Crítica: Las ovejas no pierden el tren

Las ovejas no pierden el tren

El cine y la televisión están obsesionados con nosotros. Es decir, con la generación de entre 25 y 45 años, almas errantes que buscan su sitio en un mundo que ya no da tan claras sus instrucciones para ser un adulto. Las ovejas no pierden el tren retrata con gran acierto y sensibilidad a esa generación peterpanesca a la fuerza, para la que los sueños, los objetivos personales y metas profesionales se tornan más utópicos que nunca en este panorama de crisis (ya no solo económica). La película de Álvaro Fernández Armero (Nada en la nevera, El arte de morir) explora estas y otras ideas a través de un variopinto plantel de personajes que forman una gran familia española (biológica y creada), “adultos” de todas las edades en ese momento de la vida en el que uno se plantea qué ha hecho con ella, si está donde y con quien quería estar, y si ha perdido el último tren.

La pareja formada por Luisa (Inma Cuesta) y Alberto (Raúl Arévalo) ejerce de hilo conductor de la película. Son dos jóvenes treintañeros, inseguros padres de un niño, que buscan a su segundo hijo a pesar de las dificultades monetarias que están atravesando, y que les han llevado a irse a vivir al campo -para disgusto de él. Inma da clases de moda en una academia con más trampas que Los Goonies, y Alberto Las ovejas no pierden el tren posterresponde al arquetipo del escritor bloqueado que publicó una novela de éxito hace años y nunca logró pasar al siguiente capítulo profesional, problemas que afectarán seriamente a su vida en pareja. Los acompañan Juan (Alberto San Juan), el hermano de Alberto, periodista de 45 años divorciado que sale con una chica de 25 (Irene Escolar), uno de los muchos síntomas de su crisis de los 40, y Sara (Candela Peña), una suerte de Soshanna Shapiro (Girls) a la española, obsesionada con su vida 2.0, propensa a montarse películas y desesperada por encontrar al hombre que la lleve al altar.

Las ovejas no pierden el tren es un fresco cotidiano sobre la vida, las parejas y la familia en los tiempos que corren, una divertida e inspirada comedia coral que juega bien la baza de contar con algunos de los rostros más populares del actual star system patrio (menuda racha llevan Cuesta y Arévalo) y una madrina de excepción como Kiti Mánver. Es cierto que el film adolece de una estructura descentrada, caótica, y una historia tremendamente deslavazada (tanto como la vida de los protagonistas), y que podría haber sacado mucho más partido al material de haber contado con una dirección y un montaje menos… rústico (por ser generosos). Sin embargo, la película sale bien parada gracias a su energía optimista, y sobre todo a sus personajes. Todos están excelentemente escritos, de manera que funcionan a nivel abstracto, como arquetipos (incluso conceptos), pero también como personas reales. Destaca una divertidísima Peña (como siempre), tan caricaturesca como en última instancia humana y conmovedora. Como Sara, todos los personajes de Las ovejas no pierden el tren nos acaban desvelando la posibilidad de controlar el destino propio, de hallar un nuevo rumbo en una vida inesperada, conclusión más que certera para una obra tan moderna y clásica a la vez.

Valoración: ★★★½

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