¡Concurso! Consigue la primera temporada de THE BLACKLIST

 Este concurso ya ha finalizado. Atentos a fuertecito no ve la tele para futuros concursos.

The Blacklist

La primera temporada de The Blacklist llega a España en Blu-ray y DVD de la mano de Sony Pictures Home Entertainment.

El ganador de tres Premios Emmy, James Spader (The PracticeBoston Legal), protagoniza el que ya se ha consolidado como uno de los thrillers criminales de acción más vistos esta temporada en la televisión norteamericana en abierto (es una de las series de mayor audiencia de NBC). Spader interpreta a Raymond Reddington, un fugitivo buscado por el FBI, que de pronto decide entregarse a las autoridades y ofrecerse a colaborar con ellos dándoles una lista de los criminales más peligrosos del mundo.

La serie también está protagonizada por Megan Boone (My Bloody Valentine), Diego Klattenhoff (Homeland), Ryan Eggold (90210, Beverly Hills), Parminder Nagra (Urgencias) y Harry Lennix (El Hombre de Acero). En España The Blacklist se emite en Canal + Series.

Para celebrar este lanzamiento y agradeceros vuestro apoyo continuado a fuertecito no ve la tele (que acaba de superar los 4.000 seguidores en Facebook) queremos regalaros un pack gratis de la serie, cortesía de Sony.

Para participar, lo único que tenéis que hacer es responder a esta sencilla pregunta:

¿QUÉ PERSONAJE DE FICCIÓN ESTARÍA EL PRIMERO EN VUESTRA LISTA NEGRA?

Podéis participar de dos maneras:

1. Respondiendo a la pregunta en esta entrada
2. Respondiendo en ESTA FOTO de la página de Facebook
 de fuertecito no ve la tele

Si contestáis en ambos sitios tenéis participación doble (podéis repetir respuesta).

Bases

Blacklist DVD– De entre todos los participantes elegiremos a un ganador (via Sortea2) que se llevará totalmente gratis 1 pack de The Blacklist – Temporada 1 en formato DVD. El ganador lo recibirá en su casa sin ningún gasto por su parte.

– El participante debe incluir su correo electrónico en el formulario de respuesta del blog (no aparecerá público) y se recomienda firmar con nombre y apellido (los pseudónimos son válidos). En Facebook no es necesario.

– Sólo contará una participación por dirección IP, las respuestas desde la misma IP con distinto nombre serán marcadas como spam. En Facebook solo se podrá participar una vez por cuenta personal.

– El plazo para participar en el concurso finaliza el viernes 10 de julio de 2015 a las 23:59 (hora peninsular española). El ganador será anunciado a partir del día siguiente en la página de Facebook de fuertecito no ve la tele.

– Concurso válido sólo para España (península e islas).

– fuertecito no ve la tele se reserva el derecho de modificar o anular el concurso si fuera necesario.

¡Mucha suerte!

Sinopsis

Durante más de diez años, el ex agente del gobierno Raymond Reddington ha sido uno de los fugitivos más buscados por el FBI en todo el mundo. Ahora, se ha entregado misteriosamente al FBI con una oferta muy especial: ayudará a atrapar a todo el que haya trabajado con él con la condición de hablar únicamente con Elizabeth Keen, una criminóloga novata que acaba de salir de la Academia del FBI con la que en teoría no tiene ninguna relación. (No recomendada para menores de 12 años y dirigida a un público de entre 18 y 49).

CONTENIDOS ADICIONALES EN BLU-RAY

–       Comentario del productor ejecutivo del capítulo piloto, Anslo Garrick, primera parte y Berlín: Conclusión

–       Desde dentro: Los secretos de la primera temporada

–       22 capítulos más allá de la lista

–       Origen: Así se hizo el piloto

–       Galería de delincuentes: en la lista

–       Dossier de los personajes: Raymond Reddington, Elizabeth Keen, Donald Ressler, Tom Keen, Harold Cooper, Meera Malik, Aram Mojtabai

 

CONTENIDOS ADICIONALES EN DVD

–       Comentario del productor ejecutivo del capítulo piloto, Anslo Garrick, primera parte y Berlín: Conclusión

–       Desde dentro: Los secretos de la primera temporada • 22 capítulos más allá de la lista

Crítica: La profesora de parvulario (Haganenet)

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Texto escrito por David Lastra

En su segundo disco, Los Fresones Rebeldes entonaban una bonita canción sobre la ilusión de ser profesora: “¡Qué alegría! Hoy vuelvo al cole, ya estoy lista, ya es la hora. Este año soy mayor y ahora soy la profesora”. Pero como de todos es sabido, la situación del sistema educativo dista de ser tan idílica, y un par de estrofas más, con su laciedad punk habitual, nos muestran la amarga realidad: “Esto no es tan divertido como me creía yo, estos críos me tienen frita, me estoy quedando sin voz”. Esa canción resume el día a día de Nira, protagonista de La profesora de parvulario (Haganenet), que vive atrapada en la monotonía laboral (y familiar) hasta que un buen día todo cambia radicalmente gracias a un fortuito descubrimiento: uno de sus pequeños compone sus propios ripios, y no lo hace nada mal.

Lejos de sonar infantiles, el renacuajo rima de una manera violenta, complicada y muy ágil, al más puro estilo beatnik. Las creaciones del pequeño Yoav se convierten en el mantra de su profesora de párvulos, despertando en la mujer un ansia atroz por conocer y poseer todos sus poemas, muriéndose por dentro por los que el niño esputa fuera del horario escolar. La fascinación de la profesora crece de tal manera que termina convirtiéndose en pura obsesión. Pero tranquilos, el director Nadav Lapid no quiere incomodarnos en ningún momento con escenas Cartel_LA_PROFESORA_DE_PARVULARIO_Altaque denoten ni un ápice de pederastia o mal gusto. La relación entre profesora y alumno está rodada de una manera aséptica, al más puro estilo hanekiano. El vínculo está basado en la devoción de la primera por el arte del segundo. Nada más. Es en esa ausencia de sensacionalismo y carnaza, añadida a la impecable interpretación de Sarit Larry, lo que hace que la capacidad empática del espectador para con la lucha de la profesora sea casi plena o cuánto menos comprensiva.

La profesora hace propio el dicho maquiavélico por excelencia: la proclamación de la poesía de su protegido a escala mundial justifica el más que probable daño a la inocencia del infante y los mil y un problemas morales que acarrean sus acciones. Pero no solo es esa necesidad de salvar al mundo de la ignominia de la estupidez humana la razón de sus actos, también encontramos rastros de la clásica autorrealización del adulto ahogado en su mediocridad a través de un menor prometedor, pero lo dicho, gracias al trabajo de la actriz protagonista, justificamos en gran medida ese crimen.

La profesora de parvulario (Haganenet) es una oda a la creación y al progreso de la humanidad a través de la labor de los educadores pero llevado al extremo, con grandes dosis de enajenación, pero sin perder su carácter realista.

Valoración: ★★★

Outlander y la esclavitud emocional del espectador

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Starz es una cadena de televisión en permanente búsqueda de su identidad propia para competir con otros canales premium, como la todopoderosa HBO o Showtime. Spartacus puso a Starz en el mapa e inició una tendencia hacia la ficción histórica en su programación que le ha ayudado a crear una imagen de marca. Sin embargo, sus productos siguen sin trascender de verdad en la comunidad seriéfila mayoritaria y la crítica, quizá porque aun dependen demasiado del reclamo del sexo y la violencia “fácil” para llamar la atención de la audiencia, como hacía Showtime con sus series de producción propia hace una década (o todavía, según se mire). Outlander es una de las ficciones más recientes de Starz, y puede que esta sea la apuesta que marque un antes y un después en la cadena, que prepara una interesante nueva etapa más arraigada en la fantasía con las esperadas American GodsAsh vs the Evil Dead.

Basada en la saga literaria Forastera de Diana GabaldonOutlander es un drama histórico con base de ciencia ficción que nos cuenta la historia de Claire Randall (Caitriona Balfe), enfermera de guerra británica en 1945 que es transportada atrás en el tiempo hacia 1743 durante su luna de miel en Inverness, capital de la región escocesa de las Highlands. Claire se ve sumida de repente en un mundo desconocido y hostil donde su vida corre peligro. Sin embargo, su carácter resoluto, sus destrezas “modernas” y su instinto de supervivencia la ayudan a adaptarse a la situación y a ganarse la confianza de los habitantes de Inverness, que temen que esta “Sassenach” sea una espía de los británicos o una bruja (por los “poderes” curativos que pone en práctica). Claire vive en cautiverio, vigilada por el jefe del clan Dougal McKenzie (Graham McTavish), lo que le obliga a aprender a convivir con los escoceses mientras intenta escapar al lugar de donde provino para intentar cruzar el “portal” de vuelta a su tiempo. Sin embargo, cuando conoce a Jamie (Sam Heughan), apolíneo y galante guerrero escocés con el que debe casarse para protegerse de los británicos, su corazón se ve dividido entre dos hombres y dos épocas.

Outlander maneja con mucha soltura y elegancia varios géneros. La serie, creada por Ronald D. Moore (responsable de la Battlestar Galactica moderna), dosifica con cuentagotas los elementos fantásticos (como en las primeras temporadas de Juego de Tronos), dando más énfasis a la aventura histórica, el drama de época y sobre todo el romance. La fuerza de Claire y su determinación por volver a casa, clásico lugar común de la aventura y los viajes en el tiempo, es lo que pone en marcha la historia, pero es su apasionada historia de amor con Jamie lo que le da cuerda durante los 16 episodios que conforman la primera temporada. Claro que no sería justo reducir la serie solo a eso. Resulta especialmente interesante ver cómo Claire se adapta a una sociedad muy distinta de la suya, arcaica y puramente patriarcal, en la que las mujeres son posesiones del hombre y no tienen derechos, uno de los temas centrales de la serie. En lugar de adaptarse aceptando la sumisión, Claire conserva su independencia en la medida de lo posible y se impone a la autoridad masculina del lugar dejando claro que es una mujer adelantada a su tiempo y alzándose así como una de las heroínas televisivas más destacadas del momento.

Claire Jamie

Ajustarse a su nueva realidad no será una tarea fácil, ni siquiera con su nuevo esposo, (inocentemente) educado en la convicción de que una mujer debe obedecer en todo a su marido y jamás deberá cuestionar su autoridad. La diferencia entre Jamie y la mayoría de los hombres de Outlander es que este tiene buen corazón, y posee la capacidad necesaria para salirse de los esquemas sexistas de la época y aprender con Claire a escuchar y comportarse caballerosamente sin menospreciar a la mujer. Esto conlleva primero un juego de poder que se traslada a la alcoba y se convierte en la fantasía erótica femenina heterosexual por excelencia (la serie se adentra en los terrenos de la novela rosa muy a menudo, y no lo digo como crítica, sino como advertencia para quienes tengan alergia al género). Hacia la mitad de la temporada, Outlander se ganó su fama de serie muy caliente, provocando sudores y sofocos a pesar de ambientarse en un lugar frío como las Tierras Altas de Escocia. Claire y Jamie hacen honor a eso de la “Fase Luna de Miel” y nos regalan desnudos por doquier y secuencias de sexo con el poder de ruborizar y por supuesto excitar a la audiencia (se puede ver el fuego entre ellos). Vamos, que es recomendable (incluso inevitable) ver Outlander tocándose. Al menos hasta que da comienzo su recta final.

Porque a pesar de que las cosas nunca son fáciles para Claire, no es hasta los últimos tres episodios cuando su aventura se vuelve realmente horrible. Moore nos prepara un clímax prolongado que no, no es el tipo de “clímax” que estáis pensando. Después de ser salvada en el último segundo en varias ocasiones (una herramienta narrativa de la que Outlander abusa demasiado), es nuestra protagonista la que debe salvar a su amado de las garras del villano de la función, el temible Jonathan ‘Black Jack’ Randall (antepasado del marido de Claire en el Siglo XX que comparte su apariencia con él y es interpretado magníficamente por el mismo actor, Tobias Menzies). Randall deja a cualquier malvado televisivo actual a la altura del betún, lo suyo es sadismo puro, peversidad y depravación, desviaciones que provienen de un deseo y un anhelo carnal pero, al contrario que en muchas otras ficciones modernas, no lo humanizan. Randall es un monstruo sin cualidades redentoras que interrumpe el idilio de Claire y Jamie para torturarlos sin piedad y sumirlos en una pesadilla de la que ya no será tan fácil escapar.

Jonathan Randall

Outlander demuestra desde el comienzo que no es una serie que vaya a andarse con remilgos (ya hemos mencionado los desnudos, con plano detalle de genitales incluido), pero en más de una ocasión está a punto de sobrepasar el límite (según la sensibilidad de cada uno, probablemente lo hará muchas veces, probablemente ninguna). Si entramos en la historia que nos está contando Moore y conectamos con sus personajes, lo más posible es que acabemos convirtiéndonos en sus rehenes, en esclavos emocionales de la serie. Hallamos placer masoquista en el sufrimiento que vivimos con estos personajes, pero quizá Outlander se recrea mucho (¿demasiado?) en la violencia sexual (y en la no sexual); en este aspecto, la serie es muy explícita, brutal, y todo lo gráfica que puede ser (muchos no soportarán la visión de la carne desprendiéndose de la espalda de Jamie al ser víctima de los 100 latigazos de Randall). Sin embargo, Ronald D. Moore no se ha llevado los palos que ha sufrido George R.R. Martin por Juego de Tronos esta temporada (de hecho, muchos llaman a Outlander la “anti-Game of Thrones”). En parte porque no goza de la repercusión del éxito de HBO, pero también porque, en teoría, Outlander trata el tema con más tacto, sin usarlo como un mero recurso para impactar (algo cuanto menos cuestionable teniendo en cuenta la mencionada tortura final), y porque explora de verdad las consecuencias de la violación (esto es más cierto, aunque habrá que ver cómo se desarrolla la segunda temporada para sacar conclusiones definitivas). Polémicas aparte, lo que está claro es que Outlander forma parte de la tradición clásica de la novela fantástica ambientada en un mundo medieval o preindustrial, donde las damiselas en peligro, los rescates caballerescos y los finales felices son bienvenidos, pero no reduce a sus personajes a esto ni se deja llevar demasiado por los acomodaticios clichés del género. Por el contrario, conduce el relato más allá, transgrediendo cuando tiene que hacerlo (o cuando quiere, que es igual de importante), e invirtiendo los roles y las expectativas en varios momentos clave.

Outlander ha conseguido cerrar una primera temporada sobresaliente y preparar el terreno para una segunda muy prometedora. Puede que estemos ante una de esas series que no son tan, tan maravillosas como su enfervorizado fandom se empeña en decir (en Internet se magnifica todo), pero definitivamente merece la pena dejarse llevar por su magnetismo. Los actores, especialmente la pareja protagonista, Caitriona Balfe y Sam Heughan, están impresionantes (y no hablo solo sus físicos, que también), la música es una gozada (del opening, imposible de sacar de la cabeza, al score del siempre entregadísimo Bear McCreary), disfrute sin duda comparable al de escuchar los acentos de los personajes (sobe todo si se es filólogo o britófilo), y por supuesto sobra decir lo agradable que es a la vista (de nuevo, no hablo de los cuerpos, que también), gracias a esos paisajes escoceses de arrebatadora belleza. Pero sobre todo, Outlander atrapa con una historia llena de giros que satisface tanto en su forma más episódica (por ejemplo, el mejor capítulo de la temporada con diferencia, “The Devil’s Mark”) como en su arco general (muy bien narrado y distribuido a lo largo de los 16 episodios), y crea adeptos (y fetichistas de las faldas escocesas) abordando todos los aspectos de la serie con una pasión que traspasa la pantalla.

Veep: Dios salve a Selina Meyer

Veep. Dios salve a Selina Meyer

Texto escrito por David Lastra

25 de febrero de 2015. Hete aquí me encontraba una vez más muerto y desvalido: otra de mis comedias había muerto. Parks and Recreation abandonaba las pantallas de la NBC para no volver nunca más (vale, el episodio doble final se emitió un día antes, pero ya saben cómo funcionan los torrents y las diferencias horarias). Leslie Knope me dejaba tirado del mismo modo que Liz Lemon un par de años antes y que Nancy Botwin el aciago verano de 2012. Solo y abandonado frente a la astenia primaveral, sin una buena comedia de cabecera que llevarme a los ojos. El panorama se presentaba deprimente cuanto menos: mis sista de Broad City no volverían hasta 2016, Childrens Hospital me decepcionaba con su temporada más floja, Community daba algún que otro destello, Silicon Valley avanzaba (o no) a trompicones,… La confirmación del fin del mundo vino de la mano de la conclusión de Mad Men, que no es una comedia al uso como las anteriormente citadas, pero la serie de Matthew Weiner ha demostrado durante sus siete temporadas que puede ser lo que quiera y más. ¿Y ahora qué?

El vacío. Tanto en el USB, como en la cabeza. Mil series por visionar, revisionar, binge watching o lo que sea, pero yo lo que quería era una comedia de 24 minutos. Esa cita semanal con un mundo loco y absurdo que haga que mi cabeza explote y me ría como un gilipollas. Todo era desesperación hasta que una tarde cualquiera volvió a mis manos mi pack de la primera temporada de Veep. Cuando se estrenó, la serie de Armando Ianucci había sido una de mis apuestas fuertes que quedó en nada, en mi agenda, claro está). Para obligarme a verla, compré ese pack, pero aquellos/as que me conozcan sabrán que ese hecho no conlleva la seguridad de que vaya a verlo de inmediato (o en la década siguiente). Pero, oh, Dios de Muchos Rostros, el reencuentro ha sido homérico. Bienvenidos a la historia de amor más grande jamás contada. Este es el relato del atracón que me he pegado de las cuatro temporadas de Veep en menos de un mes y cómo ha pasado a ser una de las mejores comedias de la historia sin morir en el intento. No estoy siendo exagerado, pero entiendan que no es amor lo que siento por esta comedia de HBO, es pura obsesión.

Veep. Dios salve a Selina Meyer

Lo primero es preguntarse quién está detrás de Veep. Como ya hemos apuntado, un viejo conocido, Armando Ianucci. Creador de The Thick of It (BBC) y candidato al Oscar por el guión de In The Loop. Mientras afrontaba el remake estadounidense de la primera y tras una negativa por parte de ABC, Ianucci decidió dar una vuelta de tuerca a la propuesta original creando un nuevo piloto. No se alejaría de la temática en la que más a gusto se siente: la sátira política; pero sí que llevaría a cabo un cambio en cuanto a la gran protagonista de la serie.

El planteamiento de Veep es sencillo: cual nimio becario, seguimos el día a día de la oficina de la señora vicepresidenta de los Estados Unidos de América. Pero lejos de lo que pueda parecer, el glamour de la política es pasajero y lo que prima en el día a día de la administración política son las cagadas, tanto las que trascienden como las que no. Episodio a episodio, veremos el ascenso de Selina Meyer, desde el “ostracismo” del segundón a la primera plana en plan princesa por sorpresa. ¿Méritos? Tener mucho aguante y sobrellevar como puede los mil y un errores tanto de su equipo (no se salva ni la cuadriculada Sue, su secretaria personal), como de los demás habitantes del ala oeste (Jonah, ese hombre), de su familia (exmarido e hija bocazas) y de ella misma, que Selina no es ninguna santa.

Veep. Dios salve a Selina Meyer

Hija directa de la Sarah Palin de Tina Fey en Saturday Night Live y del absurdo de Arrested Development y, especialmente, 30 Rock, también con la citada Fey, Selina Meyer es el epítome del cáncer de la política. Despreciable e interesada, logra seducirnos desde el primer minuto para cometer todo tipo de crímenes contra quien sea con tal de que ella consiga lo que quiere: la presidencia de los EE.UU. Julia Louis-Dreyfus, icónica Elaine de Seinfeld, es la encargada de dar vida a esta gran mujer. Gracias a Meyer, lleva un más que merecido pleno (tres de tres) en los Emmy a la mejor actriz de comedia. Como curiosidad, cabe destacar que ella ha participado en las tres anteriores referencias: fue la traicionera abogada cegarruta Maggie Lizer en Arrested, la doble de cámara de Liz Lemon en el episodio en directo de 30 Rock, y cómica mil y un veces en SNL.

Selina es el centro del universo. Todo lo bueno y lo malo orbita a su alrededor. Ella es el Sol. Ella es Beyoncé, como dice el propio Gary, bagman y esclavo oficial. ¿Es la señora Meyer el paradigma de la nueva mujer? ¿El feminismo era esto? Rotundamente sí. Esta serie es feminista 100%, sin atisbo alguno de hembrismo. Meyer se suma a la cada vez más larga lista de mujeres con un par de ovarios que pueblan la pequeña pantalla. Féminas como Alicia Florrick, Hannah Horvath, Carrie Mathison, Meredith Grey, Olivia Pope, Melisandre de Asshai o Claire Underwood. La fuerza feminista de Veep radica en mostrarnos que una mujer es tan mala como un hombre, que una mujer es capaz de aplastar toda resistencia y manipular a toda una nación, pero sin caer en la estereotípica correlación entre los conceptos de mujer malvada y poder.

Pero no olvidemos en ningún momento que estamos hablando de una comedia, cosa que Ianucci y su equipo de guionistas se encargan de recordarnos en cada escena. El chanchulleo de Meyer & co. es tan grotesco que hace que no perdamos la sonrisa en ningún momento, si acaso únicamente para ser sustituida por una cara de asombro o una sonora carcajada. Tampoco caigamos en el cateto error de menospreciar la verosimilitud de Veep por ser una comedia. realmente el esperpento que muestra esta serie es mucho más realista que el dramón shakespiriano de House of Cards. Partiendo del hecho que tanto la producción de HBO como la de Netflix son dos obras de ficción basadas en acontecimientos reales, me creo más los tejemanejes, cagadas y ascensos de Meyer que las enrevesadas conspiraciones ultradramáticas de los Underwood.

Ese citado esperpento es la mejor manera de mostrarnos la deformidad de la situación política de los últimos años. Aunque tristemente podríamos extrapolar las líneas argumentales y situaciones de Veep a cualquier momento de la historia moderna, tanto pasado, presente como futuro. Realmente, la atemporalidad en esta serie podría haber funcionado tan bien como la decisión de no mostrarnos en ningún momento el partido político que defiende Meyer (aunque en la conclusión de la cuarta temporada vemos el color de formación en los gráficos televisivos).

Veep. Dios salve a Selina Meyer

Veep es una serie que combina perfectamente el humor elegante con lo extremadamente burdo y cafre. En cada episodio podemos experimentar la riqueza de la expresión dialéctica del idioma anglosajón, gracias a los mil y un gags sexualmente vejatorios, chistes y comentarios machistas, antisemitas, homófobos, racistas, etc. Pero aunque los gags verbales primen sobre los visuales, son los pequeños gestos de los personajes los que protagonizan los momentos más memorables de la serie. No podríamos comprender a Selina Meyer si no presenciásemos su cara de asco. Esa deformación facial no solo provoca risotadas, sino que despierta una compenetración total del espectador para con la vicepresidenta. Al igual que la cara petrificada de pánico de Amy Brookheimer (increíble Anna Chlumsky, mi personaje favorito), la desconfianza desde la distancia de la cara de pez de Gary (Tony Hale no repite su Buster Bluth, va más allá), la media sonrisa nerviosa de Dan (despreciablemente cautivador Reid Scott), la boca medioabierta del icónico Jonah Ryan (Emmy para Timothy Simons, por favor), las cejas de Tom Janes (un resucitado Hugh Laurie) o la increíble sumisión y languidez en segundo plano de la mismísima Primera Hija de los Estados Unidos, Catherine Meyer (impecable e infravalorada Sarah Sutherland. Robaescenas que junto a Chlumsky merecen otro par de galardones).

Uno de los aspectos más destacables de Veep es el poco amor de Ianucci hacia sus personajes. No me malinterpreten, lo que quiero decir es que, al más puro estilo George R. R. Martin, aquí nadie tiene su posición asegurada. En cada una de las cuatro temporadas de la serie, todos los personajes son puteados hasta la saciedad y empujados hacia una infinidad de callejones sin salida, que nos desesperan tanto como a ellos y nos hacen temer por su futuro. Una angustiosa situación que podría haber dañado a a serie, pero que gracias a una planificación de personajes impecable, los guionistas no tienen que recurrir a ningún deus ex machina que valga para seguir sorprendiéndonos.

Habemus comedia del siglo. Habemus Veep. Ahora toca esperar un largo año para conocer las nuevas desventuras de la administración Meyer en esta su quinta temporada, la primera temporada sin Ianucci como showrunner. No hay miedo, siempre que Selina Meyer tenga el maletín con los códigos para autorizar el uso de armas nucleares.

iZombie: Con la vida en los talones

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El mundo es un lugar mejor desde que Buffy Summers y Veronica Mars aparecieron. Las dos (junto a Xena, claro) allanaron el camino para todas las protagonistas femeninas y heroínas televisivas que llegaron después. Sin embargo, últimamente echábamos de menos más personajes como ellas en las series. Y parece que no éramos los únicos. Las cadenas que fueran el hogar de Buffy y Veronica (WB y UPN) se fusionaron para dar lugar a la CW, hermana pequeña de las networks que últimamente parece más bien The DC Channel, y ante la invasión de superhéroes provenientes de las páginas del cómic, se dieron cuenta de que en la plantilla faltaba una rubia peleona de las suyas.

De ahí que CW adquiriese los derechos de iZombie, cómic de Vértigo (filial de DC, claro) creado por Chris Robertson y Michael Allred, con la idea de realizar una serie que llenase ese vacío. iZombie nace para recuperar, o preservar, según se mire, el espíritu de Buffy y Veronica, y quién mejor para ponerse al frente del proyecto que uno de los padres de las dos criaturas, Rob Thomas, creador de Veronica Mars. Junto a Diane Ruggiero-Wright (co-productora de VM), Thomas ha convertido las iconoclastas viñetas diseñadas por el imprescindible Mike Allred (que también ha dibujado la secuencia de créditos de la serie) en un drama procedimental fantástico que adopta el estilo de la cadena, llevando a cabo sustanciales cambios con respecto al cómic.

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iZombie (la serie) está protagonizada por Olivia Moore, más conocida como Liv Moore (“Live More”, ¿lo pilláis?), una estudiante de medicina de Seattle cuya vida da un giro de 180º al convertirse en zombie después de sufrir un ataque durante una desastrosa fiesta a bordo de un barco. Liv corta con su novio, Major (Robert Buckley), y deja el hospital donde está haciendo la residencia para irse a trabajar al depósito de cadáveres (en el cómic Liv se llama Gwen Dylan y trabaja como sepulturera). Allí tendrá acceso al único alimento con el que podrá conservar su aspecto humano y evitar convertirse en un monstruo: cerebros humanos. Y aquí viene el giro (es un decir), al comerse el cerebro de una víctima, Liv recibe sus recuerdos (en forma de visiones al estilo Cordelia Chase) y adopta su personalidad y habilidades, “superpoderes” que utilizará para ayudar al departamento de Homicidios de la policía a resolver casos complicados.

Lo que han hecho Thomas y la CW con esta serie es aprovechar la época dorada de los zombies en televisión para realizar un producto que, aunque técnicamente puede adscribirse al género Z, es en realidad otro tipo de “animal” televisivo. iZombie hace mucho más que recuperar el espíritu de Veronica Mars. En cierto modo, iZombie es Veronica Mars otra vez. Thomas no se ha quebrado mucho la cabeza desarrollando el concepto de su primera temporada, y se ha limitado a repetir el mismo esquema de VM, revistiéndolo de algo nuevo con el tema zombie. Tenemos a la protagonista ingeniosa y perspicaz (Rose McIver, a la que le cuesta un poco coger el tono a su personaje al principio pero acaba dominándolo), una fiesta a la que regresamos continuamente para descubrir nuevos datos sobre un misterio central, y una estructura de caso de la semana que ocasionalmente dará paso a un arco central al que se dedicará el final de la temporada (esto último ya no es cosa solo de VM, sino de cualquier procedimental que se precie). Es todo muy 2005, tramas, humor, referencias a la cultura popular, incluso banda sonora. Está claro que Thomas sigue viviendo en ese año.

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Pero eso no es todo, iZombie es una serie de zombies que en realidad es una serie de vampiros. Ya hemos visto a los muertos vivientes recibir el tratamiento vampiresco “pop” antes (Warm Bodies, In the Flesh), pero en iZombie tenemos a un tipo de zombie incluso menos arraigado en la tradición del género, más cercano a lo que Buffy y Angel hicieron con el mito de los chupasangres. Liv lucha por controlar a la criatura monstruosa que lleva dentro y debe renunciar al amor y el sexo con los vivos (el pobre Major, que las pasa canutas toda la temporada por su culpa), conflicto interno que define al primer (y verdadero) amor de Buffy. Los zombies civilizados que vemos en la serie acuden a carnicerías para abastecerse de cerebros de animales y evitar así la tentación de matar humanos. Incluso estéticamente se parecen más a los vampiros. La tez pálida sustituye a la carne podrida (esta se reserva a los zombies deshumanizados), dando lugar a las típicas situaciones y chistes que encontramos en las ficciones vampíricas. Pero ahí no se detienen las comparaciones, en iZombie también hay villano de rubio oxigenado, Blaine, aunque ya quisiera David Anders tener un cuarto del carisma de Spike.

Sin embargo, lo peor de iZombie son los casos, demasiado convencionales, aburridos y sobre todo predecibles. Narrativamente, la serie es muy mecánica y repetitiva, y todos los capítulos están escritos con la misma plantilla (usada en mil y una series antes que ella). Los guiones son excesivamente cándidos y nos vemos venir los giros a kilómetros de distancia. Por ejemplo, en casi todos los episodios es muy fácil identificar al asesino, porque siempre será un personaje aparentemente insignificante que aparece al principio de la forma más sospechosamente casual y desaparece hasta el final, cuando se requiere de nuevo su presencia para dar la “sorpresa”. Después, ese asesino o asesina confesará su crimen (sin abogado) explicando sus actos y motivaciones con todo lujo de detalles (como en Detective Conan). Es el modelo BonesCastle, investigación criminal de usar y tirar con aire de comedia ligera, pero con el toque juvenil de CW y un trasfondo sobrenatural.

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Y ahí está la clave para llegar a disfrutar iZombie. No es una serie a la que se le pueda pedir demasiado. Al menos no por ahora. Recordemos que Veronica Mars también necesitó su tiempo para pasar de esa etapa de casos de la semana y convertirse en algo más. Si asumimos su naturaleza de serie de planchariZombie es perfecta para cubrir ese hueco de ficciones de fácil digestión que muchos necesitamos (por ejemplo, yo la veo durante la comida). Pero es que además, potencial para trascender esa etiqueta no le falta (otra cosa es que lo haga), como hemos visto en la season finale, “Blaine’s World“, (relativamente) sorprendente episodio con un par de escenas impactantes (pero de verdad, como la que protagoniza Major en la carnicería) y cambios interesantes que plantean una segunda temporada con más mitología.

Por suerte, iZombie ha ido progresando adecuadamente a lo largo de sus 13 primeros capítulos y ha remontado en su recta final. McIver (a la que ya vimos en Play It Again, Dick) está cada vez mejor, y la serie cuenta con personajes secundarios muy acertados, como el británico Ravi (Rahul Kohli), sin duda el más divertido del reparto, o el ya mencionado Major, que ha pasado de ser pura carnaza (si Robert Buckley está ahí para algo es para descamisarse todas las semanas) a convertirse en un personaje mucho más definido y con una de las tramas más destacadas de la serie. La química entre todos ellos es estupenda y los demás personajes tienen buena base (espero que aprovechen mejor al hermano y la compañera de piso de Liv el año que viene), pero la serie no termina de cuajar. Después de los acontecimientos de la finale, la segunda temporada promete subir la apuesta y aumentar el drama, y aunque quizás yo esté ya muy mayor para una serie como esta, me quedaré para ver cómo evoluciona. Solo espero que cuando no estén con el arco principal se esfuercen un poco más con los casos de la semana para que no me arrepienta. Thomas, espero que aceptes el reto. Te lo pide un marshmallow.

Crítica: Jurassic World

Jurassic World 1

Todo el mundo recuerda perfectamente lo que sintió la primera vez que vio Parque Jurásico. Asombro, fascinación, miedo, euforia. Son emociones muy concretas a las que la generación de treinta y cuarentañeros se aferra con fuerza hoy en día, algo que la industria del cine sabe. El negocio de la nostalgia está en auge, y Hollywood no hace más que rendir pleitesía a esta generación (la que, en teoría, se gasta el dinero intentando no perder para siempre esa niñez que tanto valora). De ahí que este sea el momento idóneo para abrir de nuevo las puertas del parque. Jurassic World supone el regreso a la Isla Nublar después de 22 años, y las cosas han cambiado mucho por allí desde entonces.

El espectador ya lo ha visto todo y sorprenderlo es más difícil que nunca. Colin Trevorrow, director de la muy estimable Seguridad no garantizada y adolescente de 17 años cuando se estrenó Parque Jurásico, parte con esta desventaja a la hora de ponerse al frente del reboot jurásico. Trevorrow sabe que es completamente imposible repetir lo que supuso el clásico de 1993 para toda una generación (es decir, lo que supuso para él), así que se centra sobre todo en realizar un blockbuster veraniego con el principal objetivo de hacer pasar un buen rato en el cine. Y lo cierto es que, a pesar de pequeños fallos en el sistema, la operación ha sido todo un éxito. Por eso, después de pensarlo bien, he decidido avalar el parque.

Jurassic World 3

Jurassic World es un continuo homenaje a Parque Jurásico, pero juega muy bien la carta de la nostalgia, evitando en todo momento ser fagocitada por ella. Los guiños a la película original son muy abundantes. No solo nos encontramos innumerables referencias visuales (reliquias del primer parque, una estampida de gallimimus, el célebre plano del espejo retrovisor o la bengala por solo nombrar unas pocas) o diálogos réplica (el obligado “No hemos reparado en gastos” o el icónico “¡Corre!” de Laura Dern), sino que Jurassic World repite tal cual el esquema narrativo de la primera, calca algunas de sus secuencias más célebres (el ataque del Rex a los niños en el coche, el clímax en el Centro de Visitantes) e incide en los mismos temas sin apenas variación: el hombre jugando a ser Dios, el instinto de protección maternal (paternal en PJ), la evolución de las especies, la imposibilidad de controlar la naturaleza… Ya sabéis, “la vida se abre camino“. Pero aun con su constante reiteración, Trevorrow logra que la película se mantenga fresca y sea algo más que un remedo de la original, rejuveneciendo por completo la franquicia. Y lo hace dotándola de grandes dosis de autoconsciencia. Que para eso es 2015.

La premisa de Jurassic World es sencilla: la visión de John Hammond (que también tiene su homenaje) ha sobrevivido a pesar de las tragedias acontecidas en Las Cinco Muertes (el archipiélago donde se desarrolla la saga), y el parque ha conseguido abrir sus puertas al público. Jurassic World funciona bien durante diez años, pero las visitas empiezan a caer en picado. “Los dinosaurios ya no sorprenden a nadie“, así que los científicos del parque se ven obligados a crear una nueva atracción para volver a captar la atención del público: un terrorífico dinosaurio híbrido, el Indominus Rex. Sin embargo, el plan no sale según lo esperado y evidentemente desemboca en desastre. No hace falta prestar mucha atención para pillar la idea. Jurassic World se apunta a la tendencia meta del cine actual, equiparando la experiencia de los visitantes al parque con la de los espectadores de la película, dirigiéndose a ellos para comentarles lo que está haciendo: “Sabemos que estáis de vueltas de todo y los dinosaurios ya no son guays, pero vamos a encontrar la manera de que os lo paséis genial igualmente”. No es como ver Parque Jurásico por primera vez, pero su espíritu y sentido de la maravilla están ahí, y podemos notarlo.

Jurassic World 4

Jurassic World es un blockbuster del siglo XXI, y así es como hay que verlo, evaluando el tipo y grado de diversión que proporciona, más que su originalidad o trascendencia, algo que desde un principio se asegura en advertirnos que no es su propósito. Exceptuando algún diálogo aburrido (aunque suponemos necesario) sobre los inversores del parque o la trama de InGen, la película mantiene un ritmo trepidante hasta el final y consigue que no queramos quitar ojo de la pantalla en ningún momento (solo el muy agresivo product placement está a punto de estropearlo todo). A pesar de su escasa experiencia, Trevorrow es un director ágil, y maneja muy bien la tensión, enlazando además fantásticas escenas de acción con los dinosaurios en las que, oh milagro, distinguimos lo que está ocurriendo (apoteósico el último ataque del Indominus). Pero además, hace un uso excelente del humor, sin rastro de cinismo y con geniales pinceladas de comedia en los sitios adecuados, logrando con todo ello que la película esté viva y en constante movimiento.

Aunque los actores de carne y hueso son lo menos importante de Jurassic World y los personajes son más bien arquetipos andantes, el reparto cumple de sobra. La protagonista y reina de la película es sin duda Bryce Dallas Howard (aka Not Jessica Chastain), que da vida a Claire, gélida y estricta jefa de operaciones del parque que hará frente a la dino-crisis entrando en acción y sin quitarse los tacones en ningún momento (brava). Luego está el omnipresente Chris Pratt, que afortunadamente no hace por tercera vez consecutiva de Andy Dwyer/Peter Quill/Chris Pratt, sino que interpreta (con bastante gracia también) al “macho alfa” de Jurassic World, “domador” de velociraptors y de mujeres (no miento). Los niños de la película, Ty Simpkins y Nick Robinson son otro acierto de casting, en especial el pequeño, reencarnación (muchísimo menos repipi) de Tim ‘He vomitado’ Murphy. Del irrelevante plantel de personajes secundarios destacan Jake Johnson (meta-voz de la película y estupendo alivio cómico) y Lauren Lapkus, dúo que protagoniza una de las escenas más hilarantes del film. Por último, Vincent D’Onofrio encarna al villano de la película, el aspecto más descuidado del guion, un personaje desdibujado cuyo plan malvado y motivaciones resultan confusos, además de poco o nada interesantes.

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Siguiendo con el tema de los personajes, después de ver Jurassic World hay que reconocer que Joss Whedon no iba desencaminado en su crítica al sexismo en la película (aunque él valorara una sola escena y luego su Viuda Negra lo dejara en evidencia). La cinta de Trevorrow tiene cierto aire conservador y recurre a unos cuantos estereotipos rancios que empañan ligeramente el resultado, sobre todo en lo que respecta a Claire, personaje configurado a base de tópicos atribuidos tradicionalmente a la mujer en el cine (la maternidad como vía para alcanzar la plenitud personal o la importancia del romance) y a cómo está dibujada su relación con Owen (Pratt), fundamentada en la dependencia y la subordinación. No obstante, este problema no llega a estropear la diversión (a menos que seas Alison Bechdel), gracias a que Howard y Pratt abordan sus personajes despertando simpatía en todo momento.

Dejando esa cuestión a un lado, Jurassic World es todo un triunfo del cine palomitero, la experiencia “parque temático” completa (para esta tampoco han reparado en gastos y se nota). No es una película excesivamente profunda en ningún sentido (ni pretende serlo), pero sí es inteligente cuando tiene que demostrarlo, y también ridícula cuando tiene que serlo (la trama de los velociraptors adiestrados es tan rocambolesca como esperábamos). Trevorrow ha orquestado un espectáculo de primera calidad que admira y respeta la visión original de Spielberg y a la vez la renueva, hablando el idioma de las superproducciones actuales. Jurassic World es la mejor entrega de la saga desde Parque Jurásico (no era difícil), un producto que se dirige con claridad a varias generaciones usando una sola voz, y que, ya que no puede reproducir lo que supuso la película original, se asegura al menos de que todos lo pasemos como niños viéndola. Solo le falta que los dinosaurios parezcan estar ahí de verdad, como el T-Rex de 1993. Pero supongo que eso ya era pedir demasiado.

Valoración: ★★★★

Crítica: Lejos del mundanal ruido

Carey Mulligan Lejos del mundanal ruido

Lejos del mundanal ruido (Far from the Madding Crowd), célebre novela del escritor inglés Thomas Hardy, ha sido llevada al cine en varias ocasiones. La adaptación más conocida es quizá la de 1967, dirigida por John Schlesinger, con Julie Christie y Terence Stamp, aunque la versión televisiva de 1998 también está bien considerada. Thomas Vinterberg (Celebración, La caza) es el último director encargado de llevar de nuevo la historia a la gran pantalla, con el debido tiempo prudencial entre adaptaciones (que cada vez se respeta menos) y una sensibilidad quizás más modernizada, que da mayor énfasis al tema del empoderamiento femenino (aunque no esté interesada en profundizar demasiado en él) y condensa las casi 500 páginas del libro en un film pensado para todos los públicos.

La joven y testaruda Bathsheba Everdene (Carey Mulligan) hereda la finca de su tío, una de las mejores granjas en kilómetros a la redonda, convirtiéndose así en una mujer acaudalada. En lugar de contratar a un superindentende, Bathsheba decide gestionar ella misma el lugar, demostrando así su autonomía y competencia como mujer de negocios en una sociedad que no está habituada a ver una mujer al mando. La granja sale adelante gracias a la perseverancia de la muchacha y a la familia de empleados y asistentes de la que se ha rodeado. Sin embargo, mientras la cabeza de Bethsheba está ocupada en menesteres administrativos, los pretendientes se amontonan a sus pies.

Lejos del mundanal ruido está vertebrada por la relación que Bathsheba entabla con tres hombres completamente distintos entre sí, que desean casarse con ella por diferentes motivos. Gabriel Oak (Matthias Schoenaerts), honesto pastor de ovejas que, tras perder su rebaño, entra a formar parte del personal de la granja de Bathsheba, un tiempo después de ser el primero en pedirle matrimonio sin éxito. Su vecino, William Boldwood (Michael Sheen), maduro y adinerado solterón que, aterrado por la idea de acabar solo, trata por todos los medios de que la joven se case con él. Y por último, Frank Troy (Tom Sturridge), apuesto y turbio sargento que, gracias a su magnetismo sexual, gana terreno a los pretendientes rechazados y logra llevarse a Bathsheba al bosque. Básicamente, Lejos del mundanal ruido es la Sexo en Nueva York del siglo XIX, la historia de una mujer orgullosa y recelosa de su independencia, cuya vida sin embargo gira en torno a los hombres.

Lejos del Mundanal Ruido_PosterComo cabe esperar de toda película de época avalada por un gran estudio, la factura de Lejos del mundanal ruido es excelente. Vestuario, fotografía, diseño de producción, todos los aspectos estéticos del film están cuidados con suma exquisitez, lo que hace de ella una visita obligada para los amantes del género. Pero Lejos del mundanal ruido es algo más que un envoltorio bonito o un ejercicio de estilo. Vinterberg peca ocasionalmente de conducir este romance victoriano hacia terrenos colindantes al universo Nicholas Sparks, pero a rasgos generales, lleva a cabo una labor equilibrada y sumamente elegante que mantiene el tipo durante las dos horas que dura la película. El director acomete la historia de Hardy con voluntad academicista, pero a la vez la actualiza levemente, dotándola de un ritmo y espíritu más contemporáneo.

Claro que ese espíritu también tiene nombre propio: Carey Mulligan. La actriz está luminosa (hay que ver lo mucho que transmite esta mujer con esa media sonrisa suya) y es el principal pilar de la película. Desafortunadamente, su trío de pretendientes la secundan de forma desigual. Schoenaerts se reafirma tras Suite francesa como nuevo galán clásico de Hollywood, pero se mueve por inercia en su ya cómodo papel de macho sensible. Sturridge no es mal actor, pero es sin duda el mayor error de casting de la película, una suerte de Robert Pattinson era Twilight que no pinta nada aquí y aporta la nota discordante en un reparto por lo demás atinado. Y finalmente, a pesar de nuestra afinidad por Schoenaerts y de que hay verdadera química entre él y la protagonista, es Sheen el único que está realmente a la altura del magnífico trabajo de Mulligan. No obstante, ninguno de ellos se acerca remotamente a eclipsar el protagonismo absoluto de la actriz. Mulligan es quien lleva sobre sus hombres hombros todo el peso de la historia, sobresaliendo en todo momento gracias a una interpretación cálida y llena de vida, pero además compuesta con mesura e inteligencia.

Valoración: ★★★½

Sense8: Orgía de los sentidos

Sense8 accion

Por todos es sabido que la carrera de Andy y Lana Wachowski desde Matrix (1999) no ha sido más que una sucesión de fracasos comerciales y decepciones artísticas. Quizá su nombre no esté tan empañado como el de M. Night Shyamalan (ellos, al contrario que el director de El sexto sentido, aun conservan un importante número de defensores), pero hoy en día, y en especial tras el sonado fracaso de Jupiter Ascending (futura cinta de culto que analizo aquí), son muchos los que se preguntan “¿Por qué Hollywood sigue dándoles tanto dinero para llevar a cabo sus locuras cinematográficas?” Por si las moscas, los Wachowski han decidido dar el salto a la televisión para desarrollar su primera serie, co-creada junto a J. Michael Straczynski (Babylon 5). Si Scorsese, Soderbergh o Fincher lo han hecho, ¿por qué no van los hermanos a contribuir su granito de arena a la nueva era de la televisión de autor? Ha sido Netflix (quién si no) la que ha dado pábulo a su paja mental más reciente y ha proporcionado un hogar para la nueva catedral fantástica que han levantado, Sense8, ciencia ficción existencialista y humanista hecha a medida para el binge-watching que, a priori, suena como la nueva Heroes o un remedo de Lost, pero que una vez consumida su primera temporada completa, se revela como una de las experiencias televisivas más originales y plenas que nos ha dado el medio recientemente.

Sense8 es la historia de ocho desconocidos de distintas procedencias del mundo que descubren que están conectados mental y emocionalmente después de experimentar la misma visión de una mujer suicidándose (Daryl Hannah en un papel macguffin). Los ocho jóvenes son: un policía de Chicago, Will (Brian J. Smith), una DJ de Reikiavik que reside en Londres, Riley (Tuppence Middleton), un ladrón berlinés, Wolfgang (Max Riemelt), un famoso actor de cine mexicano de origen español, Lito (Miguel Ángel Silvestre), una hacker de San Francisco, Nomi (Jamie Clayton), un chófer keniata, Capheus (Aml Ameen), una empresaria de Seúl experta en artes marciales, Sun (Doona Bae), y una farmacéutica de Bombay, Kala (Tina Desai). Todos ellos explorarán el vínculo que los une “visitándose” sin moverse desde sus rincones del planeta y se irán conociendo poco a poco mientras cada uno lidia con la encrucijada personal en la que se encuentra su vida. Al mismo tiempo, recibirán la visita de otro humano con las mismas capacidades mentales que ellos, Jonas Maliki (Naveen Adrews), que les explicará qué les está pasando y les advertirá del peligro que corren al ser el objetivo de una organización secreta cuya misión es capturar a todos los sensates y asesinarlos.

max riemelt miguel angel silvestre

La premisa de Sense8 es una de las más ambiciosas que se han llevado a cabo en televisión. Pero no por la idea en sí, que en el fondo nos recuerda a otras ficciones televisivas (como las mencionadas en el primer párrafo) o cinematográficas (la propia Cloud Atlas de los Wachowski), sino porque hasta ahora ninguna serie había sido capaz de llevar un concepto como este hasta sus últimas consecuencias, ya sea por falta de riesgo o de infraestructura. En un principio, la opción más viable (tanto narrativa como logísticamente) para trasladar a la pantalla la demencial idea detrás del proyecto era seguir el patrón popularizado por Lost, es decir, dedicar un episodio a cada personaje. Sin embargo, los Wachowski no optan por la vía fácil y desde un primer momento y hasta el final, se aseguran de que los ocho personajes tengan presencia en los doce capítulos que conforman la primera temporada, dando prioridad en casi todo momento a la coralidad del reparto, sin la que la serie no tendría sentido. Para ello se lleva a cabo una labor de pre-producción, planificación, rodaje en una decena de localizaciones alrededor del mundo y montaje que mareará a más de uno si se para a pensarlo -y creedme que viendo el resultado, no podréis no pensar en el titánico esfuerzo que lleva detrás.

Pero Sense8 no es una serie que funcione desde el primer momento. Es más, sus tres primeros episodios son verdaderamente desalentadores. Lo que nos encontramos en el “piloto” (técnicamente no lo es pero abrazaremos el término) es una idea brillante que no cristaliza en un producto televisivo demasiado interesante, quizá porque nos adentramos en él esperando desde el minuto uno lo que nos han prometido: “algo nunca visto en televisión“. Enseguida surgen las dudas sobre si merecerá la pena invertir nuestro tiempo en ella cuando ya desde un principio se nos presenta tan narrativamente dispersa (como se apresuraron a sentenciar muchas publicaciones especializadas tras ver el primer episodio, “Sense8 makes no sense”). La serie entra muy bien por los ojos y los oídos, es muy atractiva y exótica, los valores de producción son excelentes, la fotografía y la música (compuesta por Johnny Klimek y Tom Tykwer, que también dirige varios episodios) son magníficas, pero en su fase inicial los personajes resultan algo insípidos y sus tramas son rutinarias, incluso ridículas, construidas a base de ramplones estereotipos socioculturales (los latinos pasionales, la India vista a través del cine de Bollywood, los homosexuales/transexuales activistas, los asiáticos luchadores). Para empeorar la cosa, Sense8 se empeña en realizar denuncia social con varios de sus protagonistas, pero lo hace usando proclamas acartonadas y maniqueas que, a pesar de las buenas intenciones, simplifican demasiado la lucha por el feminismo y los derechos LGTBQ, aspecto muy importante en la serie (que por suerte acabarán puliendo). Es muy probable (y probado) que durante estos tres primeros capítulos sintamos que la historia no va a ninguna parte y que nadie sabe exactamente qué quieren contarnos con ella. No obstante, merece la pena aguantar, porque todo empieza a cambiar en el cuarto, “What’s Going On”, irónico título para el episodio que nos cuenta por primera vez lo que está ocurriendo.

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Solo basta una escena para que las piezas empiecen a encajar y Sense8 muestre su verdadero potencial. Se trata de una preciosa secuencia musical al ritmo del éxito de 4 Non Blondes que da título al episodio, en la que los ocho sensates cantan la canción al más puro estilo “Wise Up” de Magnolia. Solo que en lugar de hacer que queramos meternos un tiro como con la película de P.T. Anderson, nos desvela la mismísima esencia y razón de ser de la serie, así como su inclinación optimista. Esta escena hace que lo que hemos visto anteriormente tenga sentido y nos demuestra que como espectadores deberíamos tener más paciencia, sobre todo con este tipo de relatos ramificados y enigmáticos (al estilo The Leftovers), que por definición no pueden mostrar todas sus cartas en su primera hora. Al ver a todos los sensates interactuar juntos por primera vez caemos en la cuenta de lo que estamos viendo. Incluso descubrimos que los estereotipos que nos chirriaban están ahí por una razón, porque si la serie nos mostrase una sociedad global homogeneizada, no podría construir la idea que bombea la historia. Sense8 es la celebración del crisol de identidades culturales que componen nuestro mundo, de las diferencias y particularidades de cada país, pero también las de cada persona, raza, orientación sexual, identidad de género. Es un drama sobre la conexión humana y la comunicación (“¡Como FaceTime sin móvil!”), y si lo queréis, una origin story que nos cuenta la formación de un grupo de “superhéroes” compuesto de ocho embajadores que crean una alianza mundial, una comunión de culturas en la que cada uno aporta su “poder especial” para luchar contra el mal. Puede sonar demasiado obvio o naïve, pero los Wachowski triunfan plasmando la idea, y lo hacen sacando el máximo partido del lenguaje serial y la puesta en escena.

Sense8 es muchas series en una, pero a lo largo de la temporada, y especialmente en su segunda mitad, logra mantener la cohesión entre todas sus partes gracias a unos guiones meticulosamente interconectados y un virtuosismo absoluto a la hora de montar los episodios. Las escenas se enlazan temática y visualmente con tanta fluidez que no importa los saltos que dé el relato, nunca tenemos la sensación de interrupción o fragmentación. Y esto tiene más mérito aun si tenemos en cuenta que Sense8 hace gala de una intrépida hibridación de géneros, hasta el punto de tener ocho películas distintas ocurriendo a la vez. Según el personaje con el que estemos, Sense8 será un policíaco, un thriller cibernético, una comedia, una telenovela, una de mafiosos, un romance bollywoodiense o un drama familiar coreano y de artes marciales, cada una de ellas con sus correspondientes lugares comunes. No todas las “variantes” de la serie están al mismo nivel (las escenas de Miguel Ángel Silvestre en los primeros capítulos son vergonzosas, da igual lo deliberadamente paródicas y exageradas que pretendan ser), pero a medida que avanza la trama esto va importando menos gracias al estupendo trabajo de los actores (incluidos los secundarios, con especial mención a la genial Freema Agyeman, una de las armas secretas de Sense8), y al énfasis que se da al desarrollo de sus lazos y relaciones, el aspecto más estimulante y gratificante de la serie.

Kala Wolfgang

A partir de la mencionada escena musical, los ocho sensates empiezan a ser conscientes de lo que están viviendo, y se proponen conocerse los unos a los otros para descubrir así qué es exactamente lo que los une. Todos ellos son personas desplazadas de sus realidades a causa de traumas del pasado, tragedias personales, problemas familiares o la dificultad para encajar en los roles que la sociedad les ha dispuesto. En el grupo y en sus proyecciones extracorporales encuentran la forma de escapar de sus realidades y ayudar a los demás en sus respectivas luchas, desarrollando así un precioso sentido de la amistad y la protección, y en algunos casos algo más (esta serie está llena de OTPs). Como espectadores, es imposible no sentirse cada vez más cercanos a ellos al contemplar cómo se forjan estas relaciones, al verlas construirse mientras se prueban todas las posibles combinaciones de personajes hasta el último momento (-“¿Te conozco?” -“Hemos follado”). En el sexto capítulo, “Demons“, nuestra conexión con los protagonistas se lleva un paso más allá, volviéndose carnal en una sorprendente orgía con la que Sense8 se reafirma en su naturaleza osada, experimental y erótica (probablemente estemos ante la serie más queer del momento). Los sensates exploran sus posibilidades, descubren otras culturas, se enriquecen de la música, el arte y la historia de otros países, aprenden sobre sí mismos escuchando las historias de los otros, y comienzan a disfrutar del sexo como de todo lo demás, con los sentidos magnificados, multiplicados y a flor de piel. Nosotros desde casa los observamos con anhelo y deseo, con los ojos como platos al igual que la pequeña Kala contemplando el exuberante festejo en las calles de Bombay, y finalmente nos unimos a ellos en el jacuzzi para acabar formando parte de su cluster desde ese momento y hasta el final.

A partir del noveno episodio, “Death Doesn’t Let You Say Goodbye“, la mitología de la serie cobra mayor importancia y a través del personaje de Malik aprendemos todo lo necesario (por ahora) sobre los sensates y el objetivo de la organización de Mr. Whispers (gran nombre para un villano, ¿eh?) antes de adentrarnos en la recta final. De esta manera, Sense8 concreta su plan de juego y adquiere mayor propósito y finalidad, a la vez que prepara el terreno con material de sobra para las próximas temporadas (si todo sale según lo previsto, cinco). Para entonces, los diálogos y el humor han mejorado enormemente, las personalidades de los protagonistas están bien definidas (incluso acabamos apreciando lo que están haciendo con Lito y el cliché del macho de telenovela) y la acción va en crescendo, hasta estallar en los que son probablemente los episodios más esquizoides (más Wachowski) de la primera temporada, “What Is Human?” (1×10) y “Just Turn the Wheel and the Future Changes” (1×11), loquísima sesión doble de desmembramientos, persecuciones, impresionantes coreografías de lucha (brava Sun), bazucas y duelos culebronescos, con un entreacto en forma de una de las secuencias más conmovedoras y desbordantes que quien esto escribe ha visto en una serie de televisión (Spoiler: todos los sensates reviviendo uno a uno sus nacimientos al escuchar el concierto al piano del padre de Riley en Reikiavik. Fin del Spoiler). La prolongada catarsis da paso al desencadenante que nos llevará hacia el final de la temporada, una conclusión trepidante y emocionante en la que nos deleitamos viendo a los sensates poner en práctica sus habilidades para llevar a cabo una misión en equipo, y con la que Sense8 alcanza una sincronización perfecta que la lleva a la transcendencia. Definitivamente, ha merecido la pena quedarse.

Sense8 finale

Los Wachowski suelen cargar sus obras con grandes dosis de espiritualidadfilosofía (da igual si tiene que ver con la percepción de la realidad, la reencarnación o las abejas), aunque la mayor parte del tiempo ni ellos ni nadie saben muy bien qué nos quieren decir exactamente. En Sense8 nos encontramos a unos Wachowski igualmente desmadrados y ambiciosos como artistas, pero con mayor control sobre el nuevo universo ficcional que han creado y más atinados a la hora de equilibrar la densidad de su discurso con el entretenimiento y el espectáculo televisivo (algo que quizá haya que atribuir a Straczynski). La idea es reflexionar acerca de lo que nos hace humanos, y la respuesta es tan sencilla como abstracta: “la habilidad de sentir miedo, ira, deseo, amor“. Los sensates representan la unión de estas emociones, juntos son el ser humano moderno y a la vez el siguiente paso en la escala evolutiva: “Para convertirte en algo más que aquello que la evolución definiría como a ‘ti mismo’ necesitas algo diferente a ti”. Desde la fantasía y la ciencia ficción, Sense8 nos está proponiendo dar un siguiente paso: unir nuestras diferencias, fundir nuestras culturas y difuminar las fronteras sexuales, para ingresar en un nuevo capítulo evolutivo. De nuevo, esta utopía puede pecar de demasiado ingenua o petulante, pero es una noción que al menos merece la pena imaginar como una realidad posible. Por lo que a mí respecta, esto es el futuro. Bienvenidos.

Crítica: Insidious – Capítulo 3

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James Wan anda muy ocupado últimamente dirigiendo taquillazos históricos (FF7) y preparando su salto al mundo de DC Comics con Aquaman, por lo que el creador de Saw ha confiado en su segundo de abordo la tercera entrega de la exitosa saga de terror estilizado Insidious. Tras sus labores como productor y guionista de los dos primeros capítulos, Leigh Whannell, co-creador de la franquicia, toma el relevo de Wan. Insidious: Capítulo 3 supone su debut en la dirección, un trabajo en el que el realizador se desenvuelve en aguas de sobra conocidas para ofrecernos una entrega muy en la línea de las dos primeras, con la particularidad de que este tercer capítulo es más bien una origin story.

Insidious: Capítulo 3 bien podría (y quizás debería) haberse titulado Insidious: Capítulo 0, ya que se trata de una precuela que nos narra los acontecimientos inmediatamente anteriores al caso de la familia Lambert, que ocupó las dos primeras películas. Aquí se nos presenta a otra familia, formada por un padre viudo, Sean (Dermot Mulroney), y su hija adolescente, Quinn (Stefanie Scott), víctima de un espíritu insidioso que le está haciendo la vida imposible; y con ella se nos cuenta además cómo llegó a formarse el divertido trío de “cazafantasmas” capitaneado por la Zelda Rubinstein particular de esta saga, Lin Shaye, y completado por los atolondrados Tucker (Angus Sampson) y Specs (el propio Whannell).

af cartel insidious3La médium Elise Rainier lleva una temporada retirada del negocio paranormal y recluida en su casa, donde evita el contacto con el mundo de los espíritus debido a terribles acontecimientos del pasado (cuidado que todavía podemos tener una precuela de la precuela con la historia de Elise). Todo cambia cuando recibe la visita de Quinn, que requiere su ayuda para contactar con los muertos y enfrentarse al ente demoníaco que está atormentándola. Aunque a regañadientes, Elise regresa de su autoexilio para socorrer a la familia e intentar llegar al fondo del asunto y descubrir la razón por la que la presencia la ha tomado con la chica. La obligada visita de la médium al Más Lejano es más breve en esta película, lo que hace que la precuela esté menos arraigada en la fantasía y dependa algo menos de la atmósfera onírica que caracterizaba a sus predecesoras (sobre todo a la primera). Sin embargo, a pesar de la simplificación que experimenta la saga, en esencia Whannell no se distancia mucho de lo que hemos visto anteriormente en ella.

Lo que ocurre en el Capítulo 3 está conectado con las dos anteriores películas, aunque la mayor parte del film se dedica a desarrollar su propio caso. El esquema de Insidious 12 (así como el de The Conjuring y Annabelle) se repite una vez más y, a pesar de resultar rutinario y descansar en los mismos trucos y recursos de siempre, Insidious 3 cumple de sobra con lo que se espera de ella y logra mantener el factor espeluznante que la define. Lo más destacable de estas películas, aparte de los sustos de muerte (aquí más infartantes que nunca), es que hay un mínimo de preocupación por los personajes y la historia que no encontramos en otras sagas de terror PG-13 similares. Wan y Whannell han creado un universo ficcional reconocible dentro de un género que (en principio) ya lo ha inventado todoInsidious: Capítulo 3 no defraudará a los que disfrutaron con el díptico anterior, y consigue salir airosa del reto de repetir película por tercera vez dando protagonismo a la verdadera estrella y rostro de la saga, Lin Shaye.

Valoración: ★★★

Grace and Frankie: Todo empieza ahora

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Hay vida en Netflix más allá de Frank y Claire Underwood, Kimmy Schmidt, las presas de Litchfield, Matt Murdock o los sensates. Y también hay vida más allá de los 70. Para demostrar ambas afirmaciones, llega(n) a la popular plataforma Grace and Frankie, comedia creada por una de las productoras de Friends, Marta Kauffman, y uno de los productores de Un chapuzas en casa, Howard J. Morris. La serie nos presenta a Grace Hanson y Frankie Bergstein, interpretadas por dos actrices en la flor de la vida (perdonadme el topicazo), Jane Fonda y Lily Tomlin, amigas que después de 40 años de matrimonio con sus respectivos maridos, Robert (Martin Sheen) y Sol (Sam Waterson), reciben la noticia de que estos son homosexuales, están enamorados y las dejan para irse a vivir juntos.

Grace and Frankie nos cuenta a través de 13 episodios cómo estas dos mujeres aprenden a desenvolverse en la vida de soltera a los 70, mientras luchan con/contra la idea de que las últimas cuatro décadas de su vida han sido un engaño. Paralelamente, vemos cómo sus ex maridos inician una relación de forma pública, enfrentándose al escrutinio de sus conocidos y tratando de minimizar daños y mantener un vínculo cordial con sus ex mujeres a pesar de todo. El motor de Grace and Frankie es la tormentosa amistad entre las dos protagonistas, una artista hippie de espíritu libre y personalidad mística (Frankie) y una mujer de negocios estricta, organizada y algo más conservadora (Grace), es decir polos opuestos que chocan en todos los aspectos, pero que se verán obligadas a ser “compañeras de piso” (como en Las chicas de oro, en un entorno vacacional con la playa como telón de fondo y metáfora de sus vidas). Inevitablemente, ambas acabarán siendo indispensables apoyos mutuos a la hora de navegar “solas” las aguas de la tercera edad y la vida moderna, tarea para la que todos sus años de experiencia no siempre serán suficientes. Sin embargo, la serie también dedica mucho tiempo a los ex maridos, además de incluir a los hijos de ambas parejas, cuatro treintañeros demasiado inmersos en sus propios traumas, neuras y problemas sentimentales como para sentirse realmente afectados por lo que están viviendo sus padres.

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La primera temporada de Grace and Frankie tiene un comienzo más bien desatinado. Fonda y Tomlin están espléndidas desde el minuto uno, pero durante los primeros cuatro o cinco episodios Kauffman y Morris no tienen muy claro qué hacer con sus personajes, ni qué tipo de comedia quieren realizar. Algunas situaciones y chistes caducos evidencian sus formaciones en sitcoms multi-cam tradicionales y el humor no termina de despegar, es predecible y va a medio gas. Sin embargo, más allá de eso parece haber cierta voluntad de realizar una comedia seria, una dramedia que además de divertirnos con las monerías de Fonda y Tomlin nos permita reflexionar sobre cosas importantes como el paso del tiempo, la familia y la amistad desde otro punto de vista. A la serie le cuesta encontrar el equilibro entre ambas ideas, entre ambos tonos, pero afortunadamente, hacia la mitad de la temporada da con él, y de ahí al final Grace and Frankie se convierte en la serie que quiere ser.

Grace and Frankie podría catalogarse junto a Transparent, otra ficción televisiva con familia disfuncional que nos habla de un nuevo comienzo a edad tardía, de aceptar una realidad propia y atreverse a dársela a conocer al mundo. Y aunque no alcanza el nivel de transcendencia y profundidad de la serie de Jill Solloway (tampoco es que le haga falta), Grace and Frankie nos deja momentos de revelación, angustia y ternura que nos ayudan a conectar con sus personajes y tomarnos más en serio sus conflictos personales a medida que avanza la serie. Incluso los hijos (Ethan Embry, Brooklyn Decker, June Diane Raphael y Baron Vaughn), que en un principio están ahí únicamente para llenar la cuota millennial, acaban encajando, tras varios episodios aportando más bien nada.

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Hacer binge-watching de una serie como esta nos permite ver de manera más clara el ensayo y error de los primeros episodios y nos ayuda a apreciar mejor cómo va tomando forma y encontrando su voz. Aun hay muchas cosas que pulir (aunque no sabemos si habrá intención de hacerlo). Por ejemplo, hay algo que no encaja en las escenas entre Sol y Robert (no son Cam y Mitch, pero se percibe cierto aire de falsedad, aunque en este caso tiene más sentido por su situación), y las caracterizaciones de Grace y Frankie, aunque divertidas, son a veces excesivamente caricaturescas e idiosincrásicas (se podría decir fácilmente que Grace es una Monica y Frankie una Phoebe). Eso sí, el cuarteto protagonista está en plena forma interpretativa (y física, todo hay que decirlo, que la aerobática Fonda no levanta la pierna y la apoya en la encimera de la cocina para que luego vayamos y no lo comentemos), Fonda y Tomlin son un dúo cómico excelente (Tomlin además está especialmente conmovedora en la recta final de la temporada), y Waterson está sublime (Sheen es quizá a quien más le cuesta salir de su cascarón, aunque de nuevo, encaja con su personaje y situación).

A pesar de no escapar de los convencionalismos de la sitcom canónica y resultar anticuada en algunos aspectos, Grace and Frankie supone un soplo de aire fresco en el panorama televisivo al presentarnos los dilemas existenciales y ritos de paso habituales de las series “jóvenes” (primeras citas, sexo, miedo al compromiso y al futuro, dependencia emocional, fracaso sentimental) personificados en personajes setentones setentañeros, y envueltos en un emotivo halo de redescubrimiento y alegría de vivir (algo que no es nuevo, claro, pero que ya se empezaba a echar de menos). Fonda, Tomlin & co. nos hablan con franqueza del sexo a los 70 (trama sobre la sequedad vaginal incluida), aprenden a desenvolverse en el universo 2.0, vuelven a la “escena de citas”, exploran la vida nocturna… Y con todo ello contribuyen a dar mayor visibilidad y reivindicar a los mayores en la tele, demostrando que la vida de los actores, y en especial de las actrices, no tiene por qué acabar a los 40, que son capaces de salirse de sus papeles esporádicos de abuelo, mentor o alivio cómico senil, y sobre todo, que también pueden ser muy divertidos.

Crítica: Horns

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Horns (Cuernos) es la adaptación cinematográfica de la segunda novela de Joe Hill. La película, dirigida por Alexandre Aja (Alta tensión, Piraña 3D), cuenta la historia de Ig Perrish (Daniel Radcliffe), joven habitante de una pequeña localidad que, acusado de asesinar brutalmente a su novia de toda la vida, Merrin (Juno Temple), se despierta un día con cuernos creciéndole de las sienes. De repente, todo el mundo empieza a confesar sus secretos ocultos y pulsiones más oscuras a Ig, que descubre que tiene el poder de persuadir a los humanos para que escojan la senda del mal (como el diablillo que aparece en los dibujos sobre el hombro), arma que utilizará finalmente para intentar averiguar quién es el verdadero asesino de su chica. 

Horns está compuesta de muchos elementos que por separado funcionan perfectamente, pero que Aja no consigue unir de forma cohesiva, como si no pudiera decidirse sobre qué tipo de película quiere hacer. ElHORNS_SPAIN_ONESHETT68X98 film se puede adscribir a muchos géneros y tendencias: es un misterio whodunit, una fábula, un romance sobrenatural, una cinta de terror gótico, una comedia negra, un drama coming-of-age con aire Sundance… Aunque Aja se aplica al máximo en todos los géneros, no puede evitar la confusión tonal, ni que por momentos parezca que estamos viendo trozos de varias películas pegadas.

Y aun con todo, Horns divierte e incluso llega a emocionar; y su misterio, aunque muy predecible, atrapa, como si se tratara de una Gone Girl fantástica. Aja ha creado un trabajo con voluntad iconoclasta (si la película hubiera tenido más repercusión, el estilo de Ig marcaría tendencia) y ha puesto en él más corazón del que cabía esperar, algo que se nota en todo momento. A pesar del batiburrillo de ideas y estilos (y del presupuesto televisivo), Horns es un film visualmente atractivo y vibrante que plasma el imaginario fantástico y bestiario con bastante gracia.

Por otro lado, el reparto está estupendo, destacando a James Remar, el padre de todos los personajes de la televisión, y a Juno Temple y su hipnótica voz nasal -aunque su personaje no sea más que un macguffin, y represente el pobre papel de las mujeres en esta película (víctimas, chistes o meras herramientas narrativas sin apenas caracterización). Y por último, Daniel Radcliffe en concreto brilla con luz propia en su papel de oveja negra de la familia y paria del pueblo, exudando auténtica desesperación y rabia adolescente (y además el muy cabrón, nunca mejor dicho, está sexy, lo sabe, y Aja lo explota). En resumen, una película irregular en su conjunto pero muy disfrutable igualmente.

Valoración: ★★★½

Consecuencias emocionales de ser espectador de Community

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Qué extraño viaje han sido estos últimos seis años para nosotros, los espectadores de Community, defensores enamorados, fans a muerte, después fans desencantados, enfurecidos, seguidores por incercia, y finalmente compañeros esperanzados. Ha sido una época muy ajetreada para los responsables de la serie, y esto se ha reflejado en el espectador, que ha sido testigo de las transformaciones de la serie a raíz de lo que estaba ocurriendo tras las cámaras. Desde el principio, Community siempre vivió al límite, año tras año al borde de la cancelación. Tres temporadas épicas, una cuarta temporada gravemente afectada por un escape de gas (y la marcha de su creador tras polémicas que conoceréis de sobra), una quinta temporada que daba la bienvenida de nuevo a Dan Harmon, decidido a llevar a cabo un reset (o Repilot) de la serie para acabar haciendo una segunda cuarta temporada, la marcha de tres personajes del grupo original de siete, y finalmente, la cancelación por parte de NBC y el rescate de última hora de Yahoo.

Community ha tenido muchas vidas, muchas oportunidades. No las ha aprovechado todas igual de bien, pero nunca ha dejado de intentarlo. Cambió tanto en su segunda mitad que pasó de ser una copia de sí misma a una serie que había perdido su razón de ser y necesitaba reencontrarse. Y este precisamente ha sido el leit motif de la sexta temporada, emitida por primera vez en Internet (el que ha sido siempre el verdadero hogar de la serie): la búsqueda de una nueva identidad. Esta temporada ha tenido un aire y un aspecto decididamente diferente, más crudo y desnudo (que el Dean no se haya puesto ningún disfraz hasta el final es toda una declaración de intenciones), algo más experimental, respondiendo sin duda al reto narrativo que supone contar con 10 minutos más por episodio y a una mayor libertad desde más arriba. Por otro lado, el recorte en el presupuesto se hacía patente en cada episodio (Greendale a veces parecía un plató de sitcom y el campus estaba desierto), lo que impedía que los guionistas se volvieran locos con los “episodios especiales” y por tanto obligaba a buscar otras formas de explorar la hiperactiva creatividad que caracteriza a la serie. Este año hemos visto a Community buscando la manera de ser una serie nueva sin dejar de ser Community. Y aunque los primeros episodios resultaron poco alentadores, fue adaptándose poco a poco a su nueva piel, para terminar encontrando el punto a la nueva dinámica de personajes y el nuevo tono, más reflexivo y relajado que antes.

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La sexta temporada de Community ha sido más difícil, ha transcurrido sobre el poso de tristeza que ha dejado la fuga de personajes y los continuos desengaños y episodios psicótico-depresivos de su creador, pero también, y quizás por todo eso, ha sido la más real, la más sincera. Sin abandonar los histrionismos propios de los protagonistas, se les ha permitido relajarse y ser personas. Más que nunca los hemos visto conversando alrededor de la mesa (no solo la Mark II sino también la del bar de Britta, que ha añadido un componente más convencional a un universo habitualmente despegado de la realidad), y además se han visto obligados a auto-analizarse en relación a las ausencias y las nuevas incorporaciones del Comité Save Greendale, que han resultado encajar magníficamente: Elroy, y sobre todo la maravillosa Frankie Dart, “una humilde forastera que llegó y lo clavó”; sin olvidar la reestructuración que ha provocado el merecido ascenso de Pelton y Chang (dos de los personajes más inspirados este año) a miembros oficiales del grupo. Esta temporada también ha contado con episodios “high-concept”, incluyendo una película casera de ciencia ficción (“Intro to Recycled Cinema”) o un brillante capítulo de Paint Ball deconstruido y reconfigurado como una de espías (“Modern Espionage”), incluso ha desarrollado su propia continuidad y autorreferencialidad casi al margen de la trayectoria en NBC (por ejemplo el troleo a los fans de Marvel o la importancia de Internet en casi todos los episodios), pero también ha llevado a cabo un experimento arriesgado: ser menos Community para intentar averiguar qué es Community después de todos estos años.

Y este ha sido también el tema principal del final de la sexta temporada “Emotional Consequences of Broadcast Television“, un episodio redondo que sabe a series finale al reflexionar sobre la trayectoria completa de la serie y situar a sus personajes en nuevos caminos separados. Este final cierra arcos emocionales de casi todos ellos (mi pobre Britta se queda a medias) y deja abiertas muchas puertas, pero no necesariamente para ser cerradas. La idea del episodio, sin duda el más meta de toda la serie (y ya es decir), es imaginar cómo sería una séptima temporada de Community, para lo que cada personaje propone una o varias ideas (“pitches”) que reflejan sus personalidades y sus experiencias en Greendale durante estos seis años. “Emotional Consequences” está salpicado de principio a fin por una versión recortada del opening de la serie, que nos golpea una y otra vez con la frase “I can’t count the reasons I should stay, one by one they all just fade away“. No es casual, por supuesto. La intención es poner sobre la mesa todo lo que ha salido bien, recordar todas las cosas que se han ido “desvaneciendo una a una”, y todo lo que ha fallado, y a partir de esa información descubrir qué razones les quedan a estos personajes para quedarse en Greendale y crear/justificar posibles futuros para Community

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Sin embargo, ninguno de los “pitches” resulta convincente. Algunos son demasiado absurdos hasta para una serie como Community, otros son demasiado acomodaticios (el más lógico, que nos devolvería al grupo al completo siguiendo los pasos de Jeff como profesores del campus se descarta por ser muy fácil), otros nos demuestran que traer de vuelta a los personajes que se marcharon no es la solución (el cameo de Shirley sirve para decirnos que la antigua Community ya no existe y no volverá a existir). La conclusión que Harmon saca de todo esto es que la mayor enemiga de Community ha sido Community (en este caso podemos usar el nombre de su creador como sinónimo), que su propia ambición se ha vuelto en su contra, hasta el punto de hacerle perder su propósito. Harmon nos habla a través de sus personajes del problema de no querer crecer y arrastrar a los demás hacia tu estancamiento (eterno conflicto interno de Jeff, que en el final aprende a dejar marchar a Abed y Annie para asumir que se está haciendo mayor), de lo difícil que es crear algo y mantenerlo vivo durante tanto tiempo, y a continuación extiende la mano para que se la cojamos. “Emotional Consequences” es una disculpa oficial hacia los fans, y también a las personas que han confiado en él y han salido decepcionadas, o a los que ha ofendido durante estos años. El tag final del episodio empieza como un deprimente chiste sobre unos personajes de ficción que descubren que en realidad no existen (el mejor epílogo de una temporada de epílogos horrendos), y se acaba convirtiendo en un disclaimer/carta en la que Harmon se abre ante su audiencia y se autoflagela (una vez más) por su complicada personalidad y sus errores. Pero el mensaje más importante del demiurgo se transmite, como no podía ser de otra manera, a través de Abed, que nos explica qué es o debe ser una serie de televisión, en concreto una comedia, cuál es la relación ideal entre ella y el espectador, y por tanto, por qué Community ha sido tan especial, única y problemática:

“There is skill to it. More importantly, it has to be joyful, effortless, fun. TV defeats its own purpose when it’s pushing an agenda, or trying to defeat other TV or being proud or ashamed of itself for existing. It’s TV, it’s comfort. It’s a friend you’ve known so well, and for so long you just let it be with you and it needs to be okay for it to have a bad day or phone in a day. And it needs to be okay for it to get on a boat with Levar Burton and never come back. Because eventually, it all will”.

La respuesta a la pregunta “¿Por qué sigue existiendo Community?” no tiene una sola respuesta. Son tantas como las razones por las que cada miembro del Greendale Seven/Save Greendale Comitee/Nipple Dippers ha permanecido en el grupo hasta ahora. Codependencia, autoengaño, amistad, ¿sinergia?. Estos personajes reconocen estar ahí porque son quienes son solo en relación al grupo, es su refugio del mundo real, su zona de confort. Y en estos momentos, Community es lo que es sobre todo en relación a sus fans, sin los que no sería nada, una válvula de escape de la que Harmon nos pide que no dependamos tanto y que no depositemos tanta responsabilidad en ella. Antes de despedir a los personajes que se marchan para descubrir quiénes son fuera de Greendale y enseñarnos a los restantes sentados a la mesa del bar (“This is the show“, las series pueden cambiar, evolucionar, sufrir “hemorragias” de personajes, perderse y encontrarse), Harmon nos propone cerrar los ojos e imaginar cómo sería nuestra séptima temporada ideal. No podemos decirlo en voz alta (ni supongo escribirlo en la entrada de un blog), porque no se haría realidad. Pero yo he preferido no pensarlo. “Emotional Consequences” es el final perfecto para la serie. Ha sido agridulce, duro, rupturista (esos dos fucks), pero también precioso, emotivo, conmovedoramente sincero y lleno de guiños cómplices al pasado (“I hereby pronounce you a community”); en definitiva, el broche de oro a una serie que nos ha involucrado narrativa y emocionalmente como ninguna otra. ¿Me gustaría volver a Greendale para una séptima temporada o para ver hecho realidad el profético #andamovie con el que termina la sexta? Claro que sí, ya hemos dejado claro que nuestra relación es codependiente, y si ella quiere volver, la recibiré con los brazos abiertos, como amigos que saben que estarán mejor el uno sin el otro pero siguen juntos incondicionalmente (pase lo que pase, #CommunityLivesOn). ¿Debería ser “Emotional Consequences” el final definitivo de Community y nosotros dejarla marchar de una vez? Maybe. Probably. Maybe.

Crítica: It Follows

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Innovar en el cine de terror es tan complicado como necesario si se quiere que una película sea algo más que un pasatiempo de multicine o una experiencia cinematográfica de usar y tirar. Esta es la tónica habitual en el género, todos los meses se estrenan cintas de miedo clónicas, diseñadas para la taquilla y sin verdadero afán creativo o conocimiento del terror. Afortunadamente, cada cierto tiempo nos llega una película dispuesta a sacudir las convenciones del género y desmarcarse con una propuesta diferente.

El año pasado este papel correspondió a la australiana Babadook, y 2015 es el año de It Follows, una de esas películas que se ganan por méritos propios su título prematuro de obra de culto. El film dirigido por David Robert Mitchell es una experiencia que se saborea mejor cuanto menos se sabe de ella. La incertidumbre y el miedo a lo desconocido es un ingrediente esencial de su historia, y no conocer su argumento contribuirá a que la vivamos tal y como la ocasión merece, vírgenes e inocentes, como si fuéramos espectadores en una sala de cine de 1978 viendo La noche de Halloween por primera vez.

It Follows sugiere un experimento inmersivo, para lo que se recomienda su visionado en una sala de cine a ser posible. Abstraerse por completo del mundo exterior no solo es necesario para ver esta película, sino también inevitable. Desde su epatante secuencia de apertura con una chica huyendo en taconazos de alguien o algo a quien no vemos, hasta su clímax, It Follows te atrapa y no te suelta. Parte del mérito lo tiene un sólido guion con abundantes niveles de significado que maneja con maestría el suspense y dosifica la información dando al espectador la oportunidad de descubrir por sí mismo lo que está ocurriendo. Pero sin duda es su increíble atmósfera y su impecable realización lo que termina por tragarnos junto a Jay (Maika Monroe) en esta espeluznante pesadilla.

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Mitchell toma los elementos y códigos narrativos de las películas de terror de los 70 y 80 y los reconfigura con destreza para acomodarlos en un universo completamente moderno (aunque no marca el film cronológicamente en un año concreto, lo que le da una cualidad intemporal), y para más inri lo ambienta en la decadente escena de Detroit (donde transcurre otra reciente fábula adolescente, Lost River). Se pueden oír en It Follows ecos inconfundibles de Pesadilla en Elm Street (la escena de la protagonista en clase ignorando la lección o la secuencia en la que el “monstruo” va en busca de su vecino están sacadas directamente de la película de Wes Craven) y por supuesto de la mencionada Halloween, cuyo director, John Carpenter, es el referente más obvio de Mitchell. Pero su idea no parece ser la de realizar un simple homenaje o pastiche nostálgico, sino ofrecer una relectura del slasher, del terror y el fantástico ochentero, dándole vigencia en el siglo XXI desde un punto de vista muy personal.

Como Carpenter, Mitchell no busca el susto fácil, sino que prefiere generar una sensación de desasosiego continuo. Para esto, el director encuadra con absoluto virtuosismo, buscando el terror de los planos generales y fijos, obligando al espectador a no perder detalle de la pantalla, a buscar al fondo del cuadro aquello que más teme, y por tanto, a involucrarse en la historia a un nivel más profundo de lo habitual, como si estuviera encerrado en un sueño. Es un miedo basado en lo que no se ve, lo que podría aparecer por cualquier parte y en cualquier forma, lo que está ahí todo el tiempo y no nos hemos dado cuenta de que nos está mirando en silencio (otro elemento indispensable de la ambientación). Un terror que funciona tanto en la oscuridad de la noche en un edificio abandonado como en un pasillo en penumbra de casa, de cuyas sombras puede aparecer en cualquier momento aquello de lo que huimos, incluso en un escenario sobre-iluminado o en un espacio abierto a plena luz del día. Y también como Carpenter o Craven, para acompañar estas enervantes imágenes, Mitchell utiliza una explosiva banda sonora a base de sintetizadores, sublime score electrónico ideado por Disasterpeace y empleado con sabiduría para completar la auténtica gozada visual y sonora que es esta película.

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Pero además de una soberbia película de terror, It Follows es una (evidente) metáfora del paso a la adultez, un relato impregnado de angustia (y afectación) adolescente sobre lo que supone dejar atrás la inocencia, que a ratos evoca los contemplativos universos suburbanos de Spike Jonze o Sofia Coppola (la idea de poner a una chica de gafas enormes a leer El idiota de Dostoyevski en un eBook con forma de almeja para concretar el subtexto de la película bien podría haber sido perpetrada por cualquier de los dos). Con sus personajes cercados en el asfixiante microuniverso del típico barrio residencial norteamericano y constantemente acechados por el futuro, Mitchell nos habla del terror que conlleva hacerse adulto, de la incertidumbre y el vacío que depara a todo el mundo al encontrarse a las puertas de la vida real, obligados a dejar atrás la (supuestamente) despreocupada existencia adolescente. Y para transmitir estas ideas, It Follows recurre al sexo como rito de paso, como símbolo de la responsabilidad adulta y la inevitabilidad de enfrentarnos a las consecuencias de nuestras decisiones una vez hemos dejado atrás la niñez definitivamente. En este sentido, It Follows también puede leerse como una metáfora de las enfermedades de transmisión sexual, lo que tendría perfecta correlación con el discurso de la responsabilidad, aunque esto sería simplificarla demasiado.

En definitiva, It Follows no es una película de terror al uso. Su originalidad reside precisamente en haber reordenado unos componentes de sobra conocidos por el espectador para hacer algo diferente, algo tan esencialmente clásico como moderno; un trabajo que evidencia a un cineasta que entiende y admira los géneros que está abordando, y que además posee una visión muy particular sobre sus personajes adolescentes, actualizada a la par que universal y con inclinación a lo literario, lo que no hace sino enriquecer el texto. It Follows es cine en estado puro, pero también es un retrato generacional imprescindible.

Valoración: ★★★★

Nocturna Festival de Cine Fantástico de Madrid 2015 – Tercera crónica

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DÍA 5

Charlie’s Farm (Australia, 2014)

charlies farmUn grupo de amigos, tres australianos y una americana (interpretada por la peor actriz del mundo, Tara Reid), organizan un viaje rural en la Australia profunda. Uno de ellos siente mucha curiosidad por la leyenda de la granja de Charlie, lugar donde habitaba una familia de asesinos caníbales que fue matada violentamente por la muchedumbre enfurecida del lugar, y engaña a las chicas para que este sea el destino de la excursión. A pesar de las advertencias que se encuentran en el camino, los jóvenes deciden pasar unos días en la granja, donde aún merodea Charlie, el hijo pequeño de la familia que escapó a la masacre. Debido a una enfermedad congénita, Charlie ahora es un monstruo gigante que vive como un salvaje en una cueva cercana a la granja y mata a los que se atreven a poner un pie en su antiguo hogar. Según nos contaron los productores de la cinta durante su presentación en el festival, Charlie’s Farm es un homenaje a los slashers más populares, Viernes 13Halloween y sobre todo La matanza de Texas. En el clásico de Tobe Hooper es donde Chris Sun se fija más para desarrollar su Charlie’s Farm. Sin embargo, las comparaciones le hacen flaco favor, ya que Charlie’s Farm es un sucedáneo de sucedáneos, una película que se entrega deliberadamente a los tópicos del género y sigue al pie de la letra sus reglas (desde que vimos La cabaña en el bosque cada vez que estamos ante un slasher podemos identificarlas una a una), pero que no consigue divertir ni aterrorizar. La comedia es terrible y la tensión inexistente. Charlie’s Farm es una de esas películas de miedo en la que lo verdaderamente terrorífico es soportar a sus personajes y sus diálogos mientras esperas a que pase algo de una vez. Y lo peor es que para cuando pasa (que es casi exclusivamente durante sus últimos 10 minutos), ya te ha dejado de importar todo.

Pedro J. García

Bunny the Killer Thing (Finlandia, 2015)

bunny_the_killer_thing_38334Toda sesión golfa de un festival de cine fantástico que se precie debe estar cargada de una buena dosis de humor socarrón, mucho cachondeo zafio, algo de casquería y un pequeño (gran) toque erótico; una serie de elementos que faciliten y aseguren el despiporre durante su hora y pico de metraje. De ir todo bien, la sesión será un horror de gritos y carcajadas sin tregua; de fracasar, lo más que se oirán en la sala serán ronquidos. Por esa razón, la elección de la película a ser proyectada a tan intempestivas horas es tarea harto difícil. Una cinta que narra las catastróficas desdichas de un hombre-conejo con elefantiosis que se dedica a violar y descuartizar (o viceversa) a todo bicho viviente que le recuerde (o tenga) a un coño mientras grita “fresh pussy” parecía ser un valor seguro… sí, eso es, parecía. Bunny, the Killer Thing decepciona ante las altas expectativas creadas por su sinopsis. Los noventa minutos de Bunny son un recital reiterativo y cansino de muertes y escenas sin gracia, un suplicio que parece no tener final. A destacar la infinidad de carcajadas del respetable cada vez que aparecía el miembro viril (o conejil, mejor dicho) de la bestia, espero que alguien esté preparando algún ensayo académico sobre el amor y deseo hacia los cipotes por parte del público de este tipo de películas. ¿Cómo resumir Bunny, the Killer Thing en una sola palabra? Muy fácil, esa palabra es: coñazo.

David Lastra

DÍA 6

Backcountry (Canadá, 2014)

backcountryBasada en hechos reales, Backcountry es la historia de una pareja de excursionistas, Jenn y Alex, que viajan a uno de los lugares más remotos de Canadá para visitar los bosques donde él se crió. Sin mapa ni teléfonos móviles, los dos acaban perdiéndose y deben sobrevivir al acecho de un oso salvaje mientras encuentran el camino de vuelta. Backcountry es una película de supervivencia que antepone el realismo al espectáculo. Al igual que hace más de una década hiciera Open Water, Backcountry explora las emociones y los conflictos personales de una pareja en una situación límite. Adam MacDonald construye un thriller inteligente (no confundir con “sus personajes son inteligentes”) en el que la tensión se va acumulando de forma gradual y todas las piezas encajan perfectamente para que la historia se mantenga coherente en todo momento. El punto fuerte de este survival forestal es un guion, minimalista y aparentemente sencillo, pero repleto de matices y detalles que lo convierten en un relato muy sólido, y con una fantástica caracterización de personajes (cuando alguien toma una decisión estúpida, MacDonald se asegura de que tenga sentido en relación a sus personalidades). Lo más interesante de Backcountry es cómo MacDonald juega con los roles de la pareja (él es el macho alfa que cree que no necesita mapa y ella se deja llevar por su chico, seguramente por pena, pero acabará tomando el control para sobrevivir), y cómo maneja sus conflictos personales, intensificándolos con la inquietante presencia de Eric Balfour, al que le basta solo una escena para poner de los nervios al personal. Backcountry parece una película muy simple, pero está llena de capas y todo está medido de forma meticulosa para que en lugar de culpar a los personajes por su situación acabemos pensando que nos podría pasar a nosotros perfectamente.

Pedro J. García

DÍA 7

Suburban Gothic (Estados Unidos, 2014)

Y para terminar esta semana de cine fantástico que nos ha ofrecido el Nocturna, mi película más esperada del festival (con permiso de It Follows, que ya era una de mis películas más esperadas del año): Suburban Gothic, la nueva de Richard Bates Jr., director de aquella curiosa Excision (2012). Con su segunda película, Bates sigue explorando los horrores de ser joven en el siglo XXISuburban Gothic está protagonizada por un recién licenciado en Empresariales, Raymond (Matthew Gray Gubler), que es incapaz de encontrar trabajo y se 201ve obligado a volver a casa de sus padres. Esto supone el reencuentro con su traumática vida adolescente, los compañeros del instituto que le hacían bullying por su problema de peso, la otra chica gorda que aun sigue atrapada en el pueblo, pero ya no está gorda (Kat Dennings), su padre (racista, xenófobo, homófoto y machista), que siempre ha considerado un fracasado a su hijo, y en último lugar, su conexión con lo oculto. El descubrimiento del cadáver de una niña enterrada en el jardín de su casa desata una serie de fenómenos paranormales que Raymond intentará descifrar, como en los viejos tiempos.

Suburban Gothic es ante todo una comedia, y lo justo es valorarla como tal. Además, es lo recomendable, porque como cinta de terror es muy básica y acaba haciéndose excesivamente familiar. Lo que ha hecho Bates es convertir una historia clásica de espíritus en un retrato de la generación perdida. Es como si cogiéramos aquel episodio de Girls en el que Hannah vuelve a casa de sus padres y en lugar de fantasmas metafóricos, la enfrentáramos a fantasmas “reales”. Y eso es lo mejor de la película, cómo reconfigura al héroe, sus “hazañas” y su relación con la chica (mi adorada Dennings haciendo de camarera arisca, qué novedad) para acomodarlo en el universo idiosincrático del veinteañero moderno. Matthew Gray Gubler es un protagonista de terror atípico, un urbanita que se ha creado una imagen y personalidad hipster como contraataque y purga de su vida en el pueblo, pero que en el fondo personifica el fracaso y el autoengaño de su generación. Raymond es neurótico, amanerado (que no gay), desastrado, pero también inteligente, carismático y muy divertido, y nos deja momentos dignos de reaction gif para siempre. En este sentido, hay que reconocer en Matthew Gray Gubler (heredero del mejor Johnny Depp) toda la responsabilidad de que la película funcione. Eso sí, sin desmerecer al resto de reparto (los padres están geniales y hay un cameo muy adecuado de su Majestad Trash John Waters) ni por supuesto el guion de Bates, que aunque discurra por terrenos demasiado convencionales, desprende simpatía y hace gala de un excelente sentido del humor tontiligente y un gran tempo para los chistes. En definitiva, Suburban Gothic es una chorrada encantadora que merece colarse en vuestro panteón de películas de culto.

Pedro J. García