Crítica: Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia)

Michael Keaton Birdman

Texto escrito por David Lastra

Michael Keaton dará vida a Batman en la gran pantalla”. Si a finales de los ochenta Twitter hubiese existido, estaríamos ante un #breaktheinternet en toda regla. Hasta ese momento, Keaton había encontrado un nicho laboral acorde a sus aptitudes interpretativas: la comedia. Por lo que la decisión de Tim Burton (que acababa de trabajar con él en Bitelchús) sorprendió a más de uno e indignó a otros muchos más. Meses después, Batman arrasó en taquilla recaudando más de 400 millones de dólares, premios para Jack Nicholson y alabanzas a su interpretación como Bruce Wayne. Una excelente secuela, un porrón más de dinero en entradas y dos sucesores sosos a más no poder (¿alguien se acuerda de Val Kilmer en Batman Forever o de algo más que de los pezones de George Clooney en Batman & Robin?) no solo dieron la razón a Burton, sino que convirtieron a Keaton en Batman. Esa identificación con el murciélago y la ausencia de proyectos sugerentes en las décadas siguientes (Mis dobles, mi mujer y yo o Jack Frost, Medidas desesperadas, por citar alguno de los bodrios de su filmografía de aquellos años) hicieron que la carrera de Keaton se hundiese en el ostracismo.

Cuando Christian Bale le arrebató la máscara de cara a las nuevas generaciones, al protagonista de Recién graduada junto a Alexis Bledel no le quedó ni la posibilidad de dedicarse a convenciones de fans. Solo quedaba una carta que jugar: una resurrección kamikaze. Una estrategia que muchas estrellas venidas a menos habían utilizado con anterioridad y que podía estar basada en la elección de papeles más arriesgados (Matthew McConaughey o Ben Affleck, cuyo caso es más especial al dar el paso también al otro lado de la cámara) o desnudándose encima de un escenario teatral (no necesariamente de manera literal como fue el caso de Daniel Radcliffe). En Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia), Michael Keaton recurre a esos dos caminos: como actor acude a los brazos de Alejandro González Iñárritu (Babel), para dar vida a un actor que decide adaptar, producir e interpretar a Raymond Carver en Broadway.

Birdman

El bucle à la Escher ideado por Iñárritu es un golpe de fuerza a la anquilosada narrativa cinematográfica. El descalabro podría haber sido mayúsculo, pero a su buen hacer a la hora de contar historias múltiples que lleva demostrando desde su debut en Amores perros, ha sabido hacerse acompañar de un elegante y agobiante Emmanuel Lubezki que no solo ha sido capaz de materializar todos los artificios e ideas imposibles del realizador, sino que le ha ayudado a ir aún más allá, logrando resultados como los de la espectacular escena realizada en Times Square, una secuencia que hace que todos los manuales de Historia del Cine deban ser actualizados. Pero no se engañen, Birdman no es solo una golosina técnica, la verdadera fuerza del film viene de un ejército de actores y actrices que responden ante los extremos conflictos ideados por Iñárritu con unas interpretaciones tan convulsas y violentas que compiten en intensidad con la batería de Antonio Sánchez.

Keaton acierta de pleno en su papel de estrella de cine venida a menos jugándosela en Broadway logrando el rol de su vida. Ahora solo queda ver si ha vuelto para quedarse o estamos ante un caso como el de Mickey Rourke con El luchador. La mímesis Riggan y Keaton es total, de la misma manera que la de Edward Norton y su Mike Shinner. El actor que nos volviese locos con Las dos caras de la verdad y El club de la lucha, aceptó proyectos horrendos y se redimió con Wes Anderson, nos da con este Mike una verdadera lección. Que existe la posibilidad de que Norton sea un capullo sabiondo ególatra y genial como Shiner y únicamente se esté haciendo de sí mismo es muy probable, pero da lo mismo. Una interpretación como la suya hace que el Cine siga siendo Arte.

Emma Stone Birdman

Durante los diferentes viajes por el teatro, nos encontramos a una siempre solvente Naomi Watts, a un Zach Galifianakis más calmado de lo habitual (aunque esté histérico, no es un vendaval como en Bored to Death o la saga de Resacón), a una despiadada Lindsay Duncan como crítica del New York Times contraria al intrusismo de los actores de cine en el teatro y a una omnipresente Emma Stone. Decir que Stone es una estrella emergente no es una boutade, es una completa estupidez. Dotada de un talento innato para la comedia y para enamorarnos con sus big eyes, Stone clava su papel de juguete roto, hija de un loser hollywoodiense. Sus últimos roles y los proyectos en los que anda inmiscuida para lo que queda de década hace que podamos afirmar que esta chica no tiene nada que ver con su Sam, ni con otra actriz pelirroja con la que se le comparó al principio de su carrera.

El cine es espectáculo y Birdman es cine, de la misma manera en que Riggan es Michael Keaton y su relación con Birdman es la misma que la que tiene el actor (real) con Batman, porque la película de Iñárritu muestra la vida de los actores y actrices mientras hacen teatro, que no es otra cosa que la vida normal pero encima de un escenario con gente declamando y abriéndose en canal con los mismos cambios de vestuario y esto se está empezando a convertir en una frase muy larga, sin pausas evidentes, repleta de obviedades, golpes de efecto y verdades como puños que eclipsan todos sus defectos que haberlos haylos pero no importan mucho porque ya hemos dicho que la película de Iñárritu es cine y el cine es espectáculo.

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