Crítica: Trash (Ladrones de esperanza)

Trash Stephen Daldry

Después de Billy Elliot Las horas, el británico Stephen Daldry no ha atinado a encauzar su carrera. El realizador ha concentrado sus esfuerzos en el teatro, y no ha logrado conservar el mojo que le proporcionaron sus dos primeros largos. Después de la fallida Tan fuerte, tan cerca, Daldry lo intenta de nuevo con el drama denuncia Trash, en España escandalosamente subtitulado Ladrones de esperanza, un trabajo caótico y narrativamente desmembrado que no sabe en ningún momento qué tipo de película quiere ser, y que es la prueba definitiva de que Daldry ha perdido completamente la sutilidad que le caracterizó un día como cineasta.

En Trash (Ladrones de esperanza) seguimos a Rafael (Richson Tevez) y Gardo (Luis Eduardo), dos chavales que viven en las favelas de Río de Janeiro y trabajan en un basurero, donde buscan a diario entre toneladas de desperdicio. Un día, Rafael se encuentra con una cartera entre la basura. Ésta pertenece a un tal José Angelo (Wagner Moura), y además de dinero y la foto de una niña, guarda una nota que será la clave de un misterio. Cuando la policía sospecha de que los niños tienen la cartera, comienza a extorsionar, incluso a torturar, a Rafael, lo que hace que los amigos se den cuenta de que tienen algo importante entre manos y decidan lanzarse a la aventura en busca de la respuesta al enigma. Junto al Rata (Gabriel Wenstein), otro pequeño que vive en las alcantarillas, y con la ayuda de dos misioneros estadounidenses que trabajan en la favela, el padre Julliard (Martin Sheen) y Olivia (Rooney Mara), los niños van juntando las piezas del puzle, con el agente de la policía Federico (Selton Mello) pisándoles los talones y haciéndoles la vida imposible.

Trash cartelTrash es un inconsistente híbrido entre drama social, aventura juvenil y thriller con dosis de comedia y acción, y cierto aire de realismo mágico, que muchos se han atrevido a comparar con Slumdog Millionaire (como si Slumdog Millionaire hubiera permanecido en el tiempo como el clásico que nunca fue). Es cierto que Trash posee cierta cualidad musical. Los niños (que son sin duda lo mejor de la película) no “quieren cantar”, pero se mueven por las favelas como si ejecutasen coreografías ensayadas durante años, y el pulso de las escenas de acción desvela a un director con disposición para dicho género. Sin embargo, esto no se traduce en una película con ritmo, sino más bien todo lo contrario. Trash es un pastiche sin mucho sentido, un relato torpe y caprichoso que avanza a base de inverosímiles plot points (a ratos parece que estamos viendo El código Da Vinci), no sabe qué hacer con algunos personajes (los americanos, ahí metidos únicamente para que haya alguien conocido en el reparto) y desprende una confeccionada sensibilidad hollywoodiense que choca con el escenario de miseria en el que se desarrolla la acción.

Como decía, el cine de Daldry ha ido perdiendo sutilidad progresivamente, y ganando en sensacionalismo y cursilería blandengue. Adentrarse en Trash (me resisto a hacer el chiste fácil, porque viene en bandeja) es exponerse al maniqueísmo más flagrante, a ser manipulados sin saber exactamente con qué objetivo. La recta final de la película, que conecta a duras penas los fantásticos y fantasiosos acontecimientos con la oportuna moraleja sobre los derechos humanos, confirma que Trash no es más que un frívolo y demagógico batiburrillo de ideas lanzadas al aire como billetes en el basurero.

Valoración: ★★

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