Crítica: Los pingüinos de Madagascar

Los Pinguinos de Madagascar

Era cuestión de (poco) tiempo que los pingüinos de Madagascar, una de las sagas animadas de DreamWorks Antimation Studios, protagonizaran su propia película para el cine. No cabe duda de que son los robaescenas oficiales de la franquicia (con permiso del Rey Julien), y ya llevan varios años triunfando en televisión, con el primer “Nicktoon” del estudio, la exitosa serie del canal Nickelodeon que se encuentra entre los dibujos infantiles más vistos de la tele. Además, ¿a quién no le va a gustar un pingüino torpón y adorable? Es claramente uno de los animales más mercantilizados y explotados por la industria del entretenimiento en los últimos años (“¿Por qué creéis que hay tantos documentales sobre pingüinos en la tele?”) y con razón: “¡Son tan cucos y coquetos!”

Los pingüinos de Madagascar es pues un vehículo hecho a medida para dar rienda suelta a la pingüinomanía, un oportuno producto (énfasis en la palabra “producto”) diseñado para hacer las delicias de los pequeños y no tan pequeños fans del animal, y vender muchos peluches. La película está protagonizada por el divertido cuarteto que forma la élite pingüinil de espías plumíferos: Capitán, Kowalski, Rico y Soldado, cuatro simpáticos personajes convertidos en algo más que sidekicks cómicos o “teloneros” de los animales del zoo de NY. Adelantándose a la primera película de los Minions de Gru: Mi villano favorito, Fox se remonta al comienzo y nos lleva a la Antártida para darnos a conocer los orígenes de su propia troupe de mascotas que han eclipsado a los protagonistas de sus respectivas sagas.

Los Pinguinos de Madagascar_PosterEn el continente helado damos la bienvenida al mundo al atolondrado Soldado, durante una hilarante secuencia de apertura repleta de buenos gags y un humor muy afinado (más de lo esperable), y la aventura continúa a lo largo y ancho del Globo (Venecia, el desierto de Gobi, Shangái, el Pacífico Sur, Nueva York y Kentucky), en una loca y desenfrenada odisea junto a la organización encubierta Viento Norte (formada por un lobo con la voz de Benedict Cumberbatch, un oso, una lechuza y una foca bebé) para evitar que el villano Dr. Octavio Salitre (voz de John Malkovich) destruya el mundo con su nuevo invento: un “rayo láser” destinado a acabar con la pingüinomanía convirtiendo a los monísimos pingüinos del mundo en seres monstruosos – ¿de qué me sonará esta trama?

Efectivamente, Los pingüinos de Madagascar es un déjà vu constante. No solo nos recuerda a la segunda Gru, sino al 90% de las cintas de animación CGI que ocupan el mercado. La historia es predecible, navega en todo momento por los lugares comunes del cine familiar, y cumple a rajatabla las normas de las secuelas y los spin-offs: trama de autosuperación, introducción de un puñado de nuevos personajes (que, como suele ocurrir últimamente, desmontan una serie de estereotipos), desenlace emotivo, y cierta reconfiguración de la saga bajo otro género (acción y espionaje), lo suficiente para distanciarse de su “madre”, pero conservando su propia identidad. Y con todo (y a pesar de Pitbull), el film es ciertamente superior a productos menores (o espantosos subproductos) de la DreamWorks, como la reciente Turbo o aquella atrocidad llamada El espantatiburonesEsta vez salta a la vista que ha habido más trabajo de guión, sobre todo en lo que respecta a la caracterización de los pingüinos protagonistas, y al trabajo de comedia, un poco más inteligente de lo habitual, con gran cantidad de chistes tronchantes, metahumor y running gags a mansalva que disimulan la falta de imaginación y originalidad de la propuesta. Gracias a esto, y a su contagiosa energíaLos pingüinos de Madagascar logra destacar dentro del género cinematográfico “películas para usar y olvidar durante la cena en McDonalds”.

Valoración: ★★★

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Comentarios (1)

 

  1. Reyna dice:

    Como dijera mi amado Piporro “Aikir” a verla.

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