Crítica: La señorita Julia

 la_ca_1202_miss_julie

Catorce años han pasado desde la última vez que la musa de Ingmar Bergman, Liv Ullmann, se puso tras las cámaras para dirigir una película. Para Infiel (2000) escogió un texto escrito por su maestro y ex marido, y en su nueva película, La señorita Julia (Miss Julie), Ullmann adapta la célebre obra de teatro del dramaturgo sueco August Strindberg titulada originalmente Fröken Julie. Escrita en 1888, La señorita Julia se consideró una obra demasiado osada para la Suecia de finales de siglo, y no fue hasta una década después cuando se estrenó por fin ese país. Los temas en los que ahonda Strindberg resuenan con fuerza en la filmografía de Bergman, y no es de extrañar por esta razón que Ullmann la haya considerado afín a sus sensibilidades como cineasta.

La señorita Julia transcurre durante el solsticio de verano en una mansión del campo irlandés en 1880 y se extiende hasta el amanecer del día después, tras el cual el mundo ha cambiado por completo. En lo que acaba siendo el febril sueño de una noche de verano, la señorita Julia (Jessica Chastain), una joven aristócrata que vive confinada en su mansión, y el criado de su padre, John MISSJULIE_HELENSLOAN_DSC8050.nef(Colin Farrell), mantienen una violenta y retorcida dialéctica basada en la diferencia de clases y sexos, avivada por el irrefrenable y contradictorio deseo erótico que sienten el uno por el otro. Julia es quien da comienzo a los juegos, irrumpiendo en escena como una dominatriz altiva dispuesta a humillar a John, quien se somete diligente a sus afanes fetichistas y manipuladores a pesar de estar prometido con la cocinera de la mansión, Kathleen (Samantha Morton). Pero pronto ella se rebajará, él se erguirá y ambos se situarán a la misma altura, envueltos en un falso ambiente de celebración que les conduce a beber, festejar, devorarse, desangrarse, y en última instancia hacer planes de futuro sin tener en cuenta que ambos pertenecerán siempre a mundos distintos.

Ullmann opta por mantenerse fiel al texto de Strindberg y lo lleva al cine de la única manera posible: como si fuera una obra de teatro filmada. Con tan solo tres actores en escena, la directora utiliza el fuera de campo (el sonido de la muchedumbre en off, el omnipresente padre de ella, al que sin embargo nunca llegamos a ver) y otros recursos tradicionalmente teatrales para construir el mundo victoriano que enmarca a Julia y John, y mostrarnos a estos dos personajes como el único hombre y la única mujer (Kathleen cesa de existir durante la mitad del film). El núcleo de la película es pues la lucha en la que los dos se enzarzan, un angustioso duelo en el que ambos fluctúan constantemente entre la repulsión y el amor enfermo, la esperanza y el autoengaño, cambiando de parecer a cada vuelta de página, dejando el escenario de una manera y regresando a él de otra. Se trata de un caprichoso enfrentamiento que resulta agotador tanto para los personajes como para el espectador, al que Ullman no es capaz de involucrar en la historia a pesar de la excelente puesta en escena y los increíbles actores dramáticos que maneja.

La señorita Julia es un film denso, frío y hermoso, un sofisticado e intelectual ejercicio de estilo que nos regala escenas de auténtica belleza pictórica, pero en el que no obstante falla algo muy importante, la dirección de actores. Tanto la imparable Chastain, todo desmesura y desgarro, como Farrell, un gran actor cuando se lo propone, se consagran como thespians dejándonos escenas de una fuerza trágica arrebatadora. Pero da la sensación de que el sufrimiento y la desesperación no provienen de los personajes, sino de la implacable insistencia de una directora un tanto despiadada que quizás esté demasiado familiarizada con el lado más cruel del ser humano.

Valoración: ★★★

Etiquetas: , , , , , , , , ,

Comentarios (1)

 

  1. Reyna dice:

    Que angustia!!!!!

Deja un comentario

Get Adobe Flash player
Abrir la barra de herramientas