Crítica: El destino de Júpiter (Jupiter Ascending)

Jupiter Ascending

A Andy y Lana Wachowski ya les da exactamente igual todo, y la prueba definitiva es esa hipnótica y fascinante debacle que es El destino de Júpiter (Jupiter Ascending). Haciendo balance de su carrera, no cabe duda de que con Matrix (1999) tocaron techo. Tras aquella lección de ciencia ficción y cine palomitero de calidad, bien podrían haberse retirado (muchos desearían que así hubiera sido), pero insistieron en quedarse, no porque tuvieran muchas historias que contar, sino porque sus cabezas acabarían estallando sin un lugar donde plasmar los universos que las abarrotan. Y es que como atestigua su filmografía posterior (las decepcionantes secuelas de Matrix, la insípida Speed Racer o la desbordante El atlas de las nubes), lo que a Andy y Lana les interesa hoy por hoy es edificar mundos de fantasía y diseñar las reglas que los ponen en funcionamiento y los derrumban (la lógica es lo de menos). Ellos ya no son narradores, son arquitectos, alquimistas, amos del calabozo. Y El destino de Júpiter no es más que el siguiente paso natural en su carrera, una epopeya espacial a medio camino entre Dune y El quinto elemento con la que “The Wachowski Brothers” nos piden hacer la vista gorda a lo risible de su argumento para poder disfrutar del festín visual y el fastuoso espectáculo que nos han preparado, en todo su esplendor camp.

Es la única manera de apreciar una película en la que una joven llamada Júpiter Jones (Mila Kunis), que trabaja limpiando retretes de gente adinerada (seguramente limpie más cosas, pero los Wachowski se empeñan en poner a Kunis de rodillas a frotar inodoros como si no hubiera mañana), resulta ser la reencarnación genética de la fallecida emperatriz del planeta Abraxas, donde sus herederos al trono luchan por el control de la Tierra, que ha sido utilizada desde la era de los dinosaurios como “granja” para producir un suero de juventud eterna para los alienígenas (un momento que retome la respiración), y cuyo destino depende de Júpiter, que con la ayuda de Caine Wise (Channing Tatum) -un guerrero humanoide medio albino con “más en común con un perro que con un humano” y adorables orejas de elfo que vuela y hace parkour con botas-cohete y se pasa la mitad de la película sin camiseta porque sí gracias-, viaja a través del espacio para detener al heredero Balem (estrepitoso Eddie Redmayne pidiendo el Razzie para hacer compañía a su Oscar), una melodramática diva carraspeante con mommy issues, y así salvar a la Tierra (aspiro y acabo con el oxígeno de la habitación). Eso es, muy a grandes rasgos, la trama de El destino de Júpiter, y me he dejado cosas tan importantes como la milicia de lagartos, los extraterrestres con caras de animales de peluche (salidos de Lilo & Stitch), las abejas dotadas biológicamente para detectar la realeza (!!!) y Sean Bean viviendo para contarlo, si es que es capaz.

JUPITER ASCENDING

Vamos, que El destino de Júpiter es demasiado fuerte para ser real; una space opera romántica con aires de cuento de hadas en la que la coherencia interna (y de cualquier tipo) brilla por su ausencia y todo giro y acontecimiento responde a una máxima: ¿¡Y por qué no!? Si Mila Kunis no se pregunta en ningún momento qué cojones está ocurriendo a su alrededor y se zambulle en la locura asimilando sin rechistar la información con la que la bombardean los personajes que se va encontrando (porque la embelesan con los vestidos más bonitos del universo, literalmente), ¿quiénes somos nosotros para hacer lo contrario? Sobre todo cuando se nos arrastra hacia una rocambolesca vorágine de acción diseñada para desorientarnos (prueba superada especialmente con las adrenalínicas secuencias de vuelo) y distraernos así de los escandalosos agujeros narrativos y la confusa mitología que no deja de (sobre)explicarse en ningún momento. Es una pena que las locas estas no sean capaces de (o no quieran) aprovechar las buenas ideas y conceptos que amasan (“el tiempo es el recurso más valioso del universo”) para contar una historia con un discurso más satisfactorio, pero es que los Wachowski nos lanzan tantas cosas brillantes y bonitas a la cara (¡esa arquitectura, ese vestuario con más de 1.3 millones de cristales Swarovski, esos colores, las pecas de Channing Tatum!) que lo demás nos acaba dando exactamente igual, como a ellos.

Jupiter Jones

Para gozo del niño o la niña de 13 años que llevamos dentro, El destino de Júpiter es en esencia una de esas fantasías épicas de los 80, un cuento exquisita y ridículamente kitsch protagonizado por una princesa en peligro (además de limpiando váteres, Kunis se pasa la película cayéndose al vacío) y su aguerrido caballero, diamante en bruto de procedencia humilde y gran corazón, como Westley, o Aladdin (porque Júpiter también tiene algo de clásico noventero de Disney), donde no importa tanto lo que se cuenta, sino lo que se muestra. Una película que, como decíamos al principio, se esfuerza en crear un universo nuevo desde cero, pero lo hace abasteciéndose de mundos ya inventados por otros. Además de la mencionada Dune (evidente fuente de inspiración), El destino de Júpiter aglomera referentes y estilos para dar y regalar: un poco de cyberpunk, una pizca de tecno-anime, un toque de LegendLa princesa prometida (y no me digáis que ese “Your Majesty” no es el “As You Wish” de esta película), Blade Runner, Star Wars, y por supuesto, Brazil y el imaginario de Terry Gilliam (cuyo oportuno cameo en el film ya amortiza la entrada).

Lógicamente, el resultado es un batiburrillo caótico y sobrecargado, pero también una película viva y en constante movimiento, una que ha venido a divertirse y se divierte, como demuestra su tendencia a abandonarse sin vergüenza al humor bizarro (el flirteo zoofílico entre Kunis y Tatum es de ver para creer). Por eso, por todo lo citado anteriormente, y especialmente por Balem Abraxas (uno simplemente no supera a Balem Abraxas), El destino de Júpiter tiene todas las papeletas para convertirse con el tiempo en una de nuestras películas de culto favoritas, un estrepitoso fracaso comercial que el universo acabará poniendo en su sitio, junto a la realeza camp del cine. Y si no me creéis, preguntad a las abejas, porque no lo olvidéis nunca: Bees don’t lie.

Valoración: ★★★½

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Comentarios (5)

 

  1. Juan Pazos dice:

    La misma, mismísima puntuación que yo le he dado y casi por los mismos motivos, aunque para mi gusto hay algún aspecto (entre líneas y haciendo un esfuerzo) que es muy apreciable en serio, sin justificarse desde el camp. Obviamente “esto” es carne de reivindicación de culto y gifs enfebrecidos en tumblr y sus dos grandes frases (“I love dogs” y “Bees don’t lie”) no pueden tardar demasiado en hacerse camiseta. Viva! (la diva).

    • Imagen de perfil de fuertecito fuertecito dice:

      Toda la razón, Juan, yo me he escudado en el encanto camp para justificar su grandeza, pero en realidad tiene cosas muy destacables fuera de toda coña e ironía.

  2. Me lo pasé bomba viéndola. Podría ser mejor, pero no le hace falta. De todas las frases buenas del artículo me quedo con la mejor: ” las pecas de Channing Tatum!” En su caso el uso de las camisetas está sobrevalorado. Solo no perdono una cosa, no han sacado libro de arte de semejante orgía visual, y eso sí que es criticable.

  3. Mara dice:

    Me han dado todas las ganas del mundo de verla, qué me gustan tus críticas con chichas! Pero una cosa que no me ha quedado clara: de verdad que Sean Bean no muere? Eso no va contra el principio de no contradicción del universo?

  4. María dice:

    Yo ví la película y no me gustó mucho, deja muchas lagunas a la hora de explicar lo que pasa y hay veces en las que hay giros innecesario. He estado investigando sobre la pelicula, y me he dado cuenta de que hay criticas bastante duras contra algunos de los actores, y en ese caso no creo que ellos tengan la culpa, realmente son los mensajeros que nos envian a nosotros, los espectadores, las ideas de los directores.

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