Crítica: Big Eyes

BIG EYES

Cuando nos enteramos de que Tim Burton se iba a ocupar del biopic de Margaret y Walter Keane, Big Eyes, sonaron campanas de esperanza para los fans del director de Eduardo manostijeras. ¿Será posible que Burton vaya a volver a sus días de Ed Wood? ¿Se ha dado cuenta por fin de que tanta pantalla verde estaba matando su creatividad? ¿Detendrá con esta película su imparable caída en la autoparodia? Poco después, cuando confirmamos que ni Johnny Depp ni Helena Bonham Carter formarían parte del elenco de Big Eyes, clamamos Aleluya al cielo. La cosa pintaba bastante bien, y el proyecto auguraba una vuelta a la forma que tanto el director como sus fieles seguidores necesitaban.

Pues bien, después de ver Big Eyes, podemos decir que Burton no ha recuperado el lustre de antaño (quizás ni esté interesado ni el siglo XXI se lo va a permitir), pero al menos ha realizado su film más centrado en años, un trabajo des-burtonizado y descargado de florituras innecesarias (y de ridículos bailes de celebración anticlimática) que desvía la atención hacia lo importante: el excelente trabajo interpretativo de Amy Adams como la amantísima y achantadísima ama de casa de los 50 Margaret Kane.

Big EyesBig Eyes cuenta la fascinante historia de esta artista obligada a pintar cuadros en la sombra mientras su marido se llevaba la gloria por su trabajo. Así, nos adentramos en la psique de Margaret para descubrir la motivación tras los famosos óleos de niños con los ojos enormes que incitaron el debate en los 60 sobre la validez del arte pop y la (re)producción en cadena de las obras de arte (muy bien aderezado con la cómica presencia de Jason Schwartzman como el galerista Ruben). Burton rasca y encuentra, sin embargo no logra profundizar todo lo que pedía una historia con tanto potencial como esta –queríamos sobresaliente drama de autor y nos conformamos con notable peli de sobremesa. El director establece un claro paralelismo entre la obra de Keane y el matrimonio de Margaret y Walter, ese monstruo despiadado con disfraz de caballero salva-divorciadas-en-peligro que interpreta el ubicuo (eufemismo de pesado) Christoph Waltz. De ambos extrae una suerte de reflexión sobre las apariencias y la falsedad/falsificación que resulta atinada, pero que se diluye en las formas de biopic tradicional que Burton adopta.

Al final, Big Eyes es eso, una oportunidad perdida, un film al que poco se le puede reprochar (la también des-elfmanizada partitura de Danny Elfman, la puesta en escena, el diseño de producción, el estilismo, todo más que adecuado), pero al que nos vemos obligados a cantar las alabanzas con la boca pequeña. Para bien, el sutilmente virtuoso trabajo de Adams, que personifica a la perfección el paradigma de la mujer en la época de transición de los 60 y muestra en sus expresivos y acuosos ojos todo lo que Burton no nos cuenta sobre el personaje. Para mal, el de Waltz, que a pesar de regalarnos la escena del juicio (un acto final que divierte pero nada más), se deja en evidencia con una (otra) interpretación histriónica, clonada de las anteriores, y cargada de mohínes que, al menos, nos sirve para celebrar con mayor entusiasmo la catarsis del triunfo y liberación de Margaret Kane.

Valoración: ★★★½

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