Crítica: El maestro del agua

Russell Crowe El maestro del agua

Después de tres décadas dedicado casi enteramente a la interpretación, Russell Crowe da el salto tras las cámaras con El maestro del agua (The Water Diviner), su ópera prima como realizador, un film cuyo estilo es coherente con el tipo de cine al que nos tiene acostumbrados el australiano. El maestro del agua se adscribe al género histórico de aventuras épicas y nos lleva a Turquía, cuatro años después de la cruenta Batalla de Galípoli durante la Primera Guerra Mundial. Crowe se reserva también el papel protagonista, uno sin duda hecho a su medida. Joshua Connor es un bondadoso granjero australiano que ha perdido a sus tres hijos adolescentes en la guerra y emprende un viaje a Estambul para descubrir qué ha sido de ellos. Allí entabla una amistad especial con la viuda propietaria del hotel donde se hospeda (Olga Kurylenko), y su hijo, un niño que ve en él al padre que ha perdido.

Water DivinerEl maestro del agua no parece una película realizada en 2014. Las ambiciones cinematográficas de Crowe descansan en los clásicos de la época dorada de Hollywood y el cine épico de los 70 y 80 (Bruce Beresford y Peter Weir se encuentran entre sus influencias), tal y como evidencian el acabado estético del film, su valores de producción y sus conservadores planos. Pero Crowe carece de garra como narrador y personalidad como director; su trabajo de cámara es básico, por no decir torpe, y como resultado El maestro del agua es una cinta sin estilo, abarrotada de clichés, incapaz de transmitir con sus austeras imágenes la supuesta emotividad del relato. La estruendosa banda sonora y las abundantes escenas a cámara lenta evidencian a un director escaso en recursos que no tiene más remedio que echar mano de trucos varios para insuflar algo de vida a una obra que no ha sido capaz de levantar con sus propias armas como cineasta.

Por otro lado, como actor, Crowe parece moverse con el piloto automático. Su magnética presencia es innegable, su voz imponentemente masculina casi que hace todo el trabajo por él, pero no es suficiente, el actor parece algo inerte (algunos dirán que su interpretación es sutil; yo creo que simplemente es plana), y esto hace que sea complicado conectar a nivel emocional con la película. El resto de actores cumplen sin más. Kurylenko se resarce de sus lamentables trabajos en el cine de acción (Quantum of Solace, Oblivion) con una interpretación más despierta, y Jai Courtney (que está en todas las películas) se confirma como el actor al que recurrir para desempeñar papeles físicos y personajes rudos.

El maestro del agua se columpia constantemente entre lo clásico y lo anticuado, el melodrama familiar y el romance almibarado, para quedarse finalmente en tierra de nadie. Se agradece que Crowe se presente como un director libre de pretensiones (todo lo contrario que otro actor metido a director este año, Ryan Gosling), pero su trabajo por ahora resulta monótono y rudimentario.

Valoración: ★★

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