Mad Men 7.13 “The Milk and Honey Route”

Pete Tammy

Bye Bye Birdie

En “Lost Horizon” veíamos cómo los personajes de Mad Men se adaptaban a su nueva situación laboral. A unos les costaba especialmente zambullirse en su primer día de trabajo en McCann-Erickson (Roger y Peggy), mientras otros empezaban con buena predisposición, pero no tardaban ni media jornada en salir de allí para siempre, ya fuera obligados por las circunstancias o motu proprio (Joan y Don). Por el contrario, a uno de los socios de SC&P lo veíamos de pasada en una escena y solo con eso nos quedaba claro que se había adaptado rápidamente y sin problemas. Pete es la excepción, la nota discordante (o deberíamos decir concordante) entre sus colegas de SC&P. No nos sorprende verlo desenvolverse como pez en el agua en su nuevo puesto, floreciendo profesionalmente (se le llena la boca enumerando sus logros en McCann, contando cómo ha captado nuevos clientes importantes y ha salvado Avon después de la marcha de Joan), y en definitiva, siendo “feliz” allí, como él mismo reconoce. Está encantado trabajando en una de las plantas más altas del edificio, codeándose con los ejecutivos más importantes de la empresa, formando parte de la plana mayor del negocio en Nueva York. El eterno trepa ha llegado a la cima.

Sin embargo, la reaparición de Duck Phillips siembra la duda en Pete. ¿Es posible que haya algo más arriba? Duck, tan anárquico y alcoholizado como siempre, le engaña para que acuda a una entrevista de trabajo para un puesto de ejecutivo senior de marketing en una aerolínea especializada en viajes de lujo. Las ventajas son sustanciosas (beneficios, acciones, jets privados a su disposición las 24 horas), y la única condición es mudarse a Wichita, Kansas. Acostumbrado a llevar a cabo él la técnica del poaching (cazar furtivamente a miembros de la competencia), Pete se convierte ahora en el valor en alza por el que las empresas se pelean. Aun es joven (“puedes leer sin gafas”, le dice sorprendido su “entrevistador”), “neoyorquino de pura cepa, de buena familia, buenos estudios, alguien que puede dar un golpe en la mesa con el anillo y dejar saber a quien tiene enfrente que se encuentra con un amigo”. Pete agradece la adulación, pero lo que le hace plantearse el cambio no es eso, ni siquiera la oportunidad de convertirse en un pez gordo de verdad, sino la posibilidad de empezar de nuevo.

Pete Trudy Milk

En la “íntegra” Wichita, Pete será capaz de tener la vida que no puede llevar en una ciudad cara, hostil y perversa como Nueva York, donde ya no hay muchas opciones para prosperar (“Yo he estado en tu lugar, créeme, no dura para siempre”, le dice Duck, su particular fantasma de las navidades futuras). En Kansas vivirá como un rey y podrá viajar en avión donde y cuando quiera (“será como coger un tren a Montauk”). La oferta es irresistible, pero no tiene sentido sin Trudy y Tammy. Pete ha cambiado mucho desde su “fase Don Draper” y desea enmendar sus errores (no hay más que verlo aconsejando a su hermano que detenga su aventura extramarital). En esta temporada final lo hemos visto comportándose como un buen padre (en su primera escena de “The Milk and Honey Route” aparece curando un picotazo a su hija, a la que llama cariñosamente “Wonder Woman”), un compañero de trabajo leal, y en definitiva, un hombre más íntegro y bondadoso. Por otro lado, Trudy ha educado a Tammy dejando al margen el despecho por su ex marido, permitiendo que su hija sea la típica niña pequeña que identifica a su madre con la autoridad y a su padre con la diversión.

Las piezas están dispuestas para que Pete recupere a su familia y juntos puedan empezar una nueva vida. Pero Trudy no está convencida y culpa a Pete de querer barrer bajo la alfombra el dolor que le causó (“Envidio tu capacidad para ponerte nostálgico con el pasado. Yo no soy capaz. Recuerdo las cosas tal y como son”). Pero lo que él le ofrece no es un segundo matrimonio basado en las mentiras y las apariencias, es una nueva vida con un hombre nuevo: “Ya no soy tan tonto, no ignoro el hecho de que podría perder tu amor”. Trudy le confiesa que nunca lo perdió. Pete es sincero, sus intenciones son reales. Ella se ha dado cuenta, y así se lo hace saber con la mirada. “Di que sí con tu voz, no solo con los ojos“, le dice Pete emocionado. Ahora solo queda dar la noticia a la pequeña Tammy, y Pete tiene la forma perfecta de hacerlo: “Dile que su deseo de cumpleaños se ha hecho realidad”. De repente, Pete es esa persona que dice la frase adecuada en el momento perfecto. Los Campbell sellan su futuro con un apasionado beso, una segunda oportunidad para ser felices, esta vez de verdad.

Sally phone

Y mientras Pete encuentra, Don sigue buscando. El título de este episodio hace referencia a una guía de 1930 sobre vagabundos que recorrían el país siguiendo las vías del tren, parando en lugares designados para darles de comer. En este documento se puede leer: “A un vagabundo puede irle bien en una ruta una vez, pero irle mal en otra ocasión. Y de la misma manera, lo que es una carretera de leche y miel para un chaval, puede no serlo para un hombre mayor” (podéis leerla entera aquí). Después de su infructuosa visita a Racine, nuestro protagonista ha decidido no volver a Nueva York para embarcarse en un viaje sin destino a través de la América profunda, utilizando las clásicas rutas federales como si fuera uno de esos vagabundos. Pero Don no ha desaparecido por completo, sino que mantiene el contacto con Sally, a la que pone al día de sus locas locas aventuras (¡una vaca con dos cabezas en Wyoming!), llamándola por teléfono precisamente desde Kansas (al menos está claro que continúa alejándose de su “casa” en dirección este-oeste). En uno de sus trayectos, el coche se avería, dejándolo tirado en Alva, una pequeña localidad de Oklahoma, parada forzada antes de continuar su ruta, que como veremos, no será exactamente de leche y miel para este “hombre mayor”. Allí se aloja en un pequeño motel, donde se relaja en la piscina, viendo la televisión o empapándose de literatura norteamericana, como ha hecho hasta ahora. Don tiene tanto tiempo libre para leer, que en el transcurso del episodio se le acaba El padrino de Mario Puzo, y llegamos a ver hasta tres novelas más (contando la que está leyendo la hermosa morena de la piscina a la que Don observa con más nostalgia que lujuria). Como siempre, todos esos libros están ahí para contarnos algo sobre él o desvelarnos las claves del episodio:

The Woman from Rome de Alberto Moravia (la novela que descansa sobre el cuerpo de la mujer de la piscina) nos habla sobre las vidas entrelazadas de un grupo de personajes, entre los que se encuentra una chica cuya madre es prostituta (como la mujer que crió a Don) y un hombre que, después de traicionar a sus colegas pierde la ilusión por todo en la vida. La amenaza de Andrómeda (The Andromeda Strain), en la que Michael Crichton creó una historia sobre una crisis biológica de forma tan realista que el público creyó que se trataba de un suceso real. Y por último Hawaii, de James A. Michener, un fresco en formato episódico sobre la creación de las islas hawaianas y cómo estas se convirtieron en un estado americano. A través de estos libros, Matthew Weiner insiste en los temas que vertebran esta historia, y este capítulo en particular: la eterna búsqueda de la felicidad, la línea divisoria entre ficción y realidad o la forja de la identidad norteamericana.

Pero volvamos al motel de Oklahoma, donde Don lleva cuatro días, a pesar de que su coche está listo para regresar a la carretera. En Alva se siente cómodo, en paz, todo es más sencillo, más pequeño. Allí puede ser un héroe sin esforzarse demasiado, simplemente arreglando la máquina de escribir de la dueña del hotel o, qué ironía, la de Coca Cola (una máquina expendedora antigua que el gerente no quiere sustituir por una nueva, algo con lo que Don se siente muy identificado). La mujer invita a Don a una reunión de veteranos con su marido, donde los ex militares comparten batallitas de la guerra en una conversación que pronto deviene en sesión de terapia de grupo alcoholizada. Después de escuchar las horrorosas confesiones de sus compañeros de mesa, Don entra en uno de sus trances y comparte con ellos la verdadera razón por la que volvió de la guerra: “Maté a mi comandante. Estábamos bajo fuego y había combustible por todas partes. Se me cayó el mechero y lo volé en pedazos. Y entonces pude volver a casa”. La sorprendente confesión de Don no interrumpe la sesión de camaradería, sino que es recibida con un comprensivo “Son las reglas del juego“.

Don carretera Milk

No obstante, esa misma noche, Don es objeto de un ataque por parte de los veteranos, que lo acusan de haberse llevado el dinero de la colecta benéfica. Los hombres irrumpen en su habitación y le amenazan con violencia si no devuelve lo que ha robado. No se trata de represalias a causa de su revelación en la cena, como podría parecer en un primer instante, pero aun así Don parece recibir la paliza por un momento como castigo divino por sus actos, llegando incluso a provocar a sus atacantes para recibir más golpes (“¿Crees que necesito vuestra calderilla?”), sin duda una forma para él de sentir algo. A la mañana siguiente, Don llega al fondo del asunto. El ladrón es el “chico para todo” del motel, que le ha estado vendiendo alcohol y llevándole las novelas que se dejan atrás otros huéspedes. Don explica al chaval que si no deshace su error, lo lamentará toda su vida, puesto que estará obligado a convertirse en otra persona, y como bien sabe él, eso no es más que una condena auto impuesta. Don recupera el dinero y se marcha de Alva con el muchacho, que necesita que alguien lo lleve a la parada de autobús. Allí, Don decide darle su coche (“No malgastes esta oportunidad”) y es él quien se queda solo en la parada esperando a que llegue el autobús.

Todos los episodios de esta recta final de Mad Men han terminado con Don completamente solo, siempre contrariado, confuso o simplemente aterrorizado. “The Milk and Honey Route” también acaba con Don solo, pero esta vez está sonriendo satisfecho. El hombre que vemos sentado en la parada es otro, no es Don Draper. A lo largo de los últimos capítulos hemos visto cómo se despojaba de todo lo que lo convertía en Don, de todas las piezas que conformaban el enigma de su personalidad. Se ha desecho de su trabajo, ha liberado su secreto más oscuro, ya no lleva su impecable traje, y ahora ha renunciado al coche con el que iba a ninguna parte. Sus pertenencias caben en una bolsa de papel. Puede que (técnicamente) esté más perdido que nunca, pero ya no siente la agotadora responsabilidad de mantener la identidad de Don Draper, de ser un mentiroso profesional. Es un hombre libre. Y por tanto, tenía razón, esto no es un final para él, es el comienzo de algo.

Betty Milk

Me reservo para el final la trama más dura de “The Milk and Honey Route”, la que tiene que ver con Betty. La Sra. Robinson, es decir, la Sra. Francis se nos va. En su primer día de clase en la universidad, Betty tiene un pequeño accidente que le lleva a descubrir que padece un cáncer de pulmón avanzado y le quedan meses de vida. No es el primer susto de este tipo que se lleva (nos llevamos). Recordemos que al comienzo de la quinta temporada, se llegó a especular que su aumento de peso fuera provocado por un tumor. Además, su madre murió de cáncer cuando era joven, por lo que a los que hayan prestado atención no debería pillarles de sorpresa. Claro que no por ello deja de ser un golpe devastador, sobre todo porque llega en un momento en el que Betty había encontrado una nueva ilusión y se preparaba para un nuevo capítulo de su vida.

La reacción de Betty ante la noticia es coherente de acuerdo a su carácter. Cuando recibe el diagnóstico, vemos a una niña que está luchando por procesar una información imposible de asimilar. De hecho, en la consulta del médico, el doctor no habla con Betty, sino con Henry, al que explica que su mujer podría tener de 9 meses a un año de vida si se somete a un tratamiento contra la enfermedad. Ella está ahí sentada, en shock, sopesando todo. Su expresión nos recuerda a Sally más que nunca. A continuación, Henry se desmorona mientras ella intenta mantener la compostura. Betty deja rápidamente atrás las cuatro primeras fases que atraviesa todo enfermo (y sus seres queridos) cuando se le diagnostica una enfermedad terminal, y mientras Henry (1) se niega a aceptarlo, (2) se enfurece, (3) negocia con ella para que acceda a tratarse y (4) se derrumba emocionalmente, Betty ya ha aceptado su destino y se prepara para recibirlo con sus mejores galas. Literalmente.

Betty doctor

Betty siempre se ha caracterizado por ser un personaje caprichoso, egoísta e infantil, pero en esta última temporada (a pesar de su ocasional presencia) hemos sido testigos de su crecimiento como persona. En “The Milk and Honey Route” nos encontramos a una Betty serena (la mayor parte del tiempo) y madura. Es su manera de enfrentarse al drama, como siempre, con frialdad, sin manifestar sus sentimientos (tenerlos los tiene, pero no es su estilo demostrarlos), en definitiva, siendo Betty. Su marido intenta convencerla de que luche recordándole que ha tenido mucha suerte toda su vida, pero Betty ya lo sabe, y precisamente por eso ha decidido no hacer nada para combatir la enfermedad. También por esta razón se niega a mostrar debilidad ante Sally. La reacción visceral de la niña ante la noticia de parte de su padrastro es taparse los oídos, pero tarda solo un segundo en reaccionar: “Tengo que llamarla”. Por el contrario, Henry no es capaz de gestionar sus sentimientos, y es Sally la que acaba consolándolo a él después de que este rompa a llorar como un niño. Ya en casa, Sally sigue demostrando entereza a pesar de estar aterrorizada, y cuando su madre se niega a darle un abrazo, en lugar de reaccionar como una cría, se sienta en la cocina con sus hermanos, a los que besa y tranquiliza dejándonos ver su instinto de protección y su buena mano para manejar las situaciones de crisis.

No es de extrañar por tanto que Betty confíe los preparativos de su funeral a su hija. Henry ha pedido a Sally que haga cambiar de parecer a su madre, pero ella sabe que no tiene caso, que cuando a las mujeres Draper se les mete algo en la cabeza no hay nadie que se lo saque: “Él no sabe que no quieres recibir el tratamiento porque te encanta la tragedia” (no se me ocurre frase más esencialmente Sally Draper y más universalmente adolescente). Betty le explica que ha aprendido a aceptar que ha llegado el final y entonces es cuando su hija negocia: “Yo estaré contigo, no dejaré que te rindas”. Betty le dedica una sonrisa de madre satisfecha, está tranquila porque sabe que se las arreglará sola en el mundo. Pero la decisión está tomada. Ella no se ha rendido y quiere que su hija lo tenga claro: “He luchado por muchas cosas en mi vida. Por eso sé cuándo se ha acabado. No es una debilidad. Ha sido un regalo para mí”. Betty le entrega un sobre con las instrucciones para la funeraria y a continuación apaga la luz y le da las buenas noches. Betty ha cambiado, pero sigue siendo Betty. Solo a ella se le ocurriría tener esa conversación tan dura con su hija en medio de la noche y solo ella es lo suficientemente fría como para decirle “Vuélvete a dormir” justo después y marcharse tan tranquila de su habitación.

A la mañana siguiente, Betty se dispone a ir a clase. Cuando Henry le pregunta por qué, ella responde “¿Por qué lo estaba haciendo antes?” Betty es consciente de quién es, de lo que ha hecho con su vida, y de cómo la perciben los demás, y está satisfecha con ello, en paz.  Al fin y al cabo reconoce la futilidad que hay en todo lo que hacemos. Weiner podría haber convertido esta trama en una excusa para introducir el componente lacrimógeno que no puede faltar en todo final de serie, pero en lugar de eso, deja que el personaje se comporte de acuerdo a su naturaleza, que sea fiel a sí mismo, y no se quite su coraza, porque de otra manera sería artificial e impropio de ella (y de Mad Men). Ver a Betty haciendo frente a la muerte de una forma tan práctica, tan aparentemente libre de emociones, es lo que hace que duela más tener que decir adiós a uno de los personajes más fascinantes de la televisión, además de suponer una manera inteligente de provocar la congoja en el espectador (sin abrazos, solo con palabras). En las instrucciones que deja a su hija, Betty pide ser enterrada con su vestido azul de raso favorito y le recuerda cómo le gusta llevar el pelo y también su color de carmín. Betty siempre ha simbolizado la belleza gélida y eterna de Grace Kelly. Es exactamente así como quiere despedirse, joven, hermosa y llena de glamour. Y así es exactamente como la recordaremos. Hasta siempre, Birdie.

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“The Milk and Honey Route” nos presenta el punto exacto en el que una generación da paso a la siguiente. Pete, Don, Trudy, Sally, todos protegen a sus hijos del mundo, pero también los preparan para lo que pueda venir, para cuando ellos no estén. En el caso de Don, vemos cómo pasa el testigo (en forma de coche) a la nueva generación, personificada por el chico del hotel, con el que se comporta de forma paternal corrigiendo sus errores gramaticales y aconsejándole no caer en los mismos errores que él. El instinto protector y educador de los personajes se ve potenciado en un episodio en el que los mayores se retiran con elegancia y saber estar para que los pequeños se hagan cargo del mundo. La carta de Betty nos recuerda que la niña es el reflejo de su madre, y que esta vivirá en ella. Betty no ha sido la mejor madre del mundo precisamente, pero con el tiempo ha aprendido a ver a su hija, a entenderla. En Sally hay una parte de su padre y una parte de su madre. Y Betty se marcha tranquila sabiendo que el legado que deja en Sally, su independencia, fortaleza y testarudez, le llevará a vivir una vida plena en el nuevo mundo que se abre ante ella (quizá empezando en Madrid su propio viaje). Definitivamente, morir será una gran aventura.

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Comentarios (5)

 

  1. Fenix dice:

    Finalmente, a Don sí que le dejaron encargarse de Coca-Cola. La media sonrisa que pone al ver la máquina lo dice todo.
    Este capítulo deja un fuerte sabor agridulce, pero no se le puede poner ninguna pega. Que consigan que lloremos desconsoladamente por Betty, cuando ni ella misma lo hace, es todo un logro

  2. Fenix dice:

    Ah! Y me encanta el nuevo Pete y su nueva historia con Trudy 😀

  3. Alicia dice:

    Soy muy feliz por Pete y Trudy (y Tammy)

  4. Los Fantasmas del Paraíso dice:

    Deberían sacar los dvds de la serie con estos posts al lado. Sólo llevo leyéndolos esta segunda mitad de temporada y ya me han hecho ver la serie de otra manera y disfrutarla de otra manera. Enhorabuena, qué talento.

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