Crítica: The Skeleton Twins

THE SKELETON TWINS

Fresca todavía de su paso por Sundance, donde se llevó el premio a Mejor Guión, nos llega The Skeleton Twins, segunda película del director de True Adolescents, Craig Johnson. Su afiliación a la nueva ola de cineastas (y “teleastas”) hijos del festival apadrinado por Robert Redford salta a la vista por la naturaleza de dramedia intimista y generacional de la película. Para esta ocasión, Johnson vuelve a contar con la colaboración de los hermanos Mark y Jay Duplass en la producción, dos prolíficas fuerzas creativas que se están labrando un nombre vinculándose (ya sea en materia de actores, directores, productores o guionistas) a productos independientes cercanos a la categoría de culto como Seguridad no garantizada, The One I Love o las series Transparent Togetherness. El sello Duplass está visiblemente presente en esta historia sobre dos hermanos gemelos que no se ven desde hace una década.

Maggie (Kristen Wiig) y Milo (Bill Hader) compartieron una infancia feliz, caracterizada por un sentido del humor un tanto macabro (sus juguetes predilectos son unos esqueletos que les regala su padre) y la dependencia física y emocional que suele conllevar haber compartido útero durante nueve meses. Sin embargo, el paso del tiempo se traduce en un distanciamiento que pone a cada uno en un camino distinto, en lugares opuestos del país. Maggie se convence de haber alcanzado la felicidad plena con un marido perfecto (Luke Wilson) y una apacible vida suburbana llena de actividades extra-domésticas, aunque su estancamiento en el mismo lugar de siempre le pasa factura. Milo es el eterno aspirante actor en Hollywood que parece atrapado en el pasado y subsiste con trabajos basura, la viva imagen de la generación perdida. La desesperación le lleva a intentar suicidarse, lo que hace que Maggie regrese a su vida y le proponga, a pesar de estar igual de rota que él, irse a vivir con ella al pueblo a las afueras de Nueva York donde se criaron.

The_Skeleton_Twins_-_Cartel_finalEs evidente que el título de la película no hace referencia únicamente a los juguetes que los hermanos atesoran de pequeños (no es el único objeto material importante en sus vidas marcadas/secuestradas por el pasado), sino a la expresión anglosajona “skeletons in the closet” (en castellano “muertos en el armario” o simplemente “trapos sucios”). Calculando casi matemáticamente las dosis de drama y comedia en un ejercicio narrativo tan bipolar como sus personajes, Johnson va desempolvando poco a poco los esqueletos que estos hermanos esconden en el armario, desvelando unas personalidades complejas y turbulentas oscurecidas por la sombra de la depresión. La reunión de Maggie y Milo les lleva, muy a su pesar, en un viaje de autoanálisis para descubrir el origen de sus tendencias autodestructivas y la razón por la que sus vidas han resultado ser un auténtico fracaso, para lo que Johnson se mantiene del lado luminoso de la historia, golpeándonos ocasionalmente con verdades amargas e incómodos desnudos emocionales.

Los hermanos de The Skeleton Twins no responden necesariamente al arquetipo del freak que el cine y la televisión nos ha hecho adorar como a superhéroes en la última década. Maggie y Milo no buscan aprobación, ni ser laureados por sus peculiares personalidades (escritas siguiendo el manual de “personajes idiosincrásicos y particulares del cine indie”), son personajes profundamente dañados cuyo comportamiento errático es en ocasiones estomagante y difícil de perdonar. Y ese es el mayor acierto de la película, hacer hincapié en que Maggie y Milo no son las personas que estaban destinadas a ser, no se han convertido en los triunfadores que acuden a la reunión del instituto para restregar sus exitosas vidas en la cara de aquellos que los llamaban “puta” o “maricón” a sus espaldas, sino que anhelan las equilibradas y felices existencias de los jocks y animadoras. Junto a Mark Heyman (co-guionista), Johnson elabora de esta manera un retrato profundo, si acaso un tanto maniqueo y autocomplaciente, de unos personajes ahogados, abandonados a la apatía. Sin embargo, son sus actores, los habituales de la comedia Kristen Wiig y Bill Hader explorando sus excelentes registros dramáticos, los que hacen en última instancia que Maggie y Milo se encuentren y se ayuden a salir a flote.

Valoración: ★★★½

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