado en el cine (aunque, casualmente este año también se haya abordado en una película de corte muy similar, El maestro del agua). Como hemos dicho, Akin le pasa a la historia el filtro hollywoodiense (no tanto como Crowe), llevando a cabo una película ambiciosa y envolvente, pero a la larga también convencional e incluso algo simplista (quizá no ayude que la “versión original” venga doblada en armenio), un trabajo muy lineal en el que el director no profundiza realmente en las emociones de su protagonista (Rahim cumple, pero no desgarra, aunque brilla en varias escenas, como la del cine). Cuando El padre se acerca a su final, después de vivir tantas vicisitudes y tormentos con Nazaret, esperamos catarsis, pero esta no llega. Así, la película se queda en nuestro recuerdo como un simple melodrama y una experiencia cinematográfica más básica de lo que debería haber sido.

Valoración: ★★★½