Crítica: Matar al mensajero

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Basada en hechos reales, Matar al mensajero (Kill the Messenger) cuenta la historia de Gary Webb, periodista estadounidense que obtuvo notoriedad en los 90 por su polémica investigación para el diario San José Mercury News, en la que vinculaba a la CIA con la red de narcotráfico sudamericana que había resultado en la epidemia del crack de los 80. Webb publicó el reportaje “Dark Alliance” -más tarde editado como libro-, donde condensaba las entrevistas que había realizado, poniendo en peligro su vida, a narcotraficantes, cabezas de turco, y otros implicados en esta operación a gran escala. Webb destapaba, gracias a un chivatazo (en la película se encarga de dárselo Paz Vega como estereotipada femme fatale/mujer florero latina), la conspiración de la Agencia Central de Inteligencia, que había estado permitiendo el paso de cocaína a Estados Unidos, destinando los beneficios a financiar la Contra nicaragüense, y contribuyendo así a que sus barrios negros se vieran destruidos por la droga.

MatarMensajero_2FMichael Cuesta, productor y director de Homeland entre otras series, recrea estos acontecimientos en Matar al mensajero aplicando la experiencia que ha acumulado trabajando en la serie de Showtime. Con una realización sobria y precisa, y escapando de demagogias o discursos facilones, Cuesta nos relata los acontecimientos desde la distancia que el tiempo ha permitido, y reivindica la figura y los hallazgos de Webb (la película no es sino un homenaje a su figura), silenciados por la cúpula del poder, eclipsados por otros acontecimientos mundiales y prácticamente enterrados desde entonces. Matar al mensajero es un thriller modélico, quizás demasiado correcto y prudente, que realiza sus proclamas y ataques contra el sistema evitando excesivas polémicas, adentrándose en los grises morales (como en Homeland), pero sin apenas hacer ruido, que es quizás lo que la ocasión requería.

Uno de los aspectos más interesantes de la película es el retrato que ésta lleva a cabo del periodismo de investigación, que tal y como podemos ver en otra serie actual, House of Cards, vive como rehén del gobierno. En Matar al mensajero acompañamos a Webb en su intenso viaje, partiendo de la ingenuidad (y compartiéndola desde nuestra cualidad de ciudadanos de a pie) y el idealismo del trabajador de un pequeño periódico local para darnos de bruces con una realidad muy distinta, una verdad protegida e intocable que nos pondrá en peligro de muerte a nosotros y a nuestra familia. En este sentido, la mayor baza de Matar al mensajero es el impecable trabajo interpretativo su protagonista, un fantástico Jeremy Renner, que se implica hasta la médula con su personaje, convirtiéndose completamente en Webb y adoptando con compromiso la causa del periodista. Sosteniéndose en la desaprovechada Rosemary DeWitt (cuyo enorme talento está siendo desperdiciado en papeles de “mujer de…”), Renner compone a un hombre íntegro y real abatido por la injusticia, y lleva el peso de esta intriga con garra y ademanes de leading man mundano, demostrando una vez más que es uno de los mejores actores del panorama cinematográfico actual.

Valoración: ★★★½

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