Crítica: Dos tontos todavía más tontos

Dos tontos todavía más tontos Billy

Este ha sido el año de las reuniones y los regresos. La proliferación reciente de reboots/celebraciones de aniversario (Ninja Turtles) o proyectos de secuelas tardías (GremlinsBeetlejuiceLos Goonies) pone de manifiesto el gran poder de la nostalgia en la generación que actualmente controla y consume la cultura popular. Sin embargo, algunos comebacks los esperábamos con más ganas que otros, lo que prueba que no todo vale, y que quizás se nos empiece a ir un poco de las manos. El caso de la secuela del clásico de la comedia noventera Dos tontos muy tontos podría entrar fácilmente en la categoría de “continuaciones que nadie quería pero que quizá veremos por curiosidad morbosa”. Dos tontos todavía más tontos (Dumb and Dumber To) nos devuelve a Harry Dunne y Lloyd Christmas en el año que marca el vigésimo aniversario del éxito de Bobby y Peter Farrelly, intentando con ello reproducir el espíritu de la original. Una empresa en la que, visto el resultado, han fracasado inevitable y estrepitosamente.

Jim Carrey y Jeff Daniels se vuelven a poner en la piel (ahora más suelta) de los tontos de remate Harry y Lloyd. El mundo a su alrededor ha cambiado, pero ellos siguen exactamente en el mismo punto, excepto por la enfermedad de Harry, que necesita urgentemente un transplante de riñón. Esto lleva a los dos amigos a reunirse y embarcarse en un viaje por Estados Unidos en busca de Penny (¿Rachel Melvin o Parker Posey reencarnada?), la hija recién descubierta de Harry con Fraida Felcher (grande Kathleen Turner). La muchacha, que parece haber heredado la inteligencia de su padre, es el único miembro de su familia que puede salvarle la vida. El destino final es el congreso científico en el que las mentes más prodigiosas se reúnen para presentar los avances que cambiarán en mundo, escenario en el que los dos lumbreras se mueven como pez en el agua.

Dos tontos todavía más tontos pósterDos tontos todavía más tontos no es más que un refrito de la primera película, otra road movie cuyo argumento prácticamente clónico desvela la única intención de repetir la jugada sin tener en cuenta el paso del tiempo. Esta secuela bien podría haberse estrenado en 1997 y no habría mucha diferencia más allá del aspecto evidentemente envejecido de sus protagonistas, sin embargo, dos décadas después simplemente no funciona. Puede que cumpla remotamente y a duras penas su papel como ejercicio nostálgico lleno de guiños y homenajes ideado para fans (aunque quizás estos prefieran guardar el recuerdo intacto de la primera película), pero se derrumba estrepitosamente como comedia, al contener una media de un chiste bueno por cada veinte. Y cuidado con los 19 restantes, porque duelen. Pero sobre todo, el film no puede esconder su naturaleza de proyecto desesperado, motivado única y exclusivamente por un cuantioso cheque. No se explica si no que Carrey y Daniels se hayan prestado a semejante autoboicot (Carrey, que tristemente demuestra que sigue en plena forma, lo disimula mejor que Daniels, todo hay que decirlo).

Los hermanos Farrelly recurren a los mismos trucos que en la primera parte -o su otra joya de los 90, Algo pasa con Mary: slapstickescatología y surrealismo cáustico, pero no logran escapar de la obsolescencia, y empañan el recuerdo de la película original (a pesar de que les agradecemos no haber intentado actualizarla y adaptarla a las nuevas audiencias, más allá de ese cameo tan 2013). Fallan muchas cosas en Dos tontos todavía más tontos, pero el error más grave de los Farrelly es haber dejado todo como estaba (el apartamento, el coche-perro, Billy y sus pájaros) pero cambiando de raíz a Harry y Lloyd, dos bufones inocentes convertidos básicamente en malas personas. Es como si el temible espíritu de Seth MacFarlane se hubiera apoderado de la película, y hubiera anulado ese componente tierno e inocentón que caracterizaba a los personajes, ahora más malintencionados y perversos. Esto, junto al generalmente desafinado humor de la película (hay dos o tres gags desternillantes, eso sí), provoca que la experiencia de ver Dos tontos todavía más tontos sea incómoda y extraña, como si no procediera, lo que hace que volvamos a hacernos esa pregunta retórica: si nadie la pidió, ¿por qué nos la han dado?

Aviso: Si a vosotros sí os gusta Dos tontos todavía más tontos, quedaos hasta el final de los créditos para un (otro) cameo sorpresa de la primera película.

Valoración: ★★

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