Crítica: El viaje más largo

THE LONGEST RIDE

Las adaptaciones cinematográficas de las novelas de Nicholas Sparks son ya un género en sí mismo. Uno con una serie de reglas establecidas de forma muy férrea, una fórmula narrativa tan simple como efectiva (para lo que busca) y una imagen de marca perfectamente reconocible. La maquinaria publicitaria detrás de este novelista está muy bien engrasada, saben a quién se dirigen casi en exclusiva y lo único que tienen que hacer es conservar intactas las señas de identidad de estos productos, para que sean fácilmente reconocibles por su público objetivo.

Reconocerás una película de Nicholas Sparks por su fusión de romance aspiracional y melodrama de sobremesa, por su pareja protagonista salida de un catálogo de Tommy Hilfiger, por su banda sonora buenrollista, por repetir paso a paso los lugares comunes de la comedia romántica (el meet-cute, las dudas, la fase “luna de miel”, la primera crisis, la gran decisión), y sobre todo, sobre todo, por sus clónicos pósters, en los que siempre aparecerán los imposiblemente guapos protagonistas de perfil, uno frente a otro, y casi con toda seguridad, él agarrando la cara de ella con las manos.

Esto se puede aplicar sin apenas margen de error a la caterva de películas sparksianas de los últimos años: El diario de Noa (la improbable cinta de culto que impulsó el fenómeno Sparks), Querido John, La última canción, Un lugar donde refugiarse, Lo mejor de mí (actualmente en cartelera), y así hasta llegar a la más reciente, El viaje más largo (The Longest Ride), cuya pareja protagonista está formada por dos estrellas en ciernes, la sumamente encantadora Britt Robertson (The First Time, Tomorrowland) y el nuevo galán de moda en Hollywood, Scott Eastwood, hijísimo de Clint (es su viva imagen), favorito de las revistas de moda y solicitado actor de cine que vamos a ver en todas partes a partir de este año.

Otra cosa no, pero el casting de El viaje más largo no podría ser más acertado. Robertson encaja como anillo al dedo en el perfil cinematográfico de la universitaria enamoradiza, una chica real y cercana pero muy sexy (tipo “la chica de al lado”), y Eastwood está perfecto como el cowboy Luke Collins (no podía llamarse de otra manera), un montador (de toros de rodeo, aunque también se puede usar como sinónimo de fucker) chapado a la antigua, galante, paradigma de la masculinidad tradicional estadounidense.

The Longest Ride

El viaje más largo se divide en dos tiempos narrativos. En el presente tenemos a Sophia (Robertson) y Luke, dos jóvenes que se enamoran perdidamente a pesar de habitar en mundos opuestos (ella estudia Arte Contemporáneo y él vive de los rodeos) y de que sus futuros les deparan caminos separados (Sophia está a punto de aceptar unas prácticas en una importante galería de Nueva York). Una noche tras una cita se encuentran en la carretera con un accidente de coche, del que rescatan a un anciano llamado Ira (Alan Alda). En el hospital, Sophia entabla una amistad con él. Ira le cuenta su propia historia de amor a través de las cartas que escribía a su amada, elaborando un relato epistolar oportunamente idóneo para guiar a la chica en su propio dilema romántico. De esta manera, el film va alternando pasado y presente para narrarnos las dos historias, la de los 40 protagonizada por Jack HustonOona Chaplin. Al principio puede parecer que los flashbacks sirven únicamente para rellenar metraje (inexplicables 139 minutos) debido a lo escaso del material original (y en cierto modo es así), pero están ahí por algo, para ofrecer un hilo narrativo y en última instancia dar sentido (es un decir) al rocambolesco desenlace, donde las piezas tienen que encajar a la fuerza, aunque se rompan.

Afortunadamente, El viaje más largo no llega a los niveles de estupidez que alcanzó Un lugar para refugiarse (donde Sparks introducía irrisorios elementos de thriller y cuento sobrenatural en su fórmula rom-com). La película, dirigida por el experimentado en el cine de acción George Tillman Jr. (se nota su mano en las formidables secuencias en el rodeo), manifiesta todos los vicios propios del cine sparksiano, pero en esta ocasión el cóctel de erotismo softcore para mujeres, almíbar y gas lacrimógeno está bien medido, hasta el punto de que dentro de lo que se espera de estas películas, resulta medianamente disfrutable.

The Longest Ride

Que sí, que no es más que un engañabobos para románticas empedernidas (con suerte sabrán que esto es solo un cuento de hadas), que la historia no tiene sentido y aún así se las arregla para ser tan predecible como siempre (resulta ridículo que Ira escriba esas cartas a su mujer, con la que vive, para contarle lo que acaban de experimentar juntos; por no hablar del innecesariamente retorcido e implausible final), y a la película se le ven las costuras en todo momento. Pero de alguna manera hay algo que hace que funcione. Puede que sean los desnudos gratuitos nivel “Jacob de Crepúsculo se quita la camiseta para limpiar un rasguño a Bella” (la cámara está ahí para filmar a Eastwood y presentarlo a la audiencia como el espécimen masculino perfecto que jamás podrá tener, pero Robertson tampoco se queda atrás, ofreciendo un discreto pero sorprendente despelote); tal vez sea la excelente química de los protagonistas, o la presencia de Oona Chaplin o Melissa Benoist (desaprovechada en el papel de BFF pero siempre bienvenida), o quizás el hecho de que en cierto modo, hemos llegado a apreciar el cine sparksiano como la autoparodia definitiva (estas películas son conscientes de lo que son y de la función que desempeñan). Sea como fuere, El viaje más largo satisfará plenamente a su público target sin horrorizar a sus acompañantes, o a los que pasaban por ahí. Puede que hayamos dado con la fórmula perfecta para el San Valentín eterno.

Y para terminar, un apunte importante, que sé que es lo que más os interesa: Scott Eastwood enseña el culo. Pero a la cámara, que está tan enamorada de él (normal), le da vergüenza bajar demasiado, y nos tenemos que conformar con verle solo la mitad. Pero bueno, no os preocupéis, hay carnaza de sobra para compensarlo. Solo para sus ojos:

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