Crítica: St. Vincent

ST. VINCENT

Si hay un lugar común más infalible en el cine de Hollywood que el del pringao que supera los obstáculos para convertirse en el héroe y salvar el día es el de las amistades improbables. Un niño y un robot, dos policías polos opuestos forzados a trabajar juntos, una mean girl y una novata, Daniel el travieso y el señor Wilson. Y ahora Vincent y Oliver, el dúo dinámico de St. Vincent, que son algo así como una actualización del terremoto rubio y su vecino cascarrabias, con los papeles un poco intercambiados y ambientada en el universo cinematográfico de Sundance.

Vincent (Bill Murray) es un veterano de la guerra de Vietnam, un señor iracundo y desastrado que vive solo en una casa que está a dos días de convertirse en Grey Gardens y dedica sus días a beber como si no hubiera mañana y apostar en las carreras. Su única compañía es su gato y una prostituta del barrio llamada Daka (Naomi Watts), que es lo más parecido a una relación que ha tenido en mucho tiempo. Su nihilista rutina diaria se verá alterada por la llegada de sus nuevos vecinos, Maggie (una por suerte descafeinada Melissa McCarthy), mujer divorciada que se ha mudado a Brooklyn para alejarse de su marido, y su hijo de doce años, Oliver (Jaeden Lieberher). El exigente trabajo de Maggie en la sala de TAC del hospital local le impide ocuparse de Oliver, por lo que recurre a Vincent, que se convierte a regañadientes y por una generosa tarifa en el canguro del niño.

Cartel ST VINCENTEl desapego inicial de Vincent se va transformando poco a poco, y a base de experiencias de dudoso valor educativo para Oliver, en cariño por el pequeño, a la vez que desvelan la verdadera identidad de su Dodger particular, un hombre incomprendido de gran corazón cuyo carácter agriado no es más que un mecanismo de defensa y una cicatriz de sus heridas sentimentales; un auténtico santo, si bien misántropo y poco o nada ortodoxo, igualmente merecedor de la canonización en vida. Ambos acaban forjando una entrañable amistad afianzada, y a la vez vulnerada, por sus carencias afectivas: la ausencia de figura paterna en la vida de Oliver y la pérdida del amor de su vida por parte de Vincent. Efectivamente, todo esto nos recuerda inevitablemente al argumento de Up, la cinta de Pixar de la que el debutante Theodore Melfi incluso ha tomado prestado el final para su ópera prima.

Y aún a pesar de discurrir por terrenos de sobra explorados por el cine, esta dramedia no sabe a refrito, sino que nos propone un regreso a lo conocido en forma de historia cálida y familiar en la que nada se antoja insincero, aunque todo esté construido siguiendo paso a paso el manual del melodrama buenrollista. Sí, St. Vincent manipula los sentimientos del espectador, pero lo hace sin engañar, siempre anteponiendo las buenas intenciones, y oponiéndose en todo momento al cinismo imperante en la actualidad. Y funciona sobre todo gracias a un Bill Murray en horas (más) altas, que con este personaje hecho para él y nadie más, nos proporciona un santo en el que creer, un símbolo imperfecto de humanidad y esperanza que, por muy ficticio que sea, no nos viene mal de cuando en cuando.

Valoración: ★★★½

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