Crítica: La casa del tejado rojo

THE LITTLE HOUSE

Japón, 1936, la joven Taki (Haru Kuroki, merecido Oso de Plata en Berlín 2014) abandona su pueblo al norte del país para trabajar como criada para una familia a las afueras de Tokio. La muchacha cambia el campo nevado de su aldea por la vida moderna en una preciosa casa de tejado rojo que sobresale entre todas las construcciones y la vegetación de la zona, confortable hogar habitado por Tokiko, su marido Masaka y su hijo pequeño. Taki, respetuosa, leal y sacrificada, personifica las cualidades ideales de una criada japonesa del momento (el periodo conocido como “Showa moderno”), convirtiéndose en un valioso baluarte para la familia durante una tumultuosa época en la que la guerra está a punto de estallar, cambiando la sociedad japonesa para siempre.

La llegada de Shoji Itakura, un empleado de Masaka, amenaza con alterar la armonía que reina en la casa. Tokiko, constantemente infravalorada e ignorada por su marido, que la trata como a una sirvienta, empieza a sentir un irrefrenable deseo por el recién llegado que la cubre de atenciones. Sesenta años después, la ya anciana Taki escribe sus memorias en unLa casa del tejado rojo cuaderno alentada por su sobrino Takeshi, junto al que viajamos al Japón de la guerra para descubrir la fascinante historia de una mujer que protegió a la familia hasta las últimas consecuencias.

El veterano Yôji Yamada sigue explorando el concepto de familia nipona a través de la historia en la que es ya su 82ª película como director. Primero contemporáneo de Yasujirō Ozu y ahora continuador de su legado, Yamada nos regaló el año pasado Una familia de Tokio, maravilloso homenaje (o remake) a una de las obras cumbres del maestro japonés, Cuentos de Tokio. Con La casa del tejado rojo, Yamada continúa mostrándonos el funcionamiento de la sociedad japonesa, estrictamente ordenada y basada en los valores del honor y el respeto. En esta ocasión, el director decide rascar un poco más debajo de esa superficie de comportamiento ceremonial, matrimonios concertados y férreas convenciones sociales para hablarnos de una infidelidad en el seno de una familia modélica, haciéndonos cómplices de los secretos de la familia, que miramos curiosos a través de los ojos de Taki.

La mirada de Yamada es inquisitiva, pero nunca agresiva, no juzga a sus personajes (especialmente a Tokiko), a pesar de que bajo los ojos de la sociedad el momento su comportamiento pueda ser reprobable, sino que los entiende y los presenta como seres profundamente humanos. Repleta de instantes mágicos de cotidianeidad y costumbrismo y rebosante de ternura y buen humor en cada rincón, La casa del tejado rojo es un relato romántico amable y preciosista coronado por la hermosa (cómo no) banda sonora de Joe Hisaishi. Pero es el trío protagonista de actrices quien eleva la emotividad de la película más allá de las tejas, tres trabajos interpretativos tan sutiles como desgarradores que culminan en una catártica recta final con el poder de afectar profundamente a aquellos que hayan entrado en la casa del tejado rojo junto a Taki.

★★★★½

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