Crítica: Suite francesa

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Viajamos en el tiempo a un pequeño pueblo de Francia en 1940. La joven Lucile Angellier (Michelle Williams) espera que su marido regrese del frente. La muchacha vive con su autoritaria suegra (Kristin Scott Thomas), para la que trabaja ocupándose de gestionar la finca que tiene alquilada a una de las familias más pobres de la zona. La llegada al pueblo de un grupo de refugiados parisinos tras la ocupación de la capital trae consigo un regimiento del ejército que se encarga de sitiar el aparentemente apacible lugar, donde los soldados establecen sus residencias ocupando los hogares de los habitantes del pueblo. El oficial Bruno (Matthias Schoenaerts) recibe la orden de mudarse con Lucile y su suegra a la que es sin duda la casa más acaudalada de la zona, lo más parecido a una mansión en aquel humilde pueblo. Bruno es un soldado de buenos modales, galante y refinado, un buen hombre, distinto al resto de oficiales y soldados alemanes. Comparte con Lucile su afición a la música y trata a la joven con respeto y cariño, ganándose de esta manera su corazón, al que accede a través de la suite que está componiendo al piano. Lucile se enamora inevitablemente de él, y aunque Bruno le corresponde y ambos se lanzan a la aventura sin pensar en las consecuencias, viven en una realidad que hace que su amor sea imposible.

Suite Francesa es el nuevo largometraje de Saul Dibb, conocido sobre todo por otro drama de época, La duquesa (2008). Esta cinta histórica adapta la popular novela homónima de la escritora judío-francesa fallecida en Auschwitz Irène Némirovsky, manuscrito de 1942 que fue conservado por las hijas de la autora y publicado en 2004. Dibb compone una historia sobre los horrores de una guerra incipiente desde el punto de vista de la mujer que espera, del pueblo que continúa con sus quehaceres diarios mientras a su alrededor se gesta un conflicto que amenaza su seguridad. Suite Francesa está contada apoyándose en todo momento en el aspecto más humano del relato, por eso el film puede clasificarse sobre todo como drama romántico. La historia principal es el affaire que viven Lucile y Bruno, ellos son el núcleo de un relato que se ramifica para mostrarnos la vida en el pueblo, las diferencias de clase, los vaivenes ideológicos, las alianzas y los desacuerdos entre vecinos, y cómo el miedo condiciona sus relaciones y destapa secretos y traiciones entre sus habitantes.

cartel SUITE FRANCESADibb elabora un drama caracterizado por la fuerza contenida. Sus personajes no tienen la posibilidad de desatar sus pulsiones, ya que están constantemente vigilados por el enemigo. En cada escena de la película se puede respirar esa tensión atrapada, pero se hace especialmente patente en el personaje de Lucile. Michelle Willams lleva a cabo un trabajo interpretativo casi académico, deliberadamente comedido y basado en los matices, en lo que no se ve a simple vista, una de esas actuaciones que pueden pasar desapercibidas por evitar los aspavientos melodramáticos. Pero es que Suite Francesa no es un drama bélico al uso, sino una historia de amor furtivo que se diferencia dentro del género por su mesura y su prudencia. Y ahí es quizás donde está su mayor defecto, en la falta de riesgo y compromiso más allá del romance. Suite Francesa es un film estéticamente hermoso, goza de una ambientación y un trabajo de diseño de producción y vestuario exquisito, pero algo falla cuando una película sobre la ocupación nazi llega a resultar tan acogedora y reconfortante por momentos. Afortunadamente, el desenlace de la película nos recuerda que no estamos ante una novela de Nicholas Sparks (autor que coincide con la de Némirovsky en cartelera, no con una, sino dos adaptaciones) y dota de gravedad y dramatismo a la historia de Lucile y Bruno sin abandonar el temple narrativo que ha caracterizado a la película hasta ese momento.

Suite Francesa no puede equipararse a los dramas bélicos más celebrados del cine, pero tampoco es lo que busca. Su mayor baza reside en su impecable factura y sobre todo en el excelente trabajo de su reparto, con intensas interpretaciones por parte de los secundarios (destaca una soberbia Ruth Wilson, y que Scott Thomas está perfecta una vez más no hace falta decirlo), y una pareja protagonista cuya compenetración trasciende la pantalla. Williams lleva con gracilidad el peso del relato sobre sus delicados hombros y Schoenaerts se confirma como uno de los actores más potentes y magnéticos del cine actual.

Valoración: ★★★½

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