Crítica: La sombra del actor

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Simon Axler (Al Pacino) es un reputado actor de teatro en el cénit de su carrera. Después de muchos años dedicado a la profesión, Axler ha perdido el norte y ya no distingue entre la realidad y la ficción, es decir, no sabe cuál es la diferencia entre vivir y actuar (“Como actor, he llegado a la convicción de que no se puede separar cualquier escena de un guión de lo que te ocurre en la vida real. Ambas  situaciones son finalmente la misma”). Su deterioro mental afecta a sus aptitudes como intérprete, y cuando comprueba que ha perdido el talento y ha olvidado cómo actuar encima de un escenario (la única manera de llamar la atención de público y crítica es llevar a cabo tretas extravagantes sobre las tablas), cae en una depresión con tendencias suicidas. Cuando Pegeen (Greta Gerwig), la hija de una antigua amiga (Dianne Wiest), regresa a su vida, Axler ve una oportunidad para salir del hoyo en el que se ha metido e intentar recuperar su don. A pesar de la diferencia de edad (de niña estaba colada por él), y de que Pegeen es…, bueno, lesbiana, el actor emprende una aventura romántica con ella.

Este es el argumento de La sombra del actor, lo nuevo del veterano Barry Levinson (Rain Man, Good Morning Vietnam), adaptación al cine de la novela número 30 de Philip RothThe Humbling (en España titulada La humillación). En ella tiene lugar el encuentro y colisión de dos generaciones actorales, la vieja escuela del cine de autor de los 90 y la millennial. Al Pacino y Greta Gerwig La sombra del actorhacen pareja para ofrecernos una neurótica y tormentosa relación que sostiene una dramedia de grandes desequilibrios, un film a menudo incómodo y extraño, no por lo que nos cuenta, sino por cómo lo hace. Levinson dirige a Pacino con soltura, hablan el misma idioma y a pesar de que La sombra del actor puede provocar sobredosis por exposición continua al mítico actor neoyorquino, el director saca todo el jugo interpretativo de su protagonista. No así con Gerwig, que parece descontrolada y desbordada, sola ante el peligro e incapaz de encontrar un punto en común con los “viejos” talentos con los que trabaja.

Axler es un personaje muy goloso, una oportunidad de lujo para un actor que ha dejado muy atrás su época dorada y sobrevive de las rentas. Si no que se lo digan a Michael Keaton, cuyo Riggan de Birdman parece una versión actualizada del Axler de Roth. La película de Alejandro González Iñárritu tiene muchos elementos en común con la de Levinson, y las comparaciones son inevitables. Sin embargo, donde Birdman recurría a la pirotecnia narrativa, La sombra del actor opta por la calma neurasténica del Woody Allen de hace dos o tres décadas.

El resultado es una cinta de espíritu noventero, un trabajo correcto pero demasiado chapado a la antigua. Levinson muestra una evidente dificultad para conectar con el cine del siglo XXI, y por extensión, con el público actual (la culpa no es toda suya, parece mentira que la novela de Roth se publicase en 2009). La prueba definitiva está en Pegeen y su relación con Axler, trama que termina por hundir el film. El tratamiento de la sexualidad del irritante personaje de Gerwig es lamentable. Levinson y Roth entienden la homosexualidad en términos muy carcas y simplistas: ser lesbiana es querer ser hombre, ser gay es desear convertirse en mujer y para saltar alegremente de una orientación sexual a otra lo más importante es empezar a vestir como el sexo opuesto. Si La sombra del actor fuera una persona, sería la típica que pregunta a una pareja gay “¿Y quién es el hombre?” Muy 1990, muy triste.

Valoración: ★★½

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